Capítulo 59. #3
—¿Y quién me dice a mí que habrá un mañana? —contestó ella—. A mi edad, criatura, uno nunca sabe cuándo será el último tango. ¡Hay que aprovechar y bailar mientras la vida ponga buena música!
Aquel día comprendí que no siempre las personas son lo que parecen, detrás de la fachada se esconde una historia que no conocemos, nadie sabe las penas que carga cada uno, a veces, el más roto es precisamente el que más brilla.
Observé a Antonia mientras se alejaba. Brillaba desde dentro e iluminaba la noche con su sonrisa. Estaba todavía despierta cuando llegaron y me hice la dormida. Reían como chiquillos, se palpaba la complicidad entre ellos en el aire.
Aquella noche me dormí creyendo en el amor. No esperaba de ninguna de las maneras lo que a la mañana siguiente aconteció.
Estaba desayunando tranquilamente cuando Paco llegó con la expresión descompuesta. Había salido con Antonia un rato antes a comprar el periódico y dar un paseo, como solían hacer cada mañana.
—¡Chiquilla…! —me dijo casi sin aliento—. ¡Chiquilla! —insistió.
Venía hacia mí casi a la carrera. Alarmada, creyendo que algo le había sucedido a Antonia, corrí a su encuentro con el corazón galopando en el pecho.
—Ay, chiquilla… Madre mía… —insistió—. ¿No es este tu maromo?
—me señalaba el periódico que llevaba en las manos y en cuya presencia no había reparado hasta ese momento.
Se lo arrebaté de inmediato sin comprender. Con manos temblorosas me llevé a la cara la gaceta. Se trataba de un periódico de información local que había comprado en la tienda de souvenirs del balneario.
Lo primero que llamó mi atención fue la foto, era de Oriol, aparecía esposado y escoltado por la policía. Parecía que estaba herido. Busqué con ansiedad más información.
El titular que acompañaba a la imagen me puso los pelos de punta.
«Detenido un hombre acusado de expolio y venta de patrimonio histórico en el mercado negro».
Oriol G. C., vecino de Punta Allen en el estado de Quintana Roo, ha sido detenido acusado de expoliar restos óseos mayas extraídos de los cenotes y de comerciar con patrimonio arqueológico en el mercado negro en el trascurso de una investigación que llevaba abierta desde el año 2020.
El hombre, que según informa la policía federal se ha declarado culpable de las acusaciones, ha sido trasladado a la prisión de Cozumel a la espera de juicio.
Sin poder creer lo que veía, volví a leer la noticia una y otra vez.
Me desmoroné al comprender lo que aquello significaba.
Algo muy raro debía haber pasado. Sabía que Oriol era inocente.
Las acusaciones no coincidían con la cronología.
Estaba conmigo el día que supuestamente habían hecho la redada en la que le habían detenido.
Aquello no podía ser verdad. Tenía pruebas que lo exculpaban.
—Y ¿qué piensas hacer? —me preguntó Antonia contrariada.
Sabía que me marchaba a Cancún a la boda de Sarah en dos días. Ese mismo fin de semana tenía el vuelo de vuelta a Sevilla.
—Ay, muchacha, deberías olvidarte de todo y seguir con tu vida, ese maromo no te conviene, te ha dejado hecha polvo y está envuelto en problemas. ¿Qué pasa si no es trigo limpio? —insistió.
—Tengo que ayudarle. Sé que es inocente —contesté con un hilo de voz y los ojos cuajados de lágrimas.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Paco con su talante compresivo.
—De momento llamar a mi hermana Esther. Ella sabrá cómo puedo ayudarle.
Suspiré. Averiguaría la verdad. Sacaría de la cárcel a Oriol y después retomaría mi vida. Él me había abandonado, pero yo no pensaba dejarle en la estacada.
—Tienes que andarte con pies de plomo —me dijo Esther cuando le conté el lío en el que me había metido.
Salí de la caravana dos horas después. Había estado todo el tiempo hablando por teléfono.
—¿A dónde vamos? —preguntó Paco al verme.
—¿Querrás decir a dónde voy? —corregí con una sonrisa de circunstancias.
—Vamos, querida. ¿No pensarás que vamos a dejarte sola en esto…?
—dijo Antonia.
Me encogí de hombros y cogí a cada uno de un brazo. Medio minuto después Paco ponía el motor en marcha.
—Volvemos a Tulum. A la casa de Oriol en la playa. Tengo que empezar por el principio.
Había sacado del fondo del cajón mi «traje» de periodista.
Necesitaba hacer público el vídeo que había grabado Oriol la primera vez que descubrió los huesos en el cenote dos ojos y reconstruir todos nuestros pasos antes de hablar con la policía.
Sarah y Odalis me ayudarían. Tomé aire con fuerza y me llené con la determinación que necesitaba para llevar todo aquel asunto a buen puerto.
Sabía lo que tenía que hacer. Estaba dispuesta a correr riesgos y asumir las consecuencias, tenía que liberar a Oriol. Se lo debía. Me lo debía a mí misma. No iba a abandonarle a su suerte.
Respiré aliviada ante la idea de volver a verle. Es extraño el corazón. No me resignaba a perderle. A veces lo más difícil es dejar marchar a la persona que quieres. Él había quemado antes de tiempo todas mis ilusiones, pero yo, todavía, no estaba preparada para marcharme. No, no podía soltarle.
Tenía un plan. Iba a bailar mi último tango.