Donde nace el cielo Capítulo 58.
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Capítulo 58.

En la cuerda floja

¿Cuál es el factor que determina si la moneda cae de un lado o del otro cuando la tiras al aire? Es difícil asumir el hecho de que gran parte de la vida depende de la suerte.

La gente tiene miedo de aceptar que la mayoría de las cosas que nos suceden escapan a nuestro control.

Yo, en cambio, siempre había sido consciente de ello, en cierto modo había aceptado vivir en la cuerda floja.

Había aprendido a balancearme, como el equilibrista que utiliza la inercia del movimiento oscilante a su favor, cultivando la habilidad de aprovechar las ocasiones favorables para avanzar sobre la cuerda sin caer.

Para mí siempre había sido suficiente con mantenerme en pie, ahora,

en cambio, algo había cambiado. ¡Conocer a Álex me había cambiado!

Ya no me conformaba con mantener el equilibrio para no caer, ahora quería bajarme de aquella cuerda que, suspendida sobre el vacío, me amenazaba constantemente con el abismo.

Anhelaba caminar sobre tierra firme, sintiendo la seguridad del sendero bajo los pies.

Lo había comprendido tarde, cuando ya estaba atado de pies y manos y la cuerda no me sostenía.

Por desgracia, esta vez la moneda había caído del lado contrario.

La suerte me había abandonado. Mi vida se había desmoronado antes de que pudiera ponerla en orden, había perdido lo más valioso que tenía.

Al firmar aquella declaración de culpabilidad había cavado mi propia tumba: había renunciado a la libertad y con ella a todos mis sueños. Solo ahora era consciente de que existían, estaban escondidos detrás de todos mis miedos.

¿Cómo puede un hombre vivir sin libertad? Es como pedirle a un pájaro que vuele sin alas. Imposible.

Aquella estocada del destino me privaba de la posibilidad de ser feliz, ya no tenía tiempo para reconstruirme y cerrar todas mis heridas. Álex se disipaba a lo lejos como la niebla con el sol del día, solo que esta vez era de noche y todo estaba completamente oscuro. Estaba perdido.

Tan perdido que llegué a creer que podía tirarme aquel farol sin miedo a perder nada más.

Creía que había otra forma de libertad, la que te llegaba cuando ya lo habías perdido todo.

No era consciente de que los afectos te esclavizan, fue por eso que no calculé bien mis palabras cuando volví a vérmelas cara a cara con Evaristo Rey a la mañana siguiente.

Enrico había entrado en la habitación antes que él. Después de que hubiera conseguido que firmara la declaración de culpa, se había ganado la confianza plena de su cúpula y se había convertido en uno de sus hombres de confianza.

Me miraba en silencio con expresión indescifrable, mientras su jefe se jactaba de haber conseguido ajustar cuentas con el destino.

—Me encanta que los planes salgan bien —había dicho palmeándole la espalda a mi primo con una carcajada maliciosa.

—¿Qué le hace pensar que no voy a retractarme de mi declaración y explicar que usted y sus matones me han amenazado para firmar esa confesión en cuanto llegue la policía? —le pregunté llevado por la desesperación mientras mantenía toda la altivez que me permitía mi deplorable estado.

Ya me habían quitado la vía y la sangre del edema se había reabsorbido, por lo que a pesar de mis heridas mi vida ya no corría peligro. Aquella misma tarde vendrían a buscarme los federales para trasladarme a la prisión hasta que se celebrase el juicio.

Al escuchar mis palabras Evaristo Rey cesó de reír y me miró como se mira a un hijo díscolo.

—No creo que te convenga, muchacho. Eso es algo que solo haría un suicida.

Le vi apartar la chaqueta de hilo fino que vestía y dejar a la vista la culata de un revolver. Esta vez fui yo quien rio con histerismo. Ya no me amilanaban las amenazas. Me había olvidado del miedo al sentirme cautivo.

—Tal vez haya cambiado de idea, ¿para qué me sirve la vida si voy a pasarla entre rejas? —respondí sosteniéndole la mirada.

La sangre me corría a borbotones y el corazón me galopaba en las sienes.

—Tal vez le alegre saber que su amiguita, la española, ya no está en Punta Allen.

Se había marchado de la cabaña cuando llegaron mis hombres y encontraron su notita de despedida.

¿Le han dicho alguna vez que es usted muy poco romántico, Oriol?

Les he mandado seguirle la pista, no será difícil, tengo ojos en todos lados.

Dado que usted estaba dispuesto a colaborar, en un acto de buena fe, había accedido a dejarla al margen.

Tal vez deba empezar a reconsiderarlo. ¿Le parece si la saludo de su parte cuando mis hombres la torturen?

¡Le conviene colaborar, Oriol, cualquier tontería y me asegurare de que su amiga sufra una muerte lenta y agónica!

Tragué saliva y noté el sabor metálico de la hiel en la garganta. Su respuesta me había dejado sin aliento y no pude evitar que las lágrimas corrieran por mis mejillas de impotencia.

—¡No te acerques a ella, cabronazo! —le grité furioso—. Si le tocas un pelo te juro que acabo contigo.

Había perdido los estribos y me estaba poniendo en evidencia.

En lugar de disimular y hacer ver que Álex me daba igual estaba dejando claro que ella era importante para mí... ¡El maldito cabrón me tenía cogido por los huevos!

—Mira, niñato… ¡A mí no me toca nadie las narices! ¿Seguimos teniendo un trato o prefieres que te traiga la cabeza de tu putilla en una caja de regalo?

Sentí como si me pegara un puñetazo en la boca del estómago.

—¿Te he preguntado que si seguimos teniendo un trato? —insistió.

Asentí consternado.

Ahora mejor que nunca podía comprender lo que mi padre había sentido cuando lo encarcelaron. A buen seguro a él también lo habían amenazado con hacer daño a Marita. Ahora entendía que se hubiera marchado.

Pensé en Álex. La intranquilidad de imaginar que pudieran hacerle daño me devoraba.

—Deme su palabra de que dejarán en paz a la chica —exigí, trataba de sonar desapegado.

Evaristo Rey había hecho un buen trabajo.

Cuando abandonó mi habitación a mediodía estaba tan convencido de que no podía hacer otra cosa que asumir la culpa y cargar con todas las falsas acusaciones que me habían imputado que no opuse resistencia alguna cuando los federales llegaron a buscarme.

Después de leerme mis derechos me subieron al furgón blindado.

Llegué a la prisión de Chetumal esa misma noche.

Nada más entrar el aire rancio me dio en la cara. Olía a humedad y a orines, a podredumbre y desesperanza.

Tuve que quitarme la ropa y meterme en una ducha.

Después me manguearon con agua a presión congelada.

Nunca me había sentido tan vulnerable. Vestido con aquel mono naranja y con el pelo rapado al uno, poco quedaba ya del Oriol que unas horas antes había entrado por la puerta.

Ahora, entre la vida y yo se levantaba una valla.

Estaba despersonalizado y roto, y así me recibió el alcaide.

Me miró con gravedad después de leer el expediente.

—¿Eres culpable? —me preguntó para mi sorpresa.

—¿Acaso eso importa? —pregunté yo con un hilo de voz encogiéndome de hombros.

—La verdad es que no —reconoció—. Los presos que esperan juicio vais al ala norte. Hasta que te suelden las costillas y se te cierre la herida dormirás en la enfermería—. Añadió señalando mi pómulo.

Intenté mantener el tipo sin conseguirlo. El hombre, al verme derrumbado, me puso una mano en el hombro y meneando la cabeza siguió hablando.

—El guarda te pondrá al día del reglamento. Lo mejor es aceptar cuanto antes tu destino, chico. No hagas ninguna tontería y mantente alejado de los problemas, ¿de acuerdo?

Tenía la lengua tan pesada que la voz no me salía. Asentí sin mucha convicción, notando como un velo espeso lo tamizaba todo.

El alcaide adolecía de cierto paternalismo. Me giré y le vi torcer el gesto, seguía meneando la cabeza mientras me alejaba. Parecía un buen hombre, mal trabajo había elegido si lo era.

Caminé tratando de sostenerme en pie y camuflar el pavor que me invadía. Las rodillas me temblaban y notaba los dientes que me castañeaban en la boca.

La muchedumbre vociferaba hacinada en las celdas mucho más pobladas de lo debido. Los gritos se solapaban y la mirada de los otros presos cuando me conducían a la enfermería por el pasillo me puso los pelos de punta. Si existía el infierno estaba seguro de que era algo parecido a aquello.

La primera noche fue la peor. No encontraba motivo ni razón para seguir viviendo.

Sabía que tenía que aguantar, al menos hasta que se celebrara el juicio y Álex volviera a Sevilla.

Luego, tal vez lo más sensato sería quitarme la vida.

Espanté aquel pensamiento de mi cabeza y me concentré en imaginar su rostro.

Veía ya difuso su perfil armónico. Podía perderme todavía en la mirada de sus ojos y saborear el tacto de sus labios pequeños y carnosos.

La madrugada me encontró todavía en vela, imaginando su cuerpo desnudo junto al mío, el sol anaranjado que se adivinaba a través de una pequeña claraboya me recordó a los matices de su pelo. Traté en vano de devolver su olor a mi memoria. Tampoco conseguí recrear el tacto de sus dedos.

Lloré como un chiquillo al comprender que no volvería a verla. Con el alma partida rememoré todos nuestros momentos. Lloré sobre todo por aquel vacío inmenso que dejaba su ausencia, lo hice también por todas las cosas que nunca le dije. Alejandra se había convertido ya solo en un recuerdo.

¿Podía haber peor infierno? ¿Por qué me abandonaba así la suerte?

¿Cómo se puede sobrevivir con todas las palabras que nunca dijimos clavadas a fuego dentro?

¡La vida no era justa! Me faltaron tantos «te quiero»…