Donde nace el cielo Capítulo 59.
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Capítulo 59.

El último tango

Paco conducía absorto en la carretera, había puesto rumbo a Bacalar, la laguna de los siete colores.

Uno de los camareros del hotel les había recomendado la visita, había insistido tanto en que no podía perderse la belleza de aquel paraje, que finalmente Paco y Antonia habían decidido añadirlo a su ruta en aquel viaje.

Después de alquilar una caravana, se habían embarcado a la aventura en aquella excursión a través de la selva.

La casualidad había querido que me encontrara con ellos en Punta Allen, ahora yo también formaba parte de la expedición que había salido de la reserva de Sian Ka’an dirección a lo desconocido en aquel trasto mitad caravana mitad camión que a pesar de su apariencia desgarbada era la mar de práctico.

¡Nunca hubiera imaginado al verlo que viajar dentro pudiera ser tan cómodo! Era como una casa en miniatura y para mi sorpresa compartir espacio con Paco y Antonia estaba siendo más sencillo de lo que en un principio había pensado.

Me recosté en el asiento y me dejé imbuir por la vegetación tropical que rodeaba el camino y que podía apreciar en todo su esplendor a través de la gran ventana panorámica lateral.

Habíamos dejado la carretera principal hacía rato y transitábamos por un vial mal asfaltado donde Paco esquivaba los baches y socavones con sumo cuidado por miedo a que pudieran ocasionar algún desperfecto en el vehículo de alquiler.

Antonia ojeaba una revista de cotilleos que había comprado en el aeropuerto antes de salir de España y que después de tres semanas debía saberse ya casi de memoria.

Yo, por mi parte, buscaba en Internet información de interés acerca de Bacalar que pudiera incluir en el reportaje que estaba haciendo para Marcos que, satisfecho con el avance que le había enviado, me había dado carta blanca para seguir colaborando.

Gracias a eso descubrí que, además de por sus aguas cristalinas, sus cenotes, lagunas y balnearios, Bacalar era conocido por el famoso «canal de los piratas».

Aquel era el lugar donde, según contaban las historias, los piratas holandeses, ingleses y franceses habían desembarcado en el siglo xviii para tratar de hacerse con el palo de tinte que se cultivaba en la zona y que alcanzaba precios desorbitados en Europa.

Los españoles habían construido un fuerte frente al canal para defender su posición e impedir que los piratas pudieran acceder por él hasta Yucatán, pero al final los ingleses conquistaron parte del territorio anexo desde la zona de Belice y se hicieron con el tinte.

Contaban los mexicanos que muchos de los conquistadores habían quedado tan impresionados por la belleza de sus aguas al llegar frente a Bacalar que, olvidando su interés por el tinte, decidieron quedarse e instalarse allí.

Pronto comprendí que la fama de aquel lugar era bien merecida, desde la caravana no pude más que admirarme con la inmensa laguna que se extendía ante nuestros ojos pintada de tantos azules cómo era posible imaginar.

Frente a nosotros apareció de pronto el fuerte de San Felipe de Bacalar, era una construcción militar con clara influencia española que coronaba la costa en su punto más alto.

Inmediatamente y sin quererlo me vino a la memoria el rostro de Oriol, seguramente él hubiera tenido más anécdotas que contarme acerca de aquella historia.

El sonido de su voz en mi imaginación explicándome cada detalle me golpeó con tanta fuerza que tuve que hacer de tripas corazón para no caer en el abismo nuevamente.

Trataba de mantener a raya su recuerdo, había llorado tanto que ya no me quedaban más lágrimas que derramar.

La tranquilidad que me proporcionaba viajar con Paco y Antonia no había disminuido ni un ápice mi estado de desconsuelo.

Desde que Oriol no estaba a mi lado los colores eran menos brillantes.

Estaba presente en cada cosa y en todos los lugares, había quedado metido por debajo de mi piel y por mucho que llamaba al olvido aún era pronto para que este acudiera en mi auxilio.

Paco había estacionado en uno de los balnearios que proliferaban a orillas de la laguna y me levanté del asiento arrastrando los pies.

Suspiré, como las otras trescientas veces desde que me había despertado aquella mañana. Paco me miró con sus ojillos vivarachos y me apretó con gesto cariñoso el brazo.

Antonia ya se había puesto en movimiento, había bajado de la caravana y se había adelantado, negociaba al pie de la laguna con una agencia el precio de una excursión en lancha.

Me sorprendí al verla gesticular, con su cuerpo menudo y su voz chillona.

Era incansable, tenía tanta energía como una bomba atómica.

Paco la miraba embelesado, esbozando una sonrisa de pillo.

Una punzada de envidia me sacudió. Ahora más que nunca me había empeñado en no creer en el amor. Sin embargo, estaba allí, ante mis ojos, enseñándome que no hacía falta que fuera perfecto para que fuera real.

—¡Vamos a ver, Paquito! ¡Vente para acá, chiquilla!

—nos llamó Antonia con un aspaviento—. Ya tenemos excursión.

Nos llevan en media hora a dar el paseo por la laguna.

Iremos hasta el canal y allí nos bañaremos y tomaremos un aperitivo.

Después a la vuelta podemos ver el fuerte y comer en el chiringuito, me han recomendado el ceviche de camarones con cilantro, creo que será mejor que reservemos ahora mismo.

Cansaba solo escucharla. En un santiamén, Antonia había organizado el día.

Paco se acercó zalamero y la agarró por la cintura. Ella se lo quitó de encima como si se quitara a una mosca, con un manotazo en el pescuezo.

—¡Quita hombre, no seas pegajoso! ¡Con este calor, por Dios! Después de comer iremos a un balneario, dicen que hay unos fósiles muy raros que son rocas, pero están vivas… ¡A mí lo que me interesa es la música! Dicen que por la noche hay baile y que enseñan a bailar el tango.

—¿Pero el tango no es argentino? —preguntó Paco ya repuesto del pescozón.

Ella se encogió de hombros e hizo caso omiso como si Paco hubiera dicho la mayor de las tonterías.

Ya se había puesto en movimiento rumbo al restaurante y se echaba crema solar en la cara a la par que caminaba a paso ligero.

Yo intenté desmarcarme del plan, en cierto modo sentía que con mi presencia estorbaba a la intimidad de su viaje.

—Creo que deberíais ir vosotros solos, estáis de luna de miel y tres son multitud —expliqué tratando de justificarme.

¡Bastante tenían ya con el hecho de tener que compartir caravana conmigo como para tener que incluirme también como carabina en todas las actividades!

Lo que menos deseaba era parecer una desagradecida, pero lo cierto era que no tenía ganas de nada. Lo único que me apetecía era tumbarme y llorar todo el día.

—¡De eso ni hablar, niña! ¡Ya he sacado los billetes y tú te vienes con nosotros!

Que el desamor se cura con mar, sol, alcohol y buena comida…

Además, ¿no tenías que hacer un reportaje?

¡Faltaría más, estar en el paraíso y que te quedes sola llorando las penas!

Ay, niña, no…, de eso ni hablar. Las penas en buena compañía son menos penas —insistió Antonia.

Tuve que claudicar y plegarme a sus deseos.

No quería fastidiarles el viaje, estaba tan cansada y apática que discutir con Antonia me suponía un esfuerzo demasiado grande. Accedí a regañadientes. Conseguí a cambio que después de la comida y de la visita al balneario salieran ellos solos a cenar.

Paco tenía preparada una noche especial y Antonia quería ir a bailar. Sonreí al ver cómo se miraban y volví a añorar a Oriol con tanta fuerza que creí que iba a romperme. Su ausencia me dolía, a veces más de lo que podía soportar.

Me preguntaba a cada momento qué estaría haciendo.

Todavía tenía la esperanza de que cambiara de opinión y regresara.

Me sentía tan vacía como una concha abandonada.

Me torturaba a cada instante imaginando su mirada, recordando su voz, rememorando cada palabra de aquella última noche donde la magia se quedó para siempre congelada en el atardecer perfecto que había inmortalizado en aquella foto.

Todavía pensaba en él cuando me encontré en medio de la laguna metida en una lancha. La embarcación, atestada de gente, sobre todo turistas mexicanos, recorría las aguas transparentes que formaban aquel mar de agua dulce.

Las diferentes tonalidades de azules se debían a los diferentes fondos y profundidades.

En los lugares donde fluían los manantiales subterráneos que nutrían de agua a la laguna el color era azul cobalto, mientras que en las zonas donde se acumulaban sedimentos y predominaba la arena, el azul era tan claro que llegaba a rozar el blanco.

Nuevamente pensé en Oriol y no pude evitar sonreír, si él hubiera estado allí seguramente ya estaría metido en el agua buceando en alguno de los cenotes que proliferaban por doquier.

¡Pero el caso es que él ya no estaba! Había elegido marcharse.

¿Qué hacía yo pensando en él a cada instante?

Ofuscada aparté su nombre de mi memoria y me prometí que disfrutaría del viaje.

Me deleité con la visión sublime de aquel espacio vacío repleto de azules, era imposible saber dónde terminaba el mar y empezaba el cielo. Era como estar suspendido en el infinito. En la proa del barco iban abrazados Paco y Antonia. Volví a sonreír, lo hice con melancolía.

No tardamos en llegar al canal de los piratas y para mi sorpresa allí desembarcamos.

El canal, de escasos dos metros de profundidad y anchura, partía la laguna en dos lagos de aguas turquesas y cristalinas.

Podías caminar por el fondo con el agua a la cintura y abarcar con la vista solo el azul interminable.

Nunca en mi vida imaginé que pudiera existir un lugar así.

Era tan maravilloso que hasta mi añoranza se rindió a la inercia que me llevaba a sumergirme, nadar y chapotear como una niña.