Donde nace el cielo Capítulo 56. #2
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Capítulo 56. #2

—No trabajaría para esta escoria ni aunque mi vida dependiera de ello.

¡Es un asesino, un corrupto y una alimaña!

Y tú, ¿se puede saber qué estás haciendo?

¿Bucear espoliando el legado de nuestros ancestros?

¿En qué clase de mierda te has convertido, Enrico?

¡No te reconozco! ¿Qué coño estás haciendo?

Enrico me miró furibundo. Me partía el alma verle convertido en un despojo, en el perro faldero de aquel miserable, haciendo el trabajo sucio a cambio de que le rascara el lomo y le lanzara algún hueso de sus malditas sobras.

No reconocí a mi primo en las palabras que salieron de su boca. Como una bofetada a mano abierta me hicieron comprender que aquel hombre que tenía delante y que había compartido mi vida hasta hacía pocos días se había convertido de un plumazo en un completo desconocido.

—Me he cansado, bro… Me he cansado de estar siempre debajo, de vivir de prestado.

Ahora hago lo que me gusta y me pagan en dólares por ello.

Tengo un auto y suficiente plata para comprarme un departamento, me sobran las mujeres, como rico, bebo caro y no me falta de nada.

¡Me he cansado de ser un perdedor, Oriol!

¡A la mierda con los escrúpulos! A veces hay que enterrar el hacha y unirse al equipo vencedor.

Evaristo Rey te está ofreciendo la oportunidad de subir a lo alto de la montaña, primo, de ser alguien y dejar de vivir como un pobre diablo.

Deja de pensar con tu orgullo. Olvida el maldito pasado.

¡Tus padres ya están muertos y las ruinas y los huesos enterrados igual que ellos!

¿A quién le importan si se quedan aquí para que un puñado de turistas los disfruten mientras los lugareños nos morimos de hambre o si otros sacan provecho de ellos en el mercado negro?

¿Los mayas? ¿Nuestro patrimonio? ¿De verdad tus principios valen más que tu vida?

¡Piénsalo, primo! ¡Son todo pamplinas! Al final lo único que importa es vivir. Y mejor hacerlo rico y desahogado

que pobre y apaleado.

—¡Hay cosas que valen más que el oro, Enrico! Tú mejor que nadie deberías saberlo. ¿Has olvidado todo lo que nos enseñaron? La honradez y la conciencia tranquila no tienen precio.

—¡Valiente estupidez! —intervino Evaristo Rey.

Reía a carcajadas y palmeaba la espalda a Enrico. Me miró con todo su desprecio y yo le devolví la misma dosis de repugnancia en la mirada.

—De honradez y buena conciencia no se come, hijo. Tu madre decía lo mismo que tú y mira como terminó: muriendo sola y abandonada — atacó Evaristo Rey con despecho.

—¡No hable usted de mi madre! No tiene ni idea de cómo era ella.

—¡Marita era una necia y tú eres digno hijo de tu padre! No sé por qué me deje convencer por Enrico para salvarte y ofrecerte unirte a nosotros. En realidad, debía haber sabido cuál sería tu respuesta, no en vano de casta le viene al galgo. Los perdedores nunca aprenden la lección.

—Oriol, piénsalo, bro… No la cagues, primo, acepta la oportunidad que te ofrece —volvió a implorar Enrico entre dientes al ver que Evaristo Rey se marchaba.

Evaristo Rey ya se dirigía a la puerta. Se volvió una última vez y yo escupí en el suelo con toda la rabia que me devoraba por dentro.

—No me gusta que me hagan perder el tiempo —me dijo con una frialdad que me sobrecogió—. ¡Enrico, ya sabes lo que hay que hacer! Disponlo todo. Lo quiero entre rejas de por vida. Si queda algún cabo suelto, tendré que eliminarlo.

—Sí, señor —le escuché contestar boquiabierto, alucinado por aquella sumisión que demostraba.

«¿Quién demonios eres tú y dónde está mi primo?», me pregunté al mirarlo.

Ya no me quedaban dudas, mi primo Enrico me había traicionado.

No podía creérmelo, pero la evidencia era indudable.

—¡Muchachos! Quiero la habitación custodiada noche y día — escuché que ordenaba Evaristo Rey detrás de la puerta.

Enrico tragó saliva y habló con el ánimo ensombrecido muy bajito.

—Lo siento, Oriol, lo he intentado. ¿En qué estabas pensando, bro? Te dije que te mantuvieras escondido. Las cosas no deberían haber salido así, ahora estamos los dos jodidos.

Dos hombres con pinta de armario empotrado y un revolver en la mano entraron en el cuarto de inmediato y Enrico se apartó de mi lado con presteza. Entendí en ese instante que en mi estado y con aquellos matones vigilándome estrechamente no podría escapar por mucho que lo intentara.

Vi a mi primo extraer una carpeta roja de un maletín de cuero marrón que estaba apoyado en el suelo junta a la silla, no había reparado en él hasta ese momento.

Abrió la carpeta despacio, como si le pesaran las manos.

En su expresión pude adivinar el dolor, había sacado de ella un fajo de documentos y me los tendió como si quemaran.

—¡Maldito, imbécil! —me espetó a voz en grito para que los otros dos pudieran oírlo y no quedaran dudas de su lealtad a Evaristo—. ¡Firma aquí y olvídate de todo lo que has visto! ¡Tus días de libertad se han terminado! ¡Te van a caer más años de los que podrás cumplir…!

Uno de los matones me apuntó con el revolver a la cabeza mientras el otro me tendía un bolígrafo.

Enrico me miraba angustiado, afirmando con la respiración contenida mientras sujetaba la cuartilla con las manos temblorosas.

Tenía dos opciones, morir como un héroe o firmar una declaración que me inculpaba como perpetrador de expolio y venta de patrimonio maya protegido en el mercado negro.

Firmé con amargura, con las lágrimas resbalando de rabia por mis mejillas.

Evaristo Rey me utilizaba como cabeza de turco y justificaba así ante la policía, que ya le seguía la pista, parte de sus tropelías.

Con un culpable confeso conseguiría quitárselos de encima.

Podría seguir con sus proyectos con las manos aparentemente limpias.

Desmontaría Xibalba impunemente y yo no podría hacer nada, encima, para ironía del destino, sería yo quién cargaría con la culpa.

El muy canalla debía estar disfrutando de su venganza.

La historia se repetía, como en un círculo sin fin caminaba uno a uno los mismos pasos que mi padre, iba a dar también por ello con mis huesos en la cárcel.

Por desgracia yo no tenía salvador que me salvara, había abandonado en Punta Allen a mi ángel.

Suspiré al pensar en Álex. Me había olvidado de todo alrededor, recordar sus ojos color miel me hizo recuperar un poco el aliento.

Al menos había conocido el amor, me quedaría para siempre con el rostro de Alejandra en la memoria. Su imagen aliviaría mis días entre rejas. Algo había salido bien, al menos a ella había conseguido mantenerla al margen.

El amor me había enseñado que a veces hay que hacerse añicos para poder mantener al otro intacto. Todas mis penurias valían la pena si con ello conseguía mantenerla a salvo.

Cerré los ojos y contuve un sollozo. Todo había terminado para mí. Aquello era peor que la muerte. Como un cobarde me había aferrado a la vida. Al firmar mi declaración de culpa se desvanecía toda esperanza.

No noté acercarse nuevamente a mi primo. Me tocó la mano con disimulo y pude ver en sus ojos algo que no comprendí hasta mucho más tarde.

—Confía en mí, trataré de solucionarlo —me susurró Enrico en el oído antes de marcharse.

No sabía todavía que las cosas no siempre son lo que parecen.