Capítulo 50. #2
Había echado un vistazo rápido alrededor para asegurarme de que los hombres de negro no nos habían encontrado. No había ni rastro de ellos. Comenzaba a sentirme relajado y tenía ganas de disfrutar de un día de tregua.
Álex canturreaba con la escoba en la mano y un pañuelo en la cabeza.
Había quitado el polvo y terminaba de barrer con brío afuera.
Me miró embelesada y soltó la escoba intercambiándola por mi cintura mientras se contoneaba en un bailecito suave y caribeño.
—¡Muéstrame lo mejor del caribe, cariño! —pidió eufórica.
No tardé en seguirle el paso encaramado a sus caderas. Bailábamos entre risas, dejándonos la piel y la vergüenza entre arrumaco y arrumaco. Cuando me di cuenta de que empezábamos a parecer indiscretos nos refugiamos en casa.
Terminamos desnudos y exhaustos, haciendo el amor con descaro y deshaciéndolo con toda la ternura que cabía en nuestras manos. Creo que aquello era lo más parecido a la felicidad que había conocido nunca. Con Álex en Punta Allen me sentía en casa.
Después de dar rienda suelta a la pasión, de tomarnos el té con el resto de las tortillas que había traído mi tía —había tortillas como para un regimiento— y darnos una ducha con agua fría salimos por fin a caminar por el poblado.
—No entiendo cómo puedes renegar de este lugar. ¡Es precioso! —la escuché decir asombrado.
No me había pasado desapercibida su sonrisa al caminar por las calles repletas de arena blanca hasta la playa, ni al fotografiar las casas de madera y palma, coloreadas con las tonalidades del mar y del cielo.
—¡Sin duda esto es el paraíso! ¡Es como un sueño! —repetía como alucinada a cada paso.
Álex daba vueltas con los brazos en cruz y los pies en el agua. Un murmullo de mar acunaba la orilla. Había cerrado los ojos y sonreía como una niña.
—El lugar donde nace el cielo —dije señalando hacia el horizonte. Ella pensó que hablaba de Sian Ka’an, pero yo me refería a su boca.
Había deteniendo sus giros y sellé mis palabras con un beso, haciendo que el universo girara solo para nosotros.
Nos bañamos y retozamos en la playa, mezclándonos con el resto de turistas que habían comenzado a llegar a partir del mediodía.
Me asombraba sobremanera cómo se había incrementado el turismo en el poblado.
La última vez que había estado allí, hacía solo dos años, solo unos pocos visitantes se adentraban en la reserva y llegaban hasta la aldea.
Ahora Punta Allen bullía de actividad, habían abierto nuevos restaurantes y florecían como el «siricote» las pequeñas empresas que ofrecían actividades de naturaleza.
Los lugareños vendían productos típicos y los pescadores nutrían a los restaurantes de pescado.
Parecía que el progreso había llegado para quedarse, lejos de debilitar nuestras costumbres las había hecho resurgir con más fuerza para brindárselas a los forasteros envueltas en sonrisas y agasajos.
El sonido de la música en una callejuela hizo que Álex tirara de mi brazo y nos desviáramos del camino. Nos dirigíamos a casa de mi tía Lucre a comer, pero ella, que se había contagiado del ambiente festivo y relajado, parecía haberlo olvidado.
Las voces a coro de los mariachis, que cantaban acompañados de dos guitarras, un violín y una trompeta vestidos con el traje de charro, hacían las delicias de un corro de curiosos que se habían acercado a escucharlos.
—Es una pedida —le indiqué a Álex, señalando hacia el balcón donde una muchacha de cabellos morenos se asomaba entre las cortinas tímidamente.
Alejandra se puso a dar saltitos y se aupó sobre las puntas de los dedos de los pies para ver por encima de las cabezas de la congregación de personas que adulteraban el momento con su presencia.
—¡Que romántico, por Dios! —exclamó emocionada al ver al novio, que vestido de gala y con la rodilla hincada en el suelo, elevaba al cielo, o, mejor dicho, al balcón donde la muchacha roja como un tomate se había asomado ya del todo, un anillo con pedrusco incorporado mientras los mariachis seguían cantando todo su repertorio.
—¡Di que sí, di que sí, di que sí! —Coreaba el pequeño tumulto en el intermedio entre canciones.
Álex esperaba expectante la respuesta de la chica. No sabía que si ella estaba asomada al balcón significaba que aceptaba al novio como marido.
—Ya ha aceptado, podemos irnos. De lo contrario hubiera bajado la persiana y no se hubiera asomado —expliqué impaciente—. Si quieres congraciarte con mi tía llegar tarde no es un buen principio.
—¿No te parece romántico? —preguntó ella haciendo pucheritos
cuando por fin conseguí arrancarla del espectáculo.
—¿Mostrar públicamente tus sentimientos? ¿Romántico, dices? ¡Me parece estúpido! Creo que el amor es algo entre dos, no hace falta ir por ahí mostrándolo ni engrandeciéndolo con demostraciones públicas.
—Pues a mí me parece precioso. Pero bueno, ¿qué se puede esperar de alguien que no cree en el amor?
—¡Que te agasaje con un recital de mariachis desde luego que no! — zanjé molesto con el comentario. A veces no entendía a las mujeres.
—Tendré que conformarme con que no salgas corriendo.
Definitivamente, Álex parecía medio bruja, creo que podía leerme el pensamiento.
La idea de la despedida no había dejado de rondarme. Seguía estando convencido de que aquello no podía funcionar. Para mí era ya demasiado tarde.