Capítulo 52.
El diario de Marita
El aire espeso y húmedo de la primera hora de la tarde me golpeó en la cara como una bofetada. Notaba en mis manos la presencia de aquel diario que a medida que pasaban los segundos parecía ganar peso y hacía que caminara como si arrastrara un ancla atada a los pies.
Mis dedos se habían paseado por la cubierta de cuero marrón, oscura y desgastada por el paso del tiempo, con una mezcolanza de melancolía y aprensión.
Ahora, con el diario en mis manos, recordaba vagamente la imagen de mi madre escribiendo encorvada sobre él.
Solía hacerlo por las noches, cuando nos íbamos a dormir.
Ella se sentaba en el suelo, en un rincón de la habitación que compartíamos y escribía a la luz de una vela.
La veía de reojo desde la hamaca. Yo era solo un niño, pero comprendía que aquel era un momento de intimidad para Marita y no osaba molestarla.
Por entonces aún creía que Marita era mi hermana.
Tener aquel libro entre mis manos tantos años después me generaba una sensación contradictoria.
Por una parte, la necesidad de conocer mi pasado, por otra la sensación de que, si lo leía, ya nada volvería a ser igual.
El contacto de la mano de Álex en mi brazo me devolvió a la realidad.
Estábamos frente a la puerta de entrada de la casa que Marita y yo habíamos compartido en Punta Allen y la cabeza me daba vueltas a la par que el estómago.
No era capaz de pensar en nada, una vorágine de sentimientos incómodos se había instalado dentro de mí y giraba como una lavadora centrifugando.
Solo deseaba estar solo. Necesitaba tiempo para pensar.
Álex se había dado cuenta y no tardó en dejarme el espacio que necesitaba.
Yo no había abierto la boca desde que habíamos salido de casa de mi tía Lucre y ella había tratado de acercarse varias veces obteniendo mi rechazo como respuesta. Me miró con aquellos ojos llenos de amor y su sonrisa me tranquilizó.
—Creo que necesito una tarde de playa a solas —dijo con un guiño.
Había cogido una toalla, la cámara y el teléfono y lo había metido todo en la mochila.
Dio unas cuantas vueltas por la casa fingiendo preparar algunas cosas antes de decidirse a marcharse. La veía mirarme de reojo, como tratando de averiguar qué pasaba por mis adentros.
—¿Necesitas que me quede? —preguntó señalando el diario. En su tono no podía disimular la intranquilidad.
Sabía que Alejandra estaba preocupada por mí, pero no quería compartir con ella aquel momento.
Tragué saliva y traté de sonar despreocupado.
—No, disfruta de la tarde, Álex. Creo que ahora mismo no soy muy buena compañía.
Vi la duda cruzar por su mirada y por un minuto temí que cambiara de opinión y se quedara. Necesitaba estar solo, pero no quería echarla. Sentía que no estaba tratándola todo lo bien que merecía, pero no podía evitar levantar aquel muro para mantenerla a distancia.
—¿Estarás bien? —preguntó con la inquietud anudada en la garganta antes de marcharse.
Yo asentí sin mucha convicción.
—Creo que necesito hacer esto solo —dije al fin a media voz.
Álex asintió como comprendiendo todo sin necesidad de más explicaciones.
Esbozó una sonrisa cálida, se acercó despacio, me acarició la cara con suavidad y me dio un casto beso sobre los labios.
—Si me necesitas ven a buscarme, estaré en la cala. Vuelvo en un par de horas.
Noté su voz quebrada, pero no dije nada.
La observé desde la balconada alejarse despacio, como si cada paso le costara. Se dio la vuelta y me saludó con la mano.
Le devolví el saludo apesadumbrado y traté de sonreír sin conseguir esbozar más que una mueca.
El peso de aquel diario me aplastaba, el pasado era urgente y ya no podía demorarlo más. Apreté el cuaderno contra mi pecho. Me faltaba el aire, sabía que solo si lo leía podría volver a respirar con normalidad.
Lo abrí nada más cerrar la puerta a mis espaldas, y las lágrimas empezaron a brotar incontenibles.
Reconocía la caligrafía redonda y ordenada de Marita, aquella paz que siempre desprendió en vida estaba impregnada también en su letra. Acaricié las palabras que se emborronaban por efecto de las gotas que caían sobre el papel hasta que conseguí reponerme.
Cuando el velo que cubría mis ojos y que me impedía leer se disipó lo suficiente, tomé aire y me dispuse a conocer mi historia. Mi madre la había escrito para ella, pero la había guardado para mí. Aquella era su última voluntad.
20 de agosto de 1989
Hoy empiezo este diario para guardar en él mis secretos, pues con nadie puedo compartir la felicidad que me embarga.
La suerte o los dioses, o ambos a la vez, se han aliado con el universo y han puesto en mi camino a Oriol.
Nunca creí que el amor pudiera ser tan dulce, me late el corazón con tanta fuerza que creo que va a reventarme en el pecho.
puedo sentir lo que sienten los pájaros cuando vuelan, pues mi cuerpo se ha vuelto tan ligero que podría elevarme en el aire y moverme por el cielo si batiera mis brazos como si de alas se tratasen…
…
22 de agosto de 1989
¡Por fin me ha besado! No puedo ser más feliz.
¡Oriol me quiere, mi amor es correspondido!
Casi no puedo creérmelo. Tengo ganas de reír como una loca y gritarlo a los cuatro vientos.
Es tan perfecto. Nunca pensé que pudiera encontrarme a mí misma dentro de otra persona.
Me gusta todo de él, pero lo que más me gusta es como me hace sentir cuando estoy a su lado.
Podemos hablar durante horas y estar en silencio sin que sea incómodo.
Es capaz de entender cómo me siento solo con mirarme.
Me veo en sus ojos, él es la única persona en el mundo capaz de verme por dentro. ¡Le amo, le amo, le amo!
…
21 de septiembre de 1989
Ya no hay marcha atrás. No debí haberle contado a Lucre lo mío con Oriol.
Debí haber sabido que ella se lo contaría a mi madre.
Ellas nunca han tenido secretos. No voy a perdonarle nunca que me haya traicionado.
Cree que lo hace por mi bien, Lucre piensa que mi relación con «el español» solo va a traerme desgracias.
No tiene ni idea. ¿Qué va a saber ella si nunca se ha enamorado?
Mi padre eligió a Felipe y ella aceptó casarse con él, como si fuera un mueble.
Si piensan que yo voy a hacer lo mismo es que no me conocen.
Me han prohibido salir de casa. Me duele la mejilla del bofetón, espero que no me quede marca, no quiero que Oriol sepa que mi padre me ha pegado.
Voy a salir de todas formas. Esperaré a que todos se vayan y me iré al campamento.
Cuando pienso en los besos de Oriol me siento capaz de cualquier cosa.
¡Que me repudien si quieren! Nada me importa.
¿Qué tendrá que contarme? Ayer estaba de lo más misterioso, me dejó en ascuas con la promesa de que hoy me enseñaría una cosa.
Dice que ha encontrado una puerta al pasado y que su descubrimiento va a pasar a los anales de la historia.
Estaba tan guapo con su sonrisa de medio lado y aquella pose tan misteriosa. A su lado la vida parece hermosa.
…
de octubre de 1989
Me llueven los castigos y los reproches.
Mi padre no me habla. Oriol dice que terminarán por aceptarlo, pero yo no estoy tan segura.
Le he visto nervioso estos días, seguramente sea por lo del descubrimiento.
De momento solo me ha enseñado un medallón y unos huesos.
Dice que ha encontrado Xibalba. Ya ha mandado su informe a la sociedad de arqueología y paleontología, espera que pronto su hallazgo se haga público y podamos marcharnos.
Mañana por fin me enseñará lo que ha encontrado.
Yo también estoy nerviosa, creo que veo fantasmas que no existen, como si algo lúgubre nos acechara desde las sombras.
Seguramente sea producto del miedo, ahora que estamos tan cerca de llevar a cabo nuestros planes tengo miedo de que algo nos separe.
Tengo un mal presentimiento. Oriol ha encontrado la ciudad de los muertos.
…
Contuve la respiración. El diario de mi madre no dejaba lugar a dudas de que mi padre había encontrado Xibalba.
Tal vez encontrara alguna pista entre sus escritos.
Suspiré al pensarlo, en realidad la ciudad de los muertos ya no me importaba.
Lo que de verdad necesitaba era comprender por qué mis padres se habían separado y mi madre me había mentido durante todos aquellos años.
Necesitaba respuestas, lo demás podía esperar.
Leer de su puño y letra aquella confesión de amor desgarradora me había dejado la garganta seca. Dejé el diario sobre la mesa y fui a la cocina a beber un poco de agua. La imagen de Álex se dibujó nítida en mi memoria. Podía entender perfectamente a qué se refería mi madre cuando hablaba del amor.
Miré por la ventana. El sol aún estaba alto y Alejandra seguramente estaría todavía un buen rato en la playa. Aún tenía tiempo para mí, necesitaba conocer la verdad.
Sonreí sin querer y una sensación de melancolía me inundó. Aquel
diario parecía apoyar mi idea de que el amor no siempre era suficiente.
Pero ¿qué podía haber pasado para que Marita renunciara al amor que sentía por mi padre? ¿Sería que él la había abandonado?
Viendo la carta que el profesor Emeterio me había dejado y a juzgar por las cartas que mi padre le había mandado a Marita reiteradamente y que ella había rechazado, quedaba claro que había sido ella quién había puesto fin a la relación. Pero si le quería con toda el alma, ¿por qué lo había hecho?
Necesitaba seguir leyendo para comprender a mi madre. Ahora más que nunca sentía que no había conocido a Marita en absoluto, toda mi vida había sido una mentira, empezaba a entender que también la suya lo había sido.
Un sabor amargo me atenazó la garganta y tuve que beber un poco más de agua para poder continuar con la lectura.
A veces no conocemos en absoluto a las personas que nos rodean. Existe un mundo que solo pertenece a quien lo vive y es completamente subjetivo, se esconde dentro de nosotros y no siempre lo mostramos. Aquel día lo comprendí con claridad. En realidad, solo nos conocemos de verdad a nosotros mismos.
…