Capítulo 3 Reglas no escritas
A las doce y cuarenta y siete de la noche, Lara renunció a dormir.
Ya le había dado la vuelta a la almohada dos veces, se había bebido toda el agua que Elvis le había ordenado beber y había intentado convencerse de que estar tumbada con los ojos cerrados contaba igualmente como descanso.
No funcionaba: el cuerpo estaba cansado, pero la cabeza, por lo visto, tenía otros planes.
La luz que se filtraba por los bordes de la cortina opaca tampoco ayudaba.
Era poca, un marco blanquecino alrededor de la ventana redonda, pero bastaba para recordarle que fuera todavía era de día.
El resto de la habitación también parecía incapaz de apagarse del todo: la ventilación soplaba sobre la puerta con un silbido constante, algo vibraba a intervalos regulares dentro de la pared y, por debajo de todo, llegaba el zumbido grave de los generadores.
Lara se incorporó. Había dejado en la silla el uniforme de trabajo que había encontrado en el armario al llegar: pantalones técnicos gris antracita, sudadera del mismo color, el logotipo del consorcio en la manga y, debajo: TAENARA RESEARCH STATION. En el pecho figuraban su apellido y su puesto.
La talla era perfecta. Alguien había encargado aquella ropa antes incluso de que ella supiera que Taenara existía.
Se la puso, se recogió el pelo y salió. No tenía un destino: solo quería caminar, cansarse de verdad y dejar de pensar durante un rato en el avión que había visto marcharse unas horas antes.
De noche, o en lo que allí llamaban noche por convención, la base parecía más pequeña.
Las luces de los pasillos estaban atenuadas, el comedor vacío, con las sillas ya colocadas y algunas tazas bocabajo junto a la cafetera, y desde el ala técnica llegaba el ruido intermitente de una bomba.
Lara recorrió el pasillo sin prisa, intentando reconstruir mentalmente el plano que Aldo le había enseñado unas horas antes.
En un entrante vio una puerta distinta de las demás, más robusta, sin placa y con un lector electrónico en lugar de la manilla habitual.
Aflojó el paso por curiosidad, intentando adivinar qué habría detrás.
—Si la miras el tiempo suficiente, a lo mejor se abre por remordimiento.
Lara se volvió. Un hombre estaba apoyado con un hombro en la pared, unos diez metros más atrás, cerca de los alojamientos.
Sostenía una taza en una mano y parecía completamente despierto: pelo oscuro, barba de un par de días, camiseta negra y pantalones de camuflaje.
Ningún logotipo del consorcio. Otra vez.
Lara recordó a Elvis en el umbral de su habitación, vestido casi del mismo modo.
El hombre bebió un sorbo de café sin apartar los ojos de ella.
—Tú tampoco puedes dormir.
—Eso parece.
—Aquí pasa.
Lo dijo con media sonrisa y luego se calló, dejándole a ella el resto de la conversación. Tenía un aire desenvuelto, casi insolente, y unos ojos entre verdes y grises, claros y penetrantes, con un brillo algo diabólico que encajaba demasiado bien con aquella sonrisa.
Lara dio unos pasos hacia él.
—Lara. —Le tendió la mano.
Él no se la estrechó. Bebió otro sorbo.
—Ojos de hielo.
—¿Perdona?
—Tendrás todo el hielo azul de la Antártida para compararlos.
Lara retiró la mano.
—Probemos otra vez. Me llamo Lara. ¿Y tú?
La sonrisa de él se ensanchó apenas. No parecía tener ninguna prisa por responder; daba la impresión de que le divertía mucho más ver qué efecto causaba en ella.
—Curiosa.
—Es un nombre raro.
—No es el mío.
—Eso ya lo había intuido.
Él sonrió por encima del borde de la taza. Lara esperó. Nada.
—¿Siempre eres así de sociable o es el recibimiento especial para los nuevos?
—Depende de los nuevos.
—¿Y yo de qué categoría sería?
El hombre señaló con la barbilla la puerta que Lara tenía a la espalda.
—La de las curiosas.
—¿Sabes qué hay dentro?
—Sí.
—¿Me lo dices?
—No.
Una voz llegó desde el pasillo.
—Fuego, pero tú... ¿qué coño quieres?
Lara se volvió. Elvis estaba parado en la entrada del pasillo, con las manos a la espalda. Casi habría parecido una llamada al orden formal, de no ser por aquel coño.
El hombre no pareció sorprendido en lo más mínimo. Levantó apenas la taza.
—Nada, comandante. Estaba haciendo la ronda de control de siempre.
—La ronda de control no incluye conversaciones delante de una zona de acceso restringido.
—Recibido.
Se separó de la pared. La sonrisa sarcástica desapareció y todo su aire despreocupado dio paso, sin transición, a una compostura profesional que Lara no le habría atribuido a primera vista. Se alejó por el pasillo sin hacer preguntas.
Durante aquellos pocos segundos en que habían estado cerca, Lara había notado un vago parecido: los dos muy altos, de pelo oscuro, hombros anchos y una complexión enjuta que hacía pensar más en su estilo de vida que en el gimnasio.
Pero ahí terminaba todo. Fuego tenía un aire relajado, casi indiferente a lo que los demás pudieran pensar de él; Elvis parecía construido al revés, con gestos medidos y nada dejado al azar.
Fuego.
Así que se llama así. Qué nombre tan raro... A Camila le habría encantado.
Lara sospechó que el nombre sería solo el principio.
Elvis se volvió hacia ella.
—Vuelve a tu habitación —dijo—. Es tarde.
—Solo estaba dando un paseo. Que yo sepa, no es un delito.
—No he dicho que lo sea. —Elvis no se movió—. He dicho que es tarde y que mañana a las siete te esperamos todos en el comedor. Vuelve a tu habitación, ingeniera.
Durante unos segundos sopesó si replicar, pero lo dejó estar. Se dio la vuelta y regresó a la B7 sin añadir nada más. Cerró la puerta a sus espaldas. En Taenara las reglas parecían muchas; las ganas de explicarlas, bastante menos.
◆
Cuando el despertador sonó a las seis menos cuarto, Lara habría jurado que se había dormido cinco minutos antes.
Se arrastró hasta el baño con los ojos entornados y descubrió enseguida que alguien se le había adelantado: en el borde del lavabo había un cepillo de dientes todavía mojado, una toalla húmeda colgaba del gancho junto a la puerta opuesta y el espejo conservaba una pequeña mancha de vaho en la parte de abajo.
Lara miró la puerta que comunicaba con la B8 y pensó en Fuego, apoyado en la pared justo delante.
No. Por favor, no.
Llamó con suavidad. Nadie respondió. Cerró con llave la puerta de la B8, luego también la de su propia habitación, se lavó la cara y decidió que se enfrentaría al problema del baño compartido cuando tuviera suficiente cafeína en la sangre.
◆
A las siete menos cinco, el comedor ya estaba casi lleno. El olor a café y pan tostado llenaba la sala, mientras por las ventanas redondas entraba la misma luz blanca y plana del día anterior, del todo inútil para saber qué hora era.
—Thor, pásame el azúcar, que con esos brazos llegas sin levantarte. —Aldo lo dijo sin mirar siquiera.
El hombre rubio con el que Lara se había cruzado en el pasillo el día anterior alargó el brazo y dejó el azucarero delante de él sin mover el resto del cuerpo.
Así que Thor.
—Cuidado, Thor. —Fuego señaló el azucarero con el tenedor—. Si sigues así, Aldo se va a acostumbrar al servicio y luego se pondrá caprichoso. —Entonces vio a Lara en la puerta—. Ah. La nueva. Ven, siéntate. No mordemos.
Como si el pasillo de aquella noche no hubiera existido nunca.
—Habla por ti. —Lara cogió una taza.
—Veo que aprendes rápido. —Fuego sonrió.
—Fuego, déjala comer. No empieces ya por la mañana —dijo Fernanda, dejando un plato delante de uno de los hombres sentados a la mesa.
—Yo siempre empiezo por la mañana. —Fuego levantó la taza—. Es mi mejor horario.
El hombre sentado frente a Fuego tenía rasgos asiáticos, la espalda recta y las manos apoyadas con orden a ambos lados del plato. Le hizo a Lara un breve gesto con la cabeza.
—Park.
—Lara.
A su lado, un hombre de unos cincuenta años, con aire de haber dormido demasiado poco, levantó dos dedos.
—Vincent. Médico. Si necesitas algo para el dolor de cabeza por la altitud, ven a verme. Tengo de todo menos paciencia.
Un poco más allá, un hombre corpulento, con barba y un cuaderno de campo abierto junto al plato, levantó una mano sin dejar de leer.
—Derek. Geólogo.
Y volvió a sus notas.
Lara encontró un sitio libre y se sentó.
No le dio tiempo ni a servirse café antes de que se abriera la puerta y entrara una mujer casi a la carrera.
Tenía el pelo muy corto y negrísimo, cortado en mechones irregulares, la piel muy clara y unos ojos grises que recorrieron la sala antes incluso de que terminara de ponerse la sudadera.
En la base del cuello asomaba un tatuaje negro que desaparecía bajo la camiseta.
También llevaba pantalones de camuflaje.
Por lo visto, el uniforme gris del consorcio solo lo usaban Lara, Fernanda y Aldo.
—Perdón. La torre GPS ha decidido que esta noche dormir era opcional. —Llegó hasta la mesa y le tendió una mano a Lara—. Nika. Tú eres la nueva, entonces.
—Lara.
—Ah, claro —dijo Fernanda, sirviéndoles café a las dos—. Vosotras tenéis habitaciones contiguas, ¿no? B7 y B8. Os toca compartir baño.
Lara asintió distraídamente.
En ese momento la puerta volvió a abrirse y la sala cambió de tono. Elvis entró sin prisa, con una tableta bajo el brazo, y el ambiente de bromas alrededor de la mesa se apagó. Solo Fuego permaneció impasible.
—Buenos días a ti también, comandante —dijo, con un tono demasiado cordial para ser sincero—. ¿Has dormido bien? Yo anoche hice una ronda muy tranquila. Tranquilísima.
Elvis lo miró durante unos segundos y luego se sentó a la cabecera sin recoger la provocación.
—Ingeniera —dijo, dirigiéndose a Lara—. ¿Has dormido?
—He dormido —mintió ella.
—Bien. Desde hoy se trabaja. —Dejó la tableta sobre la mesa sin encenderla siquiera—. Fuego. —Fuego dejó de balancearse en la silla—. Formación exterior. Ella es nuestra nueva ingeniera, Lara Comelli. Va contigo.