Capítulo 66. #2
Estaba tan solo a dos portales de su puerta cuando me di la vuelta.
Tuve suerte, o tal vez fue el universo que estaba dispuesto a conspirar a mi favor.
En menos que canta un gallo tenía a mi vera a una cuadrilla de mariachis ataviados al más puro estilo mexicano.
El bendito Internet me había salvado la vida, y aquel grupo de mariachis estaba libre de bodas y eventos aquel día.
Enfilé nuevamente la calle de Álex con toda mi determinación, me
había puesto a la fuerza en la garganta las agallas que me faltaban.
«¡Vamos allá!», pensé cuando comprobé una vez más que aquella era la dirección correcta.
La música empezó a sonar a todo trapo, aquella locura estaba en marcha.
Angustiado, miré la que suponía que era la ventana de Alejandra, las puertas correderas de la terraza no se habían abierto después de la primera canción, tampoco se habían movido las cortinas.
Alrededor, sin embrago, los balcones se llenaban de mirones que divertidos se preguntaban para quién era aquella serenata.
Más rojo que un tomate me decidí a llamar al porterillo. Nadie contestó.
Por primera vez tuve miedo, tal vez con mi terquedad había roto toda posibilidad de una relación.
Me había comportado como un capullo al dejar que Álex se fuera sin más.
Llevaba más de tres semanas sin dar señales de vida, bien podía ser que ella hubiera decidido pasar página y olvidar.
¿Y si ya era tarde para arreglar las cosas?
Cogí aire y me mordí el labio hasta hacerme daño. Cabizbajo indiqué a la banda que tocara la segunda canción. Seguían sin abrirse las ventanas. Empezaba a ganarme la desesperación, cuando después de tres canciones del repertorio una vecina se apiadó de mí y me dio la información
que necesitaba.
—Vamos a ver, chiquillo. ¡Que es la hora de la siesta, primor! —me dijo desde el balcón con más arte que un pintor—. ¿A quién estás buscando? ¿A la niña del tercero?
Asentí confuso con el corazón a punto de reventarme dentro.
—¡¿Pues no ves que no está, prenda?! —En mi ofuscación no se me había ocurrido pensar que igual ella no estaba en casa. Suspiré aliviado ante la evidencia—. A ver, salaos, ya sea por el amor… ¿alguien sabe a dónde ha ido la chiquilla? —preguntó dirigiéndose a la audiencia congregada.
Con las mejillas ardiendo por la vergüenza que estaba pasando, paseé la mirada entre la multitud de señoras, a cada cuál más cotilla, que hablaban entre ellas como si yo no estuviera presente de los amores y desamores de mi Alejandra.
—¡Listo, prenda! —gritó después de un rato la que parecía la presidenta del corrillo de chismosas—.
La niña ha salido con su hermana esta mañana, seguramente esté en la plaza de España, Esther tiene allí una floristería y dice la Ana —aclaró señalando a una de las ventanas colindantes a la de Alejandra—, que según ha escuchado cuando bajaban, Álex iba a trabajar allí el fin de semana.
Casi sin voz agradecí la información y miré a mi grupo de mariachis con la duda dibujada en la cara.
—¡A donde sea, compadre! —dijo el más joven de los tres antes incluso de que yo preguntara—. Y no te preocupes, que hacemos precio cerrado. Esa novia tuya te va a decir que sí como yo me llamo Francisco Tomás Sánchez Albiol.
Fue así como comenzó mi periplo por Sevilla, maleta en mano y con aquellos tres mexicanos bajitos y fondones vestidos al más puro estilo tradicional siguiéndome a la retaguardia.
Además de ellos me seguían las miradas de todos los transeúntes.
Yo descubría Sevilla a cada paso y la cuadrilla de vez en cuando se paraba y cantaba, iban recaudando con el sombrero mientras yo recobraba el aliento.
Había dejado ya atrás la torre del oro y rodeado la plaza de toros, ambas con concierto incluido, cuando el cartel que indicaba que estaba a quinientos metros de la plaza de España me detuvo en seco.
Noté como me temblaban las piernas y me sudaban las manos.
Estaba hecho un flan. Casi sin aire me senté en un banco, estaba en el parque de María Luisa, que servía de preludio a las dos torres de color rojizo que coronaban la
plaza y que reflejaban el sol de primera hora de la tarde.
Los tres mariachis, con sus sombreros, se sentaron a mi lado y esperaron pacientes. A aquellas horas me había abandonado ya todo el valor.
—¡Vamos, compadre, hay que coger el toro por los cuernos! —me animó Francisco Tomás.
Me levanté mareado, casi con una nausea en el estómago. Había llegado hasta allí, ahora no podía darme la vuelta.
Para retrasar un poco el momento, les pedí que antes de afrontar lo inevitable diéramos un paseo por la plaza.
Caminé por el semicírculo, dejando que mi mirada se perdiera en los detalles de aquel rincón vestido con azulejos blanquiazules.
Habíamos entrado por la escalera que dejaba el canal de agua trasparente a la izquierda y caminamos a la sombra de los soportales hasta salir por la derecha.
En cada columnata estaba representada una de las provincias que conformaban el total de España, de ahí venía el nombre que recibía la plaza.
Una gitana me paró a la salida de la escalera, ofrecía ramitas de romero a cambio de dinero, velando su intención de despojarte de toda la calderilla que llevaras en una falsa promesa de fortuna y buena suerte. Francisco Tomás tiró de mi brazo antes de que pudiera sujetarme la mano.
—No te despistes, hermano, la suerte ya está echada —dijo señalando con la barbilla la hilera de quioscos donde se vendían flores en la plaza.
Tragué saliva, las piernas casi no me sostenían.
Me detuve en seco al sentirla, sabía que era ella antes de verla, la envolvía un halo de dulzura que destilaba magia en cada movimiento.
Me deleité en su melena ondeada por la brisa, en los colores rojizos que quedaban dispersos en el aire cada vez que caminaba, en la longitud interminable de sus pestañas oscuras, en su boca redonda y aterciopelada, en su silueta grácil.
Y no pude evitar suspirar. Estaba completamente enamorado. Era simplemente perfecta.
Inhalé y expiré como si todo el oxígeno del mundo no fuera suficiente. Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que me reventaba en las sienes.
A un gesto de mi mano la música comenzó a sonar.
Fue entonces cuando sus pupilas se encontraron con las mías.
El mundo había dejado de girar. No hacía falta nada más, sabía sin lugar a dudas que era ELLA.