Donde nace el cielo Capítulo 63.
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Capítulo 63.

La boda perfecta

Oriol y yo llegamos al Tulum Bahía a las once y cuarto, quince minutos más tarde de la hora prevista. La nooda de Sarah comenzaba a las doce en los jardines del hotel, el lugar donde esa misma tarde a las seis se celebraría el enlace real entre ella y Odalis.

Sarah me había pedido que llegara un poco antes para ayudarla con los detalles y yo caminaba a la velocidad del rayo con Oriol detrás tratando de seguirme el ritmo.

—¡Tendríamos que haber salido de la cama antes! —me lamenté.

Notaba como el vestido rosa palo que me había comprado en Cancún se me pegaba al cuerpo por el bochorno y temía que terminara transparentando por efecto del sudor.

En realidad, no me lo había pensado demasiado, lo había visto al pasar en un escaparate cuando nos dirigíamos a la estación de autobuses y, en mi embriaguez de amor por Oriol, que hacía que todo lo demás careciera de importancia, lo había comprado sin ni siquiera probármelo.

—No te preocupes, no llegamos tan tarde —dijo Oriol para tranquilizarme cuando tuvimos a la vista el hotel.

Me detuvo por el brazo de un tirón y me estrechó contra su cuerpo—.

¡Estás espectacular con ese vestido! Vas a ser la invitada más guapa.

Te lo acabas de poner y ya tengo ganas de quitártelo —ronroneó.

Me lo quité de encima con un gesto que me recordó a Antonia con el pobre Paco y no pude evitar sonreír.

—¡No seas pegajoso que hay prisa…! —bufé retomando la marcha. Vi de soslayo su sonrisa.

¡Estaba guapísimo con aquel pantalón de lino claro y la camisa blanca de cuello mao que se le ajustaba al cuerpo y resaltaba su figura fibrosa y bien musculada!

«Madre mía, si es que está como un queso. ¡Al final voy a ser yo quien termine arrancándole la ropa!», pensé divertida.

Aligeré el paso. No tardamos más de dos minutos en entrar por la puerta del resort.

Al verme en los espejos del hall de entrada del hotel, tuve que darle la razón. A pesar de no habérmelo probado antes de comprarlo, el vestido me quedaba como un guante. Debía ser la felicidad, porque, aunque prácticamente no me había peinado ni maquillado, se me veía resplandeciente.

—¿Dónde has quedado con Sarah? —preguntó Oriol, que conocía por encima los pormenores del lío en el que se había metido mi amiga.

—Aquí mismo, seguramente todavía no ha bajado —dije echando una mirada alrededor sin dar con ella.

No tardé en reconocer al hombre, de pelo cano y traje de tres piezas impecable con pinta de europeo de alta alcurnia, que esperaba nervioso dando tumbos de un lado a otro del recibidor.

Me acerqué con cautela, pensando en tranquilizarlo antes de que llegara mi amiga.

—Buenos días —dije con mi inglés de cuenca—, ¿es usted sir William, verdad, el padre de Sarah?

El caballero se detuvo y abrió mucho los ojos. Parecía desconcertado.

Después de unos segundos reaccionó y con una sonrisa abierta que era idéntica a la de mi amiga me tendió la mano. Sarah y él eran como dos gotas de agua, tenían en el rostro la misma expresión.

Me había mirado de arriba a abajo y seguramente había deducido por mis pintas que tenía algo que ver con el enlace.

—Sir William de Utrechly, para servirla —contestó con un formalismo que estaba en claro demodé y que me hizo comprender al instante a qué se refería mi amiga cuando decía que su padre era bastante

«conservador».

Sarah apareció atacada corriendo escalera abajo un minuto después.

—Álex, ¿dónde estabas? ¡Te necesito arriba, tengo un problema! — exclamó al borde de un ataque de llanto.

—Sarah, ¿estás bien, cariño? —preguntó su padre en un perfecto inglés al verla haciendo pucheros.

—Son los nervios de la boda, papi —repuso ella con voz aniñada.

Se limitó a darle un abrazo y un beso en la mejilla. Saludó con un ademán al hombre que lo acompañaba, que, según me dijo después, era su ayuda de cámara y mayordomo, y tirando de mi brazo me arrastró con ella a la habitación.

Vi a Oriol encogerse de hombros con una sonrisa y hacerme un ademán con la mano para que me fuera tranquila.

—Pero ¿qué es lo que pasa? —pregunté preocupada cuando Sarah rompió a llorar como una magdalena nada más cerrar la puerta de la habitación detrás de ella.

—Ay, Álex… ¡Que Mike no llega…! —lloraba a moco tendido—. Le han retrasado el vuelo por una avería y no va a llegar —explicaba entre sollozos.

—Sarah, la boda de verdad es con Odalis, ¿recuerdas? —le dije acariciándole el pelo para tranquilizarla.

—Estaba buscando un novio suplente en la aplicación, pero resulta que mi padre ficticio me acaba de llamar para decirme que tiene varicela.

¿Te lo puedes creer? ¡Varicela! ¡En el siglo veintiuno! ¿Y ahora qué demonios hago? ¡No tengo novio para esta boda ni padre para la boda con Odalis! ¿Cómo puedo tener tan mala suerte? ¡Esto va a ser un desastre!

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando Jaime llegó a Cancún con Patricia y yo no sabía si volver a España con el rabo entre las piernas o quedarme?

Ella negó con la cabeza sin parar de llorar. Aflojé el abrazo y le sequé las lágrimas con ternura.

—El universo tiene sus propios planes, solo tienes que confiar.

—¡El plan del universo es joderme el día! Será hijo de puta…

No pude evitar echarme a reír. Ver a Sarah, con su pinta de princesa delicada, jurar en hebreo como un camionero borracho era demasiado para mí.

—¡No le veo la gracia! —protestó ella relajando a su vez la llantina y sonriendo levemente.

—¡Pues la tiene! ¡Créeme que la tiene! —dije sin poder parar de reír—.

¿No te das cuenta, Sarah? Tienes el padre de una boda y la novia de la otra.

¡Si los unes tienes la boda perfecta! Y, además, los dos son de verdad.

El universo te está dando la oportunidad de arreglar las cosas antes de que la cagues sin remedio.

Dejó de llorar de golpe, me miraba muy seria.

—Cariño, tienes que coger el toro por los cuernos.

Es el día más importante de tu vida, vas a casarte con la mujer que quieres y el hombre de tu vida está aquí para acompañarte en el altar.

Habla con tu padre y dile la verdad, no permitas que las mentiras te arruinen el día.

Si te quiere, y estoy segura de que te quiere, lo aceptará.

—¿Y si se niega a acompañarme y se marcha?

—¡Entonces yo misma iré en su busca y le diré cuatro cosas acerca del amor y la familia! Pero eso no va ser necesario, habla con él, cariño.

—¿Te quedarás conmigo mientras lo hago? ¡Por favor, aunque solo sea como apoyo moral! No puedo hacer esto sola.

Asentí y la reconforté en mi abrazo.

Todavía faltaban muchas horas para la boda de verdad, pero el tiempo apremiaba para solucionar el embrollo de la boda ficticia.

Aun así, preparé un té y le conté sin entrar en muchos detalles mi periplo con Oriol durante aquellos días en la Riviera.

Trataba de distraerla de sus problemas, no sé si era buena idea hacerlo con los míos.

—¿Y por qué no te quedas en México? —me preguntó en un ataque de cordura cuando terminé mi relato. Ya estaba más calmada y había recuperado su cara angelical.

—Porque Oriol no me lo ha pedido —dije yo poniendo en palabras la espina que llevaba clavada en el alma.

Las dos nos quedamos en silencio.

Apuramos el té despacio. Ella temiendo enfrentarse a sir William, yo con el peso de la despedida inminente devorándome las entrañas.

—Bueno, cariño, ahora va siendo hora de poner los puntos sobre las íes —dije cuando vi que Sarah ya estaba completamente recuperada del sofoco—. Voy a buscar a tu padre, ¿preparada para cantarle todas las verdades?

—Nunca se me ha dado bien cantar. Odalis dice que desafino, pero

habrá que hacerlo de todos modos —murmuró entre dientes.

La vi asentir sin mucha convicción antes de cerrar la puerta a mi espalda.

Sir William arqueó las cejas cuando volví al hall a buscarle. La inquietud se le veía en la cara, pero el hombre mantenía las formas. Su mayordomo le siguió como un perro faldero cuando se puso en movimiento hacia el ascensor.

Oriol me miró con un interrogante dibujado en la cara al observar que volvía a subir nuevamente. Le hice un gesto indicándole que me esperara. Acompañé al padre de Sarah y su lacayo hasta la habitación de mi amiga. Ella me agarró del brazo obligándome a entrar antes de que

pudiera replegarme para dejarles a solas.

«Bueno, si el mayordomo de William se queda yo también puedo hacerlo», pensé resignada cuando Sarah me indicó que me sentara en el sofá.

El escolta de sir William se había quedado de pie, alejado unos pasos, en un segundo plano.

El caso es que había algo extraño en aquel hombre, algo que no cuadraba en la forma en la que miraba al padre de Sarah.

Fue este último quién tomó la palabra. Había sacado el reloj de bolsillo que llevaba y fruncido el ceño al ver que era casi la hora de la boda y que Sarah seguía sin arreglar.

—Bueno, cariño… Tú dirás… ¿Qué está pasando? —animó a mi amiga a hablar, su tono sonaba firme y supliqué para que Sarah no se amilanara y le contara toda la verdad.

Sarah me miró y tragó saliva. La vi coger aire con su dramatismo habitual antes de hablar.

—La boda de la mañana se ha cancelado —dijo avergonzada—. La de verdad es por la tarde, Mike no es mi novio, te he estado contando un montón de mentiras.

La miré con cara de alucinada. Sarah no había sido demasiado delicada con su confesión. Tanteé la expresión de su padre expectante. Para mi sorpresa, sir William esbozó una sonrisa y asintió.

—Ya lo sabía, cariño. El caso es que yo también he estado mucho tiempo contándote un montón de mentiras —dijo él con una pose de misterio.

Después hizo un gesto e invitó a su mayordomo a sentarse junto a él. Sarah y yo nos miramos con la boca abierta cuando sir Williams le agarró de la mano en un gesto inequívoco que indicaba que entre ellos

existía otro tipo de relación además de la laboral.

—¿Te acuerdas de George? —preguntó sir William a bocajarro.

La vi asentir confusa y no pude evitar sonreír ante la evidencia de lo que estaba pasando.