Capítulo 2 El fin del mundo #3
—Todavía no. —La respuesta llegó de inmediato.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —preguntó Lara, después de descartar un par de réplicas que se le habían ocurrido.
—Que aquí el currículum solo me sirve hasta cierto punto.
—Supongo que para lo demás tendrás que verme trabajar.
—Exacto.
Aquella respuesta, al menos, le gustó.
—Bien. —Sintió aparecer la lucidez que siempre le llegaba cuando alguien cuestionaba su trabajo—.
Yo no he elegido los plazos del consorcio, comandante.
Y respecto a lo que sé hacer, estaré encantada de demostrártelo en cuanto me digas cuál es el problema por el que me habéis hecho volar hasta aquí.
Gracias por el recibimiento, de todas formas.
Elvis no volvió enseguida a la carpeta. Por primera vez desde que Lara había entrado, algo cambió en su atención. No lo suficiente como para llamarlo sorpresa, y desde luego no aprobación.
Duró poco.
—Alojamiento B7. —Cogió una tarjeta y se la tendió—. Mañana a las siete en el comedor. Briefing operativo con todo el equipo.
—De acuerdo. —Lara cogió la tarjeta.
Elvis volvió a los documentos. Ella esperó todavía medio segundo, pero no llegó nada más. Entendió que había terminado con ella.
Lara fue hacia la puerta.
—Ingeniera.
Se detuvo y se volvió. Elvis ni siquiera había levantado la cabeza.
—No llegues tarde también a eso.
Durante un instante sopesó si contestarle. Luego salió y cerró la puerta a sus espaldas.
Solo en el pasillo se dio cuenta de que había contenido la respiración.
No porque le diera miedo. Era otra cosa: aquel hombre tenía una autoridad tan natural que no necesitaba imponerla.
Y Lara ya había decidido que aquello la ponía terriblemente de los nervios.
En el pasillo se cruzó con un hombre rubio que venía en dirección contraria.
Era enorme; Lara se apartó instintivamente para dejarle sitio, pero fue él quien se hizo a un lado primero, con una cautela que no encajaba en absoluto con su tamaño.
Le hizo un breve gesto con la cabeza. Lara se lo devolvió y siguió adelante.
B7 estaba hacia el fondo del pasillo de los alojamientos.
La habitación tenía una cama individual, un escritorio fijado a la pared, un armario estrecho y una pequeña ventana redonda.
El blanco del exterior era idéntico al que había visto desde el avión, solo que mucho más cerca.
Lara dejó la bolsa en el suelo y probó la segunda puerta.
Baño. Pequeño, con una ducha, un lavabo y otra puerta en el lado opuesto.
—Perfecto.
Baño compartido. No era una de las cosas que le habían especificado en el contrato, pero después de la prueba de embarazo obligatoria y el torniquete no consiguió considerarlo un verdadero giro argumental.
Volvió a la habitación y se sentó en el borde de la cama sin quitarse todavía la chaqueta. De pronto, las piernas le parecieron pesadas. Apoyó los codos en las rodillas y cerró los ojos.
Venir ha sido decisión mía.
Llamaron a la puerta.
—Adelante. —Lara abrió los ojos.
La puerta se abrió y apareció Elvis con un vaso de plástico lleno de agua.
Por alguna razón, aquello fue lo más inesperado del día.
De pie era mucho más alto de lo que Lara había percibido en el despacho. Llevaba pantalones de camuflaje y una camiseta negra de cuello de pico, sin el logotipo del consorcio ni nada que lo hiciera parecerse al personal de una estación científica normal.
El título que había usado Fernanda, comandante, de pronto le sentaba mucho mejor.
—Bebe.
—Gracias. —Lara cogió el vaso.
—Un vaso cada hora durante las próximas seis. —Elvis se quedó en el umbral—. Aunque no tengas sed.
Lara bebió. El agua estaba tibia.
—Estoy bien.
—Bien. Sigue así. —No había ironía en la respuesta—. El aire es muy seco y has subido a casi tres mil metros en pocas horas. Al principio uno se deshidrata antes de darse cuenta.
Lara se terminó el agua.
—Si esta noche tienes un dolor de cabeza fuerte, náuseas o dificultad para respirar, ve a ver a Vincent. B12, la última habitación al fondo del pasillo. Lo despiertas aunque sean las tres.
—¿Y si me manda a paseo?
—Es el médico. Puede hacerlo mientras te examina.
En la cara de Elvis no apareció nada que le permitiera saber si aquello había sido una broma.
—Dentro de una hora, otro. —Señaló el vaso vacío—. Es protocolo.
—Y nada de esfuerzos físicos hasta mañana —añadió, ya camino de la puerta. Después se fue sin despedirse.
Él, que media hora antes no se había movido ni un centímetro para estrecharle la mano, había vuelto en persona solo para decirle que bebiera agua. No era amabilidad. Era mantenimiento preventivo.
Lara cerró la puerta, se quitó por fin la chaqueta y empezó a deshacer la bolsa. Encima encontró las camisetas térmicas, el neceser y, metida entre dos pares de calcetines, la funda rígida con los documentos del consorcio. La abrió sobre el escritorio.
TAENARA RESEARCH STATION.
Technical infrastructure support. Geophysical and glaciological research. Once meses. Confidencialidad.
Todo cierto, hasta donde ella sabía.
Y, aun así, la palabra comandante seguía pareciéndole fuera de lugar.
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