Capítulo 61. #2
Cuando la puerta por fin se abrió habían pasado tres largas horas.
Tuve que reprimir un grito al reconocer al hombre que tenía ante mí.
Aterrada me llevé la mano a la boca. Había reconocido su cara, era el mismo hombre que había derribado a uno de nuestros perseguidores en el templo de las tres puertas unos días antes en Muyil.
—Disculpe la espera, señorita Álvarez —dijo con voz ronca haciendo caso omiso a mi expresión de alarma.
Adivinó por mi rostro que sabía de quién se trataba y esbozó una sonrisa de medio lado.
—Fabricio Morales, para servirla, soy el responsable de las GOPES
—se presentó con desapego. Hablaba casi sin mirarme a la cara, actuaba como un autómata y eso hizo que mi inquietud aumentara—.
No se preocupe, entiendo su desconcierto, pero está usted en buenas manos.
Estamos del mismo lado. Su declaración será de gran ayuda —aclaró condescendiente, como si fuera un padre que explicaba lo evidente a su hija.
Tardé bastante tiempo en comprender lo que estaba pasando.
Fabricio Morales se había infiltrado en la cúpula de Evaristo Rey para conseguir pruebas que lo incriminaran en el expolio de los huesos y los restos arqueológicos ante la imposibilidad de atraparlo por fraude fiscal.
Los hombres de Evaristo Rey tenían pinchado el teléfono de don Emeterio, lo que le había avisado de la intención de Oriol y Enrico de explorar la parte secreta del cenote donde estaban los huesos.
Después de que Evaristo Rey ordenara seguirles la pista, Fabricio había perseguido a Enrico para tratar de hacerse con el vídeo que había grabado, quería cogerle antes de que Chancho Moreno diera con él, pero Enrico lo destruyó sin que pudieran darle alcance a tiempo.
Había sido entonces cuando las GOPES habían urdido la trama.
Enrico había aceptado unirse a la camarilla de buceadores de Evaristo Rey y hacer a su vez de informador o agente doble.
Con cuatro orejas dentro en vez de dos, había resultado más sencillo realizar grabaciones.
La visita de Evaristo Rey a Oriol en el hospital había puesto la guinda del pastel.
Sin saberlo, Oriol había conseguido desquiciarle.
Durante su conversación, Evaristo Rey había reconocido estar relacionado con todas las acusaciones que figuraban en la declaración de culpabilidad que Oriol había firmado.
De manera indirecta, había también afirmado estar implicado en el asesinato del profesor Emeterio.
No sospechaba ni por asomo, que dentro del maletín que Enrico llevaba había oculto un micro, tampoco que en el exterior del hospital había un furgón del Gobierno que lo estaba grabando todo.
La detención de Oriol había sido una cortina de humo para que Evaristo Rey creyera que había conseguido librarse una vez más de los investigadores que lo atosigaban, pero en realidad era solo un golpe de efecto.
—¿Quiere decir eso que Oriol está libre de cargos? —pregunté desconcertada.
Aún quedaban en mi cabeza lagunas y flecos sueltos que me hacían
dudar de la veracidad de lo que Fabricio Morales me estaba contando.
—¡Véalo usted misma! —sugirió esbozando aquella sonrisa inquietante que me ponía la carne de gallina.
A una señal suya la puerta se abrió nuevamente. En el umbral, la silueta recortada de Oriol me miraba con cara de alivio.
Corrí a su encuentro y me encontré con sus brazos que me abrigaban con fuerza.
—¡Álex! ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? —preguntó acariciándome el rostro y con los ojos cuajados de lágrimas.
Yo sollozaba. No me salía la voz.
Pasé mi mano con cuidado por su mejilla herida y noté el dolor al contemplar que estaba hecho una piltrafa. Tenía un vendaje que le cubría las costillas y un ojo morado. Se movía con dificultad y jadeaba al hacerlo.
—¡Dios mío, Oriol! ¿Qué te han hecho?
Me perdí en sus ojos, en el infinito de sus pestañas y de inmediato me
encontré en su mirada.
—¿Sabes que te veo por dentro? —preguntó antes de rendirse al deseo.
Me besó con anhelo, dejándose el alma entera en aquel beso.
Entre sus labios se adivinaba el dolor de la ausencia, el miedo cautivo, la duda anudada entre los dedos, aquel amor imparable que corría como un río a borbotones dentro de su pecho.
—¿Por qué te fuiste? —pregunté a bocajarro, mordiéndome el labio y aguantándome las ganas de abofetearlo.
Todavía estaba enfadada, necesitaba escuchar un «lo siento». Había en mi pregunta una súplica, necesitaba comprender por qué si aún me quería me había dejado tirada en Punta Allen.
—Tenía que protegerte, Álex… —le escuché decir en un susurro.
Había tanta intensidad en su mirada que quemaba, sus palabras me golpearon como una pedrada.
Una oleada de sentimientos encontrados me golpeó como el mar golpea las rocas en un día de marejada.
Por mucho dolor que hubiera en cada sílaba, era el amor el que ganaba con creces.
No hacían falta palabras para comprender que estábamos juntos en aquello.
Había un «nosotros» implícito en cada mirada.
Nuestras manos se entrelazaron, parecía que sus dedos estaban hechos a medida para encajar con los míos.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté cuando la policía nos informó que la operación había terminado y éramos libres de seguir con nuestra vida.
Oriol tendría que declarar en el juicio, pero de momento podíamos irnos.
Evaristo Rey estaba entre rejas, con él toda su cúpula había caído.
—¡Lo has conseguido! —le dije a Oriol con los ojos brillantes de emoción.
Sabía lo que significaba para él zanjar aquella deuda con el pasado.
—No hubiera podido hacerlo sin ti —contestó abrumado.
El brillo de sus ojos desentonaba con su aspecto abatido, se le veía agotado. Estaba claro que necesitaba un descanso.
—¿Cuándo te marchas? —preguntó de pronto como si le hubieran pegado un latigazo.
Me miraba serio, con la expresión dolorida, pero no había soltado mi mano.
—Tengo el vuelo el domingo por la mañana —contesté bajando la mirada—. Mañana por la tarde es la boda de Sarah y Odalis, por la mañana debo formar parte de un teatro, pero si te apetece me gustaría que me acompañaras al enlace. Me gustaría que vinieras conmigo —dije conteniendo el aliento.
No sabía si Oriol estaba dispuesto a hacerme de acompañante, tampoco podía darle muchos detalles acerca de la locura que Sarah tenía planeada.
Mi amiga seguía con la absurda idea de celebrar dos bodas aquel sábado.
Una ficticia a primera hora, a la que acudiría su padre y en la que fingiría casarse con su amigo gay y otra real al final de la tarde, donde contraería matrimonio de verdad con Odalis, en la segunda iba a utilizar a un actor a sueldo como padrino para que se hiciera pasar por su padre.
No había conseguido disuadirla, aunque yo estaba convencida de que era imposible que su plan funcionara.
Sarah prefería montar aquel circo a ganarse la reprobación de su familia, tenía miedo a no ser aceptada. Temía decirle a su padre que era lesbiana.
—¿Entonces tenemos dos días…? —dijo Oriol dejando implícito en su pregunta que aceptaba venir conmigo a la boda.
—Un día y medio, para ser exactos —corregí.
—¡Pues no tenemos tiempo que perder! —exclamó con energía renovada.
Le abracé encantada y él se quejó de la presión en sus costillas. Por momentos, olvidaba sus heridas.
Caminamos por Cancún de la mano, dejando que el sol nos peinara con sus rayos.
Se había hecho entre nosotros un silencio espeso, como si la sombra de la despedida inminente nos acompañara sin hablar a cada paso.
Tratábamos de espantarla con nuestros besos, nos parábamos en cada recoveco y nos devorábamos la boca con anhelo.
Después retomábamos la marcha en silencio.
Nos dirigíamos a la estación de autobuses, Oriol me había propuesto pasar el tiempo que me quedaba en la Riviera en su casa de la playa. Sarah y Odalis se casaban en el Tulum Bahía, así que la propuesta me venía como anillo al dedo.
Me había despedido también de Paco y Antonia hasta el domingo. Los vería en el aeropuerto, por caprichos del destino compartíamos también el vuelo de vuelta a España.
Un atardecer repleto de colores nos dio la bienvenida a Tulum al bajar del autobús. Al fondo del camino se pintaba una bella estampa.
La playa de arena blanca era besada por el mar tranquilo, las barcas de distintos azules, dadas la vuelta, reposaban esperando que las sacaran al agua sobre la ensenada, los pelícanos pescaban en el mar turquesa que se teñía de rosa a medida que el sol bajaba en el horizonte, una brisa suave acariciaba las palmeras que bailaban a su son una danza delicada.
Allí, en el paraíso, estaba la casa de palapa de Oriol.
Nos acogió entre las sombras, para dar rienda suelta a aquel amor que se escapaba a borbotones.
Hicimos el amor despacio, dejando que nuestras pieles se buscaran y se encontraran. Hablaban un idioma antiguo, el lenguaje de la carne que se sabe esclava y dueña, los dos comprendíamos lo que decían, no hacía falta ni una sola palabra.
Retozamos y comimos, lloramos y reímos, nos soltamos y volvimos a enredarnos. Sabíamos que compartíamos el camino, éramos cómplices y amigos, amantes y desconocidos. Y así, cautivos entre el placer y el miedo, nos encontró la magia.
Nos dimos pletóricos y exhaustos, sabiéndonos perdidos, hasta que la calma de la madrugada nos arropó en su abrigo. Después, sin más reservas que el silencio, nos quedamos dormidos.
No lo dije en aquel momento, pero lo sabía muy adentro, cualquier lugar podía convertirse en el paraíso si Oriol estaba conmigo.