Donde nace el cielo Capítulo 64.
96%

Capítulo 64.

La despedida

Alejandra. Ella y nada más.

Su pelo rojizo reflejando la luz de la luna, aquellas dos pequitas casi imperceptibles que le salpicaban la nariz por debajo de la piel bronceada, sus ojos de almíbar, su boca suave y rosada, su tacto de terciopelo…

Aún quedaba en mi pecho el calor de su abrazo, todavía no se había disipado y, sin embargo, ya la echaba de menos.

Aun teniéndola al lado, allí sentada en la playa, con los ojos brillantes por las lágrimas y el pelo revuelto, ella estaba ya a miles de kilómetros de distancia. Anticipaba la despedida. Me dolía del golpe antes de tiempo. Había sido yo quien había roto la magia.

La miré observar el mar con aquella expresión perdida y suspiré. ¡Era preciosa, por fuera y por dentro! Y yo la estaba perdiendo…

Aferré mis puños cerrados tratando de que su olor dulzón no se me escurriera entre los dedos. ¿Por qué cojones no le había dicho que la quiero?

La vi levantar aquel muro y dejé que entre nosotros anidara el invierno. Sonreí como un imbécil, como si estuviera de acuerdo.

En lugar de aporrear aquella puerta hasta derribarla, me marché como lo hacen los cobardes, sin luchar por aquello que desean.

Había renunciado a mis sueños sin ni siquiera intentarlo, no comprendía que la vida estaba llena de fracasos, pero que era mejor arrepentirse que quedarse con las ganas.

Al final, lo único importante era luchar con coraje, aunque perdieras, pero aquella batalla la había ganado el miedo, ni siquiera había desenvainado la espada.

—¿A qué hora te marchas mañana? —pregunté después de un largo silencio.

La brisa había parado y la música lejana de la boda sonaba como embotada, como si fuera la banda sonora de una película en blanco y negro.

Pensé en la escena final de Casablanca. A nosotros ya no nos quedaba nada, ni siquiera nos quedaría París cuando Álex se fuera.

Solo quedaría de nosotros el recuerdo de aquel mes de locura, donde había descubierto el amor con mayúsculas.

Aquella historia, como las grandes historias de

amor, no estaba exenta de drama.

«Lástima que en la vida real no sea como en las películas», pensé abanderando aquella falsa valentía.

—Mi vuelo sale a las seis de la mañana.

La voz de Álex sonó metálica, como si formará parte de aquel largometraje que representaba lo imposible.

«El amor no lo puede todo…», me excusé para sacudirme la culpa.

Trataba de convencerme, de acallar aquella vocecita incómoda que aporreaba con saña desde dentro y me pedía a gritos que no la dejara marchar.

Quería decir algo, pero no encontraba las palabras.

En un último acto de cobardía sujeté su mano entre la mía.

Me quemó su mirada fulminante al hacerlo, pero no la solté, tampoco ella huyó de aquel contacto.

Necesitaba sentir su calor, aunque supiera que el tacto de su piel con la mía solo nos haría más daño.

Álex había bajado la cabeza y pude adivinar que ocultaba las lágrimas que rodaban en silencio.

Yo también estaba completamente roto, no sabía cómo había hecho para vivir sin ella toda mi vida. Dejé que aquella voz interior gritara hasta quedarse afónica. Mis labios no se despegaron en aquellas largas horas que eran ya en sí mismas el final de nuestra historia.

Después, cuando la luna ya resbalaba a nuestra espalda, nos levantamos en silencio y caminamos descalzos por el agua sin decir nada.

Llegamos a mi cabaña justo a tiempo para que recogiera sus cosas, yo me había ofrecido a llevarla al aeropuerto.

La observé caminar descalza por la sala y tuve que vencer la fuerza que me empujaba a retenerla en un abrazo.

Nunca mi casa había estado tan llena como cuando ella dormía en mi cama.

Ahora lo veía claro, pero el tiempo ya se había terminado.

Conduje hasta Cancún sin despegar los ojos de la carretera, no me atrevía a mirarla.

Notaba la electricidad que cargaba el aire a nuestro alrededor, ponía los pelos de punta.

No fui capaz de reunir el valor suficiente para despegar los labios y explicarle por qué aquel amor no tenía futuro, sabía que dijera lo que dijera sonaría a excusa.

Distinguí la silueta de Paco y Antonia en la puerta desde lejos. Se me encogió el alma al comprender que aquellos eran nuestros últimos momentos.

Álex me miró con aquellos ojos que tan bien conocía y no pude evitar perderme una vez más en su mirada.

—Te sigo viendo por dentro —dijo en un susurro ahogado, acariciándome la cara.

Trataba de mantenerse entera, pero veía el dolor en su rostro.

Se bajó del jeep sin alargar el momento, abrió la parte de atrás y sacó su maleta.

La vi marcharse despacio, con el alma a cuestas. Llevaba todos nuestros recuerdos enredados entre las piernas. Tuve que reprimir las ganas de correr tras ella y detenerla.

—¡Álex! —grité cuando estaba ya a punto de desaparecer por la puerta.

Ella se giró con la esperanza colgando de las pestañas, tenía tanta dulzura en los ojos que no conseguía empañarla ni la tristeza.

Me perdí en los reflejos rojos que dejaba en el aire el movimiento de su pelo y supe a ciencia cierta que estaba perdido. La vi enjugarse las lágrimas y esbozar una sonrisa comedida.

Era mi momento. Mi última oportunidad. Ella me miraba anhelando que le pidiera que se quedara…

«Vamos, Oriol, ¡ahora o nunca…!»

—Cuídate —escuché que pronunciaba mi garganta.

Ella se quedó parada, con la mirada pétrea y la expresión ausente.

Asintió despacio, apretando los labios. Yo la veía a cámara lenta, como se ven todos esos momentos importantes y que una vez perdidos ya no recuperas nunca.

Pude ver la esperanza hacerse añicos y su alma partirse en mil pedazos.

Bajé la cabeza, suspiré y arranqué el coche.

En el espejo retrovisor, como última estocada, quedó el reflejo de su mano alzada diciendo adiós, se desvaneció con ella, mientras rebasaba la puerta de cristal del aeropuerto que la alejaba de mi vida para siempre.

Hay veces que sobran las palabras.