Donde nace el cielo Capítulo 48. #2
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Capítulo 48. #2

Nos afanamos en revisar todos los datos: Lo único que habíamos sacado en claro era que estábamos dando palos de ciego.

Observamos el punto que habíamos marcado en el mapa como posible ubicación de Xibalba.

Parecía improbable que la ciudad de los muertos se encontrara dentro de aquella zona restringida, pero no teníamos nada más a lo que agarrarnos.

—¿Crees que las pistas que debíamos haber encontrado en Cobá y en Muyil nos llevarían a otro lado? —preguntó poniendo a viva voz mis inquietudes.

—¿Por qué iba mi padre a dejar esas pistas si no eran imprescindibles? —aventuré—. Por lo poco que sé de él parecía un hombre bastante metódico.

—A veces nos hacemos una idea equivocada de las personas que no conocemos, Oriol.

Álex siempre tenía respuesta para todo. Puede que tuviera razón. Tal vez estaba equivocado desde el principio, aquellas pistas podían significar cualquier cosa.

El rugido de un jaguar entre los árboles hizo que Álex se levantara de un salto.

Le siguió un bufido sordo. El animal estaba a bastante distancia según mis estimaciones, seguramente se desperezaba de su letargo para ir de caza.

Los jaguares preferían cazar de noche, la reserva era uno de los pocos lugares donde todavía podía encontrarse a este felino en libertad.

El jaguar no tenía depredadores naturales, pero se encontraba en peligro de extinción.

Los humanos éramos sus enemigos, además de darles caza estábamos cargándonos su hábitat.

Observé el cielo con preocupación. La tarde caía sobre nosotros rauda y veloz, no faltaba mucho tiempo para el ocaso.

—Oriol… —balbuceó Álex al escuchar un nuevo rugido.

La primera vez que escuchas a uno de estos felinos en libertad no se olvida nunca. Podía comprender la cara de susto de Alejandra, pero sabía que no corríamos ningún peligro.

—No te preocupes, raramente atacan a los humanos. Además, creo que está bastante lejos —dije para tranquilizarla.

—Pues ha sonado aquí al lado —replicó ella pegándose a mí como una lapa.

—Ya estamos cerca de Boca Paila, debemos continuar o la noche nos cogerá en mitad de la selva —dije sin poder ocultar un deje de preocupación en la voz.

Casi una hora de trayecto a través de la selva nos llevó a avistar al fin la costa.

Alejandra parecía agotada y no paraba de rascarse las piernas. La habían devorado los mosquitos.

—Y yo que les tenía miedo a los jaguares… —dijo haciendo referencia a las ronchas que hinchadas y enrojecidas le deformaban desde los tobillos hasta las rodillas la carne.

Me miraba con ojos llorosos y apretaba los labios. Caminar a través de la selva era una dura prueba, si ya hacerlo por el sendero era complicado atravesarla sorteando la vegetación no era para cualquiera.

La abracé con fuerza.

—Lo has hecho bien —le dije con un nudo en la garganta.

Veía su sufrimiento y eso me acongojaba. Aquello era demasiado para cualquiera, no sabía cuánto tiempo iba a aguantar sin romperse.

La vi secarse las lágrimas a escondidas e inhalar con fuerza.

—Es bonito —dijo para mi sorpresa con la voz quebrada.

Señalaba la playa. Bajo la loma cubierta de maleza donde nos encontrábamos la arena se teñía de rojo con los colores del cielo en el ocaso.

El agua, normalmente verdosa en la zona de manglares y turquesa en las zonas arenosas, se pintaba de naranjas.

Podía verse la playa de Boca Paila y la zona de un pequeño complejo conformado por cuatro casas con techo de palapa donde los últimos jeeps de las empresas de turismo activo estaban todavía aparcados.

—Vamos —dije señalando aliviado hacia la zona de aparcamiento—. ¡Creo que aún llegamos a tiempo!

Bajamos corriendo a paso ligero por el sendero que nos llevaba a ras de playa. No esperábamos darnos de morros con lo que nos encontramos abajo.

Íbamos a sobrepasar el último escollo del camino que nos separaba de la zona civilizada donde esperábamos encontrar un transporte cuando los hombres de negro aparecieron ante nuestros ojos.

En un acto reflejo cogí del brazo a Alejandra y cambié de dirección.

Noté cómo le flaqueaban las piernas, pero la sostuve.

No tardó en reponerse y seguirme a la carrera entre los manglares.

Trataba de conseguir ventaja sobre nuestros perseguidores que, llevados por la sorpresa, tardaron en reaccionar lo suficiente como para que nos diera tiempo a escabullirnos y salir de su campo de visión.

Cuando miré atrás vi que se habían puesto en movimiento. Nos seguían a la zaga. Sus voces sonaban desde todas direcciones, estaban tratando de cercarnos. Debía encontrar un lugar donde ocultarnos y debía hacerlo rápido, si no estaríamos perdidos.

Avisté el puente de Boca Paila y vi en él una oportunidad para dar esquinazo a nuestros captores. Sin decir nada me dirigí a él corriendo como alma que lleva el diablo.

Alejandra miró con aprensión las tablas de madera que en estado pésimo soportaban nuestro peso con un crujido alarmante. La sujeté con fuerza la mano. Si dábamos un paso en falso podíamos terminar dando con los huesos en el suelo.

El puente, tosco y desvencijado, estaba construido a base de tablones.

El paso del tiempo no había tenido piedad con él y dado su deplorable aspecto eran pocos los que se aventuraban a cruzarlo.

Unía las dos orillas de uno de los manglares, poblado tan solo por los pelícanos que nos miraban curiosos sin inmutarse a nuestro paso.

Habíamos recorrido ya la mitad del puente cuando entendí que yo mismo nos había metido en la boca del lobo.

El coche negro con las lunas tintadas no tardó en aparecer ante nuestros ojos. Lo coronaba un jaguar en el morro, ese sí que daba miedo. Llegó derrapando y con una maniobra rápida aparcó al otro lado del manglar, cerrándonos el paso y cualquier vía de escape.

Cuando nos dimos la vuelta para volver sobre nuestros pasos comprendí que no teníamos escapatoria.

En el otro lado del puente, los hombres que corrían a nuestra zaga estaban ya preparados para darnos alcance.

—No tenéis escapatoria —gritó una de las siluetas negras—. Solo queremos hablar con vosotros, no hagáis ninguna tontería.

—Hay que saltar —dijo Alejandra a mi espalda en un susurro. No tuvo que decirlo dos veces.

Sujeté su mano con fuerza y nos precipitamos al agua.

Los gritos de nuestros perseguidores me llegaban ahogados, entremezclados con el gorgoteo que provocaba nuestro chapoteo en el agua. Alejandra nadaba a mi lado, sin saber que aquel manglar estaba lleno de caimanes.

La observé apesadumbrado arrastrarse entre el fango cuando llegamos a la orilla y me siguió trastabillando hasta un recodo donde nos escondimos entre unos matorrales. Tiritaba de frío, o tal vez temblaba de miedo. La vi llorar en silencio, poniendo la mano sobre su boca para ocultar la congoja.

Comprendí entonces que había ido demasiado lejos. Álex temía a los cocodrilos y los jaguares, pero el peligro no eran aquellos animales salvajes. Era yo. Tenía que soltarla.