Capítulo 2 El fin del mundo
Cinco semanas después de pulsar «Enviar candidatura» a las dos de la madrugada, Lara iba sentada de lado en un asiento de lona dentro de un avión de transporte militar rumbo a la Antártida, con una figurita de san Cristóbal clavándosele en el muslo a través del bolsillo del pantalón.
La sacó y le dio vueltas entre los dedos. Era pequeña, de metal oscuro, más pesada de lo que parecía. Camila se la había metido en la maleta la última noche en Turín, entre dos camisetas térmicas todavía en su envoltorio.
—Patrón de los viajeros.
—¿Funciona también por debajo del paralelo sesenta?
—No lo sé. Pero a estas alturas, mal no hace. —Camila se había reído con los ojos llenos de lágrimas.
Lara había prometido llevársela. No había especificado que no creía demasiado en los santos. Ahora volvió a guardarla en el bolsillo y apoyó la cabeza contra la pared acolchada del avión, sintiendo las vibraciones de los motores atravesarle el cráneo a pesar de los tapones para los oídos.
Cinco semanas. Si alguien, la noche en que envió la candidatura, le hubiera dicho que bastarían cinco semanas para desmontar su vida en Turín y mandarla al otro extremo del planeta, le habría preguntado qué estaba fumando.
El consorcio le había respondido dos días después.
Primera entrevista aquella misma semana, una segunda pocos días más tarde, luego una llamada desde Ginebra y una oferta que dejaba muy poco margen para aplazar la decisión.
Lara había leído dos veces la fecha de salida, una vez la cifra del sueldo y tres veces la duración prevista de la estancia.
Después había aceptado.
Al día siguiente había enviado la dimisión por correo electrónico certificado.
Ni un mes de preaviso ni negociación alguna para facilitar la salida a quienes se quedaban.
Había pagado lo que tenía que pagar y había cerrado el portátil.
Después de años preocupándose por entregas, clientes, revisiones y problemas que solo se volvían urgentes cuando aterrizaban sobre su escritorio, descubrir que la empresa seguiría existiendo sin ella había resultado casi liberador.
El resto había sido bastante menos elegante.
Análisis de sangre. Electrocardiograma. Radiografía de tórax.
Revisiones médicas que empezaban temprano por la mañana en salas demasiado caldeadas y terminaban con alguien añadiendo otra firma a una carpeta cada vez más gruesa.
El médico que le había pedido la radiografía había definido todo aquello como «procedimiento estándar para certificar la aptitud polar», con el tono de quien repetía esa frase diez veces al día.
Cuando le entregaron el recipiente para la prueba de embarazo obligatoria, Lara miró primero el bote y después a la enfermera.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y si le dijera que no hace falta?
—Se la hacen todas.
—Cómo no. —Lara cogió el recipiente.
Después llegaron los cuestionarios psicológicos. Sesenta páginas de preguntas, algunas formuladas de manera tan parecida que Lara empezó a sospechar que el objetivo no era averiguar quién era, sino ver cuánto tardaba en perder la paciencia. Diez días más tarde le dieron otro casi idéntico.
—Este ya lo he hecho.
—Es el procedimiento.
—¿Queréis comprobar si he cambiado de personalidad desde entonces?
El psicólogo permaneció impasible. Lara rellenó aquel también.
Las dos semanas de formación a las afueras de Ginebra habían sido la parte más concreta.
Crampones sobre hielo artificial. Extintores.
Primeros síntomas de congelación. Una cámara frigorífica en la que tenían que trabajar con guantes gruesos hasta que los dedos perdían precisión.
Le hicieron vendar una herida y aplicar un torniquete a un maniquí mientras un instructor marcaba el tiempo en voz alta.
Aquella noche Lara se había mirado las manos enrojecidas y se había preguntado en qué versión del trabajo de ingeniera entraba impedir que alguien muriera desangrado.
Pregunta retórica.
Entre una cosa y otra estaba la confidencialidad: formularios, anexos, cláusulas, un acuerdo de confidencialidad más largo que el contrato que acababa de dejar.
A su madre, Lara le había dicho que trabajaría «en una base de investigación, como las de los documentales».
Era verdad. Simplemente no era toda la verdad, entre otras cosas porque ni siquiera ella sabía mucho más.
Con Camila había sido más precisa. Le había hablado del aislamiento, de los once meses previstos, del invierno antártico y de que, durante una parte del año, marcharse no sería posible.
Camila había llorado durante dos minutos, se había secado la cara con el dorso de la mano y luego había empezado a revisar la maleta para asegurarse de que Lara llevaba suficientes calcetines.
El avión dio un bandazo en una zona de turbulencias y el cinturón se le tensó contra las caderas.
El trayecto hasta Punta Arenas había sido casi demasiado normal: un vuelo comercial, un hombre roncando a su izquierda, una familia chilena unas filas más adelante y el carrito de las bebidas que había golpeado dos veces el mismo asiento.
A la salida del aeropuerto, en cambio, un hombre con una chaqueta azul se había limitado a preguntarle el apellido.
—¿Comelli?
—Sí.
Él había cogido la maleta grande y señalado una furgoneta blanca sin distintivos. Ningún cartel, ningún logotipo del consorcio, ni una sola palabra de bienvenida.
A partir de ahí, el viaje había cambiado de tono.
El avión militar que ahora la llevaba hacia el continente tenía los asientos de lona fijados a lo largo de los costados y un rugido continuo que hacía inútil cualquier conversación.
Lara había pasado buena parte de las casi siete horas observando a los demás pasajeros: técnicos, personal de logística, dos hombres con ropa de campo que dormían con la capucha calada sobre los ojos.
Nadie parecía especialmente impresionado por el destino. Quizá, pensó, fuera una buena señal.
Aproximadamente una hora antes del aterrizaje, la voz del piloto sonó por los altavoces, plana y distorsionada. Todavía no habían confirmado que la pista estuviera operativa.
Lara sabía lo que significaba. Se lo habían explicado en Ginebra: si las condiciones empeoraban, el avión daría media vuelta. Un vuelo bumerán. Horas de viaje hasta casi alcanzar el continente para volver después sin llegar a pisarlo.
El hombre sentado frente a ella dejó de leer. Más allá, alguien miró el reloj. Nadie dijo nada.
Durante veinte minutos Lara escuchó el rugido de los motores y sintió el peso de toda aquella distancia sin poder hacer nada. Después el piloto volvió a hablar. Pista confirmada.
Los hombros del hombre que tenía enfrente se relajaron. Solo entonces Lara se dio cuenta de que llevaba todo aquel tiempo apretando la mandíbula.
Fue la primera lección de verdad de la Antártida, más eficaz que cualquier diapositiva que hubiera visto durante la formación: podías organizar vuelos, personas, cargas y plazos hasta el último minuto. El tiempo podía anularlo todo sin molestarse siquiera en pedir disculpas.
El campamento costero apareció poco después bajo ellos: módulos rojos y amarillos, antenas, vehículos oruga y una pista acondicionada sobre el hielo marino.
Lara permaneció allí dos días. Durmió en un módulo con calefacción junto a otras personas en tránsito y comió en un comedor donde todos parecían saber adónde irían después, pero nadie hacía demasiadas preguntas a los demás.
Destinos distintos, contratos distintos, la misma costumbre de no meterse en lo ajeno.
El veintiocho de enero, a las seis de la mañana, llamaron a su puerta.
—Taenara. Prepárate.
Lara se vistió en diez minutos y salió con la bolsa que había dejado preparada la noche anterior. Fuera, el sol estaba bajo en el horizonte y no tenía ninguna intención de ponerse. Su cuerpo seguía diciéndole que a aquella hora debería estar oscuro; al cielo no parecía interesarle su opinión.
El bimotor que la esperaba en la pista era mucho más pequeño que el avión militar.
Ningún logotipo en el fuselaje, solo la matrícula y un código operativo pintado a mano junto a la compuerta de carga.
Los dos pilotos se limitaron a comprobar su nombre en la lista.
En la bodega de carga había varias cajas metálicas, todas cerradas, algunas aseguradas con candados de combinación. Lara era la única pasajera.
Antes de que el piloto más cercano volviera a ponerse los auriculares, Lara intentó hacerle una pregunta.
—¿Cuánta gente hay en Taenara?
El hombre levantó un dedo para indicarle que esperara a que terminara una comprobación. Después respondió sin darse la vuelta.
—Unas diez personas. —Y volvió a ponerse los auriculares.
Lara se ajustó el cinturón.
Bien. Conversación terminada.
Dos horas después, el blanco que había bajo ellos cambió de forma.
Hasta entonces el continente le había parecido enorme, pero legible: extensiones planas, sombras tenues, crestas de nieve modeladas por el viento. Luego el terreno empezó a ondularse y el horizonte se alejó. Lara se inclinó hacia la ventanilla de plexiglás rayado.
La meseta lo ocupaba todo.
No era el blanco de las pistas de esquí ni de los campos nevados que conocía de los Alpes.
Allí había bosques, rocas, casas, huellas de esquiadores; cosas que daban una escala al paisaje.
Aquí el blanco borraba la escala. Una depresión podía estar a quinientos metros o a cinco kilómetros.
La sombra del avión corría diminuta sobre la superficie y parecía la única referencia familiar a la que podía aferrarse para calcular las distancias.
Entonces vio Taenara.
Al principio fue solo una mancha de color.
A medida que se acercaban, la mancha se descompuso en estructuras elevadas sobre soportes metálicos, módulos grises y naranjas, pasarelas, algunos vehículos estacionados y una pista de hielo compactado.
En el lateral largo del edificio principal, unas letras negras podían leerse incluso desde el aire:
TAENARA RESEARCH STATION.