Capítulo 60.
Una vuelta de tuerca
¿Cuánto tiempo puede durar el sabor de un beso en los labios?
Aquella noche descubrí que un beso podía ser eterno.
Fue el tacto suave de los labios de Álex en mi memoria lo que me salvó.
Me sirvió como ancla al suelo y me ató al mundo de los vivos durante el tiempo que duró mi presidio.
Si no hubiera sido por aquel recuerdo creo que me hubiera vuelto loco.
Tumbado sobre la camilla, notaba a pesar del calor asfixiante el frío que me calaba hasta los huesos.
Había leído muchas veces que no existían ni cadenas ni barrotes que pudieran encarcelar a la libertad de la mente, sin duda aquellas eran las palabras de alguien que nunca había estado preso.
No hay nada más doloroso que la pérdida completa de la libertad, ni el mayor tormento físico es comparable.
Había pasado la noche en duermevela, encerrado en aquel cubículo que servía como enfermería bajo llave.
Trataba de no pensar y evocaba recuerdos agradables.
Me debatía entre el sueño y la vigilia bajo el efecto de los opiáceos que el médico me había dado antes de marcharse.
A pesar de estar medio drogado no conseguía relajarme.
El rostro perfecto de Alejandra me miraba entre las sombras, luego se transformaba en el rostro de Marita y la veía riendo en el columpio que había construido para mí cuando era niño, después me ahogaba en un cenote, una mano me sujetaba en el fondo y mis pulmones se llenaban de agua.
Cuando acudía al entierro, no era yo el muerto.
Las pesadillas me asaltaban y aquellas visiones sin sentido se repetían una y otra vez, me despertaba para comprender que la pesadilla de verdad todavía no había terminado.
Estar muerto era mejor que estar encerrado.
Hay pájaros que no han nacido para ser enjaulados, me faltaba el aire, me sobraba el alma y la conciencia que me decía que yo no podía terminar mis días en una cárcel.
Contuve la respiración, angustiado, cuando la llave giró en la cerradura, temía que me trasladaran a una celda. Al menos allí estaba a salvo, aislado del resto de los presos, alejado de aquella realidad que de ahora en adelante debía convertirse en mi vida.
Estaba trastornado, notaba que mi pensamiento funcionaba diferente, me había desapegado del mundo y veía todo alrededor como si fuera una película en blanco y negro.
Durante aquella noche había deseado morir a cada rato, solo los besos de Álex que podía sentir aún en los labios me habían devuelto algo de vida y me habían salvado del desánimo.
—¿Puede darme algo para el dolor, doctor? —imploré deseando que me administrara algún fármaco que me dejara grogui y me permitiera descansar durante un rato.
Me dolían las costillas y me pesaban los párpados, la herida del pómulo que ya estaba cerrando me tiraba por efecto de los puntos.
El doctor me miró y enarcó las cejas, se notaba que me había calado nada más entrar y adivinó mi intención de alargar la convalecencia todo lo que su piedad me permitiera.
—Es tu primera vez, ¿eh? —me dijo mientras me inyectaba un calmante—. No te preocupes, no es tan malo, al final uno se acostumbra, al menos aquí desde el patio se oye el mar. Hay sitios peores, créeme.
—Si usted lo dice —repliqué.
Él tenía prisa y yo pocas ganas de conversar. Le vi preparar algunos medicamentos y coger el maletín. Iba a hacer la ronda para atender al resto de los presos. Había dejado el periódico sobre su mesa y siguió mi mirada hasta él.
—Lo siento, no tengo permitido darte acceso a ningún tipo de información de lo que sucede fuera —se disculpó cogiéndolo rápidamente.
Iba a guardarlo en el armario bajo llave cuando pareció apiadarse de mí.
—Leer es una buena distracción —dije a modo de disculpa con un
ruego en la voz—. Me conformo con el horóscopo y los pasatiempos, eso no puede darme ningún tipo de información —añadí.
Desdobló el periódico y separó las últimas hojas.
—Te cedo también los deportes, pero no se lo digas a nadie —me dijo en un guiñó antes de marcharse.
Aquel tipo me caía bien. Parecía una isla a la deriva en un mar lleno de fango. Se despidió con un ademán de la mano y volvió a cerrar la puerta por fuera.
Acaricié aquel papel como si me fuera la vida en ello.
Necesitaba algo tangible a lo que asirme.
Maldecía mi mala suerte. Mi cabeza no paraba de buscar un modo de escapar a aquel destino terrible.
A pesar de que mi sentido común me decía que lo mejor era aceptar cuanto antes la vida que me esperaba a partir de entonces, no conseguía resignarme.
Pasé el resto de la mañana releyendo una y otra vez aquellas cuatro páginas.
Era mi manera de mantenerme despierto. Fue gracias a eso como descubrí el horóscopo maya.
La verdad es que yo nunca había creído en supersticiones, por eso no se me había ocurrido de ninguna de las maneras que allí pudiera encontrar la pista para la resolución del enigma que me conduciría a Xibalba.
Descubrir que el horóscopo se basaba en el calendario tunc y ver representadas las trece lunas nada más desdoblar la página me hizo dar un respingo sobre la cama.
Busqué escéptico mi fecha de nacimiento y descubrí que me representaba el colibrí. Leí entre la risa y el pesar que el horóscopo me auguraba un gran día. «¡Un día cojonudo…, el primero del resto de mi puta vida!», pensé.
Malhumorado tiré el periódico al suelo, me podía la impotencia del encierro.
Por momentos notaba cómo la ira amenazaba con dominarme.
Sabía que no podía dejar que me colonizara o me crearía más problemas de los que ya tenía.
Luchaba con uñas y dientes para mantener la calma. A duras penas lo conseguía.
Me giré en la cama y traté de dormir. La luz tenue de los rayos del sol que se filtraban por la claraboya no me lo permitió.
Finalmente, me rendí. Volví a coger el periódico y entonces fue cuando lo vi.
En aquella cuartilla estaban las trece lunas, cada una de ellas era representada por un animal.
El mono encabezaba la lista en el mes de enero, en marzo estaba el jaguar, la serpiente estaba en mayo y la tortuga en julio.
Eran los cuatro animales que conformaban la llave.
Tal vez los meses consignaban números… ¿y los puntos cardinales?
¿Y si no eran las cuatro puertas del axis mundi y había estado equivocado en mis indagaciones desde el principio?
Cerré el periódico y meneé la cabeza. Sin duda el encierro me estaba volviendo loco.
¿Podía haber relación entre el horóscopo maya y los animales del medallón?
Recordé que mi madre era fiel seguidora de aquellas patrañas, Marita leía su horóscopo cada mañana y se dejaba influir por lo que decía.
Me pregunté si había alguna posibilidad de que mi padre hubiera dejado un guiño para mi madre y sus costumbres como pista para resolver aquel jeroglífico sin sentido.
Deseché la idea y me puse a recopilar mentalmente toda la información de la que disponía.
Pensar en el enigma que encerraba la ciudad de los muertos me servía para evadir la realidad, cumplía su función distractora.
Al menos, mientras mi cabeza cavilaba y hacía conjeturas relacionadas con aquel misterio no me permitía compadecerme de mí mismo.
Pronto empecé a notar cómo el calmante me hacía efecto.
Los párpados me pesaban y la presión en el pecho había cedido un poco, la sensación de ahogo disminuía y el sueño empezaba a vencerme.
La imagen de la cara de Álex me vino a la memoria justo antes de dormirme, de inmediato esbocé una sonrisa y noté como la calma me invadía.
Por primera vez en dos días pude descansar.
Me desperté de sopetón, con el corazón a punto de salírseme por la boca, al escuchar el golpe de la puerta al cerrarse sin delicadeza. Debía ser ya más de media tarde.
Me puse en alerta y traté de incorporarme al ver al alcaide de la prisión que señalaba hacia mi cama. Junto a él, dos hombres con cara de pocos amigos me habían clavado la mirada.
Tragué saliva al ver que se acercaban. ¿Quiénes eran aquellos dos hombres?
¿Qué querían de mí? Por un momento, pensé que tal vez eran los abogados que me habían asignado para el juicio, pero enseguida deseché la idea.
Me pregunté si no serían los hombres del Chancho Moreno que venían a rematarme.
Había algo extraño en ellos y me preparé para defenderme si era necesario.
Fue el alcaide quién hizo las presentaciones, después, para mi desconcierto, nos dejó a solas y volvió a cerrar la puerta con llave.
—Rolando Suárez, de las GOPES —dijo uno de los hombres con expresión seria manteniendo la distancia de un metro reglamentaria—. Él es mi compañero, Leopoldo Arias. ¿Es usted Oriol?
Los miré sin comprender nada. Las GOPES eran el ejército de fuerza de México, un cuerpo especial que se dedicaba a las operaciones de alto impacto. ¿Qué podían querer de mí?
El hombre volvió a repetir la pregunta y yo asentí confuso.
—Estamos aquí para hablar con usted sobre la declaración de culpabilidad que ha firmado —aclaró el segundo—. Si quiere que le hable con franqueza, Oriol, no nos convence.
Tragué saliva. ¿Acaso era una broma? ¿Algún tipo de prueba de Evaristo Rey para comprobar que no iba a retractarme de mi confesión una vez estuviera en prisión?
Guardé silencio. Necesitaba tantear sus intenciones antes de dar cualquier paso en falso. No pude evitar pensar en Álex, tenía que salvaguardarla.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó a bocajarro el tal Rolando Suárez—.
¿Por qué se inculpó usted, Oriol?
Miré al suelo, no quería que vieran en mis ojos el miedo que me atenazaba. Deseaba gritar que yo no había hecho nada, pero tenía que ser prudente. Guardé silencio y me encogí de hombros.
—Sabemos que usted no lo hizo, Oriol. Llevamos dos años siguiendo la actividad de la organización que vendía los restos arqueológicos en el mercado negro y su nombre nunca salió a colación. Hemos estado investigando, no cuadra nada, usted es un pobre diablo.
—También sabemos que tiene miedo, que firmó coaccionado… y seguramente Evaristo Rey, o Chancho Moreno, o ambos le han amenazado con hacerle daño. Podemos ayudarle, a cambio usted tendrá que colaborar con nosotros —terminó Leopoldo Arias la disertación.
—¿Y cómo sé que están de mi lado? —pregunté ofuscado.
—No lo sabe, no le queda más remedio que fiarse. Tiene dos opciones: puede venir con nosotros o quedarse y pudrirse en esta cárcel.
Una hora más tarde, después de que me devolvieran la ropa y mis cosas y de firmar todo el papeleo, salía por la misma puerta por la que había entrado dos días antes.
Lo hacía con las manos esposadas a la espalda y con el rostro tapado.
Esas eran las condiciones. Iba escoltado por los dos hombres que me llevaban casi en volandas sujeto por ambos brazos.
Un coche negro con las lunas tintadas nos esperaba en la salida, cuando me destaparon los ojos pude ver que era un jaguar.
Noté que la presión en mi brazo se incrementaba. Traté de forcejear. Tuvieron que meterme a la fuerza en la parte de atrás, mis lesiones no me permitieron oponer mucha resistencia.
Todavía no me había repuesto de la sorpresa cuando una voz conocida me sobresaltó.
—¡Bienvenido a la banda, primo!
Enrico viajaba en el asiento del copiloto, no tardé en reconocer al conductor. Era el mismo hombre que nos había salvado la vida en Muyil.
—¿Me puedes explicar qué cojones está pasando? —pregunté en modo imperativo dirigiéndome a mi primo.
Necesitaba respuestas.
—Todo a su tiempo, Oriol —respondió el hombre que conducía el jaguar. Parecía ser él quien daba las órdenes. Todos los demás asintieron y guardaron silencio.
¡Ahora sí que no conseguía entender nada! ¿Qué pintaban ellos allí?
¿Si eran los hombres de Evaristo Rey por qué me habían liberado? ¿Acaso jugaban a dos bandas? ¿O todo era una trampa para poner a prueba mi determinación a cargar con la culpa y ahora que habían visto que no me resignaba iban a eliminarme?
Notaba el corazón acelerado y me asaltaba una nausea.
Mi malestar se incrementaba a medida que el vehículo avanzaba.
El aire que al salir por la puerta del presidio me había parecido una bendición se había tornado ahora espeso.
Parecía que mis problemas no habían terminado.
¿Y si al confiar en la GOPES había puesto a Alejandra en peligro?
Me revolví en el asiento con inquietud. Solo había una cosa en mi cabeza y tenía nombre propio: Álex… ¿Qué pasaba si ahora iban a por ella?