Donde nace el cielo Capítulo 61.
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Capítulo 61.

Un golpe de efecto

Hay quien confía en su posición privilegiada para resguardarse de todos los males, pero hay veces, las menos, que la vida es justa.

Todo tiende a un equilibrio y cuando la balanza se inclina mucho hacia un lado, las fuerzas que controlan el poder conspiran para devolver las cosas a su sitio.

Buscan la forma de añadir peso al otro lado de la balanza.

En esta ocasión, las fuerzas que íbamos a cambiar el orden establecido íbamos a ser Oriol y yo.

Los pesos ya estaban preparados, solo necesitaban el empujón que los colocara en su sitio.

Evaristo Rey llevaba demasiado tiempo con la balanza inclinada a su favor y eso le hacía creerse invencible. Pero los tiempos cambian, los viejos amigos mueren y a las nuevas caras no siempre les conviene mantener las mismas alianzas.

En el juego de los que mandan priman más los intereses que las viejas amistades.

La antigua escuela había dejado ya de imponer sus normas, ahora llegaba el turno de los nuevos maleantes.

Los de oficinas lujosas y sillones de cuero, los de traje a la moda y apariencia impecable, era el tiempo de los que asestaban el golpe por la espalda sin perder la sonrisa de la cara.

Hay cosas que nunca cambiarán, aunque cambien las piezas en el tablero, una de ellas es que el poder corrompe al hombre.

No importa que derroquemos al tirano, al final todo vuelve a repetirse, la historia es un círculo sin fin que se repite a sí misma.

No hay cura ni solución para eso. La mayoría lo tenemos asumido y, de una manera u otra, aceptamos las reglas del juego.

Evaristo Rey, en cambio, no lo sabía. Llevaba tanto tiempo haciendo y deshaciendo a su antojo impunemente, que se creía omnipotente.

Esperaba el golpe desde abajo y estaba preparado para repelerlo, pero se había acomodado demasiado como para darse cuenta de que la traición le venía de su núcleo más cercano.

Eran sus propios amigos los que estaban conspirando para traicionarlo.

Se había convertido en una presencia incómoda, ahora todas las manos que estaban manchadas con su dinero empezaban a darse cuenta de cuán vulnerables eran ante un sistema que había cambiado.

Tal vez si solo hubieran sido los huesos y las ruinas se hubiera librado, pero su imperio había crecido por encima de lo esperado, se había enriquecido y acumulado más poder del que podía permitir el estado.

Había violado tantas leyes que ya no era posible hacer la vista gorda, su peor error había sido el fraude fiscal descarado y reiterado.

Por supuesto, no habían conseguido demostrarlo.

Evaristo tenía contratados los mejores asesores y abogados, era por eso que empezaron a buscar la forma de atraparlo por otro lado.

Es fácil encontrar la basura cuando la escondes debajo de las alfombras.

Hasta en eso, Evaristo Rey había pecado de ingenuo, era tal su confianza en su influencia que no vio la sombra que poco a poco se cernía sobre su cabeza.

Tal vez por eso, aquella tarde de viernes, cuando las GOPES rodearon su casa y fueron a detenerle lo encontraron en pantuflas y fumando un puro. Jugaba una partida de ajedrez con uno de sus nueve nietos.

—¡Jaque mate! —había dicho un instante antes el niño que tendría unos once o doce años.

Ni siquiera hizo el ademán de huir o defenderse, tan seguro estaba de que era intocable, que, con toda la tranquilidad del mundo, se calzó unos zapatos, se colocó la americana y siguió sin perder la sonrisa ni oponer resistencia a los hombres que, desconcertados por su actitud, lo escoltaban hasta la puerta.

Evaristo Rey no sabía que acababa de perder la partida. Su tiempo de impunidad se había terminado.

Todo había empezado dos días antes. Paco, Antonia y yo llegamos a Tulum exhaustos, llevábamos cinco horas de viaje en caravana.

No me costó encontrar el enclave de casas de pescadores donde sabía que vivía Oriol en la Riviera.

Él me había explicado durante nuestro viaje con pelos y señales cómo era su casa y donde estaba.

Tampoco tardé en reconocer a Emiliano, que ajeno a todo lo que sucedía alrededor, remendaba con destreza unas redes de pesca junto a su barca en la playa.

Sabía que él tenía el pendrive con la grabación que demostraba que los huesos expoliados estaban ocultos en los cenotes y exculpaba a Oriol de todas las acusaciones que lo habían llevado a dar con su cuerpo en el presidio.

El hombre, de mirada diáfana y joven a pesar de sus arrugas, me tanteó durante más de una hora antes de plegarse a mis ruegos y darme la prueba que necesitaba.

—¿Estás segura de que puedes ayudarle? —me preguntó con cara de preocupación—. Esos hombres son peligrosos. ¿Cómo piensas hacerlo?

Había abonado el terreno durante el viaje.

Odalis me había conseguido una entrevista con el director de uno de los periódicos más importantes de la Riviera. Sabía que corría el riesgo de que aquel hombre también fuera corrupto, por eso antes de presentarme ante él, acudí a las autoridades.

Hice dos copias más del pendrive antes de ir a la policía. El vídeo dejaba claro que Oriol nada tenía que ver con los huesos. Además, yo declararía a su favor. Oriol estaba conmigo cuando se suponía que estaba vendiendo restos arqueológicos en el mercado negro. Ambas cosas no eran compatibles.

Les pedí a Paco y Antonia que se quedaran con una de las copias.

Si algo me pasaba deberían denunciarlo a la policía española desde el consulado y entregarles la prueba.

Había escrito también una declaración donde explicaba los pormenores de la investigación y la persecución a la que el Chancho Moreno nos había sometido a Oriol y a mí al verse descubierto.

Casi todo estaba basado en conjeturas, al final la única prueba tangible era el vídeo, pero confiaba en que tirando un poco del hilo pudieran conseguirse más pruebas.

Con la adecuada cobertura mediática la balanza podía inclinarse a nuestro favor.

Mi intención era sembrar la duda y exculpar a Oriol, si no conseguía inculpar a Evaristo Rey o al Chancho Moreno ya buscaría la manera de convencer a Oriol para que saliera de su área de influencia una vez lo liberaran.

Por otro lado, Sarah se hizo cargo de la tercera copia.

Si no conseguía regresar de mi visita a la policía, debía replicarla y mandarla a todos los medios de comunicación en México y en España con un reportaje que yo misma había escrito.

En él destapaba la trama de corrupción inmobiliaria y explicaba cómo Evaristo Rey estaba vaciando los cenotes de restos y desmontando el patrimonio maya para construir su imperio turístico sobre ellos.

Nada de lo que tenía planeado salió como esperaba, tampoco hizo falta. Las imágenes nunca llegaron a los medios, ni la entrevista con el director del diario Riviera llegó a materializarse.

Entré en las dependencias de la policía federal en Cancún dispuesta a todo aquella mañana de viernes. Expliqué los pormenores de mi denuncia a uno de los subalternos que con su cara morena y expresión de soplagaitas se limitó a pasarme con un oficial de mayor rango.

Él, a su vez, me escuchaba lacónico, como ausente, solo cuando mencioné el nombre de Evaristo Rey y saqué el pendrive del bolso pareció reparar en mi presencia.

—Espere usted aquí, señorita —me dijo con cara de pocos amigos.

Me temblaban las piernas y algo me decía que aquello no había sido buena idea.

Mi ansiedad se acrecentó cuando el hombre volvió a buscarme y me invitó a acompañarlo a un despacho en la planta superior.

El cubículo, pequeño y sin ventanas, estaba vestido con una escueta mesa de trabajo y dos estantes de madera de teca repletos de archivos.

Era un lugar oscuro. Nada más llegar, el hombre me dejó sola y cerró la puerta con llave desde fuera.

Inmediatamente noté la claustrofobia. Me estaban reteniendo, la pregunta a responder era por qué. ¿Qué querían de mí?

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al ser consciente de que era un blanco fácil.

Extranjera, turista y enredada en aquel embrollo de los huesos y los restos.

¡Ir a la policía había sido una estupidez!

Había sido prudente y no había hablado con nadie de la existencia de Xibalba.

Aun así, no estaba segura de que todas las precauciones que había tomado para cubrirme las espaldas al realizar las copias del vídeo sirvieran para algo si me inculpaban de algún delito.

Estaba inquieta. No sabía si yo solita me acababa de meter en la boca del lobo.

Notaba una sensación de ahogo y tuve que controlar mis nervios para no caer en el histerismo.

En cualquier caso, Paco y Antonia estaban avisados de que si no volvía esa misma noche a la caravana era porque había pasado algo extraño.

Ellos acudirían sin demora al consulado.

Tenían orden expresa de no acudir en mi ayuda a comisaria, pues no dudaba de que si la policía estaba comprada también a ellos los detendrían si venían.

El tiempo se me hizo eterno allí dentro. Traté de tranquilizarme y tomé asiento en una de las sillas de cuero negro que estaban junto al escritorio. Había cruzado las piernas y jugueteaba impaciente con la pulsera que llevaba en la muñeca.

Después de un rato de espera me levanté para caminar un poco. Me dolía el culo de estar sentada. ¿Cuándo demonios iba a volver a abrirse aquella puerta?

Había también en el despacho un sofá de color blanco de dos plazas que parecía más cómodo, pero no me atreví a ocuparlo.

Era la única nota de color, pero era tan frío que no invitaba a sentarse.

Sin lugar a duda aquel cubículo era un espacio hostil.

Tragué saliva y noté que se espesaba en mi garganta.

Cogí aire y me llené los pulmones, después exhalé despacio.

Cuando ya había estirado las piernas lo suficiente, regresé al escritorio y ocupé la misma silla.

Ya no volví a moverme en el resto del tiempo que duró la espera.