Donde nace el cielo Capítulo 62.
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Capítulo 62.

La piedra en el zapato

¿Alguna vez habéis sentido la incómoda sensación de caminar con una piedra en el zapato?

Incluso algo más pequeño, como un pelo clavado en el talón, es capaz de arruinar el paseo más placentero.

Álex era la piedra, o, mejor dicho, la idea de su ausencia era la piedra.

La arrastraba a cada paso, tratando de hacer oídos sordos al dolor agudo que me causaba al caminar.

Estaba tan convencido de que mantener nuestra historia en el tiempo y la distancia era imposible que me había resignado a llevar como lastre aquel guijarro metido dentro del zapato.

Una piedra invisible que me recordaba a ella, aunque caminara descalzo.

«Mañana se marchará para siempre», pensé con la tristeza anudada en la garganta.

Maldije mi mala suerte. Ya me había mentalizado.

Aquello era una historia de verano, un bonito recuerdo que abrazar en los días nublados, un imposible.

¿Cuántas veces necesitaba repetirme aquellas palabras para creérmelas?

Álex me olvidaría en cuanto retomara su vida y yo seguiría con la mía, arrastrando aquel guijarro.

¿Por qué si mi cabeza lo tenía tan claro, mi corazón se negaba a conformarse y a aceptar lo evidente?

A veces, nos contamos mentiras en lugar de cantarnos las verdades. Nuestras creencias se convierten en la piedra que ralentiza nuestros pasos.

¿Qué se puede hacer cuando tu mente se aferra a una idea que te hace daño?

Lo lógico sería parar, quitarse el zapato y sacar el guijarro, ¿entonces por qué no lo hacemos? Acabamos acostumbrándonos tanto a él que terminamos por tolerarlo. Lo aceptamos como inevitable.

«Álex va a marcharse y no puedo hacer nada», pensé nuevamente.

Trataba de convencerme.

Aquella era mi piedra. Me había encariñado con ella, aunque doliera. A veces convertirse en mártir es más fácil que tomar una decisión valiente.

Por cierto, ¿dónde estaba? Miré al otro lado del lecho y la inquietud se apoderó de mí al percatarme de su ausencia. Todavía estaba soñoliento, pensaba en la despedida entre el sueño y la vigilia, no había reparado en que no estaba.

Me levanté incómodo de la cama, con una sensación desagradable en la boca. Me dolían las costillas y gemí al ponerme en pie. Había dormido más de lo acostumbrado y me sentía embotado. La busqué aún desconcertado con la vista en el espacio diáfano de la cabaña. No había ni rastro.

Preocupado salí a la playa. No tardé en descubrirla en el agua. Suspiré aliviado, por un segundo había temido que se hubiera marchado.

Emiliano me saludó con un ademán desde su barca y yo le devolví el saludo, podía verle de lejos la sonrisa, era evidente que era por Alejandra. Yo también sonreí al verla, espantando todos mis fantasmas. Todavía nos quedaba un día, ya habría tiempo después de dolerse de la piedra,

ahora solo quería estar con ella.

Me acerqué hasta que las olas me acariciaron las rodillas. Todavía tenía frescas las heridas y no podía meterme en el mar. Fue ella quien se aproximó a la orilla, nadaba despacio, disfrutando del agua calmada y el azul del cielo, hacía una mañana preciosa.

Me temblaron las piernas cuando me encontré en sus ojos, aquella complicidad entre nosotros me desarmaba, la sentía como algo tangible y sólido, sabía que era un tesoro difícil de encontrar.

—Por fin has despertado, bello durmiente —me saludó ella con un

beso en los labios y un azote cariñoso en el culo.

—Estaba tan cansado que no te he escuchado levantarte —me justifiqué un poco avergonzado.

Dormía profundamente cuando se había marchado. Su sonrisa le iluminó la cara y me cogió de la mano. Había tirado de mí para llevarme hasta la arena.

La miré embelesado mientras se secaba con la toalla y se ponía la ropa.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó sin aclarar a qué se refería.

Noté el latido fuerte que me gritaba que le dijera que la quería, pero guardé silencio.

No sabía si se refería a aquel «nosotros», a qué íbamos a hacer en aquel mismo momento o durante aquella mañana… Opté por hacerme el tonto y contestar con ingenio.

—De momento te voy a dar justo lo que necesitas —dije zalamero.

—¿Un desayuno continental a base de tortitas, jamón y huevos?

—¡Un polvo en condiciones! Luego ya veremos.

Sonreí divertido, sus ojos brillaban con fuerza destilando deseo.

La vi morderse el labio y la atraje hacia mi cuerpo. Soporté el latigazo de dolor cuando me envolvió con sus brazos.

—Creo que no estás para muchas fiestas —dijo ella al notar el gesto—. Podemos saltarnos el polvo y pasar directamente al desayuno —añadió con sorna.

—¿Y desperdiciar nuestra última mañana juntos? ¡Voy a hacerte el amor, aunque me caiga a cachos!

—No tienes remedio. —Meneaba la cabeza entre risas y yo aprovechaba para meterle mano.

No tardamos en perdernos dentro de la choza, era la mejor manera que se me ocurría para no tener que hablar de lo inevitable. La despedida estaba a la vuelta de la esquina, pero no me sentía con fuerzas para afrontarla de frente.

Tal vez por eso, evité con evasivas y bromas todas sus preguntas acerca del futuro, sabía que tenía fecha de caducidad. Sentía la necesidad de ella como necesitaba el aire para respirar, pero aquel «nosotros» era un imposible.

—No importa si fuera se acaba el mundo, en este preciso instante solo importa que estamos juntos, Álex —dije mirándola a los ojos.

Ya estaba roto. Su ausencia me pesaba antes de tiempo, quería aferrar aquel momento y guardármelo para siempre entre los dedos.

—Te quiero —dijo ella en voz alta.

Le acaricié el pelo despacio, demorándome en su contacto sedoso y perdiéndome en sus reflejos.

La besé con todas mis fuerzas, con aquella desesperación que me nacía de dentro. Quería decirle que la quería, pero no brotaron las palabras. Se me quedaron atravesadas en el pecho.

Solamente sonreí, con aquella sonrisa dolorosa que indicaba que aquella felicidad pronto se esfumaría para siempre. Notaba la piedra invisible en mis zapatos.

Alejandra me miró anhelando mis palabras, yo solo suspiré y guardé silencio.