Capítulo 56.
Confesiones, despistes y franquezas
Me desperté maniatado a la espalda, me dolía la cabeza del golpe que había recibido y me di cuenta enseguida de que estaba herido.
Notaba el cuerpo pegajoso y el pelo apelmazado y tirante, el golpe debía haberme abierto una brecha y por eso me había desmayado. Estaba amordazado, pero mis captores no me habían tapado los ojos.
Miré alrededor tratando de encontrar algún indicio que me indicara donde estaba. Los recuerdos de lo que había sucedido aquella noche me asaltaban desordenados y me pintaban un panorama confuso.
Me esforcé en ordenar los hechos y tardé unos minutos en esbozar un retrato de la situación en la que me encontraba.
El recuerdo de la nota que le había dejado a Álex hizo que me quedara un regusto amargo en la garganta, después de marcharme recordaba haber escondido el coche, el allanamiento a la zona militar restringida a través del agujero que había abierto en la valla y mi periplo por la selva hasta lo que parecía ser Xibalba.
Tuve que tragar saliva al ver la cara de Enrico que me miraba con espanto al sentirse descubierto. Después solo un espacio en negro.
Suspiré apesadumbrado, todo lo que podía haber salido mal había salido aún peor.
Me pregunté si Alejandra ya habría encontrado mi nota de despedida y sentí como se me partía el pecho. ¡La había cagado, había metido la pata hasta el fondo y ya no tenía solución! Puede que en pocas horas estuviera muerto.
Observé alrededor todavía un poco mareado.
La luz fluctuaba y me notaba flaquear por momentos.
Había un olor nauseabundo a carne descompuesta en el ambiente y una nausea amenazó mi estómago al descubrir que, además de la montaña de huesos mayas que suponía extraídos del cenote, había también amontonados en una esquina varios animales muertos.
Temblé al pensar que a buen seguro yo también yacería en aquel montón en un futuro no muy lejano.
Tuve que esforzarme para reponerme del impacto que aquel pensamiento me causó. Me atenazaba el miedo.
Respiré con dificultad tratando de calmarme, la mordaza me dificultaba la tarea y evitaba también que pudiera gritar. Me esforcé en sosegarme para no hiperventilar. Después de un rato de lamentaciones conseguí calmarme y pensar fríamente. Necesitaba encontrar una manera de salir de allí.
Volví a centrarme en inspeccionar el lugar.
Parecía que me encontraba en el hangar que horas antes había visto en mi ronda de reconocimiento.
En la semioscuridad, podía percibir varios bultos que por su perfil y tamaño parecían coches de alta gama.
Había también un avión, todos los vehículos estaban tapados con una lona militar con el emblema del Ejército mexicano.
Observé con atención los techos altos de la estructura metálica, estaba cubierta por una techumbre opaca que no dejaba pasar la luz del día y eso confirmó mis sospechas de que se trataba del hangar. ¡Seguía cautivo en la zona restringida! Todavía albergaba la absurda esperanza de poder escapar.
Traté de removerme en el asiento con vehemencia.
Me habían sujetado con cuerdas a una silla y notaba cómo la presión de la soga me hería en las muñecas y en los tobillos.
Estaba bien atado y el forcejeo solo conseguía desollarme la piel.
Lo intenté hasta desfallecer, hasta que las fuerzas me abandonaron por completo, solo entonces me rendí.
Me dolía todo el cuerpo y me palpitaba la herida de la cabeza. Estaba exhausto y la desesperación se había adueñado de mí. No escuché la puerta que se abría a mi espalda, ni percibí la tenue luz que entraba por la abertura.
Unos aplausos sordos me sacaron de mi ensimismamiento y me erizaron los vellos del pescuezo. Escuché temblando los pasos que se aproximaban hasta donde me encontraba y tuve que reprimir las lágrimas al notar el frío contacto del arma que me encañonaba la sien.
El Chancho Moreno se acercó a mi altura con una sonrisa pintada bajo el bigote, hasta quedar cara a cara a pocos centímetros de mí, y agarrándome por el pelo me golpeó con saña con la culata del revolver en el estómago.
Noté como la bilis subía hasta mi boca sin poder doblarme sobre mí mismo por las ataduras. El golpe había sido tan fuerte que temí que me hubiera roto las costillas.
—Parece que por fin podemos charlar cara a cara —dijo con voz grave subrayando la palabra «charlar» con ironía—. Es usted muy escurridizo, Oriol. Me ha dado más trabajo del que le convenía, lástima que todavía no pueda matarle —añadió escupiendo al suelo y volviendo a golpearme.
La palabra todavía me dejaba claro cuál era mi destino. Me estremecí y me preparé para recibir el siguiente golpe.
Me molió a palos hasta que volví a perder la consciencia. Con cada golpe sentía mi cuerpo romperse y temía y deseaba a partes iguales que acabara aquella tortura. Cuando por fin la negrura ganó a las tinieblas, creí que estaba muerto.
No estoy seguro de cuánto tiempo transcurrió, pero cuando volví a recuperar la conciencia del mundo estaba ya en un lugar completamente diferente.
Las paredes blancas impolutas me hicieron pensar que la había palmado y estaba en el cielo, pero luego, al ver la vía que me sujetaba por el brazo a una máquina y me inyectaba algún tipo de medicamento comprendí que estaba en un hospital.
Me costaba respirar y no era capaz de mantener abierto uno de mis ojos.
Me palpé la cara con cuidado con la mano que me quedaba libre y me di cuenta de que me habían cosido el pómulo.
La peor parte de la paliza se la había llevado el tórax, según me enteré más tarde el Chancho Moreno me había fracturado dos costillas y tenía un edema en un pulmón.
A punto había estado de no contarla, pero la rápida intervención de Enrico me había salvado la vida.
Vi a mi primo apoyado en la pared, tenía la expresión grave y se mostraba distante. A su lado una cara familiar me miraba consternada, tenía las facciones duras y curtidas, vestía un traje de chaqueta claro que hacía juego con las paredes de la habitación.
Tardé en darme cuenta de quién se trataba. Le había visto en los medios de comunicación muchas veces, pero no había tenido la oportunidad —por llamarlo de alguna manera— de conocerlo personalmente.
Fue él quien tomó la iniciativa y se acercó a mi cama.
—Me alegra ver que está usted vivo, temíamos que no volviera a despertar —dijo esbozando una sonrisa de hiena y haciendo un gesto a Enrico.
Mi primo se acercó aproximando dos sillas al lecho y tomó asiento haciendo caso omiso a mi mirada interrogante.
Fue nuevamente el hombre del traje el que tomó la palabra.
—Al Chancho se le ha ido la mano —dijo meneando la cabeza con disgusto—.
¡Este hombre no tiene límites! Serán los años, la vejez, que le ha vuelto bruto.
Los años acrecientan nuestros defectos, ¿sabes?
, aunque supongo que aún eres demasiado joven para comprenderlo.
— Hizo una pausa y me miró con lástima, después señaló mis heridas—.
No te preocupes, te recuperarás en unos pocos días.
Eres fuerte e insistente, el caso es que demasiado insistente diría yo.
Te pareces a tu padre, nunca supe que Marita había tenido un hijo, de haberlo sabido no hubiera dejado que pasaras hambre.
Tu madre fue una necia, hubiera podido ser la reina de la Riviera, pero decidió quedarse esperando a aquel maldito español que la abandonó sin miramientos —escuché decir al hombre con amargura.
Solo entonces comprendí de quién se trataba. Como un relámpago en una tormenta su nombre se encendió de pronto como si pudiera leerlo en la primera plana de un periódico.
A juzgar por sus palabras, el tiempo no había disminuido un ápice el rencor hacia mi padre, tampoco le había hecho aceptar el rechazo de mi madre.
—Pero permíteme que me presente —insistió ante mi cara de desconcierto.
—No hace falta —balbuceé con la sangre bullendo en las venas por la indignación—. Le conozco perfectamente, es usted Evaristo Rey —dije arrastrando cada letra de su nombre como si el solo hecho de pronunciarlo fuera una afrenta a la memoria de mis padres.
Fulminé a Enrico con la mirada y él bajó la cabeza. Sabía que mi vida dependía de que me condujera con prudencia, pero no podía poner freno a mis palabras.
—¿Qué demonios quiere de mí? —pregunté a bocajarro.
—Ayudarte, por supuesto, ¿qué más podría querer?
—Pues tiene usted una forma un tanto curiosa de ayudar a la gente,
¿sabe? No creo que mandar a su subordinado a que me pegue una paliza pueda considerarse un logro para que le nominen como buen samaritano del año. ¿Ayudó también usted a morir de una sobredosis a don Emeterio o de eso se encargaron sus matones? —le provoqué sin miramientos.
—Esas son acusaciones muy graves, jovencito.
No debería usted hacerlas a la ligera si no es capaz de demostrarlas con pruebas —me cortó airado—.
En cuanto a lo de sus heridas, ya me he disculpado por eso, Oriol, no me guarde usted rencor, ha sido un accidente, como ya le dije, el Chancho a veces se excede en su cometido y las cosas se le van de las manos, créame cuando le digo que en ocasiones es necesario, pero espero que este no sea el caso, déjese ayudar, muchacho, es lo mejor para todos.
La amenaza velada había quedado en el aire.
Aquel hombre se manejaba con soltura en el arte de la intimidación, lo hacía con elegancia, pero
no por ello dejaba de ser peligroso.
—¡No necesito su ayuda! —le espeté sin disimular todo el asco que me inspiraba—. ¡Pueden irse usted y todos sus matones al diablo!
Evaristo Rey se levantó de la silla y con un movimiento medido estiró su traje que al sentarse se había arrugado. Tenía el ceño fruncido y parecía dispuesto a marcharse.
—¡Oriol! —intervino Enrico, que no podía disimular su cara de pánico—. No te ofusques, bro, el señor Evaristo puede ofrecerte un buen trabajo, buceando y recuperando huesos, primo. ¿Acaso no era eso lo que siempre habías soñado? —insistió en tono de súplica.