Donde no llega el sol (The Taenara Project nº 1) Capítulo 1 La gota que colmó el vaso #2
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Capítulo 1 La gota que colmó el vaso #2

Podría haber cogido el tranvía. Lo vio llegar, lleno de gente detrás de los cristales empañados, y decidió seguir andando.

Ya estaba casi oscuro. La bruma se había tragado las montañas y había dejado Turín encerrada entre sus edificios y sus soportales.

Lara caminó hacia el centro con las manos en los bolsillos, pasando junto a los bares que empezaban a llenarse para el aperitivo.

En el cruce, un tranvía chirrió sobre los raíles mojados.

Aquel invierno hasta las luces navideñas parecían haberse moderado. Algunos arcos luminosos sobre las calles principales, estrellas aquí y allá bajo los soportales, mucho menos despliegue que en años anteriores. Ahorro energético, habían dicho. Como en media Europa.

Al final de una calle lateral, la Mole Antonelliana apareció durante unos segundos antes de volver a desaparecer detrás de los edificios.

—¡Signorina!

Lara se volvió. El camarero de aquella mañana estaba en la puerta del café con su delantal negro.

—¿Mañana cruasanes de crema? Llegan de los buenos.

Aquella mañana había pedido uno y él había abierto los brazos delante de la bandeja vacía.

Se habían acabado.

—Guárdeme uno.

—¿Uno?

Se lo pensó.

—Dos.

—¿Día duro?

—No se lo imagina.

—Entonces dos —dijo él, asintiendo.

Lara siguió caminando.

La reconfortó, mucho más de lo razonable, saber que en algún punto de su futuro inmediato había dos cruasanes de crema que alguien había prometido guardarle.

Bajo los soportales se mezclaban quienes salían de las oficinas con gente cargada de bolsas de la compra o de paquetes de Navidad, o que caminaba con el teléfono pegado a la oreja.

Era una de las cosas que le gustaban de Turín. Podías salir de una oficina con ganas de mandar tu carrera al diablo y, cinco minutos después, encontrarte rodeada de gente discutiendo por una plaza de aparcamiento o decidiendo qué comprar para Navidad.

A la ciudad no le importaban nada tus dramas.

Cuando llegó a Piazza Vittorio Veneto, la bruma sobre el Po casi había borrado la otra orilla. La cúpula de la Gran Madre apenas emergía al otro lado del puente, difuminada por la niebla, mientras las luces se alargaban sobre el agua oscura.

San Salvario empezaba a cobrar vida. Las persianas de los locales subían, las primeras mesas brillaban bajo las lámparas y de cada dos puertas salía un olor distinto: pizza, especias, fritura, café. Lara reconoció el olor de casa antes incluso de meter la llave en el portal.

Comino. Guindilla. Carne salteada. Y Camila mandando a alguien al diablo en español.

Lara abrió la puerta sin hacer ruido. Su compañera de piso estaba en la cocina con el teléfono encajado entre el hombro y la oreja, una sartén al fuego y todavía puesto el cárdigan beige que llevaba para dar clase en el instituto.

Una bolsa llena de exámenes por corregir había quedado abandonada sobre una silla.

—No, Diego. Escúchame. —Camila agitó la cuchara de madera en el aire—. No me importa lo que querías decir. Lo que dijiste fue otra cosa.

Lara se quitó el abrigo. Camila levantó un dedo hacia ella sin interrumpir la discusión, un saludo temporalmente incompatible con el resto de la conversación.

—No. Se acabó. ¿Me entiendes? Se. A. Ca. Bó.

Lo que llegó desde el otro lado fue, evidentemente, la respuesta equivocada. Camila cerró los ojos.

—Vete a la mierda, Diego.

Colgó y se quedó delante de la sartén respirando por la nariz.

Lara dejó el bolso.

—¿Todo bien?

—Perfecto. —Camila cogió el teléfono y lo dejó caer sobre la mesa—. Por fin he dejado a Diego. Me siento de maravilla.

Entonces miró a Lara con más atención.

—Amor.

Hasta ese momento Lara había conseguido aguantar el día sin pensar demasiado en él. Bastó aquel tono para que todo el cansancio regresara de golpe.

Camila bajó el fuego.

—¿Qué te han hecho?

Lara se sentó.

—¿Por qué supones enseguida que me han hecho algo?

—Porque te conozco.

—Podría tener simplemente hambre.

—También tienes hambre.

—Mucha.

—Primero hablas. Luego comes.

—Te estás convirtiendo en una dictadora.

—Culpa de los chicos del instituto. —Camila se rio—. Después de seis horas con ellos, o te conviertes en una dictadora o empiezas a soltar tacos en clase.

Lara se cubrió la cara con ambas manos, apoyó los codos en la mesa y negó con la cabeza.

—Eres única, Camila.

—No cambies de tema.

—Puede que no me den el ascenso.

—¿Por qué? —Camila dejó la cuchara.

Lara dejó pasar unos segundos antes de incorporarse y contárselo todo. No exactamente en orden. Terminó con: «Cuidado con cómo me hablas».

Cuando acabó, Camila se había quedado completamente inmóvil.

—Hijo de puta.

—Casi palabra por palabra lo que estaba pensando.

—No, tú piensas con demasiada educación. —Camila volvió a coger la cuchara—. Mañana voy allí.

—Tú no vas a ninguna parte.

—¿Por qué?

—Porque das matemáticas a chavales de dieciséis años y ya tienes bastantes problemas.

—Puedo explicarle los porcentajes. —Camila levantó la cuchara—. Cien por ciento cerdo.

Lara se rio a pesar suyo.

—Y, de todas formas, le he dicho que no.

—Bien.

—Con mucha profesionalidad.

—Mal.

—Camila.

—Tendrías que haberle dicho que es un cabrón.

—Todavía estaría en Recursos Humanos.

—Pero estarías contenta.

Camila apagó el fuego y llevó la sartén directamente a la mesa. Lomo saltado: patatas, carne, cebolla, tomate. Ninguna de las dos fue a buscar platos. Los días malos comían así. Lara cogió un tenedor.

Durante unos minutos hablaron de Diego en vez de Bellandi. Lara escuchó, hizo algunas preguntas y dejó que Camila se desahogara. Le sentó bien hablar de un problema que no fuera suyo. Después la conversación regresó inevitablemente al día de Lara. Camila sirvió dos copas de vino.

—Te mereces algo mejor.

Lara hizo una mueca.

—No empieces.

—Sabes que tengo razón.

—Esa es una frase peligrosa.

—¿Por qué sigues allí?

La pregunta llegó sin rabia.

Lara hizo girar el tenedor entre los dedos.

—Porque tengo un trabajo.

—Puedes tener otro.

—Porque me pagan.

—También pueden pagarte en otro sitio.

—Porque tengo casi treinta y cinco años y no puedo empezar de cero cada vez que a algún directivo se le ocurre que mi currículum resultaría más convincente delante de una botella de vino.

Camila no respondió de inmediato. Lara bebió.

Estaba cansada. Cansada de tener que estar siempre lo bastante enfadada para defenderse y, al mismo tiempo, ser lo bastante razonable para no arruinar su carrera.

Cansada de cambiar de empresa solo para descubrir que las paredes eran de colores distintos pero algunas conversaciones eran exactamente iguales.

Y, sobre todo, estaba cansada de la idea de que marcharse significara empezar de nuevo mientras los hombres que la habían empujado a irse seguían exactamente donde lo habían dejado.

Camila se apoyó en la mesa.

—A lo mejor no tienes que empezar de cero.

Lara levantó la mirada.

—A lo mejor solo tienes que irte a otro sitio.

Lara se quedó con la copa a medio camino de la boca. Camila volvió a comer.

Aquella frase se le quedó dando vueltas durante el resto de la cena. Más tarde, mientras Camila recogía la mesa, Lara cogió el teléfono y buscó el número de su madre.

Contestó al tercer tono.

—¡Cariño!

Por el teléfono llegó el ruido de algo que arrastraban por el suelo.

—¿Dónde estás?

—En la galería. Estoy metiendo dentro el limonero. Esta noche va a helar. —Su madre sonaba ligeramente sin aliento—. Cuéntame.

Lara se acomodó mejor en la silla y recogió una pierna bajo el cuerpo. Al principio pensó en no contarle nada. Al final se lo contó igualmente.

Su madre la dejó hablar hasta llegar a la cena que Bellandi le había propuesto.

—Bueno... —Su tono cambió—. ¿Estás segura de que eso es lo que quería decir?

Lara cerró los ojos.

—Sí.

—A lo mejor de verdad quería hablar del trabajo. Los jóvenes de ahora os fijáis mucho... en esas cosas.

—Mamá.

—No digo que estés equivocada. Solo digo que no tires por la borda un buen contrato por algo que quizá él no quiso decir en ese sentido.

Su madre había escuchado toda la historia y lo que le preocupaba era el contrato.

—No he tirado nada por la borda.

—No, claro. Pero intenta estar tranquila. Eres buena en lo que haces. Tarde o temprano se darán cuenta.

Lara abrió los ojos y miró el techo.

Tarde o temprano.

—Sí.

Su madre cambió de tema con una eficacia que habría despertado la envidia hasta de Riccardo.

—Por cierto, ¿en Navidad vienes sola?

—Supongo.

—Lara...

—Mamá.

—Yo no he dicho nada.

—Ya lo estás diciendo.

—Siempre estás rodeada de hombres inteligentes. Ingenieros, clientes, gente que viaja... No entiendo cómo no conoces a un hombre normal.

—Será porque trabajo.

—Se pueden hacer las dos cosas.

—Gracias. Me lo apunto.

Su madre se rio. Lara no. Quería a su madre.

Pero estaba a años luz de entender algunos de sus razonamientos.

Entonces su madre empezó a hablarle de una clienta que había pedido un rubio ceniza y se había marchado quejándose de que era demasiado ceniza, de su padre, que llevaba tres semanas prometiendo arreglar una estantería, y del limonero, que no parecía apreciar demasiado la nueva galería. Lara escuchó.

Cuando colgó, se quedó con el teléfono en la mano. Por un momento se imaginó volviendo a Udine, en Friuli.

La casa de sus padres. La peluquería de su madre. Su padre viendo el partido. Gente que conocía a su familia desde que ella era pequeña y que se pasaría seis meses preguntándole por qué había vuelto...

No. Volver atrás no era lo que quería.