Donde nace el cielo Capítulo 55.
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Capítulo 55.

Despedidas y sin sentidos. Todo lo que nunca hicimos

La presencia más fuerte es a menudo una ausencia. No lo había comprendido hasta aquel día, cuando al amanecer descubrí que Oriol se había marchado.

Un ruido sordo en el tejado me despertó, seguramente se trataba de algún coco caído de las palmeras que asomaban espigadas sobre la casa.

Inquieta, me levanté del sofá y me eché sobre los hombros la manta que Oriol me había colocado por encima la noche anterior.

Le busqué con la mirada sin encontrarlo.

No fui consciente de su ausencia de inmediato. En mi ingenuidad, pensé que había salido a pasear o a pescar un rato, pues no había rastro ni de las aletas ni del arpón que recordaba que había dejado junto a la puerta al llegar de la playa de madrugada.

Sonreí al rememorar la noche, me dolía levemente la cabeza por efecto de la resaca. Sin perder la sonrisa fui a buscar el teléfono, quería ver la foto que había sacado en la cala, la foto del atardecer perfecto.

Antes de abrir la imagen, me dirigí a la cocina y puse la cafetera en el fuego.

El estómago me daba vueltas vertiginosamente, necesitaba meter algo sólido dentro.

Mientras subía el café me asomé a la balconada con la esperanza de distinguir la silueta de Oriol acercándose a casa, lo único que me encontré fue la quietud de la primera hora del día.

Punta Allen todavía no había despertado.

Era domingo, el día que aprovechaban los lugareños para estirar el descanso hasta bien entrada la mañana.

Contemplé los colores rosáceos que teñían el cielo y me dejé imbuir por la paz del silencio.

Había dormido poco, la mezcla de sueño con los estragos del alcohol le daba a todo un aspecto de irrealidad.

Por algún motivo sin explicación una sensación extraña me atenazaba el pecho.

Espanté aquel desasosiego y me convencí de que lo único que necesitaba era un café.

Sentía el ánimo voluble y exaltado, como si el universo me gritara que algo no iba todo lo bien que yo pensaba.

No tardé en regresar a la cocina y servirme una taza de aquel líquido negro y espeso que sabía a matarratas. Sorbí un buche y torcí el gesto.

¡No sabía cómo podían llamarle café a aquel bebedizo asqueroso y amargo! No había leche ni azúcar y me resigné a tomármelo solo. Me había quemado la lengua y la notaba medio dormida. Maldije por lo bajo. No sabía todavía que aquel sería el mejor de mis males ese día.

Cogí el teléfono que había dejado sobre la barra que hacía las veces de mesa y volví al salón aledaño. Contemplaba la foto del atardecer perfecto con aquella sonrisa de idiota pintada en los labios cuando al mirar hacia la puerta vi de reojo algo que llamó mi atención.

El corazón comenzó a latir desbocado en mi pecho, como si supiera antes que yo lo que estaba a punto de suceder.

Aún me demoré unos segundos antes de acercarme al papel que doblado me esperaba sobre el taquillón que poblaba la entrada.

Tenía un mal presentimiento, algo me decía que nada bueno albergaba.

Noté que me temblaba el pulso al sujetar la nota. La desdoblé con impaciencia y leí con aprensión. Era la caligrafía apretada de Oriol.

«Todo lo bueno tiene un final. Lo siento, no funcionaría».

Tuve que leer la frase varias veces para comprender lo que aquellas míseras diez palabras significaban.

¿Puede esfumarse tan aprisa la felicidad? ¿Por qué la vida era tan injusta? ¿Qué cojones le había hecho yo al puto universo para que me tratara de aquella manera?

Intenté tragar saliva. Se había espesado tanto en mi boca que no lo conseguía. Notaba un sabor a hiel en la garganta, la cabeza me daba vueltas y los recuerdos se agolpaban uno tras otro y me golpeaban sin piedad. ¿Por qué recordaremos con mayor intensidad aquello que nunca sucedió?

Todas las cosas que Oriol y yo nunca hicimos se me presentaban nítidas como fantasmas: Las tardes de domingo en pijama abrazados mientras veíamos una peli en el salón, las cenas de viernes a la luz de la luna en aquel rincón de Sevilla al que siempre quise ir y nunca fui, todas esas caricias que se quedaron en el tintero disfrazadas de excusas, las ganas escondidas, nuestras risas en la cocina mientras bailábamos medio en cueros nuestra canción…

Era el recuerdo de todo lo que nos faltó.

Nos había faltado tiempo, y nos sobraba aquella despedida sin motivos.

No hay nada peor que añorar todo lo que nunca sucedió.

Me derrumbé en el sillón y las lágrimas no tardaron en brotar como ríos sin fin. Me dolía el corazón, no en sentido figurado, podía sentir el dolor físico de su ausencia como si sus palabras me hubieran acuchillado y me estuviera muriendo de verdad.

En un acto de masoquismo supremo volví a ojear la imagen en la playa de la tarde anterior, la foto del atardecer perfecto, en donde estábamos Oriol y yo, en ella parecía que el universo giraba y se rendía a nuestro amor. Lloré con amargura, cayéndome a pedazos.

Mi risa sonó hueca al darme cuenta de que en la esquina superior de la imagen la cremallera de la mochila había dejado su impronta adulterando la perfección del momento.

Como el dedo en la lente, o el pelo en la sopa, o la gota de vino que te mancha la ropa…

la perfección se había disipado para dar paso a la cruel realidad, esa que te enseña que la felicidad eterna es imposible. Todo había sido un espejismo.

No podía creer que se hubiera marchado. ¿De verdad para él no había significado nada?

¿Había sido tan poca cosa como para irse dejándome aquella maldita nota?

Trataba de comprender qué había pasado por su cabeza y no lo conseguía.

¿Podía pasarse de vivir la tarde perfecta a aquella despedida cruel y cobarde?

¿Por qué se había marchado si había dicho que me quería?

Las preguntas se sucedían y me martirizaban, rompiéndome a cada segundo un poco más.

Suspiraba, sollozaba, lloraba a moco tendido, me calmaba un poco y me acurrucaba en el sofá, pasaba las manos por mi pelo con incredulidad, daba una vuelta por la casa y volvía a comenzar el ritual.

Dicen que nadie muere de amor, puede que sea verdad.

No es el amor lo que te mata, es el dolor de la ausencia.

Aquel día comprendí que se puede morir y seguir viva. Ya nada volvería a ser igual.