Capítulo 3 Reglas no escritas #2
—Recibido —dijo Fuego. Luego le dedicó a Lara media sonrisa. Ella entendió enseguida adónde quería ir a parar—. Aunque... ahora que lo pienso, casi nos presentamos anoche. En el pasillo.
En la mesa, la conversación siguió como si nada, pero Lara captó por el rabillo del ojo la mirada que Nika lanzó a Fuego, rápida y afilada, antes de volver a su taza con la misma expresión de antes. Lara no supo qué pensar y lo dejó estar.
Elvis no cambió de expresión ni de tono, pero cuando habló miraba a Lara, no a Fuego.
—A las nueve la ingeniera tiene que saber todo lo necesario sobre el equipo. Siempre que no le hayas dado ya el briefing de seguridad durante tu ronda nocturna.
Recogió la tableta y salió.
—Ya te acostumbrarás —dijo Nika, sonriendo contra la taza, con el tono otra vez ligero.
◆
El almacén de equipo era un contenedor más estrecho que los demás, con las paredes cubiertas de estanterías metálicas llenas de monos, crampones, radios y baterías de repuesto.
Fuego se movía entre las estanterías con una familiaridad que contrastaba con su habitual aire despreocupado: sabía exactamente dónde poner las manos.
—Radio. —Sacó una y se la pasó—. Canal uno.
Siempre encendida, siempre contigo fuera del perímetro interior.
Es lo primero que compruebas antes de salir.
—Le puso en la mano una batería de repuesto—.
A veinticinco bajo cero dura mucho menos de lo que declara el fabricante.
A cuarenta bajo cero, todavía menos. Las baterías las llevas en un bolsillo interior, pegadas al cuerpo.
Lara le dio vueltas a la radio entre las manos.
—¿Y el botiquín?
—Bolsa roja. Siempre contigo, nunca se deja en el vehículo.
—Le señaló una estantería más baja—. Si el vehículo decide morirse a quinientos metros de aquí, el botiquín se viene contigo.
No se queda dentro de un trasto. —Cogió una mochila y la abrió delante de ella—.
Manta térmica. Hornillo portátil. Raciones de emergencia.
A más de medio kilómetro de la base, se sale con autonomía para setenta y dos horas.
—¿Tres días? ¿Aunque vayamos a estar fuera solo unas horas?
—Tres días.
—¿En serio? ¿Por medio kilómetro?
—Si Elvis dice medio kilómetro, también vale para cuatrocientos noventa y nueve metros. —Fuego se encogió apenas de un hombro.
—Qué tranquilizador.
—El problema no es lo lejos que estás cuando sales. Es lo lejos que puedes llegar a estar cuando cambia el tiempo.
Lara asintió, seria por primera vez desde que habían entrado.
La radio de Fuego crepitó.
—¿Estado de la formación?
La voz de Elvis llegó distorsionada por el altavoz.
—En curso, comandante. —Fuego pulsó el botón sin prisa—. Le estoy enseñando que el frío no le perdona nada a nadie, ni siquiera a quien tiene un currículum como el suyo. —Soltó el botón—. Él, siempre controlando.
—No pareces precisamente aterrorizado por el comandante.
—Aterrorizado, no. —Fuego soltó una risita—. Pero aquí dentro... —Hizo un pequeño gesto con la radio—. Manda solo él.
Luego le pasó las gafas de nieve.
—Ahí fuera hay una regla que vale más que los galones: si se estropea un vehículo, me escuchas a mí. Si pierdes la señal, escuchas a Nika. Si cede una estructura... —La miró—. Supongo que a partir de hoy te escucharemos a ti. —Sonrió de medio lado—. Pero no te acostumbres demasiado, Ojos de hielo.
◆
La oficina técnica, a diferencia del resto de la base, por fin tenía algo familiar.
En el gran panel retroiluminado había abierto un conjunto mecánico: vistas en sección, cotas, tolerancias.
En el cajetín inferior aparecían el logotipo del consorcio y la inscripción TAENARA RESEARCH STATION — TECHNICAL INFRASTRUCTURE.
—Este es el motivo por el que estás aquí —dijo Elvis, señalando el plano—.
Tenemos que construir un cabrestante para bajar la instrumentación por el pozo de perforación.
La cámara técnica está doce metros bajo la superficie.
—Desplazó la imagen hasta el bastidor que sostendría el sistema—.
El plan original contemplaba once meses para diseñarlo, construirlo y probarlo todo. Ahora tenemos cinco.
Lara se acercó al panel.
—El problema está aquí —dijo Elvis, señalando el punto donde se unían dos elementos—. Bajo carga, esta zona cede. El ingeniero que había antes que tú había propuesto simplemente hacerla más gruesa.
Lara estudió el plano. El cansancio acumulado entre el viaje y el cambio horario perdió importancia casi de inmediato. Aquello, por lo menos, era un problema que conocía.
—Así solo refuerzas este punto. —Señaló la zona contigua—. Luego cederá otra cosa aquí al lado.
Elvis siguió su dedo.
Lara amplió el detalle.
—El problema no es cuánto material hay. Es cómo llega la carga. —Siguió con el dedo la forma del encaje—. Si lo rediseñamos y distribuimos mejor los anclajes, el esfuerzo no acaba concentrado todo en el mismo punto.
Elvis frunció ligeramente el ceño.
—El ingeniero anterior había llegado a otra conclusión.
Lara se volvió hacia él.
—El ingeniero anterior ya no está aquí para defender su diseño, por lo visto —dijo, más cortante de lo que había previsto—.
Yo sí estoy aquí y te estoy diciendo lo que veo.
Si prefieres que siga una solución que considero equivocada solo porque otra persona la firmó antes que yo, dímelo claramente.
Así sabremos desde el principio cómo va a funcionar esta colaboración.
Elvis miró la unión que Lara le había señalado.
—Dos semanas —dijo al final.
—¿Qué?
—Es el tiempo que tenemos antes de que el cabrestante tenga que estar operativo.
De lo contrario, no cerraremos el proyecto en cinco meses.
—Volvió a señalar el plano—. Si tu solución funciona, tienes carta blanca.
Pero antes necesito un levantamiento actualizado de la excavación: un escaneo completo de la cámara técnica.
El bastidor tiene que construirse sobre la geometría real, no sobre la que esperamos encontrar a doce metros de profundidad.
—Entonces la miró—. Me han dicho que sabes utilizar ese equipo.
—Sé utilizarlo. Mañana mismo puedo bajar a hacer el escaneo, si alguien me acompaña.
—Ya me encargo yo de organizarlo. —Elvis recogió los papeles que había llevado consigo—. Y, ingeniera. —Lara levantó la vista del panel—. Lo de antes no era una crítica. Era más bien... una pregunta.
Lara no respondió. Elvis salió, dejándola sola con el plano.
◆
Pasó el resto del día trabajando en el diseño. Por primera vez desde que había llegado a Taenara, Lara se sentía realmente en su elemento. Por fin tenía delante un problema que podía entender, desmontar y resolver.
Era casi de noche cuando llamaron a la puerta.
Nika asomó la cabeza en la oficina, sin la sonrisa de aquella mañana.
—¿Puedo entrar?
Entró antes incluso de que Lara contestara y cerró la puerta tras de sí.
—Ha llegado una comunicación del cuartel general. No hay nada confirmado todavía, pero... —Vaciló—. Puede que tengamos una inspección rutinaria. Observadores externos. En los próximos días.
Lara apartó la vista de la pantalla.
—¿Y eso es un problema?
—Todavía no lo sé. —Nika seguía con una mano sobre la manilla. La respuesta no convenció a Lara—. Elvis quiere a todo el mundo en la sala de mando dentro de diez minutos.
Cuando Lara llegó, Elvis ya estaba de pie delante del panel luminoso. En la pantalla aparecían nombres y códigos que apenas alcanzó a ver antes de que él cerrara la ventana. Park y Vincent estaban frente a él.
Elvis les dio unas pocas instrucciones, precisas y sin discusión, con un tono que a Lara le costaba asociar con una simple inspección administrativa.
Si de verdad solo se trataba de observadores externos, ¿por qué toda aquella tensión?
Nadie parecía tener intención de explicárselo. Lara se quedó a un lado y escuchó.
Aquella noche, tumbada en la cama, volvieron a su cabeza la puerta sin placa, Fuego en el pasillo a aquella hora absurda y la forma en que todos habían reaccionado ante una inspección que, en teoría, era rutinaria.
El problema era que, en Taenara, cada cosa que conseguía entender dejaba al menos otra fuera de lugar.