Capítulo 50.
Punta Allen. La punta del iceberg
A veces somos nuestro peor enemigo. Actuamos sin pensarlo bien, movidos por certezas y conclusiones que no se sostienen, en nombre de un sentido común que está lejos de ser ni una cosa ni la otra.
¿Acaso tenía sentido renunciar a Álex? Si había algo poco común era precisamente aquella complicidad que existía entre nosotros.
Suspiré al mirarla y me recreé en su perfil. Un sentimiento de amor profundo me golpeó desde dentro, poniendo en tela de juicio aquella decisión absurda de alejarme.
Paseé mis dedos por el contorno de su cara con suavidad casi sin tocarla, dibujando la silueta de su rostro en mi memoria.
Por la noche, al llegar a Punta Allen, había planeado dejarla allí, abandonarla al alba y alejarme de ella para siempre, pero ahora toda mi determinación se tambaleaba.
No podía. Necesitaba más tiempo. Ella era la única persona en el mundo capaz de resguardarme en sus silencios.
Me había escuchado paciente, sin dejarme caer. Se merecía un día más. Y yo también.
Después de la tormenta había llegado la calma, me sentía un poco mejor. Alejandra me había ayudado a reconciliarme en parte con mis fantasmas.
Miré la foto de mi madre, la que me había dejado hacía pocos días enmarcada el profesor Emeterio en su despacho, la había colocado sobre la repisa al llegar y era como si siempre hubiera estado ahí.
No pude evitar sonreír al reconocer a Marita en aquellos ojos oscuros que me miraban llenos de vida.
Su ausencia me golpeaba y a la vez era como si ella siguiera estando presente.
Una mezcla extraña de sentimientos me embargaba, pero al menos se había aflojado el nudo en la garganta.
Tanto el recuerdo de Marita como la sombra de la culpa me habían dado un respiro y se habían evaporado junto con la oscuridad de la noche.
Me deleité en el tornasolado de reflejos rojizos que los primeros rayos de luz dejaban en el aire.
Álex reposaba dormida entre mis brazos. El sol jugaba entre su pelo y yo suspiraba perdido en sus pestañas, que infinitas coronaban sus parpados cerrados.
El sueño la había vencido hacía rato. Yo la sostenía como el mayor de los tesoros, temiendo despertarla de aquel descanso plácido con el latido estrepitoso de mi corazón dentro del pecho.
Paseé la vista alrededor de la estancia a la luz de la mañana.
Una fina capa de polvo se posaba sobre los muebles y el suelo.
La techumbre de palapa dejaba pasar el sol por un agujero y el viento se colaba por las rendijas de las ventanas mal selladas.
La casa necesitaba una batería de reparaciones urgentes.
Adolecía del mal del abandono. Nada se estropea más rápido que aquello que no se usa.
El crujido de los tablones me indicó que alguien merodeaba fuera.
Recosté a Álex con cuidado sobre el sofá y me puse en alerta.
Escuché los pasos al otro lado de la puerta y la llave que se acomodaba en la cerradura, no tardó en girar sobre sus goznes y abrirse con un chirrido quejumbroso.
La silueta chata de mi tía Lucre me saludó a contraluz.
Cuando pude verle el rostro vi que seguía luciendo aquella expresión avinagrada que la
acompañaba desde siempre.
—He pensado que tendríais hambre. Os traigo el desayuno, mijo. — Había entrado al saloncito sin esperar a que la invitara a pasar y miró de reojo a Álex—. Os vi llegar anoche —explicó—. Las viejas dormimos poco.
Tía Lucre había dejado sobre la mesa una bandeja con tortillas de trigo que humeaban y desprendían un olor delicioso. Había preparado también té verde de hierbas y se sirvió una taza. Parecía incómoda.
—Estás más delgado, ya me dijo Enrico que allá, en la costa, solo comías pescado.
—Sonreí ante su observación. En Punta Allen todos hablaban de la Riviera Maya como «la costa», parecían olvidar que el poblado estaba también bañado por las aguas del Caribe—.
El desgraciado de tu primo lleva toda la semana sin aparecer por casa, suponía que estaba contigo, pero el jueves me encontré en el colmado a la Isabel, que trabaja en la laguna, en Hoyo negro, y me dijo que después de varios días sin aparecer había llamado para despedirse porque había encontrado un nuevo trabajo. ¿Tú sabes algo de él?
La actitud de Enrico era de lo más extraña, esperaba que acudiera a nuestra cita y me explicara qué demonios estaba pasando.
Negué con la cabeza y vi la cara de extrañeza de mi tía.
—¡Eso sí que es raro! Vosotros sois uña y carne, ¿Acaso os habéis enfadado? ¡Seguro que este tiene un lío de faldas y lo ha tirado todo por la borda! —Su mirada me escrutaba incisiva—. No estaréis metidos en nada raro, ¿verdad?
Mi tía se refería al contrabando. Una parte de la población se sacaba un sobresueldo con el contrabando de licores, tabaco y medicamentos desde Belice a través del Río Hondo.
Me encogí de hombros. No sabía qué decir.
La tía Lucre suspiró y me miró con desconfianza, como si intuyera que le estaba ocultando algo. Finalmente, al ver que yo no soltaba prenda, pareció desistir del interrogatorio.
Moviéndose despacio abrió de par en par las contraventanas, la casa se inundó con la luz de la mañana y el olor del mar.
—Si hubiera sabido que venías habría adecentado esto un poco. Al principio venía de seguido, pero ahora solo vengo a limpiar de vez en cuando —dijo en un tono imposible de descifrar. No sabía si me estaba reprendiendo o se estaba justificando.
Actuaba como si Alejandra no estuviera y era imposible saber si le agradaba o le desagradaba que hubiera vuelto. La tía Lucre nunca había sido muy expresiva. Eran las primeras palabras que me dirigía en años. Creo que aún no me había perdonado que me hubiera marchado.
La observé en silencio. Su vista se paseó hasta la repisa y la foto de Marita captó su atención de inmediato. Esperé su reacción. La vi acercarse con los ojos muy abiertos.
Acarició la foto como si tuviera miedo de que al hacerlo se hiciera añicos y me pareció ver el brillo de una lágrima en sus ojos.
—Ella siempre estuvo llena de luz —dijo casi en un susurro como si estuviera sola y hablara para sí—.
Nunca la vi tan feliz como cuando conoció a tu padre.
Yo le dije desde el principio que el español solo podía traerle problemas, pero ella era tan terca…
Me parece increíble que la historia se repita —suspiró apesadumbrada—.
Está escrito que el universo se repite a sí mismo cuando no se ha aprendido la lección —dijo meneando la cabeza en un gesto inequívoco de resignación.
Su tono se había vuelto hostil y su mirada se había posado en el sofá.
Álex se recompuso al encontrarse con ella de sopetón y se incorporó azorada. Mi tía Lucre la radiografió de arriba abajo sin disimulo.
—Ella es Alejandra, tía Lucre. Álex, ella es mi tía —dije.
Alejandra se acercó para darle dos besos, pero ella la despachó con un frío apretón de manos.
—Espero que luego vengáis a comer a casa —dijo dirigiéndose a mí nuevamente—. Si necesitáis algo, ya sabéis dónde estoy. ¡Las tortillas se enfrían y frías no valen para nada!
Había hecho un ademán y desandado sus pasos hasta la puerta.
—Tía… —la detuve antes de que se esfumara.
Ella me miró cabizbaja y yo la arropé en un abrazo.
—Has tardado mucho, Oriol…—dijo después de rendirse a mis brazos.
—Lo sé.
La vi alejarse con la mirada empañada.
Los últimos años no habían sido piadosos con ella.
Su pelo antes negro como el azabache se veía ahora repleto de vetas plateadas y su espalda se había encorvado ligeramente.
Seguramente ella también acusaba el peso de las ausencias.
Cada uno lleva las pérdidas a su manera.
Nunca la había visto llorar, ni cuando murió mi abuela, ni en el entierro de mi madre…
Hay quien prefiere romperse en soledad. No lo había comprendido hasta entonces.
—Es todo simpatía —dijo Álex con una sonrisa irónica cuando regresé al salón.
Había desenvuelto las tortillas de trigo y había servido el café en dos tazas que había rescatado de la cocina.
—Mi tía Lucre y yo nunca hemos tenido una relación muy estrecha. No llegamos nunca a entendernos, si no hubiera sido porque es la madre de Enrico creo que hubiéramos convivido haciendo como si el otro no existiera.
—Ummm… La verdad es que no es muy comunicativa, pero hay que reconocer que prepara unas tortillas de muerte —concedió Álex entre risas—. A veces no les decimos a las personas que nos importan, pero eso no significa que no nos importen.
—Puede ser. Ahora que conozco parte de la historia de mis padres, creo que empiezo a entender por qué mis abuelos y ella siempre me trataron como si fuera un estorbo. Me culpaban de la desgracia de mi madre. Aquí en Punta Allen la mezcolanza en la sangre era una deshonra hasta hace bien poco.
Álex me acarició el pelo y me besó con ternura. Se había acercado a mi cuerpo y el contacto cálido de su pierna junto a la mía me reconfortaba.
—Creo que podría acostumbrarme a esto —confesé, bajando la guardia una vez más.
—Yo también. —Pude ver la seguridad en sus ojos cuando pronuncio aquellas palabras.
Me perdí en la curva de sus labios y sonreí como un idiota. Esta vez fui yo quien enredó los dedos en su pelo y la besó. Sus labios me atraían como la miel a las abejas, me había vuelto adicto a su boca.
Devoramos el desayuno como lobos hambrientos entre anécdotas y recuerdos de infancia. El aire se había llenado con el eco de nuestras risas.
Creo que nunca había hablado tanto sobre mí mismo.
Álex tenía la virtud de sacar de mi interior todas las cosas que nunca le había contado a nadie.
Poner en palabras aquella sensación de abandono que me había acompañado durante mi vida me servía de terapia.
Hablar del pasado, aunque es doloroso, es necesario para cerrar etapas.
—¿Qué te parece si te enseño el pueblo? —pregunté después de haber hecho un par de arreglos en el tejado de la casa—. Tengo ganas de llevarte a mi playa.