Donde nace el cielo Capítulo 54. #2
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Capítulo 54. #2

Debía andarme con cuidado si no quería sorpresas desagradables, pero a pesar de saber que no estaba solo me sentía bastante seguro de mis posibilidades, dada la extensión de terreno y lo abigarrado de la vegetación en toda la zona no deforestada, parecía improbable que pudiera encontrarme con los vigilantes frente a frente.

Tenía claro que si existía Xibalba debía estar oculta entre la maleza.

Si obviaba la zona humanizada y me adentraba en la selva, a buen seguro pasaría desapercibido.

Echaría un vistazo y antes del amanecer me marcharía para reunirme con Enrico en el punto de encuentro a orillas del cenote.

Con el plan establecido, encaminé mis pasos hacia la zona desde donde podía acceder a la arboleda con mayores probabilidades de no ser visto.

Eché un vistazo rápido alrededor y cuando me aseguré de que no había nadie cerca corrí hasta la zona selvática.

Dada la extensión que abarcaba la maleza, aquello podía ser como buscar una aguja en un pajar.

Merodeé entre la amalgama de árboles, arbustos, enredaderas y hierbajos.

A juzgar por los senderos que se adivinaban entre la vegetación estaba claro que aquel paraje era frecuentemente transitado lo que me facilitaría sobremanera la tarea de dar con lo que buscaba.

Solo tenía que observar y seguir los caminos más abiertos.

En ello estaba cuando escuché las primeras voces a mi espalda. Alarmado, me agazapé detrás de unos matojos sin importarme desollarme la piel con sus espinas.

Contuve la respiración y aguardé con el corazón en un puño.

No sabía si me habían descubierto y venían a mi zaga para capturarme o si eran los guardas haciendo la ronda nocturna.

En cualquier caso, me extrañó que se adentraran entre la maleza de madrugada.

Todavía era noche cerrada, no tenía sentido hacer excursiones por la zona a aquellas horas.

No respiré hasta que hubieron pasado de largo.

Tal y como había supuesto se trataba de dos hombres.

Los escruté en la oscuridad mientras se alejaban, hablaban entre ellos y no se cuidaban de no dejar rastro, lo que me indicaba que no habían reparado en mi presencia.

Los observé sin moverme del sitio hasta perderlos de vista.

Parecían familiarizados con el camino, me quedaba claro que iban a algún lado.

Llevaban en la mano una bolsa y lo que parecían dos termos de café.

Esperé un tiempo prudencial y en un alarde de estupidez decidí seguirlos. No sabía entonces que me estaba metiendo en una ratonera de la que luego no podría salir.

Caminé a su espalda llevado por una curiosidad creciente. A medida que me acercaba otras voces se velaban en el aire. Me llegaba nítido también el sonido del martillear de una máquina neumática. Fuera lo que fuera lo que ocultaban entre el follaje aquello no era normal.

El primer indicio de que me había metido en la boca del lobo me lo dio el sonido de unos pasos a mi espalda.

Volví a ocultarme con presteza entre los árboles y llevé mi cuerpo a tierra justo en el momento en que tres hombres llegaban a mi altura.

Por suerte ellos tampoco me vieron y pasaron de largo.

Era la segunda vez que la suerte me salvaba, debí haber previsto que no habría una tercera.

En lugar de volver sobre mis pasos, me puse nuevamente en marcha detrás de ellos. Habían llegado hasta el lugar donde varios hombres, entre ellos los dos que habían pasado por mi lado sin percatarse de mi presencia un rato antes, apuraban unos bocadillos.

Pude reconocer entre ellos al hombre que nos había salvado la vida a Álex y a mí en el templo de las tres puertas. En total era un nutrido grupo, cinco hombres más los dos guardas, más los tres que acababan de llegar a mis espaldas.

Tragué saliva al percatarme de que varios de ellos estaban armados. Si me descubrían estaba perdido.

Afiné la vista y el oído. Pude descubrir una pirámide chata y un altar de piedra mal conservado.

El grupo que tomaba café después del bocata, completamente ajeno a mi presencia, reía desenfadado con varios chascarrillos.

Parecía que estaban trabajando amparados por la oscuridad y aquel era el descanso para reponer fuerzas.

Pude adivinar a golpe de vista que picaban los restos arqueológicos mayas con aquella máquina, habían excavado varias zanjas donde ocultaban los restos que iban desmantelando.

No me cabía duda de que estaban expoliando las ruinas.

Tendría que haberme marchado nada más descubrirlos, pero algo llamó mi atención y me congeló en el acto.

De pronto, de debajo de la tierra emergieron dos cabezas, llevaban cascos con linternas y cuando salieron a la superficie pude descubrir que llevaban trajes de buzo y estaban mojados. Acababan de salir del agua, eso solo podía significar una cosa: oculto debajo de la tierra había un cenote maya.

Conteniendo la respiración, observé boquiabierto cómo accionaban un mecanismo que chirriaba dentro del pozo, con una polea subían a la superficie un bulto que pronto, a la luz de las linternas, se convirtió en una vagoneta. Dentro había huesos. Multitud de huesos.

Era eso. De allí era de donde los sacaban. Los huesos que habíamos encontrado en el cenote dos ojos y los que había amontonados en el cenote sagrado de Chichen Itzá provenían de Xibalba. ¡Estaban vaciando el cenote!

Fue entonces cuando sucedió. Una rama crujió a mi espalda y un haz de luz alumbró la escena desde atrás.

En una milésima de segundo todos los hombres que estaban junto al cenote se giraron.

En la cara de uno de los buzos pude ver la expresión de espanto.

Le miré con los ojos desorbitados. Era Enrico.

Fue lo último que vi antes de que un golpe seco en la cabeza me derribara. Después todo se desvaneció y creí estar muerto.

La negrura se abría paso. Me habían descubierto.