Capítulo 63. #2
—Ayer conocí a tu novia, Odalis. Es una mujer encantadora — remató sir William, rompiendo el silencio espeso que se había hecho en la habitación.
Al parecer Odalis se había puesto en contacto con el padre de Sarah para conocerse antes de la boda.
No le parecía apropiado casarse con su hija sin haberse visto, aunque fuera solo una vez antes.
Habían cenado juntos la noche anterior en Cancún.
Quería darle una sorpresa a Sarah y asegurarse de que todo estaba bien antes del enlace.
—¿Entonces ya lo sabías? —escuché que preguntaba Sarah balbuceando con dramatismo —¿y por qué me has dejado montar todo este teatro? —. Movía la cabeza incrédula.
Él asintió y meneó a su vez la cabeza en un gesto idéntico al de mi amiga.
—George te sigue en Instagram, cielo. Demasiadas fotos con ella en demasiados sitios. Y esas miradas entre las dos. Se diferenciar perfectamente cuando es amor, Sarah, que me haga bien el tonto no significa que lo sea.
—¿Y estás… decepcionado? —preguntó ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Cariño, tú no podrías decepcionarme ni aunque lo intentaras — dijo él visiblemente emocionado—.
Eres lo más valioso que tengo, un regalo de la vida y además de ser la criatura más hermosa sobre la faz de la tierra tienes un corazón que no te cabe en el pecho y un carácter que te llena de luz y alumbra todo lo que tocas.
¿De verdad crees que podría decepcionarme la elección que hicieras para tu boda?
No me importa si te casas con un hombre o con una mujer, podrías incluso casarte con un ciervo, me daría igual, Sarah…
Hicieras lo que hicieras no iba a quererte menos.
Lo único que me importa es tu felicidad.
Y creo que entiendo por qué me lo has estado ocultando.
Sir William había mirado de reojo a George y él le había apretado la mano con cariño.
Sarah se levantó de un salto y se le tiró al cuello. Se reía como una niña y le colmaba de besos.
A mí también se me escaparon un par de lágrimas de emoción al verlos.
—Bueno… Entonces… George y tú… —la escuché decir con una sonrisa de oreja a oreja después de dar rienda suelta a la felicidad y el llanto.
—Creo que nos viene de familia —escuché que decía sir William entre risas.
Agarró a George nuevamente de la mano y le dio un casto beso en los labios.
Supe entonces que mi tiempo de espectadora se había terminado. Me marché con una disculpa tonta y me despedí hasta la tarde. Quería dejarlos a solas, tenían muchas cosas de las que hablar. Entre ellos se habían terminado las mentiras.
—Entonces, ¿no hay boda? —preguntó Oriol al verme llegar al jardín donde estaban colocadas las sillas vacías.
Negué con la cabeza y le besé en un arrebato.
Él me acercó a su cuerpo sin delicadezas, me sujetaba por las nalgas y enseguida sentí el bulto que emergía con fuerza por debajo del pantalón. Me refregué con saña sin importarme que estuviéramos en público y a plena luz del día. Cuando conseguí desengancharme de sus besos le mantuve la mirada.
Le miré a los ojos conteniendo un jadeo. Me hacía perder la cabeza y la compostura.
—Tenemos hasta las seis de la tarde, a esa hora se celebra la boda —
afirmé satisfecha.
Volvimos a la playa, a la choza de palapa, a dar rienda suelta a la pasión y el deseo.
Volvimos a enredarnos entre las sábanas, a desnudarnos el cuerpo.
Nos quitábamos la ropa para resguardarnos el alma.
Llevábamos la inminente despedida tatuada en cada gesto.
Teníamos una conversación pendiente, pero ninguno de los dos quería ser el primero en poner las cartas bocarriba.
Atravesado en la garganta crecía el miedo.
Miré a Oriol y me perdí en el tacto de su pelo.
Descansaba reposado semidesnudo sobre la cama, le brillaban los ojos y no había perdido la sonrisa en todo el día.
Me refugié en su pecho y percibí su respiración pausada.
Quería aferrar su olor, recorrer su perfil, meterme debajo de su piel y arañarle por dentro.
Sentía que le quería con tanta intensidad que dolía.
Le besé desesperada y él me devolvió el beso con el mismo anhelo. Los dos suspiramos a la vez. Las palabras me pesaban en la lengua, temía estropear aquellos últimos momentos si hablaba de lo que me preocupaba. Intuía que Oriol libraba su propia batalla, necesitaba darle tiempo. Pero
¿cuánto tiempo requería para comprender que si él quería podíamos ser eternos?
Nos vestimos con prisas y caminamos en silencio. Desandando el camino hasta el hotel y aferrando las horas que nos quedaban entre los dedos.
No me equivocaba cuando decía que Sarah y Odalis tendrían una boda de cuento. Aquella sería la boda perfecta.
A las seis de la tarde el jardín que por la mañana estaba desierto estaba lleno. Odalis esperaba junto al altar que, de espaldas al mar, enmarcaba en un arco de flores blancas la playa en una postal.
La saludé con un ademán de la mano al verla y ella sonrió con la felicidad pintada en los ojos. Estaba guapísima, fiel a su estilo masculino, vestía un traje de chaqueta y pantalón blanco inmaculado.
Sarah apareció cinco minutos más tarde. Resplandeciente, caminaba al ritmo de la marcha nupcial del brazo de sir William.
Su padre la llevaba orgulloso, sin poder contener las lágrimas de emoción.
Ella parecía una princesa, con el pelo recogido en dos pequeñas trenzas a los lados y los rizos que le caían desordenados sobre la espalda.
Caminaba como una gacela, subida a unos tacones de vértigo.
Su vestido blanco, largo y vaporoso ondeaba al viento sutil de la tarde y hacía que pareciera que flotaba.
Odalis la recibió nerviosa y el mundo se detuvo en su mirada.
Bastaba verlas para entender que el amor trascendía lo mundano, no entendía de costumbres ni limitaciones, no atendía a barreras ni prejuicios, el amor era libre y palpitaba en cada sonrisa de sus labios.
Creo que aquella fue la boda más hermosa a la que he asistido nunca.
No habían escatimado en detalles, pero lo que la hacía diferente era aquella complicidad que destilaban.
Fluía en el ambiente, llenándolo todo de aquel «algo» especial que ambas tenían.
Dicen que quien tiene magia, no necesita trucos.
Ellas lo tenían todo, el amor se les salía por los ojos.
La celebración rodó rauda y veloz, como todas las cosas que nos hacen felices. Comimos, bebimos y bailamos y a las doce en punto de la noche, Sarah y Odalis tiraron el ramo.
Nunca hasta entonces las flores de una boda habían aterrizado en mis manos. Yo reía histérica dando saltitos, Oriol me miraba con cara de espanto.
—Creo que ahora es cuando bailamos… —le dije zalamera sin soltar el ramo.
Él se había puesto rojo como un tomate y noté que le temblaban las manos.
Fui yo quién tomo la iniciativa y Oriol me estrechó la cintura con recato. Se había quedado muy serio y bailaba cabizbajo, forzando la sonrisa.
Después de terminar la pieza, tiré de su brazo. Su expresión había cambiado, había dolor en su rostro.
Caminamos hasta la playa y nos sentamos a la luz de la luna junto a la orilla.
Le cogí por la barbilla y le miré a los ojos. Sabía que no podía demorar más el momento.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? —Hice una pausa y tragué saliva—.
¿Qué vamos a hacer de nuestra vida? —le pregunté temblando en un ataque repentino de valentía.
Me miró con un abismo prendido en la mirada.
Su voz sonaba resignada, lo soltó sin inmutarse, como si tuviera la respuesta preparada.
—Sabes igual que yo que no funcionaría. Pertenecemos a mundos distintos, Álex. Vuelves a España mañana.
Con el alma rota me dolí del golpe. Bajé la cabeza y contuve las lágrimas.
A pesar de todo, Oriol seguía pensando lo mismo.
¡Pensaba que lo nuestro era imposible! Todo lo que había sucedido no cambiaba nada.
Había sido una idiota al creer que corriendo a salvarle conseguiría que luchara por un «nosotros».
Todo este tiempo disfrutando de nuestros cuerpos y el amor sin medida para él había sido solo la antesala a una irremediable despedida.
Lo había dado todo, ya no me quedaba nada. Había apostado fuerte y había perdido.
Me comí las lágrimas. Me aparté de golpe y levanté un muro que nos mantuviera a distancia.
—Todo lo bueno tiene un final —afirmé con frialdad citando una a
una sus palabras.
En su expresión pude adivinar que había entendido que era la última noche.
Esta vez no había marcha atrás. El tiempo se acababa. Me había rendido.
Había comprendido que, en ocasiones, es necesario cerrar la puerta y dejar fuera a las personas que te importan para comprobar si tú les importas a ellas. Ahora la pelota estaba en su tejado, podía llamar para que le abriera o pasar de largo.
Le vi coger aire con fuerza y exhalar despacio. Brillaban dos palabras en sus ojos, pero no las pronunció. Una vez más, guardó silencio.
Había hecho su elección. Hay cosas que no se pueden forzar. Oriol había elegido pasar de largo y yo había aprendido la lección. No se puede sujetar aquello que no te pertenece. A veces, hay que dejar ir para ver si lo que se marcha vuelve.