Donde no llega el sol (The Taenara Project nº 1)
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Capítulo 1 La gota que colmó el vaso
A las nueve menos diez de la mañana, Lara ya había resuelto un problema que antes de comer se convertiría en una idea de Riccardo.
No era pesimismo. Era experiencia.
—Dicen que el tiempo de montaje en línea ha aumentado un quince por ciento. —Riccardo dejó una copia impresa sobre el escritorio de Lara y señaló la cota rodeada en rojo—. Quieren una alternativa para esto.
—El montaje es más lento.
—Precisamente.
—No he dicho que tengan razón sobre la causa.
Riccardo apoyó una mano en el borde del escritorio.
—Si lo ensanchas aquí, montan con más facilidad. Luego la pieza coge holgura y empieza a vibrar. Dentro de seis meses habremos resuelto un problema de treinta segundos en el montaje creando otro de garantía.
—El informe dice que tienen problemas para centrar la pieza.
—Exacto.
Lara le enseñó la solución alternativa en la que había trabajado el día anterior. Resolvía el problema de montaje sin modificar la tolerancia funcional.
Riccardo se inclinó hacia la pantalla.
—¿Cuánto tardas?
—Media jornada, si nadie me interrumpe.
Él asintió despacio. Lara conocía aquel gesto. Significaba que la solución acababa de dejar de ser suya y había entrado en una zona burocráticamente neutra de la que volvería a emerger, unas horas más tarde, durante una llamada a la que ella no estaba invitada.
—Vale. Se lo explicaré yo al cliente.
Ahí está.
—Perfecto.
Riccardo recogió la hoja y se alejó. Al otro lado, el delineante más joven de la oficina levantó la cabeza de la pantalla. Esperó hasta que Riccardo estuvo fuera de alcance.
—Es increíble.
—¿El qué? —Lara volvió a coger el ratón.
—La velocidad con la que se le ocurren las ideas.
Intentó no reírse. No lo consiguió.
—Es un don.
El chico ahogó una carcajada.
Riccardo, jefe de la oficina técnica, tenía veintinueve años y un apellido que todos en la empresa conocían demasiado bien: era nieto de uno de los socios fundadores y le habían dado el puesto nada más salir de la universidad, suponiendo que realmente hubiera terminado aquella carrera cuyo título nadie en el departamento había visto jamás.
Lara volvió a la pantalla. Aquel fastidio había tenido tres años para asentarse y a esas alturas ya formaba parte de su jornada, como el ruido de la ventilación: siempre presente, pero fácil de ignorar hasta que uno reparaba en él.
Después de tres años en la empresa, aún había mañanas en las que alguien conseguía hacer que pareciera revolucionaria la idea de que un problema técnico debía resolverlo quien sabía cómo hacerlo.
A la hora de comer, los alemanes ya habían aceptado la modificación.
Riccardo pasó junto a su mesa en el comedor acompañado de dos responsables comerciales y se detuvo.
—Ah, Lara. Se lo he explicado todo. Están contentos con nuestra solución.
El delineante bajó los ojos al plato.
—Bien —dijo Lara.
—Así mañana podemos enviar la revisión.
—Te la cierro hoy.
—Perfecto.
Riccardo siguió adelante.
El chico esperó unos segundos.
—¿Y el puesto de Ferraresi?
Lara arrancó un trozo de pan.
El puesto del project manager que se había jubilado llevaba dos meses vacante.
Lara había presentado su candidatura semanas atrás y, a diferencia de los otros candidatos internos, ya había llevado proyectos desde el principio hasta la producción y la puesta en servicio.
Cuando un montaje no salía como estaba previsto, desde el taller la llamaban a ella.
Cuando un delineante joven tenía una duda, iba a su mesa.
Y cuando Riccardo necesitaba una solución que explicar al cliente, por lo visto también acudía a ella.
Esta vez quería de verdad aquel puesto. No para demostrarle nada a Riccardo. Ni siquiera principalmente por el sueldo, aunque un poco más de dinero tampoco le habría venido mal: en tres años allí no le habían subido el salario ni una sola vez.
Quería un proyecto suyo. Quería tomar las decisiones. Quería entrar en una reunión sabiendo que, si algo no cuadraba, no tendría que esperar a que otra persona repitiera exactamente lo mismo para que de repente pasara a ser importante.
—Si cuentan los proyectos —dijo Lara—, tengo alguna posibilidad.
El chico miró hacia Riccardo.
—Si contaran los proyectos, él estaría sentado aquí con nosotros.
Lara le lanzó una mirada.
—No hagas que me despidan antes del ascenso.
—Yo no he dicho nada.
—Tienes veintiséis años. Todavía tienes que aprender a pensar sin mover la cara.
Él volvió a comer.
Al terminar la pausa para comer, la secretaria del director técnico interceptó a Lara en el pasillo.
—¿Lara? El ingeniero Bellandi quiere verte.
Ella se detuvo.
—¿Ahora?
—Sobre las cuatro. —La mujer hizo ademán de marcharse, pero se volvió con una sonrisa—. Ha dicho que es algo bueno.
◆
El despacho de Bellandi estaba en la última planta, en el lado del edificio que miraba hacia Turín y no hacia el patio de carga. En los días despejados, desde la ventana podía distinguirse incluso el perfil de las montañas.
Aquel día, sobre todo, se veía gris.
Lara llamó a la puerta.
—Adelante.
Bellandi estaba junto a la ventana con un cigarrillo entre los dedos. El despacho olía a humo rancio a pesar de que la ventana estaba entreabierta. En el alféizar había un cenicero de cristal que probablemente costaba más que la multa por fumar allí dentro.
—Lara. Ven, siéntate.
El corazón se le aceleró. Se sintió estúpida y no le importó.
La carpeta que había entregado semanas antes estaba abierta sobre el escritorio.
Project manager.
Durante todo el camino por el pasillo había intentado no hacerse ilusiones. Ahora sí se las hizo.
No pedía una medalla. Solo quería que, por una vez, la siguiente frase fuera: El puesto es tuyo.
Se sentó.
Bellandi no volvió detrás del escritorio. Se quedó en el mismo lado que Lara.
—He revisado bien lo que presentaste. Resultados, plazos, gestión de los delineantes. También he hablado con producción.
Lara esperó.
—Eres la candidata más preparada que tenemos para el puesto de Ferraresi.
Durante una fracción de segundo sintió que empezaba a llegar el alivio.
Entonces Bellandi añadió:
—Sobre el papel.
Ahí está otra vez.
—¿Y qué falta sobre el papel?
Bellandi sonrió.
—El puesto no es solo técnico. Eso ya lo sabes.
—Claro.
—Proveedores. Dirección. Clientes. Cenas, eventos, visitas. Hay que saber relacionarse. Y, sobre todo, entender a la gente.
—Llevo años haciéndolo.
—No me refiero a ese tipo de relación.
Lara siguió sentada.
—Eres muy buena —continuó Bellandi—, pero siempre eres tan... directa.
—¿Eso es un defecto?
—Puede serlo, si quieres progresar.
La frase le resultó irritantemente familiar. Demasiado directa. Demasiado técnica. Poco diplomática. Tajante. Difícil. Curiosamente, nadie había utilizado nunca aquellas palabras para describir a un hombre que interrumpía una reunión para decir que un cálculo estaba mal.
—A ciertos niveles las cosas funcionan de otra manera.
—Me lo imagino.
—Podría ayudarte.
Bellandi apoyó dos dedos en su antebrazo.
El contacto fue ligero, casi educado.
Lara miró aquellos dedos.
—Podríamos cenar juntos la semana que viene.
Fuera de la oficina. Con calma. —El pulgar se movió sobre la tela de su manga—.
Podría explicarte cómo piensan los demás en dirección, qué esperan de alguien que quiere asumir ese tipo de responsabilidad.
Conozco un sitio muy tranquilo, un poco apartado del centro.
Bellandi retiró la mano.
—No pongas esa cara. Estoy intentando ayudarte.
Qué santo varón.
—¿Y si no voy a cenar?
La sonrisa de Bellandi cambió apenas.
—Nadie ha dicho que sea una condición.
—Bien. Entonces mi «no» no cambia nada.
—Lara, eres una mujer inteligente...
Lara se levantó. Bellandi tuvo que apartarse para dejarle sitio.
—Mis proyectos ya los habéis visto.
—No seas tan susceptible.
—No soy susceptible.
Estaba furiosa, pero la rabia siempre había tenido sobre ella un efecto útil: le ponía los pensamientos en orden.
—Si soy la candidata más preparada, valoradme como tal. Si para dirigir el proyecto hace falta cenar a solas con el director técnico... —Cogió la carpeta del escritorio y se la tendió—. Ponedlo en los requisitos. Así al menos la siguiente candidata lo sabrá de antemano.
Bellandi no la cogió.
—Estás montando un drama por una cena.
Lara volvió a dejar la carpeta sobre el escritorio.
—Cuando vengan los alemanes en marzo, decidid si necesitáis a alguien capaz de llevar el proyecto o a alguien que sepa organizar visitas a las bodegas de las Langhe. Si es lo segundo, tenéis razón. No soy la persona adecuada.
Bellandi se puso rígido.
—Cuidado con cómo me hablas.
Cuidado.
Aquella palabra puso todo lo demás en su sitio.
—Buenas tardes, ingeniero.
Salió y cerró la puerta con suavidad.
En el baño de la segunda planta, Lara se encerró en el último cubículo. Solo entonces se dio cuenta de que apretaba tanto el teléfono que le dolían los dedos.
Lo dejó sobre el portarrollos y esperó hasta que el pulso dejó de golpearle en la garganta.
No era la primera vez que alguien le dejaba claro que la competencia, por sí sola, no bastaba.
Un project manager de otra empresa le había explicado una vez que, antes de ponerla al frente de un equipo de producción, tendría que «ganarse a los chicos». Los chicos rondaban casi todos los cuarenta y llamaban directamente a Lara cada vez que tenían un problema.
Siempre había faltado algo. Más experiencia. Más diplomacia. Más paciencia. Más tiempo.
El siguiente proyecto.
El año que viene.
Tarde o temprano.
Salió del cubículo, abrió el agua fría y se mojó las muñecas.
En el espejo tenía la misma cara de aquella mañana: la trenza rubia empezando a deshacerse, algunos mechones sueltos alrededor de las sienes, los ojos azules que en Turín conseguían que al menos dos personas al mes se dirigieran a ella en inglés.
Parecía perfectamente normal.
Cogió el abrigo y decidió no volver a su puesto. Por aquel día ya había tenido bastante.
Fichó y salió.
Por marcharse veinte minutos antes le descontarían una hora de vacaciones. Lo sabía.
Aquel día le daba igual.
◆