Capítulo 54.
Todo lo bueno tiene un final
Álex se había quedado dormida en el sofá nada más llegar a casa. Aún flotaba en el aire el eco de su risa. Le puse una manta por encima y la miré por última vez antes de marcharme.
Habíamos disfrutado del atardecer perfecto, quería dejarle al menos ese recuerdo como regalo. Ella no podía sospechar que mientras gozábamos de aquella noche mágica en la playa me estaba despidiendo.
Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ceder al impulso de recostarme a su lado. Mi cabeza no paraba de preguntarme qué demonios estaba haciendo. Había decidido dejarla atrás, sabía que, como mi padre a Marita, yo solo podía traerle desgracias.
La lectura del diario de mi madre había hecho que lo viera todo claro.
Lo nuestro era imposible, no tenía sentido alargar algo que, de una forma u otra, solo nos iba a causar sufrimiento.
Además, estaba el asunto de los huesos. Encontrar Xibalba había dejado de ser una prioridad, pero los hombres del Chancho Moreno nos seguían la pista y no podía seguir poniendo la vida de Alejandra en peligro.
Tenía que arreglar mis problemas yo solo.
Si la quería debía alejarme de ella. Era la única opción, desoír a mi corazón y escuchar a la razón.
A veces esa era la mejor manera de demostrar el amor.
Grabé en mi memoria su perfil armónico y me dejé encandilar una vez más por aquella paz que emanaba mientras dormía. Suspiré, hubiera dado mi vida por quedarme a su lado… Si de algo estaba seguro era de que la quería con toda mi alma. Precisamente por eso debía abandonarla.
¿Qué clase de amor podía ofrecerle alguien como yo?
Salí de la casa con la mirada arrasada por las lágrimas.
Me dolía el pecho y mis pasos se negaban a dejar a Álex atrás, arrastraba los pies como un reo encadenado, consiguiendo avanzar a duras penas.
Aquel ruido sordo en mi cabeza que me gritaba que me estaba equivocando era la peor de las torturas.
En el último momento había decidido dejarle una nota de despedida.
La verdad es que me sentía como un cobarde, no tenía las agallas para dejarla cara a cara. Me faltaba el valor para mirarla a los ojos y decirle que me marchaba. Mi corazón se revelaba y me gritaba que no lo hiciera, sabía que si me encontraba con su mirada mi determinación flaquearía.
¿Cómo podías abandonar a alguien a quien querías?
Era más fácil hacerlo así, a escondidas, como un cabrón sin sentimientos. Había sido escueto, sin sensibilidades ni galanterías, diez palabras exiguas, pensaba que así sería más sencillo para ella olvidarme.
La batalla que se libraba entre mi cabeza y mi corazón era encarnizada.
Esta vez no pensaba rendirme a los latidos en mi pecho, a partir de ahora me conformaría con anhelar de lejos.
Dejaría que aquella guerra la ganara la cordura.
El deber debía estar siempre por encima del deseo.
Me sacudía el silencio, acababa de marcharme y ya la echaba de menos.
Mis pasos se arrastraron hasta el todoterreno que seguía aparcado dos calles más arriba.
Tuve que tirar de fuerza de voluntad y aferrarme con uñas y dientes a aquella decisión inquebrantable. Me sentía roto. Estaba más solo que nunca.
Me sequé las lágrimas y arranqué el coche. No había recorrido ni medio kilómetro cuando el teléfono móvil vibro en mi bolsillo.
Lo saqué con ansiedad, temiendo que Alejandra se hubiera despertado y descubierto mi nota antes de tiempo.
Sabía que si ella me rogaba que volviera lo haría, por eso necesitaba poner tierra de por medio y alejarme.
En lugar de un wasap o una llamada suya descubrí el sobre que parpadeaba en la parte superior de la pantalla. Era un mensaje de texto, antes de
abrirlo sabía ya que era de Enrico.
«¡Bro, sal de Punta Allen cagando leches! Nos vemos en la casa del cenote al amanecer. Ven solo. Tienes que desaparecer y dejar atrás a la chica. Esto se está complicando mucho».
«¿Qué era lo que se estaba complicando? ¿Cómo sabía Enrico que estaba en Punta Allen con Alejandra? Igual que don Emeterio, Enrico insistía en que tenía que desaparecer».
La voz de alarma saltó en mi interior. Las preguntas se sucedían en mi cabeza una detrás de otra.
Por un momento sentí la necesidad de volver al poblado para comprobar que Álex estaba bien.
Me había alejado de ella para protegerla, pero ahora el miedo me atenazaba.
No había pensado que tal vez ya la había implicado demasiado y ahora ella también estaba en peligro.
¿Y si los hombres del Chancho Moreno iban a por ella?
Frené en seco y me llevé las manos a la cabeza.
El coche había derrapado y se había quedado cruzado sobre la pista de tierra.
No sabía qué hacer. Me debatía entre perderme en la reserva o volver junto a Alejandra.
Con un poco de suerte todavía seguiría dormida y podría hacer desaparecer aquella estúpida nota antes de que se despertara.
Fue la señal que las luces iluminaban al frente la que me sacó de mi letargo.
Estaba completamente azorado cuando la vi y todos mis pensamientos quedaron congelados de pronto. «PROHIBIDO EL PASO. ZONA MILITAR RESTRINGIDA», rezaba el cartel al otro lado de la carretera, sobre un vallado de púas metálicas.
¡Aquel era el sector que Alejandra y yo habíamos marcado en el mapa!
El mismo que los satélites no mostraban y que no aparecía recogido por ningún lado.
Era como si aquel enclave no existiera, pero estaba allí, ante mis ojos.
Seguramente era también el terreno que mi tía Lucre había mencionado en la comida, el mismo que Evaristo Rey había comprado para levantar su hotel para ricos y su ridículo campo de golf.
«¿Podía esconderse allí mismo Xibalba?».
No había terminado de poner en pensamientos aquella pregunta cuando mis pies ya se encaminaban a la valla.
Toqué el vallado metálico con cautela con un palo temiendo que pudiera estar electrificado. No lo estaba y respiré aliviado. Después ojeé alrededor, buscando algún indicio de peligro.
Agudicé el oído. Nada se movía cerca. Estaba completamente solo. Los únicos sonidos que me llegaban eran los de los animales que invariantemente seguían con su vida nocturna entre la maleza.
Sopesé mis opciones. Aún quedaban varias horas hasta el amanecer, tenía tiempo de sobra para entrar en la zona restringida y echar un vistazo rápido antes de que saliera el sol y pudiera reunirme con Enrico en la casa del cenote.
Mi primo tenía que darme muchas explicaciones.
Por muchas conjeturas que hacía no encontraba ninguna razón plausible que justificara su extraña actitud.
En cuanto a Álex, me había disuadido de volver sobre mis pasos en su busca.
Seguramente no correría ningún peligro si yo me alejaba de ella.
Enrico lo dejaba claro en su mensaje. Chancho Moreno y sus hombres iban a por mí, no tenía sentido que se mancharan las manos con ella.
Al fin y al cabo, solo era una turista más que pronto se marcharía de regreso a su país. ¿Qué sentido podía tener involucrarla?
Ya más tranquilo, traté de pensar con claridad.
Decidí ocultar el jeep entre los árboles.
Lo saqué del camino y lo camuflé en la hojarasca que crecía salvaje a pocos metros de la pista de tierra que hacía las veces de carretera.
Después busqué unos alicates en el maletero y con ellos en la mano me dirigí a pie a la zona prohibida.
No fue difícil encontrar un recodo escondido a la vista por el que agujerear el vallado metálico y colarme dentro del área restringida.
Estaba acostumbrado a hacerlo, Enrico y yo con frecuencia utilizábamos aquellas mañas para colarnos en los cenotes y poder adentrarnos en busca de reliquias y huesos dentro de las grutas subacuáticas que estaban cerradas al buceo.
Sonreí para mis adentros. Notaba la adrenalina que me bombeaba en el pecho.
Imaginar la cercanía de la ciudad de los muertos hacía que el corazón me latiera desbocado.
Después de la lectura del diario de Marita, sin darme cuenta, había convertido aquel misterio en una cuestión personal.
Quería descubrir si Evaristo Rey estaba metido en aquel asunto de los huesos y meterlo entre rejas para vengar la afrenta que le había hecho a mi familia al conseguir separar a mis padres.
Todos sabíamos en Punta Allen que aquel magnate del turismo y adalid del progreso no era trigo limpio, ahora más que nunca necesitaba demostrarlo.
Me agazapé junto a la valla en la zona interior y observé con cautela todo el perímetro que podía abarcar con la vista. No vislumbre movimiento sospechoso alguno. Todo parecía estar en orden, o bien no había nadie en las inmediaciones o si había alguien estaba durmiendo.
Por si acaso me cuidé de mantener todos los sentidos alerta y decidí rodear el vallado oculto en la oscuridad antes de aventurarme a salir a campo abierto. Quería hacerme una idea general de qué era lo que albergaba aquella zona prohibida antes de quedar expuesto.
Tardé más de hora y media en regresar al punto de partida.
En la inspección había podido localizar una gran zona deforestada donde había una construcción grande que parecía un hangar militar, un pequeño almacén anexo que parecía estar todavía en uso y un edificio ruinoso donde, dado su penoso estado de conservación, no creía que hubiera nadie.
Había localizado también una garita en la parte más septentrional del complejo y dos vehículos aparcados que me indicaban que al menos había dos guardas custodiando el área.