Donde nace el cielo Capítulo 65.
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Capítulo 65.

La gravedad de un corazón entre la bruma

El peso. Ese lastre que te hunde hacia abajo y te impide moverte. Los pies como el plomo, atados al suelo.

La gravedad tiene una extraña forma de afectar al corazón cuando te enamoras. Es relativa. Puede hacerlo ligero como una pluma o pesado como un quintal.

La percepción también es relativa, como la gravedad, y el pasado con frecuencia no es más que una mentira fabricada a nuestra medida. Del mismo tamaño que el dolor que somos capaces de soportar.

Lo malo del pasado es que por mucho que intentes dejarlo atrás al rememorarlo siempre te llevas algo suyo entre los dedos, migajas de realidad aparente, mentiras tamizadas por nuestras esperanzas y nuestros sueños.

Ponemos a nuestro cerebro un filtro bonito, o al menos uno menos duro, que nos deje en mejor lugar, o que nos exonere de culpa, porque seamos sinceros, siempre nos quedamos con aquello que queremos recordar.

Lo transformamos a nuestro antojo, hasta convertirlo en algo parecido a la realidad que un día vivimos, pero que no fue tal y como la recordamos.

Vestimos el dolor de bruma para mantenerlo a raya. Lo separamos de nosotros por una cortina espesa que convierta todo en niebla.

Pero volvamos al peso… ¿Cómo puede pesar tanto una ausencia?

Ahora, entre la bruma de los recuerdos, mi corazón se había vuelto tan pesado que me costaba escucharlo latir.

Sonaba lento y grave. Creo que era porque estaba roto.

A veces necesitaba tomarme el pulso para asegurarme de que todavía seguía viva, sabía que seguía respirando, pero ¿acaso es lo mismo respirar que vivir?

Era como si la gravedad hubiera tirado de mi corazón hacia abajo y en lugar de estar en mi pecho se hubiera anclado en los dedos de mis pies atándome a aquel abismo en el que los colores habían dejado de brillar y solo reinaba el blanco y negro.

Oriol. Solo lo veía a él. A todas horas.

Se me aparecía nítido, como un fantasma.

Me encontraba con sus ojos rasgados al doblar una esquina en mitad de cualquier sueño.

Veía su sonrisa de medio lado y el negro de su pelo desordenado por la brisa cayéndole sobre la frente.

Podía sentir todavía el tacto suave de sus labios, acariciar su piel en mi memoria deslizando sobre ella la yema de mis dedos…

, los colores, en cambio, habían desaparecido por completo.

En la distancia, el eco de su voz se difuminaba con el viento y entonces solo quedaba el vacío.

Caminaba sin ver nada, entre una niebla densa. Arrastraba los pies, con todo el peso del mundo sobre los hombros y aquel corazón haciéndome de ancla en el fondo del precipicio.

Me había despedido de Paco y Antonia nada más llegar a Sevilla con la falsa promesa de que iría a Cáceres de visita.

No había sido una buena compañera de viaje, mis labios no se habían despegado en las casi once horas que duró el trayecto de vuelta hasta Madrid, tampoco en el recorrido en Ave que compartimos hasta mi ciudad.

Ellos me miraban de reojo, cuchicheando en secreto, veía a Antonia menear la cabeza a cada rato, como si al hacerlo pudiera alejar de mí la tragedia o aplacar la tristeza que me carcomía con fuerza desde dentro. Me hubiera gustado sonreírle, pero no me quedaban fuerzas.

—Lo que es para ti, vuelve a buscarte —me dijo Paco al oído con aquella sonrisa de pillo, después se subió al taxi que lo sacaría de mi vida para siempre.

Me había guiñado el ojo y dado un beso en la mejilla antes de marcharse. Yo quise creerme sus palabras.

Pasé los tres primeros días en vela, ojeando el teléfono por si Oriol me mandaba algún mensaje.

Después, poco a poco entré en aquel estado de entumecimiento, como si todo lo que me rodeara fuera un sueño.

La bruma lo transformaba todo, lo tamizaba con aquella tela espesa y blanca que hacía la vida un poco más fácil de soportar.

La tristeza se había trasformado en algo peor, ya nada me importaba, ya ni siquiera era yo.

Me encerré en casa dos semanas. Tenía la excusa del trabajo para volver a revivir cada momento, me servía para meter aún más el dedo dentro de la llaga. Hurgaba en la herida con saña, no quería que dejara de sangrar, solo así podía saber que aquella historia había sido real.

Me quedaba ultimar los detalles del reportaje de Marcos y lo utilicé para martirizarme con fotos y recuerdos.

Mi preferida era aquella foto de los dos en la playa, el mismo día que Oriol hizo frente a sus fantasmas y se reconcilió con Marita.

A base de mirarla comprendí que aquel atardecer perfecto había sido todo el tiempo una despedida.

¡Había sido una ingenua desde el principio!

¡Yo misma me había montado aquella película romántica donde esperaba un final donde comer perdices! Yo era la princesa del cuento.

Así pasaron los días. Entre lágrimas y fotografías, evocando el recuerdo de Oriol en cada línea. Me había dado por vencida, pensaba que ya nunca volvería a verlo.

El timbre sonó una mañana temprano. Era sábado. Me levanté de mal humor y abrí la puerta a regañadientes. Casi no había pegado ojo, tampoco había comido demasiado. Me miré en el espejo del pasillo de soslayo, mi aspecto era deplorable.

Esther me fulminó con la mirada nada más verme, llevaba evitándola desde que había regresado de Cancún.

—¡Pon la tele, en Tele Sevilla, ahora mismo! —bufó con aquel tono de voz autoritario que resultaba complicado de desobedecer.

Le tiré el mando, malhumorada, y me fui a la cocina a hacer café.

Había sacado del armario ya las píldoras azules y la ginebra para meterme un lingotazo que hiciera más llevaderas mis penas cuando mi hermana me las arrebató de un manotazo.

—¡Álex, deja eso, por favor! —me suplicó en un tono más conciliador.

Yo seguía sin decir ni una palabra—. ¡Tienes que ver esto y dejar de compadecerte!

Vas a ver lo que he venido a enseñarte —dijo volviendo a su tono anterior—.

Después, vas a meterte en la ducha mientras yo hago café y vas a venir a la tienda a ayudarme.

Ya tienes trabajo. Necesito una dependienta en la floristería y te he contratado, no puedes negarte, ya he mandado los papeles a la seguridad social —dijo sin dejar lugar a réplica.

Le había dado voz a la televisión y se había callado de repente.

Fue el nombre que escuché lo que captó mi atención y me hizo dejar de rebelarme. «Jaime de Betanzos», había dicho el locutor que parecía encantado con la suculenta noticia.

Me senté de golpe en el sofá sin comprender.

Aquel era un programa de sociedad que emitía la televisión local y que mi madre solía ver mientras limpiaba la casa.

Normalmente se hacía eco de las desgracias ajenas y aireaba los trapos sucios de la jetset sevillana para mantener su audiencia de amas de casa desocupadas al alza.

Escuchaba las voces en off sin comprender nada.

Las imágenes me parecían confusas, en ellas Jaime salía de su chalet esposado y escoltado por la policía, se tapaba la cara con la chaqueta que había colocado sobre su cabeza.

Después, la cámara se desplazaba a un segundo plano, al otro lado de la puerta, una Patricia en bata de raso, con los rulos puestos y el rímel corrido lloraba a moco tendido mientras se sujetaba al quicio.

Doña Margarita se tapaba la cara a su lado, tratando de evitar que las cámaras captaran su imagen.

Miré a Esther confusa. Ella adivinó la interrogación en mi mirada y me sonrío triunfante.

—¡Si ese malnacido no te hubiera dejado plantada en el altar, ahora la que saldría en las noticias en vez de Patricia serías tú!

Han detenido a Jaime por desplazar fondos del banco y arruinar a los inversores.

Al parecer, hizo varias malas inversiones en la cartera de grandes cuentas del banco y en lugar de notificarlo intentó taparlo desviando fondos de otro sitio.

Creo que la cosa se le fue de las manos y ha perdido más dinero del que puede pagar en toda su vida —me soltó complacida casi sin respirar—.

Hasta ayer estaba en paradero desconocido y al parecer había dejado una carta diciendo que iba a suicidarse.

Anoche volvió a su casa por su propio pie y hoy lo han detenido.

Según están diciendo las noticias, ahora está arruinado y va a pagar con la cárcel sus desfalcos —se explicaba exultante y a mí un escalofrío me recorrió la espalda—.

¿Y adivina quién se casó en régimen de gananciales para quedarse con su fortuna?

—añadió con retintín.

La miré como si mi hermana fuera una desconocida, me costaba comprender tanto rencor.

—Lo siento por ellos —dije yo—. La verdad es que lo que les pasé no me importa en absoluto —añadí encogiéndome de hombros y apagando la tele.

Era verdad. Dicen que lo contrario al amor es el odio, pero no es cierto. Solo cuando alguien te da igual comprendes que ya nada te une a esa persona. Lo contrario del amor es la indiferencia.

Aquel día comprendí que ni Jaime ni Patricia significaban ya nada para mí. Tampoco podía aferrarme de por vida a la tristeza. Me plegué a los deseos de mi hermana y terminé acompañándola a la tienda.

El quiosco se levantaba lleno de colores frente a la plaza de España.

El trajín constante de visitantes y turistas se mezclaba con el baile y el cante de los que mostraban su arte a cambio de algunas monedas.

La visión de las flores me devolvió un poco de alegría, después de todo parecía que todavía estaba viva.

Resignada me calcé el delantal de dependienta y dejé que el sol del mediodía me peinara la pena.

Suspiré al pensar en Oriol, la imagen de las enredaderas llenas de campanillas moradas y naranjas en medio de la selva voló a mi memoria como una alondra negra.

No tardaron en seguirla las mariposas que habían bailado conmigo en Uxmal.

Todavía permanecían revoloteando en mi estómago, hacían de las suyas cuando recordaba aquella primera noche durmiendo al raso en el cenote de la tortuga.

Volví a suspirar. Sin darme cuenta había esbozado una sonrisa.

Oriol me había enseñado a creer en la magia.

Había hecho que renacieran en mí la valentía y la fuerza, para mi sorpresa había encontrado todas las piezas de aquel puzle que ni siquiera imaginaba que existiera.

Ya solo por eso debía estar agradecida. Hay personas que pasan por la vida de puntillas, yo me la había bebido a borbotones.

De pronto, el sol me calentaba la piel y la bruma empezaba a disolverse.

Una paloma se había posado en el mostrador y canturreaba ajena al mundo.

La observé acicalarse sin prisas, ella no necesitaba mi mirada para ser, simplemente existía, yo tampoco necesitaba a Oriol. Querer y necesitar no es lo mismo.

Estaba decidida. Me quedaría con el recuerdo de lo que fue. Puede que él tuviera razón y no tuviéramos futuro, o tal vez se había equivocado. El cosmos necesita su tiempo para poner las cosas en su sitio.

Hay veces que el universo sabe lo que se hace y nos pone a prueba. No imaginaba que el día me deparaba todavía otra sorpresa.