Donde nace el cielo Capítulo 53.
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Capítulo 53.

La foto del atardecer perfecto

Escuché los pasos sobre la arena. Estaba tumbada en la toalla, con los cascos puestos y los ojos cerrados. Sonaba una canción de Izal. Una brisa cálida me acariciaba la espalda. La cala se había quedado casi desierta y al levantar la vista una figura que se acercaba me sobresaltó.

Reconocí a Oriol debajo de aquel rostro sombrío, tenía la expresión demudada, no hacía falta que dijera que la lectura de aquel diario le había dejado destrozado.

Bastaba ver cómo arrastraba los pies, tenía los ojos tristes y los párpados enrojecidos, contuve las ganas de abrazarlo.

Con su actitud, él marcaba la distancia, yo me dejaba llevar por el instinto que me decía que la respetara.

Se quitó la camiseta y la tiró sobre la toalla, me acarició ligeramente la piel con la yema de los dedos al pasar y después, sin decir ni una palabra, encaminó sus pasos hasta la orilla y desapareció en el agua.

Se había colocado las aletas y el tubo y llevaba un arpón, sabía que tardaría en volver y traté de concentrarme sin conseguirlo en la música que seguía sonando en el reproductor del teléfono.

A cada tanto miraba de reojo hacia el mar, vigilando que la cabeza de Oriol regresara a la superficie y respirando aliviada cada vez que localizaba el punto oscuro de su pelo en la lejanía.

Sabía que para él bucear era un bálsamo, necesitaba el agua como yo necesitaba el chocolate cuando me podía la ansiedad.

«Cada cual tiene sus vicios…», pensé para justificarle un poco dolida.

Me sentía desplazada, me hubiera gustado que compartiera conmigo la causa de su aflicción, pero sabía que ahora lo que necesitaba era estar solo.

El corazón latía quejumbroso en mi pecho, es extraño el amor cuando no tenemos lo que deseamos. Suspiré apesadumbrada y me esforcé por aligerar el peso de las expectativas que una vez más me enseñaba que las cosas no siempre son como una quiere.

Gocé del sol que bañaba la arena con su luz y traté de volver a relajarme.

Caía ya la tarde, los pelícanos redoblaban su actividad y zambullían sus grandes picos en el agua en busca de alguna captura que les sirviera de cena.

La cala, de arena blanca como la harina y de mar azul turquesa, estaba imbuida en la quietud y el silencio.

Hacía rato que habían desaparecido los últimos turistas que a buen seguro habían regresado a sus alojamientos a ducharse y prepararse para disfrutar de un paseo antes

de la cena.

Pasó más de una hora hasta que Oriol volvió a la playa. Lo hizo justo en el momento en el que el sol se zambullía en el agua, como si renaciera a la par que moría el día.

Salió del mar con dos corvinas enganchadas en el pincho del cinturón.

Le vi demorarse en la orilla y le regalé una sonrisa desde donde estaba.

Notaba que había levantado un muro a su alrededor y esperaba a que me tendiera un puente o me abriera una puerta para poder volver a acercarme. Estudié sin cortarme un pelo su cuerpo definido y me deleité en las gotas de agua que cubrían los músculos de su espalda bien formada.

Fue él quien rompió el silencio y me invitó a acercarme con su mirada.

—Este podría ser el atardecer perfecto —dijo con una sonrisa poco convincente a la par que señalaba el punto donde el sol, bañado a la mitad por las aguas del Caribe, era engullido poco a poco por el mar.

—La perfección no existe —repliqué llevada más por la desazón que porque de verdad lo pensara.

—¡Fabriquémosla entonces! ¡Hagamos de esta tarde, la tarde perfecta! En sus ojos brillaba la esperanza.

A veces el dolor te reaviva y te hace brillar con más fuerza. Oriol refulgía a la luz anaranjada del ocaso y yo me dejaba inundar por el calor que desprendía.

Sin pensarlo me dejé llevar por la necesidad de inmortalizar el momento. Coloqué la cámara sobre la toalla encima de la mochila de la playa y puse el temporizador.

—Quiero una foto del atardecer perfecto —dije sonriente.

Había corrido a colocarme a su lado en la orilla y él me abrazo justo en el momento en el que saltó el disparador.

Nos fundimos en un abrazo y noté cómo su piel me pedía a gritos que no le soltara. Estuvimos allí, abrazados, con el leve murmullo de las olas que nos bañaban los pies, hasta que no pudimos sostener más el silencio que nos atenazaba la garganta.

—Te quiero, Álex —le escuché decir en un susurro junto a mi oído.

—Yo también te quiero —respondí con la voz quebrada.

Su boca me busco con una necesidad imperativa y la mía la acogió ávida de sus besos.

A los labios y las lenguas, le siguieron las manos. Pronto nos sobraba hasta la piel. El deseo era urgente, más por una necesidad de acercar las almas que por la necesidad física del placer.

Enarqué las cejas con sorpresa al verle quitarse el bañador y meterse desnudo en el mar, no tardé en seguirle embrujada por la cadencia de aquel trasero redondo y apretado.

Los dos ocupantes de un barquichuelo que arribaba en el arenal justo en ese momento menearon la cabeza y sonrieron cómplices al vernos. Me sonroje y posé mis ojos en el suelo, pero continúe caminando detrás de su estela como hipnotizada.

Oriol me atraía como un imán y yo no podía disimular que me encantaba. Le vi sonreír de medio lado y quedé colgada de sus labios.

Su mirada feroz me recibió hambrienta de piel y mis piernas rodearon su cintura en un movimiento instintivo.

Me aferré a su cuerpo con desvergüenza, ajena a todo lo que no fuera aquel momento.

Sus manos aferraron mis caderas y pronto se perdieron en mis nalgas desnudas.

El movimiento, rítmico y sutil, nos delataba.

No veía, no oía, solo sentía. Le sentía a él, palpitando dentro de mí, buscando refugio a sus males en mi regazo.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, soltándonos para volver a enredarnos en aquel hilo invisible que nos mantenía unidos piel con piel. Cuando salimos del agua la noche ya había extendido su manto.

Oriol me envolvió en la toalla y me secó con cuidado.

Ocultó su rostro en mi hombro y zalamero paseo su boca suavemente por mi cuello.

Sujeté su cara entre mis manos y busqué el desasosiego que había leído en sus ojos hacía tan solo un rato, pero no quedaba ni rastro.

Su sonrisa no le había abandonado desde que habíamos salido del mar.

Era imposible saber que pasaba por sus adentros. Se mostraba feliz y relajado, como si hubiera olvidado ya el dolor que el reencuentro con el pasado le había causado.

Me resigné y también yo sonreí.

Me colocó el pelo mojado detrás de la oreja y me besó en los labios.

—Voy a buscar unas piedras, haremos una hoguera para cocinar el pescado. Creo que justo aquí arriba, en la calle que baja hacia la plaza hay un quiosco, podemos comprar unas cervezas y unos platos de plástico

—sugirió.

No tardé ni un segundo en ponerme los pantalones cortos y una camiseta y subir como una exhalación a proveerme de lo necesario para disfrutar de la cena en la cala. Aquella noche era lo más parecido a una cita que habíamos tenido hasta el momento y no pensaba desaprovecharla.

Cuando regresé la hoguera ya ardía. Oriol, sentado a unos palmos, miraba las llamas que se avivaban con la brisa. Había espetado las corvinas en dos palos finos y largos que había conseguido cortando las ramas de un árbol cercano y el olor a pescado a la brasa empezaba a inundar aquel remanso.

Me senté a su lado, quedando abstraída yo también en el crepitar del fuego anaranjado que teñía de sombras aquella noche sin luna.

—¿Lo sientes? —preguntó de pronto.

Agudicé el oído y puse a trabajar mis cinco sentidos.

Solo el silencio nos envolvía, las estrellas titilaban en el cielo y nos regalaban su brillo creando una atmósfera irreal de calma absoluta. Una brisa leve y cálida me desordenaba el pelo.

Guardé silencio. Cerré los ojos y me concentré en el sonido de mi corazón que latía con fuerza en mi pecho.

Podía notarlo, el universo se expandía despacio, fluyendo al ritmo de aquel momento perfecto, fundiéndose en cada latido con aquel sentimiento que me inundaba por dentro.

Tomé la mano de Oriol y la puse sobre mi esternón.

—Puedo sentir el universo —dije sin más—. Late aquí dentro, aferrado a mí…

—¿Cómo sabes que es de verdad? —preguntó ofuscado de pronto.

—No lo sé, solo lo siento.

—¿Y cómo sabes que lo que sientes es real?

—No puedo contestarte a esa pregunta, no tengo la respuesta —dije sin comprender a qué se refería—. Simplemente lo siento y ya está. No tiene explicación, es algo que nace desde dentro y es inevitable. Supongo que ahí está la gracia.

—O la desgracia —repuso él mirándome fijamente a los ojos con una intensidad que me quemaba—. Tengo miedo de equivocarme, Álex.

Su voz sonaba serena y volví a sentir que había resquebrajado el muro que nos separaba. Le dejé hablar, sabía que necesitaba tomarse su tiempo para conectar sus ideas y sus palabras.

—Tomar decisiones implica elegir, pero ¿cómo sabes que haces la elección correcta? ¿Qué pasa si no quieres elegir? ¡Yo quiero tenerlo todo!

—Tenerlo todo es imposible, Oriol, uno siempre tiene que elegir.

—Pero elegir es renunciar.

—Elegir es simplemente apostar por un camino, no es una renuncia, si te equivocas siempre puedes volver atrás y desandar el camino andado.

—Pero no siempre se puede volver atrás, las elecciones tienen consecuencias, Álex. ¿Qué pasa si te equivocas?

—Uno no puede equivocarse cuando actúa guiado por lo que siente que debe hacer desde dentro. Las consecuencias de nuestras elecciones son el precio que debemos pagar por vivir. La vida consiste en elegir. No hay errores, solo experiencias.

Se quedó pensativo, oteaba al frente, con la expresión indescifrable y la mirada perdida.

—A veces las elecciones nos alejan de lo que realmente queremos — dijo después de un largo silencio.

Las llamas iluminaron el rostro de Oriol y vi una sombra extraña en su mirada. Me pareció ver una lágrima.

Se levantó evitando que le escrutara y giró los palos donde estaban espetadas las corvinas.

La hoguera ya se había reducido en parte y el pescado terminaba de cocinarse al calor de las ascuas candentes, sudaba su propio jugo y ya se veía bien tostado.

—Señorita, ¿está usted preparada para disfrutar de este suntuoso banquete? —preguntó mirándome con aquellos ojos profundos de pestañas infinitas.

Oriol había cambiado el tono a uno menos existencial y mi sonrisa

volvió a aflorar contagiada por la suya.

—Tiene una pinta deliciosa, ya sabes que a esta princesa se la conquista por el estómago. ¡Me muero de hambre!

Sirvió una corvina en cada plato y comimos el pescado con las manos.

Aquello no tenía nada que envidiar al mejor restaurante de lujo. Si hubiera podido hubiera detenido el tiempo en aquella playa.

Cenamos bañados por la luz de las llamas, arrullados por el murmullo del mar y cubiertos por un manto de estrellas. Habíamos recuperado la complicidad.

—¡Mira que yo tengo un problema con la cerveza…! —le avisé cuando me tendió la tercera lata utilizando mi pose más teatral.

—¿Qué problema? —interrogó preocupado.

—Que cuando bebo cerveza se me abren las piernas.

La carcajada por su parte no se hizo esperar.

—¡Entonces voy a comprar más! —repuso, poniéndose en pie y haciendo el amago de volver al quiosco.

La risa de Oriol era la mejor melodía para aquel atardecer perfecto.

Se mostraba cariñoso, solícito y encantador, había vuelto a ser el chico despreocupado que me había robado el corazón.

Se quedó mirándome y en el reflejo de sus pupilas descubrí un profundo anhelo, como si él también deseara inmortalizar aquel momento.

—Chinhin —dijo haciendo chocar su lata con la mía.

—Por nosotros —dije yo.

—Porque no nos venza la prisa —añadió.

Bebimos a morro cada uno de su lata y luego nos enredemos en un beso con sabor a espuma de cerveza.

Estábamos tumbados sobre la toalla, yo con mi cabeza sobre su abdomen y los dos mirando hacia arriba tratando de encontrar estrellas fugaces cuando comenzó a sonar la música.

Si no hubiera sido porque no conocía la canción hubiera pensado que era la felicidad que sonaba en forma de banda sonora dentro de mi cabeza, pero pronto comprendí que la música venía de la plaza.

—¿Me concede usted este baile, señorita? —dijo Oriol que ya estaba achispado por efecto del alcohol.

—¡Este y todos los que usted quiera, caballero! —dije yo en tono socarrón haciendo una reverencia.

Oriol me acercó a su cuerpo, estrechó mi cintura y canturreó en mi oído mientras bailábamos muy pegados al ritmo de la música.

—Creí que habías dicho que no te gustaba bailar.

—Dije que las demostraciones públicas de amor me parecían vomitivas, que no es lo mismo.

—¿Significa eso que a solas si vas a demostrarme tu amor?

—Eso significa que a solas voy a hacerte el amor hasta que te duelan

hasta las pestañas.

Nos refugiamos bajo la toalla y dimos rienda suelta a nuestros instintos.

Hicimos el amor despacio, sintiendo cada embestida, gozando de la complicidad de aquel momento compartido, bañados de la luz dorada que nos gritaba con su magia que aquel instante era más valioso que el oro.

—El instante es nuestra única posesión —dijo exhausto cuando los dos hubimos terminado y el placer se había convertido en calma.

No sabía entonces que Oriol estaba fabricando un último recuerdo.