Capítulo 49.
Aún quedan días de verano
¿Cuántas posibilidades habían de encontrar el jeep que compartían Oriol y Enrico en medio de la selva?
Si me lo hubieran contado, no me lo hubiera creído.
A veces los milagros suceden cuando menos te lo esperas.
Habíamos conseguido dar esquinazo a nuestros perseguidores, nos habíamos adentrado selva adentro nuevamente y ocultado entre la
vegetación.
Oriol me miraba de reojo, en su expresión se traslucía la preocupación. Traté de esbozar una sonrisa y toqué su mano en un gesto instintivo,
buscando que él asiera la mía, pero no obtuve respuesta.
Trataba de contener las lágrimas que se amontonaban en mis lagrimales y pugnaban por salir, no quería que Oriol pensara que era una blanda. Me afanaba en mantener el tipo, pero no podía evitar que mi estado de ánimo se viera decaído.
Los mosquitos me habían comido viva y la hinchazón de los picotazos no me dejaba pensar con claridad. Creo que tenía fiebre. Me moría de miedo y de hambre, tiritaba con las ropas mojadas pegadas al cuerpo a pesar del calor tropical. Estaba exhausta, agotada, sucia y hambrienta.
—Y ahora, ¿qué hacemos? —pregunté después de varias horas a la intemperie sin rastro de los hombres de negro.
Intentaba que no se me notara la afectación en el tono.
Estábamos en Boca Paila sin resguardo y me encontraba al límite de mis fuerzas. No podía más. Necesitaba una cama y una ducha, y algo que aplacara aquel picor insoportable que me había dejado las piernas en carne viva de tanto rascarme.
—Estoy muy cansada y tengo hambre —añadí al ver que Oriol guardaba silencio, parecía no haberme oído.
Su inexpresividad comenzaba a desesperarme.
Le observé pasar las manos por su cabeza en un gesto inequívoco de que estaba agobiado y me sentí como una niña pequeña que con sus quejas empeoraba las cosas.
Guardé silencio y me aguanté las ganas de romper a llorar.
Sentía que no estaba a la altura de la situación y me reconcomía la sensación de que Oriol había vuelto a alejarse de mí.
—Parece que se han rendido, tal vez se hayan cansado de buscarnos —dijo, rompiendo el silencio al fin—. Nos acercaremos a la pista de tierra para asegurarnos de que se han marchado y buscaremos un lugar para pasar la noche —añadió en tono lúgubre.
A él también se le notaba cansado. Una sombra violácea se había instalado debajo de sus ojos y su rostro se veía demacrado. Parecía que había envejecido diez años de un plumazo. Paseé mis dedos por su pelo con cariño buscando su abrazo, pero él rehusó el contacto.
Se puso en pie y retomamos la marcha de inmediato. Llevábamos menos de media hora caminando cuando lo vimos.
Nuestras miradas se cruzaron sorprendidas. A unos metros, sendero abajo, en mitad de la nada, el jeep apareció varado entre la vegetación. Tenía el parachoques delantero destrozado, había chocado contra un árbol, pero por lo demás parecía que estaba en buen estado.
Oriol había entrado en trance, se había quedado congelado deteniéndome a su vez con la mano en alto. Estuvimos sin mover ni un músculo durante unos segundos que se me hicieron eternos. Después, le seguí despacio y en silencio cuando retomó la marcha.
—Es nuestro coche —dijo cuando estuvimos suficientemente cerca para ver con claridad la matrícula—, el que conducía Enrico el día que desapareció —aclaró por si yo no había atado cabos.
Nos acercamos con cautela, con los cinco sentidos alerta y las piernas preparadas por si había que salir huyendo a la carrera.
Allí no había nadie, estábamos solos. Como animales que olisquean el aire tratando de aventurar el peligro oteamos alrededor antes de atrevernos a respirar nuevamente.
—¿Arrancará? —pregunté cuando Oriol abrió la puerta del conductor y pude ver tras su cuerpo las llaves en el contacto.
—Ha salido de sitios peores —repuso sonriendo por primera vez desde que habíamos llegado a Boca Paila.
—Parece como si Enrico hubiera salido corriendo del jeep después de chocar —me atreví a observar al ver la puerta del copiloto abierta y todo en el interior del coche revuelto.
Oriol asintió con el ceño fruncido. Por su expresión comprendí que había algo que no me había contado.
—Seguramente le perseguían y abandonó el coche para seguir huyendo a pie.
—¿Crees que le cogieron?
—No lo sé, pero pronto lo averiguaré.
—No sé por qué me da la sensación de que hay algo que no me estás contando —dije tratando de presionarle.
—Creo que es mejor que no te metas en esto, Álex. Cuanto menos implicada estés, mejor —sentenció—. ¡Vamos a sacarlo de aquí! Necesito que lo arranques cuando yo te diga…Mete la marcha atrás y yo lo empujaré desde delante hasta el camino —dijo señalando el coche y cambiando de tema.
Estaba tan cansada que no insistí. Lo único que deseaba era salir de aquel lugar y llegar a Punta Allen. Había tenido selva para rato, ahora solo deseaba volver a la civilización.
Después de varios intentos el rugido del motor me reconfortó. ¡Había arrancado! Casi no podía creérmelo.
Seguí las instrucciones de Oriol para sacar el jeep de entre la maleza y devolverlo al camino. Un suspiro de alivio se me escapó cuando lo conseguimos al fin y me vi sentada junto a él en el asiento del copiloto.
—Parece que la suerte nos vuelve a sonreír —dije ya más calmada.
—Eso espero —respondió él haciéndose eco de la inquietud que le golpeaba por dentro—. Ya es hora de volver a casa —dijo para sí en un tono que me pareció resignado y temeroso a partes iguales—. Habrá que ir con cuidado, espero que no tengamos sorpresas imprevistas. Puedes dormir un rato.
Su mano me había acariciado la pierna en un gesto que ya era muy nuestro y yo se la sujeté antes de que pudiera retirarla. Me la llevé a los labios y la besé despacio. Le escuché suspirar y supe que se había rendido.
—No tengo sueño —mentí—. Cuatro ojos ven más que dos.
Oriol asintió con una sonrisa de medio lado y yo me perdí en su perfil perfecto mientras conducía.
El traqueteó del coche en el camino me acunaba y pronto comencé a dar cabezazos contra el cristal de la ventana. Oriol conducía en silencio, con su mano posada sobre mi pierna y sin dar muestras de acusar el cansancio.
No pensaba dormirme, pero el sueño me venció. Me pesaban tanto los párpados que no pude evitarlo. Me quedé dormida.
Cuando volví a abrir los ojos, Oriol había detenido el coche. Di un respingo y miré fuera del jeep a través de la ventanilla alarmada.
Me esforcé en ver en la oscuridad, era ya noche cerrada. Cuando mis ojos se acostumbraron a aquella penumbra espesa, las construcciones de madera con techumbre de palma y las palmeras al borde del camino terroso que estaba semi cubierto de arena me indicaron que habíamos llegado.
Por algún motivo, había esperado que Puna Allen fuera un lugar hostil, pero a simple vista me parecía un pueblecito encantador.
Una aldea marinera del caribe, perdida en una punta inaccesible donde la tierra y el mar se fundían en una caricia.
Lo único que se movía a aquellas horas de la noche era la bombilla del faro que giraba proyectando un haz de luz alrededor.
Las casas pequeñas, construidas a base de madera y palapa, con fachadas pintadas a brocha gorda de colores azules y añiles, se sucedían ordenadas al borde de la carretera y se hacían visibles a medida que el faro las barría con su luz.
—Hemos llegado —informó Oriol tragando saliva.
—¿Crees que los hombres de Chancho Moreno nos estarán esperando? —pregunté en un susurro al ver su cara de preocupación.
—Tendremos que averiguarlo —dijo encogiéndose de hombros.
Oriol había aparcado el jeep dos calles más abajo del lugar donde se ubicaba la casa que había compartido con Marita hasta que se fue del poblado. Le seguí con la respiración contenida, sin emitir sonido alguno, entre las construcciones y vi cómo ralentizaba el paso a medida que nos acercábamos.
Nos detuvimos al resguardo de un cobertizo y permanecimos allí durante un rato.
—Es aquella de allí —señaló después de un largo silencio con la emoción que le embargaba la voz—. Parece que no hay nadie dentro. No hay rastro del jaguar negro ni de vehículos extraños en las inmediaciones. Tendremos que entrar para comprobar que está vacía.
Nos acercamos con cautela y rodeamos la casa despacio. Oriol acarició los troncos que rodeaban la fachada en la parte delantera y retiró con la mano las telarañas que cubrían las contraventanas.
La entrada a la vivienda se hacía a través de una puerta elevada sobre el nivel del suelo a la que se accedía por una escalera de mano rudimentaria construida a base de palmera y cuerda.
Subimos en silencio y le vi rebuscar en el interior de una maceta seca, ubicada sobre una repisa de medio metro escaso que hacía las veces de balcón.
Su cara se iluminó con una sonrisa al dar con la llave en el tiesto y me la enseñó triunfante.
Noté el latido fuerte en el pecho y mi sonrisa fluyó contagiada por la suya.
Fue él quien me cogió la mano antes de franquear el umbral.
Pude notar cómo flaqueaba al hacerlo. Aquella casa debía estar llena de recuerdos para él.
Le apreté la mano con más fuerza. No pensaba soltarle, estaba decidida a caminar a su lado hasta las últimas consecuencias.
Entre las sombras, Oriol se movía con la familiaridad de la costumbre horadada a base de años de experiencia. Hay lugares que nunca nos abandonan, aunque nosotros nos empeñemos en abandonarlos a ellos.
No tardó en dar con un candil que prendió y colocó sobre la mesa que reposaba en el centro de la estancia a la que daba entrada directa la puerta.
La llama que temblaba en la quietud de la noche teñía con su luz anaranjada las paredes de claroscuros y sombras.
—Voy a ver que todo esté en orden —dijo Oriol con un hilo de voz a la vez que me soltaba pidiéndome el espacio que necesitaba.
Sabía que hay demonios a los que uno debe hacer frente en soledad.
Oriol necesitaba ordenar sus recuerdos.
Me senté en un sofá desvencijado junto a la mesa y le di su tiempo para reencontrarse con el pasado que vivía en aquella casa.
Le observé caminar inspeccionándolo todo. Acariciaba la superficie del escaso mobiliario con la delicadeza de quién teme hacerle daño y prendía velas a cada paso. En su rostro se pintaba el sufrimiento, tuve que contener el impulso de ir a su encuentro y abrazarlo.
Le dejé hacer, sin decir nada, obviando el brillo de las lágrimas que rodaban por sus mejillas y caían sobre la tarima dejando pequeños rastros circulares sobre el polvo.
Pasó mucho tiempo hasta que volvió a mi lado. Parecía que había encogido bajo el peso del mundo sobre sus hombros. Estaba tan abatido que creí que iba a derrumbarse.
—No había vuelto desde que ella murió —aclaró con aquella voz que no parecía la suya y la mirada perdida al frente—. Lo que llenaba la casa era Marita, ahora está vacía, como un envoltorio sin vida.
Le abracé en silencio, dejando que encontrara su espacio para seguir hablando.
—¿Por qué sigue doliendo tanto su ausencia?
Oriol se esforzaba para no romperse. Como la pared de una presa que sostiene el agua de lluvia embalsada. No estaba dispuesto a dejar que las lágrimas se derramaran y el dolor saliera a presión y corriera río abajo. Estaba decidido a mantener cerradas las compuertas.
Yo sabía que solo si aflojaba la presión podría recuperar el equilibrio.
Todo tiene su proceso, Oriol se había empeñado en detener su dolor en el tiempo y no había dejado fluir el duelo.
Ahora la ausencia de Marita le golpeaba con tanta fuerza que le cortaba la respiración.
Sabía que la única forma de ayudarle era hacer que soltara la culpa y aceptara que ella ya no estaba.
—La muerte es inevitable, Oriol, todos vamos a morirnos algún día. Nosotros no elegimos quién se queda y quien se va, hay que aprender a vivir con las ausencias. También con nuestros errores. Tú no sabías que Marita estaba enferma cuando te marchaste.
—¿Sabes que rechacé todas sus llamadas y sus cartas? —reconoció con los ojos cuajados de lágrimas—. Le dije a Enrico que le dijera que para mí estaba muerta. Estaba tan enfadado que desoí su llamada hasta que fue demasiado tarde. Ella se murió sola, yo la abandoné, Álex.
—No la abandonaste. Estabas enfadado y no sabías que se estaba muriendo.
—Lo hubiera sabido si la hubiera escuchado.
Las lágrimas corrían ya a raudales y guardé silencio para que siguiera hablando.
—Ya no soy capaz de ver su cara. No consigo escuchar su voz ni ver con nitidez su rostro.
Había roto en un sollozo que me sobrecogió hasta lo más profundo del alma. Le abracé y él me rechazó.
—Soy un monstruo, Álex, no te equivoques conmigo, solo sé hacer daño a las personas que me quieren. ¡Márchate de mi lado cuanto antes! lo mejor que puedes hacer es alejarte de mí.
Se había puesto en pie y se había retirado unos metros. Yo me levanté y me acerqué a él arrinconándole contra la pared. No pensaba ponérselo fácil. Sabía lo que intentaba. Yo no iba a soltarle.
—Todos cometemos errores, Oriol. No por ello estamos sentenciados a la pena eterna. Hay que saber perdonarse y seguir adelante —dije con dureza.
—No puedo. No quiero… —balbuceó con rabia.
Hundí mis dedos en su pelo y me acerqué hasta pegar mi cuerpo con su cuerpo. Podía sentir su dolor, verlo en sus ojos…
—No te convengo, conmigo estás condenada al eterno invierno. Posé mi frente en la suya y suspiré.
—Aquí hace demasiado calor como para vivir en un invierno perpetuo —dije sonriendo.
Fue entonces cuando le besé. No se me ocurrió otra manera de hacerle entender que no pensaba abandonarlo. A veces cuando las palabras no llegan, el cuerpo es el que mejor explica las cosas. Fueron mis actos los que hablaron por mí.
Le quité despacio la ropa y nos fundimos piel con piel, haciendo el amor despacio, con aquel dolor compartido y resbalando por las manos.
—¿Qué estás haciendo conmigo? —preguntó Oriol cuando se hubo rendido.
Estábamos exhaustos. Reposábamos sobre su cama, desnudos y abrazados.
—Demostrarte que la primavera siempre se abre paso, por muy cruento que sea el invierno… —Le acaricié el pelo con ternura y él suspiró.
—Tú también te irás, Álex. Y entonces tendré que vivir con el dolor de tu recuerdo. El invierno es doblemente duro cuando se ha gozado del sol.
—¡No pienso marcharme a ningún lado! —Sonreí. El día empezaba ya a clarear y los primeros rayos se filtraban entre las contraventanas. Oriol también sonrió.
Me acurruqué entre sus brazos y cerró los ojos.
Tal vez tuviera que marcharme, pero encontraría la manera de que estuviéramos juntos. En ese momento tuve claro que le quería por encima de cualquier obstáculo.
—Aún quedan días de verano… —susurré en su oído. Estaba convencida de que íbamos a ser eternos.