Donde nace el cielo Capítulo 51.
77%

Capítulo 51.

El pasado nunca muere

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando la tía de Oriol nos recibió en su casa.

Llegábamos tarde y eso no favorecía mucho la cortesía de su parte.

Parecía que la cara de vinagre la llevaba de serie, no la había visto sonreír todavía y, por mucho que lo intenté durante aquella velada, aquel día no conocería su sonrisa.

—Lo siento, ha sido culpa mía, había una pedida con mariachis y no quería perderme el desenlace —expliqué torpemente nada más llegar para tratar de congraciarme con ella.

Me fulminó con la mirada y Oriol me pegó un codazo que a punto estuvo de desmontarme.

Decidí que lo mejor sería cerrar el pico y centrarme en la comida. Después, siempre podía fingir estar agotada y retirarme a casa de Oriol para perderla de vista.

Lo cierto es que los primeros minutos fueron tan tensos que se hubiera podido cortar el aire con el cuchillo que Lucre utilizó para trinchar el pollo.

Había preparado mole poblano, tortillas, pollo a la leña, enchilada y verduras.

Si bien su disposición a conversar era escasa, se había esmerado en regalarnos un almuerzo digno de reyes.

Debía haber pasado la mañana entera en la cocina.

—¡Todo tiene una pinta exquisita! —dije para mostrarme agradecida. La tía de Oriol me había servido medio pollo y se disponía a seguir echando más comida en mi plato. La detuve antes de que me pusiera el

pollo entero con bandeja incluida.

—Igual hubieras preferido pescado —dijo con un deje de fastidio en la voz.

—No, no… Me encanta la carne, está todo perfecto, de verdad —me apresuré a asegurar —. Muchísimas gracias por invitarnos.

La tía Lucre parecía incómoda y yo no atinaba a encontrar un tema de conversación que hiciera que el ambiente se relajara.

Lo había intentado con todas las fórmulas que conocía, pero cada vez que había abierto la boca me había encontrado con una respuesta en forma de monosílabo y el ostracismo subsiguiente.

Finalmente me di por vencida y dejé todo el peso sobre los hombros de Oriol. Al fin y al cabo, era su tía. ¡Que lidiara él con su antipatía!

—¿Y vosotros…? —preguntó con indiscreción, clavándome la mirada—.

¿Además de retozar tenéis previsto quedaros en Punta Allen?

La pregunta había caído como un mazazo sobre la mesa, donde en un silencio sepulcral, cada uno comía con la vista clavada en su plato.

Oriol, que acababa de beber un buche de agua, la soltó por efecto del impacto

como si fuera un aspersor y a mí me dio la risa tonta.

—Álex es periodista, está haciendo un reportaje sobre el legado maya en la Riviera. Me ha contratado como guía. Por eso hemos venido a Punta Allen —explicó Oriol pasando por alto la parte donde su tía hablaba de retozar.

Yo le atravesé con una mirada fulminante. Me había molestado que me presentara tan solo como un compromiso de trabajo y decidí tomarme la revancha en cuanto vi la oportunidad.

—¿Y sobre que trata tu reportaje? —preguntó Lucre con un tono que no estaba exento de cierto retintín.

—Sobre las tradiciones y costumbres de los antiguos mayas.

Estudio las diferencias entre culturas, ¡está claro que para unos y otros las cosas no significan lo mismo…

! —dije dirigiéndome a Oriol—. Escribo sobre la simbología en la arquitectura, el significado del compromiso, los ritos y el legado que se conserva…

La fisionomía de los descendientes de los mayas y el tamaño de sus miembros.

Necesitaba un espécimen autóctono y por eso escogí a Oriol, como guía no tiene parangón, pero en lo demás erré la elección claramente.

No contaba con que su tía entendiera una sola palabra de lo que había dicho, una vez más mis prejuicios me habían cegado y daba por hecho que una pobre mujer indígena perdida en medio de la selva no poseía la suficiente destreza léxica ni sintáctica como para comprender la pulla que le estaba tirando a su sobrino.

Para mi sorpresa, su risotada no se hizo esperar.

Oriol exhalaba aire por la nariz como un toro bravo y yo me anoté un tanto.

«¿Así que solo mi guía, ¿eh? ¡Chúpate esa, imbécil!».

—Si al final va a caerme bien —le dijo a Oriol su tía como si yo no estuviera delante.

Fue el halago más generoso que me hizo en toda la sobremesa, después se dirigió a mí por última vez y con un guiño comentó—.

Te equivocas de espécimen, española. Oriol es mestizo, no creo que te sirva para tu estudio.

Según recuerdo de cintura para abajo se parece más a su padre.

Después, como si le hubiera dado un ictus, volvió a vestirse con su cara de vinagre.

—Veo que vais a llevaros bien —encajó Oriol el golpe—. Tú y yo hablaremos después —dijo dirigiéndose a mí con una media sonrisa.

Le miré desafiante y él me sostuvo la mirada.

Sonreí al comprender que la refriega acabaría en casa y en la cama. Me encontré con su mirada de soslayo y eso apaciguó mi intranquilidad. Temía que Oriol se hubiera molestado de verdad.

Si bien el comentario por mi parte había estado fuera de lugar, pareció ser el detonante que destensó el ambiente. La tía Lucre parecía más relajada y pronto comenzó a conversar con Oriol con normalidad.

—¿Y hace cuánto que no ves a Enrico? La verdad es que pensaba que se había quedado contigo en Tulum.

—Estuvo en casa el fin de semana, yo pensaba que había vuelto a laguna negra.

La verdad es que he andado bastante desconectado.

Si le ha surgido algo seguramente no ha podido localizarme.

Con el trabajo de guía, he estado viajando por Yucatán con Alejandra —le escuché decir explicándose vagamente—.

Oye, tía…, esto ha cambiado mucho, hay un montón de turistas en el poblado —añadió Oriol con la clara intención de cambiar de tema.

—Sí, mijo… Al final aquí también llegó el progreso. —Lucre suspiró—

. Y más que va a cambiar. Al parecer, el Gobierno ha vendido terrenos en la reserva para construir un complejo hotelero de lujo. Tuvimos asamblea el mes pasado y nos informaron de que Evaristo Rey ha comprado el terreno y va a construir campos de golf en Sian Ka’an además de un hotel para ricos.

—¡Pero eso es imposible! La reserva es terreno protegido. Eso va en contra de las medidas de protección del ecosistema —dijo él casi a voz en grito.

—El alcalde nos enseñó los planos, en teoría no afecta en nada al poblado, los terrenos forman parte de una zona restringida militar que estaba ya deforestada y que el Gobierno utilizaba para hacer maniobras.

La van a desmilitarizar y desmantelar. El caso es que casi nadie en Punta Allen sabía de su existencia… —Oriol y yo nos miramos sorprendidos.

Seguramente aquella zona militar se trataba de la misma que habíamos marcado en el plano durante nuestras pesquisas. Puede que no estuviéramos desencaminados en cuanto a la ubicación de Xibalba. Noté como el corazón me latía con más fuerza en el pecho y vi brillar con emoción los ojos de Oriol.

Lucre continuó hablando.

—Es muy raro, pero ya sabes que aquí todo funciona a base de dinero bajo cuerda.

Ese hombre, Evaristo Rey, ha construido un imperio de oro lucrándose del turismo y expoliando nuestro patrimonio.

No sería la primera vez que pasa por encina de los restos de nuestra civilización y le planta encima un hotel.

Y pensar que quería casarse con tu madre…

Aquella última frase se quedó en el aire y pude ver como golpeaba a Oriol de improviso.

—¿Con mi madre? ¿Evaristo Rey? —preguntó él sin comprender. Empezaba a conocer ahora las piezas que faltaban de aquella historia.

—El padre de Evaristo Rey pidió la mano de Marita para su hijo cuando ella era solo una niña, mi padre se la concedió con la condición de que la desposara cuando floreciera, pero tu madre lo ocultó cuando empezó a sangrar.

Se negaba a casarse con él, no le gustaba ese hombre.

Cuando llegó la expedición de la que formaba parte tu padre ella se enamoró y se quedó encinta.

Hicimos todo lo posible por mantenerla encerrada y que su embarazo fuera un secreto.

Tu abuela te tomó como su hijo después del parto, pero fue en vano, al final tu abuelo tuvo que romper el acuerdo con el padre de Evaristo Rey porque Marita no consintió casarse.

Todavía no comprendo cómo consiguió convencerle, pero el caso es que lo hizo.

—Se había quedado pensativa y un suspiró largo siguió a sus palabras—.

El abuelo nunca se lo perdonó, prácticamente dejó de hablarla.

Decía que le había avergonzado y se pasó la vida entera haciendo como si tú no existieras.

Decía que el español nos había traído la desgracia y tú eres el fruto de la vergüenza.

Un largo silencio siguió a sus palabras. Me dolía en el pecho la franqueza de Lucre, aquella historia formaba parte del pasado de Oriol y yo me sentía fuera de lugar, como si fuera una intrusa.

Pensé en marcharme para dejarles hablar a solas, pero no encontré la forma.

Estaba como paralizada. Envuelta entre la niebla de todos los fantasmas de aquella historia familiar que cobraba cada vez matices más escabrosos.

Oriol se sumió en el silencio más profundo e instintivamente yo le toqué la mano en señal de apoyo. El gesto no pasó desapercibido para Lucre, que meneó la cabeza y apretó los labios en una señal inequívoca de desaprobación.

Oriol me miró fríamente, con una expresión de vacío que me asustó, como si dentro se hubiera desatado una gran tormenta. Retiré la mano de inmediato, me sentía incómoda.

Me sentí aliviada cuando Lucre se levantó y sin mediar palabra se puso a recoger la mesa.

—Supongo que estaréis cansados —dijo al fin, concediéndome el paréntesis que necesitaba para terminar con la agonía.

Oriol se levantó sin decir nada y yo le seguí aliviada. Se dirigía ya a la puerta cuando la tía Lucre lo detuvo.

—Espera mijo, tengo algo que te pertenece.

Desapareció detrás de una cortinilla de cuentas de colores y volvió a los pocos minutos con algo entre las manos.

—Era de tu madre. Me pidió que te lo diera, fue su última voluntad antes de morir. El día que viniste al funeral no encontré el momento, creo que ahora estás preparado para conocer la verdad —dijo con aquella expresión indescifrable pintada en el rostro.

Oriol lo tomó entre sus manos. Se trataba de un cuaderno con tapas de cuero. Parecía un diario.

Le vi acariciar la cubierta con las manos temblorosas.

—Léelo sin juzgarla, mijo. Tal vez así entiendas sus motivos —dijo Lucre ya en el zaguán de la puerta.

El aire era tan espeso que costaba respirar. Yo miraba a Oriol con el alma contenida.

Él se enjugó las lágrimas que a duras penas conseguía disimular.

—No se puede vivir en el pasado, tía —le escuché decir con la voz rota.

—Por mucho que lo intentemos no se puede dejar atrás, mijo. El pasado nunca muere.

Sus palabras me erizaron los pelos detrás del cogote. Velaban una amenaza que se palpaba en el aire.

—No se puede huir de los fantasmas —añadió antes de desaparecer dentro de la casa.

Pronto averiguaría que aquella afirmación era verdad.