Capítulo 59. #2
Fue entonces cuando Antonia comenzó a sentirse mal. Se había agarrado a mi brazo, estaba más blanca que el lodo con que los turistas se embadurnaban cara y cuerpo a pocos metros en el blanquizal.
La miré preocupada y ella me pidió que la sujetara. La vi poner los ojos en blanco y después de balbucear algo que no entendí perdió el conocimiento. A gritos pedí ayuda para subirla de vuelta al barco. Arrasada en lágrimas e impotente creí que se me moría allí mismo.
Paco no tardó en llegar junto a nosotras, había ido hasta el bar que, en medio de la nada, servía mojitos y caipirinhas y venía cargado con tres vasos con pajitas.
Al ver el revuelo había tenido un pálpito y nadaba con una mano sin decidirse a soltar los vasos.
Los dejó caer al fondo de la laguna en cuanto vio que yo hacía aspavientos desde la lancha.
Se encontró a su Antonia tendida en el suelo. Le había dado una bajada de azúcar.
Con rapidez buscó en su mochila y sacó un medidor, la insulina y una aguja. Con destreza de práctica de muchos años cargó la inyección y se la puso en el brazo. El capitán de la embarcación ya había pedido socorro.
Una lancha neumática a motor más pequeña había venido a buscarnos y nos llevó a la enfermería en el balneario, donde un médico y una enfermera, con pinta de ingleses ambos, reconocieron a Antonia y le recomendaron descanso. Salió de allí caminando, no quiso apoyarse ni en mi brazo ni en el de Paco.
Estaba demacrada y aceptó tumbarse un rato. Yo fui a recoger el ceviche que habíamos encargado y Paco y yo comimos en la caravana, en una mesita que habíamos montado a la sombra y con vistas a la laguna y el fuerte.
—Me ha dado un susto de muerte —reconocí cuando estuve segura de que Antonia estaba bien.
Había comido escuetamente y se había quedado dormida.
Paco había ido varias veces hasta ella y con la mano en su pecho había comprobado que respiraba con normalidad.
Se me partía el alma cuando veía su cara descompuesta y aquella congoja que lo atenazaba.
—¿Le pasa muchas veces? —pregunté sin saber si preocuparme o no por lo sucedido.
—Lleva años con la diabetes, bueno, desde que pasó lo de Carlitos y lo de su pierna —explicó sin reservas—, pero nunca se desmaya, tiene el azúcar controlado y se pone a diario la insulina.
Creo que es por el calor, la humedad y la presión no le vienen bien.
La verdad es que estoy deseando estar de vuelta en España, no estoy seguro de que el viaje haya sido una buena idea.
—¿Qué le pasó en la pierna? —interrogué llevada por la curiosidad arrepintiéndome de mi indiscreción nada más formular la pregunta.
—Estuvo a punto de perderla. Bueno, no solo la pierna, casi no lo cuenta. Los médicos la daban por muerta, pero ella no quiso rendirse. No sé cómo pudo superar aquello. A veces las personas que parecen más frágiles son precisamente las que albergan mayor fortaleza.
—Supongo que fue por el azúcar. Tiene diabetes, ¿verdad?
—Fue más que eso. Fue por nuestro hijo, Carlos. Era el pequeño.
—Tragó saliva y yo guardé silencio. Se notaba que todavía le costaba hablar de aquello—.
Carlitos se había marchado a estudiar empresariales a Madrid y nos hizo creer que todo le iba viento en popa.
Vino a vernos a Cáceres, con un Mercedes de los caros nada menos…
, nos invitó a comer a la carta en el mejor restaurante, ¿sabes?
Antonia se vistió con sus mejores galas, con aquel vestido lavanda que se había comprado para la boda de nuestra hija Carolina.
¡Tenías que haber visto la cara de orgullo que llevaba!
Volvió a interrumpirse y bebió un poco de agua. Yo, con la respiración contenida, no me atrevía a decir nada.
—El caso es que era todo mentira —continuó—.
Empezó pidiendo dinero a sus hermanos, y luego cuando ya ellos dejaron de ayudarlo, comenzó a recurrir a su madre.
Antonia le mandaba dinero en secreto, hasta que el dinero de la cuenta se acabó.
Dilapidó todos nuestros ahorros y cuando Antonia dejó de mandarle dinero, vino a casa a robarnos.
Llegó gritando y aporreándolo todo, montó un espectáculo y se llevó todo lo que había de valor.
Le perdimos la pista durante dos años. ¿Sabes lo que es para unos padres no saber si su hijo está bien o mal durante tanto tiempo?
Antonia lloraba cada noche en silencio, y yo a su lado hacía que no la oía.
Nunca le perdonaré lo que nos hizo pasar. Ojalá nunca hubiera vuelto.
—Pero volvió… —dije yo terminando la frase con el corazón en un puño.
Paco asintió.
Al ver que sus ojos se humedecían, a mí también me apremiaron las lágrimas. No imaginaba lo que se escondía detrás de aquella historia, pero por su expresión suponía que no había terminado bien.
—Ay, chiquilla… —dijo poniéndome la mano en el hombro y esbozando una sonrisa de circunstancias—.
Sí, volvió… Carlos tenía un problema con el juego.
Regresó el día de nochevieja, borracho como una cuba, aireando a voz en grito en plena calle todas nuestras vergüenzas.
Aporreó la puerta hasta casi tirarla abajo, pero no dejé que Antonia le abriera.
Había jurado que Carlos no volvería a pisar aquella casa y estaba dispuesto a cumplirlo.
Sabía que si le abría volvería a robarnos.
En su lugar, llamé a la policía y le dije que si quería volver a entrar en casa antes debía convertirse en un hombre de provecho.
Fueron mis últimas palabras. Cuando escuchó la sirena, se subió en el coche y se marchó como alma que lleva el diablo.
Condujo como un loco ocho kilómetros, hasta que se estrelló con un poste en la carretera comarcal. Murió en el acto.
Me llevé la mano a la boca. No sabía qué decir.
—Un padre nunca debería enterrar a un hijo —le escuché decir con el alma partida.
El aire se volvió más espeso y los ruidos cesaron por completo.
Los dos estuvimos en silencio largo rato, como si las palabras nos hubieran aporreado. Paco se levantó para comprobar que Antonia seguía durmiendo plácidamente y luego retomó la historia.
Hay veces que uno necesita hablar de sus demonios, poner en palabras las preocupaciones es la mejor forma de librarse de los fantasmas que nos acosan.
—El mismo día que enterramos a Carlos, estuve a punto de perder a mi Antonia —relató con tristeza contenida—.
Estábamos ya en casa cuando le dio un colapso.
El azúcar se le había disparado, no sabíamos que tenía ningún problema con él hasta ese día, al parecer la diabetes es una enfermedad silenciosa.
El caso es que todos pensamos que era un ataque de nervios, por lo de Carlos…
y destrozados como estábamos ninguno le prestamos atención, hasta que se desmayó y vimos que no reaccionaba, fue entonces cuando avisamos a la ambulancia.
En un primer momento nos dijeron que no iba a recuperarse, que estaba desahuciada.
Decían que el azúcar le había subido tanto que le había dañado los órganos.
Después con el paso de las horas empezó a reaccionar y nos dijeron que cuando estuviera estable tendrían que cortarle la pierna, le había quedado inútil y no podían hacer nada por ella.
Al final, después de dos meses salió caminando por su propio pie del hospital.
¿Sabes qué me dijo cuando le dieron el alta?
Negué con la cabeza, no me salían las palabras.
—Me dijo: «Ay, Paquito, no podía morirme…
¿Quién iba a cuidar de ti si yo me muero?
». La abracé deshecho en lágrimas, dando gracias a dios de que me la hubiera devuelto —Tuve que sacar un pañuelo y sonarme los mocos, me caían a raudales junto con las lágrimas.
Paco también lloraba—. Cada día me arrepiento de haber echado a Carlos de casa esa noche, ella dice que la cojera es el recuerdo que le queda de la culpa y que por eso la lleva a rastras.
Antonia es la persona más fuerte que conozco.
Y ¿sabes qué? Tú me recuerdas mucho a ella.
Las dos estáis llenas de luz. No dejes que las penas te puedan, chiquilla, Antonia no se rindió, y me enseñó la lección más valiosa de la vida: No importa lo que te pase, mientras haya vida habrá esperanza.
A veces nos ahogamos en un vaso de agua por tonterías.
Le abracé con fuerza, como nunca había abrazado ni a mi propio padre, puse en aquel abrazo mi alma entera.
Caía ya la tarde cuando Antonia apareció en el quicio de la puerta.
Paco la miró embelesado y yo me levanté de un salto a abrazarla.
—¡Madre mía!, qué bien te ha sentado el descanso, si te has quitado veinte años de encima… ¿Dónde vas tan guapa? —le pregunté con cariño al verla.
Iba emperifollada, como si fuera a una boda. Se había puesto un vestido largo de color morado, con un volante que cruzaba desde el bajo pecho hasta la cadera opuesta y se había maquillado y arreglado el pelo.
Subida a esos tacones y con el pintalabios impecable nadie diría que unas horas antes estaba tirada en una lancha languideciendo.
—Nos vamos a bailar, mi niña. Y tú, Paquito… ¿todavía no estás listo?
¡Vamos, hombre, que no llegamos! —le increpó, metiéndole prisa.
Paco pasó por su lado y meloso la sujetó por la cintura. Ella le pegó un manotazo.
—Pero ¿te quieres dar prisa? —le dijo con su voz chillona.
Los vi salir rumbo al balneario. Caminaban agarrados por el brazo.
—¿Seguro que estás bien? —insistí antes de que se marcharan desde la puerta—. ¿No sería mejor que descansaras y dejaras lo del baile para mañana?