Capítulo 66.
Un camino tiene siempre dos direcciones
El sol caía ya en el horizonte y teñía de color rosado el mar que permanecía inmóvil como un plato.
Solo la algarabía de los pelícanos que pescaban a lo lejos me devolvía al mundo real y me sacaba de aquel estado de ensimismamiento que me había dejado la marcha de Alejandra.
Yo los observaba en silencio, desde la playa, a las puertas de mi cabaña de palapa.
También ella parecía triste desde que Álex se había marchado.
Desde que ella había regresado a España todos los días me parecían iguales. Yo languidecía como el sol al ocaso y solo durante la noche, al recordarla, resucitaba para echarla de menos a solas y en silencio.
El tiempo pasa muy lento cuando te coloniza la ausencia, para mí la vida sin Álex resultaba ya del todo insoportable.
La voz de mi tía Lucre me sacó de mi ensimismamiento. Ella, mi primo Enrico y Emiliano me daban resguardo con su compañía. Les había invitado a cenar y crepitaba ya sobre la arena el fuego de la improvisada barbacoa.
—¿Y qué sabes de la española? —preguntó sin venir a cuento.
Seguramente me había escuchado suspirar con la mirada perdida en el horizonte. A veces la calma más mansa esconde una profunda marejada. Creo que mi tía era consciente de la batalla que se libraba en mi interior.
Enrico y Emiliano pararon de charlar de repente y me miraron
también fijamente.
Me encogí de hombros sin decir nada y volví a suspirar. En un acto de suma cobardía había decidido no volver a hablar con Álex nunca más. Me había jurado a mí mismo que lo hacía por ella, para facilitarle el olvido, pero en realidad lo hacía por mí.
—Dicen que la distancia es el olvido, pero no es verdad —masculló ella entre dientes—. Tu madre nunca consiguió olvidar a tu padre, a pesar de todos los años que pasaron desde que se fue, ella nunca dejo de quererle… —añadió posando su mano sobre la mía.
La miré sorprendido con el gesto, no estaba acostumbrado a tanta cercanía.
Hay quien piensa que la vejez hace que los defectos se manifiesten con mayor intensidad, yo creo que con mi tía Lucre eran sus virtudes las que crecían.
Desde que el asunto de los huesos se había resuelto y todo había vuelto a la normalidad, Enrico y ella venían a verme con frecuencia. Yo había hecho las paces con el pasado y eso incluía a mi tía, la había invitado a venir a Tulum y para mi sorpresa ella había aceptado la cortesía.
Había hecho buenas migas con Emiliano, los dos solían salir juntos a pescar en su barca. Sonreí al adivinar la complicidad oculta entre ellos cuando se cruzaron sus miradas.
—El tiempo perdido nunca se recupera —dijo Emiliano sonriendo con sus dientes mellados sin dejar de mirar a mi tía.
—¿Y a qué viene tanto interés por la española? —pregunté a la defensiva—. Creía que no te caía bien —pregunté con fingido desinterés a tía Lucre.
—Puede que estuviera equivocada, ¡aunque no te lo creas, todos cometemos errores! Es de sabios corregirlos a tiempo. Desde que «la española» se ha marchado no te brillan los ojos, mijo.
—Fuiste tú quien dijo que no funcionaría.
—¡Sé lo que dije, Oriol! Que era un amor imposible, que el pasado dejaba claro que no podía funcionar, que la historia se repetía para que aprendiéramos la lección… Bla, bla, bla… ¡Tonterías! ¿Sabes cuál es la cuestión?
La miré con la ceja levantada, creo que era la primera vez en mi vida que oía a mi tía hablar de corazón.
—La pregunta que tienes que hacerte es simple, ¿la quieres o no? — me increpó.
Enrico le lanzó una mirada feroz y después desapareció de puertas para dentro, aprovechó la pausa en la conversación para entrar en la cabaña y traer del refrigerador unas micheladas.
Yo me había quedado absorto en las llamas que subían y bajaban con un baile hipnótico. En la improvisada barbacoa sobre la arena, las corvinas desprendían ya ese olorcillo característico que indicaba que estaban casi listas.
Me levanté para echarles un vistazo y darle una vuelta a los palos donde estaban espetadas, más para evadir dar respuesta a aquella pregunta que porque fuera necesario.
El truco surtió efecto y pareció despistar a mi tía de sus pesquisas. Yo era de carácter reservado y no me gustaba airear mis penas.
La verdad es que me costaba hasta respirar. Notaba el corazón pesado en el pecho y solo cuando recordaba a Álex florecía en mis labios la sonrisa. Me había ganado la melancolía. Volví a suspirar.
—Creo que el pescado ya está —dije cambiando de tema.
Acerqué los platos a la hoguera y retiré el pescado de las brasas. Mi tía tenía la mirada iluminada, parecía haber rejuvenecido más de veinte años. La vi ruborizarse cuando Emiliano rozó su mano al tenderle el plato.
Comimos hablando de nuestros nuevos proyectos.
Enrico y yo habíamos decidido embarcarnos como empresarios y levantar nuestra propia empresa de submarinismo.
Queríamos ofrecer una forma diferente de turismo, alejada de las rutas para guiris en los arrecifes y enfocada en los cenotes y en la historia de los mayas.
Mantener la cabeza ocupada había sido mi manera de zanjar el tema de Alejandra. Trataba de no pensar en ella, no había servido de mucho.
¡No había conseguido quitármela de la cabeza ni un solo minuto!
—No me has contestado —insistió mi tía Lucre después de dar buena cuenta del pescado y de apurar un par de vasos de cerveza.
Sonaba una canción de amor en la radio que Emiliano había puesto muy bajita sobre mi kayak volcado del revés sobre la arena. Todavía no lo había reparado y se veía cada vez más desvencijado.
—¿Acaso eso importa? —respondí sin poder evitar un deje de dolor en la voz.
—Eso es precisamente lo único que importa —dijo ella.
La miré en silencio. Tía lucre volvió a posar su mano sobre la mía como invitándome a que continuara hablando.
—Ya tomé mi decisión, tía. Ahora tengo que asumir las consecuencias.
—¿Sabes una cosa, mijo? ¡Un camino tiene siempre dos direcciones!
A veces se nos olvida.
Aquella era la afirmación más sensata que había escuchado nunca.
Dos direcciones. ¿Y si mi tía Lucre tenía razón? ¿Acaso no podía desandar el camino y caminar en sentido contrario?
Álex y yo habíamos estado todo el mes andando a tirones, sin movernos del centro del camino, cada cual tirando hacia su lado, anclados a todos nuestros miedos y prejuicios.
Yo había decidido tomar la dirección contraria a mis deseos, dejar de apostar por un nosotros, a la vista estaba que me había equivocado. Había buscado excusas en lugar de razones. Aquella noche lo había visto claro.
—Las decisiones que tomamos no son inamovibles —me había dicho Emiliano cuando mi tía y Enrico ya se habían acostado.
Ahora con la maleta en el tren rumbo a Sevilla no estaba tan seguro de que la idea de deshacer el camino fuera tan buena, lo que en México me había parecido tan fácil como llegar ante ella y decirle un «te quiero» ahora me parecía una odisea.
Había llegado a Barajas dos horas antes, anhelando volver a perderme en la mirada almibarada de Álex. Sentía el alma enardecida, estaba dispuesto a correr todos los riesgos, pero de repente, ahora que estaba tan cerca, notaba como toda mi determinación se desvanecía.
«No dejes que vuelva a ganarte el miedo, Oriol», me dije cuando me apeé del Ave en la estación de Santa Justa.
Trataba de infundirme valentía, ya había aceptado que era un cobarde, también que si quieres hacer algo de corazón debes hacerlo, aunque sea con el miedo estrangulándote en el pecho.
Tuve que tomar una bocanada de aire para tranquilizarme cuando la luz potente y cegadora de aquel sábado de septiembre me golpeó de frente.
Me infundí valor y comencé a caminar. Lo hacía sin prisas, pero sin pausa, como todo lo que quieres que salga bien.
Me sentía más ligero a medida que avanzaba, mis pies me llevaban por el paseo que discurría paralelo al río Guadalquivir.
Crucé el puente para pasar al otro lado.
No quería pensar, tan solo necesitaba dejarme llevar.
Maravillado dejé que mi mirada se perdiera en las calles llenas de gente.
Dicen que Sevilla tiene un color especial, pude ver con mis propios ojos que era verdad.
Lo tenía todo planeado. Había conseguido por mediación de Jimena, que estaba ya haciendo planes de boda con su novio, el teléfono de Odalis y ella me había puesto en contacto con Sarah.
Después de mucho insistir, tras ponerla al corriente de mis intenciones, conseguí que me diera la dirección de Alejandra.
Le había pedido que me guardara el secreto, quería que mi llegada a Sevilla fuera una sorpresa.
Necesitaba ganar tiempo para pensar qué iba a decir cuando llegara, así que decidí ir paseando hasta la casa de Álex. Tuve que preguntar varias veces por la calle que aparecía en las señas, todas las callejuelas parecían iguales. Su piso estaba en el corazón del barrio de Triana.
«Simplemente desandar el camino, colocar un pie delante del otro, paso a paso», me decía a medida que avanzaba. Dejarse llevar… Sonaba tan bien…
Caminaba guiado por la euforia de la sangre bombeando como un volcán en erupción dentro de mi cuerpo.
A medida que me acercaba las ganas iban venciendo al miedo.
Las fachadas de colores me dieron la bienvenida al enfilar la calle, en ese momento fui consciente de la magnitud de lo que estaba a punto de hacer.
Me arrepentí entonces de no haber comprado un detalle, tal vez una pulsera o un colgante, algo para no presentarme ante ella con las manos vacías.
Fue entonces cuando se me ocurrió la idea, tal vez porque el ambiente festivo en la calle me recordó a nuestro primer día en punta Allen o tal vez porque necesitaba retrasar aquel encuentro hasta que pudiera controlar el miedo.
Sonreí como un niño al darle forma a aquella locura, suponía romper todas mis barreras, era mi forma de demostrarle que para mí lo más importante era ella.