Donde nace el cielo Capítulo 57.
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Capítulo 57.

Cuando el sol brilla, pero no calienta

La esperanza puede salvarte, pero puede ser también una cruel enemiga.

¿Cuánto tiempo necesitas para aceptar que te han abandonado?

Yo necesitaba más de un día, no puedo explicar de otra manera que me quedara en Punta Allen y no me marchara de inmediato.

Nunca confesaría en voz alta que durante aquella jornada y toda la mañana siguiente había esperado en vano que Oriol cambiara de idea y regresara.

Una vez desvanecida toda esperanza había llegado a un punto de no retorno, el golpe me había destrozado.

Después de encontrar la nota de Oriol, había llorado todas las lágrimas que cabían en mi cuerpo.

A media tarde había hecho acopio de valor y me había recompuesto, había decidido dedicar el resto del día al trabajo.

No me sentía con fuerzas para tomar decisiones y llevaba mucho retraso en el reportaje, así que dedicarle tiempo y centrarme en ello era el mejor de los bálsamos para mi desasosiego.

Desde siempre había encontrado en la escritura una forma de huir del mundo, ordenar todas las fotos y los datos y trabajar a fondo en las entradas sobre la Riviera más auténtica que Marcos me había encargado había resultado ser una distracción lo suficientemente fuerte como para calmar en parte mi aflicción.

Si bien notaba los pedazos de mi corazón roto que me laceraban el orgullo dentro del pecho, necesitaba que el tiempo pusiera las cosas en su sitio antes de aceptar el abandono.

Me obligué a comer sin ganas y pasé el resto de la tarde organizando el material que había recopilado.

Aprovechaba cada foto para traer a mi memoria pormenores y anécdotas del viaje.

Estaban las imágenes de Uxmal, donde había nacido la magia, el principio de todo, también las fotos de las ruinas y el gran cenote en la impresionante Chichen Itzá, las instantáneas del templo de los monos en Cobá y las de la zona arqueológica de Muyil y todos sus lagos…

, en todas ellas estaba impregnada la presencia de Oriol, igual que nuestra historia aquellas imágenes estaban llenas de altibajos.

Sonreí sin poder remediarlo. Nada superaría nunca aquel torbellino de emociones que Oriol había desatado al entrar en mi vida como un tornado.

Ahora solo quedaban los despojos, el desastre después de la tormenta perfecta, no podía culparle, en todo momento había sido yo quien le había buscado, me había aferrado a un imposible, los dados estaban echados de antemano.

Yo no había sabido verlo. Había apostado todo mi corazón a favor de un nosotros y había perdido hasta las bragas.

Si algo había aprendido de la experiencia era que en el juego del amor no me acompañaba la suerte.

Me esforcé en escribir el mejor reportaje y trabajé febrilmente durante el resto de la tarde hasta bien entrada la noche.

Sabía que empeñarme en la perfección me haría concentrarme tanto en lo que estaba haciendo que todo lo demás se evaporaría alrededor.

Eso era precisamente lo que necesitaba, desaparecer, volverme invisible, olvidarme de Oriol.

Espantaba los recuerdos más dolorosos, esos momentos de comunión donde Oriol y yo habíamos formado un nosotros.

¿Cómo podía haber tantos? ¿Había sido aquella complicidad de piel y risas un espejismo?

Me había entregado tan a fondo que había quedado convertida en huesos.

Ahora, con las manos vacías, comprendía que hay que saber retirarse a tiempo cuando entiendes que la batalla está perdida.

Yo había insistido en pelear, me había ofuscado y convencido de que podría conseguirlo y me había afanado con uñas y dientes en mantener algo que no era mutuo.

Solo ahora lo entendía. Era ya demasiado tarde.

El reloj marcaba las seis y diez de la mañana cuando apreté el botón de enviar y le mandé a Marcos el reportaje.

Estaba exhausta y me recosté en el sofá con la manta por encima, me pesaban los párpados y notaba los ojos enrojecidos.

No sé cuándo me quedé dormida. Desperté dolorida y desorientada, eran más de las doce del mediodía.

Con el corazón desbocado abarqué la casa con la vista, una de las contraventanas mal cerrada golpeaba en el marco con la brisa, fuera la luz inundaba el mundo, en mi interior un manto de oscuridad lo cubría todo.

Mi esperanza se desvanecía, Oriol no había regresado.

La espera concluía, ese mismo día me iría.

Me arrastré por el poblado hasta un café destartalado. Me senté a la sombra bajo un árbol de copa frondosa y consumí un desayuno típico mexicano, que a pesar de verse delicioso me supo aguado.

Sonreí resignada. El sol me peinaba el rostro de soslayo. Los turistas se amontonaban en los jeeps para abandonar Punta Allen y yo los miraba con desaire, como si su felicidad fuera un insulto a mi tristeza.

No fui consciente hasta más tarde de que en mi ingenuidad había errado la estrategia. Solo cuando acudí a la primera agencia buscando un transporte me di cuenta de que había desperdiciado entre lamentos y reproches mi única oportunidad de abandonar el poblado aquella jornada.

La chica me miraba socarrona y meneaba la cabeza.

—Señorita, a partir de las trece horas ya no salen colectivos ni transportes para la Riviera. Tendrá usted que esperar a mañana —la escuché decir detrás de una sonrisa abierta. Sentí ganas de abofetearla.

Me fui de allí sin darle las gracias.

Malhumorada me recorrí una a una todas las agencias turísticas con idéntico resultado. En vista de que era imposible escapar de aquel lugar, decidí irme a la playa a darme un baño. Esta vez obvié ir hasta la cala y me quedé en el arenal que se extendía blanco y reluciente a los pies del poblado.

Tampoco las aguas turquesas del Caribe me reconfortaron, en mi estado no encontraba calma ni sosiego, buscaba pegas a todo lo bueno que me regalaba el universo. Hay momentos en que no deben entregarse perlas a los cerdos.

Cabreada renegué de aquel mar caliente como el caldo y añoré las aguas frías del atlántico.

Una sensación incómoda me quedó prendida entre los dedos al hacerlo.

Sabía que estaba siendo desagradecida con la vida, pero ¿cómo evitarlo en aquel estado?

Por mucho que lo intentaba me podía el desánimo, la ausencia de Oriol me pesaba como una losa.

No se puede ser positivo cuando el sol brilla, pero no calienta.

A primera hora de la tarde el trajín de jeeps se reanudó y los turistas comenzaron a llegar nuevamente en masa.

Pude comprobar entonces que las agencias tenían el negocio bien montado.

Salían de mañana hacia la costa y los que llegaban por la tarde pernoctaban ante la imposibilidad de regresar hasta el día siguiente.

De esa manera todos se beneficiaban: agencias de turismo activo, hoteles, alojamientos turísticos y restaurantes cobraban su parte del pastel.

Estaba ya dispuesta a darme por vencida y regresar a la casa de Oriol para tomarla prestada una noche más, cuando una voz conocida me hizo parar en seco la marcha con los ojos como platos.

—¿¡Chiquilla!? —Una cabeza, con un sombrero de paja que albergaba debajo unos ojos redondos y verdes se había asomado a la ventanilla de un vehículo extraño—. ¿Chiquilla? ¿De verdad eres tú? ¡No me lo puedo creer! Pero, criatura, ¿qué haces aquí perdida en medio de la nada tú sola?

—escuché incrédula decir a Antonia.

Tuve que afinar la vista y pellizcarme para comprobar que no estaba soñando. ¿¡De verdad eran ellos!?

No tardé en ver a Paco saludarme con la mano desde la ventanilla del conductor. Había arrimado aquel engendro híbrido de caravana y monstertruck a la cuneta y estacionado con las ruedas sobre una montaña de arena.

Corrí a abrazarlo y las lágrimas no tardaron en empezar a rodar por mis mejillas.

Me sentía tan aliviada que hasta las regañinas de Antonia me sonaban como música celestial.

Paco me tomó del brazo como a una hija y me condujo hasta uno de los bares de comida típica que proliferaban a pie de calle con un par de mesas como único reclamo.

Antonia no paraba de acariciarme el cabello mientras meneaba la cabeza contrariada al escucharme relatar la historia de cómo Oriol se había evaporado. Vi cómo se le vidriaban los ojos y por un momento me sentí culpable de mortificarla con mis penas.

A pesar de todo, mis esfuerzos por mantener el tipo, yo no podía parar de llorar, lo hacía a moco tendido, como una niña que ha tenido un mal día en la escuela.

—¡Abrase visto mayor sinvergüenza! ¡Si ya sabía yo que ese maromo no era trigo limpio! ¡Ojalá se les caiga la verga a cachos!

—¡Antonia, por Dios, no digas tonterías! Mujer, ¿no ves cómo está la criatura?

—Tú cállate, Paco, que fuiste tú quién la animó a ir detrás de ese desalmado. Si ya sabía yo…, lo que mal empieza… —rezaba Antonia mientras seguía refugiándome en su abrazo.

Después de una hora y dos tilas conseguí calmarme y pude por fin

esbozar algo parecido a una sonrisa.

No podía creer que entre todos los lugares posibles en la Riviera Maya, Paco y Antonia hubieran terminado en Punta Allen.

—Paco quería visitar la selva y siempre había soñado con alquilar una caravana.

Estamos de luna de miel, después de tantos años…

¿Cómo podía negarme a darle ese capricho?

—explicó Antonia acariciando la mejilla de Paco con complicidad—.

Si es que es como un chiquillo. ¡Mírale que feliz está con ese trasto!

¡Como un niño con zapatos nuevos! No había en el sitio de alquiler un coche más feo.

Pero ya sabes, los hombres, niña, él quería el bicho más grande.

¿Has visto que ruedas tiene? Es muy cómodo, pero hay que reconocer que es un engendro.

Mi risa sonó como si no fuera mía. Antonia llevaba la razón en este caso. La caravana, o el camión o lo que fuera aquella cosa con ruedas no podía ser más espantosa.

Vi a Paco encogerse de hombros con aquellos ojillos vivos de chiquillo travieso y me pudo la dulzura.

—Bueno… ¿y qué piensas hacer ahora? —le escuché preguntarme contenido.

No tuve tiempo de responder, Antonia con su voz chillona y su impaciencia tomó la palabra.

—¡Vamos a ver, Paquito…! ¿Cómo que qué piensa hacer ahora? ¡Esta niña se viene con nosotros quiera o no quiera! Ay, chiquilla, las cabezas, como están. ¡Si es que este hombre dice cosas sin sentido! Si no le quisiera tanto…

Paco y yo volvimos a mirarnos, esta vez fui yo la que sonrió al ver a la mujer que con su cuerpo chato y pequeño espoleaba al mesero a traernos la cuenta con presteza.

Antonia no tenía remedio, pero se hacía querer a su manera.

Meneé la cabeza cuando ella se asió a mi brazo, comenzó a caminar hacia la caravana a paso vivaracho, arrastraba tras ella su cojera.

Paco se agarró a mi otro brazo, convirtiéndose ambos en mis muletas. Cerré los ojos y una vez más me resigné a dejarme llevar por las circunstancias. Se cerraba el círculo, mi viaje terminaba igual que había empezado.

Fue así, como de la manera más imprevista, terminé viajando otra vez junto a mis cacereños favoritos.

Paco y Antonia me habían salvado la vida. No sabía que el destino me tenía reservadas todavía algunas sorpresas más.