Capítulo 48.
Boca Paila. Cocodrilos y jaguares
«Yo también te quiero».
¿Pueden cuatro palabras sacudirte hasta desmoronar tus cimientos?
Su voz me había golpeado como un puño de hierro, provocando en mi corazón una algarabía desconocida hasta entonces.
Me sentía completamente desbordado. La dicha de saber que aquel sentimiento era correspondido se había esfumado tan rápido como el eco de sus palabras en el aire. Aquella confesión me había vuelto vulnerable. Ya no controlaba la situación, mi corazón iba por libre y me atenazaba el miedo.
La lengua se había vuelto espesa en mi boca y la cabeza había comenzado a darme vueltas.
Noté el latido fuerte en el pecho y pude sentir como la sangre corría por mis venas enardecida.
Como un tsunami, devastaba todos mis muros y anegaba con los restos del naufragio aquel campo yermo que anidaba dentro de mí.
La quería, ya no podía negarlo, aquel sentimiento me golpeaba con tanta fuerza que me costaba hasta respirar. Era tan intenso que dolía. Ya no tenía duda alguna de que lo que sentía por ella era amor.
Amor del de verdad, pero no del bueno. Uno no puede querer «bien» si todavía no ha aprendido a quererse a sí mismo.
Miré a Álex con el alma al aire, sabía que ella podía verme por dentro.
La dulzura de sus ojos almibarados me golpeó de nuevo.
Me gritaba que me amaba con aquella mirada, pero yo no me sentía merecedor de aquel sentimiento.
No podía aceptar que me quisiera, no había nada en mí que pudiera darle para corresponder aquel afecto que Álex me ofrecía sin reservas.
Para ella no existían las medias tintas y yo solo sabía querer a medias.
Estaba roto y no se puede amar a pedazos. No la merecía, aunque
la quisiera desde lo más profundo.
Bajé la cabeza. La saliva se había vuelto tan espesa en mi boca que me costaba tragarla.
Ella me acarició la cara con sus dedos de terciopelo, después me sujetó por la barbilla para obligarme a mirarla de nuevo.
—Te quiero, Oriol —repitió con voz clara, como si supiera que aquel maremágnum de sensaciones me desbordaba y me arrasaba hasta dejar en ruinas mis cimientos—. No sé cómo vamos a hacerlo, pero saldremos juntos de esto.
Hablaba con tanta seguridad que era imposible no rendirse a sus palabras.
Asentí sin decir nada. Tenía la plena convicción de que era imposible que aquello funcionara.
Los dos nos habíamos quedado en silencio, sentados sobre la arena, con la duda anudada entre los dedos. Sentía la necesidad de huir y, sin embargo, mi mano buscaba su mano. Ella la apretó con fuerza, como si supiera leer en aquel espacio en blanco.
—No me sueltes nunca, Oriol —me suplicó con los ojos cuajados de lágrimas.
No sabía que yo no podía sostenerla. ¿Cómo puede uno sostener a otro si no es capaz de mantenerse en pie él mismo?
No hay nada peor que las certezas que uno se impone como principios. Yo no estaba hecho para el amor, llevaba tanto tiempo aferrándome a la soledad que estaba empeñado en desoír el latido fuerte que me horadaba por dentro y me rogaba que luchara por construir un nosotros.
—Tenemos que irnos —dije cuando conseguí reunir la saliva suficiente y salir de aquel embrollo mental que me dejaba un regusto amargo en la garganta—. Iremos a Boca Paila, y desde allí buscaremos la manera de llegar hasta Punta Allen.
Álex asintió con determinación.
—¿Por qué crees que nos ayudó aquel hombre? —preguntó al recordar el incidente en el templo de las tres puertas. Habíamos comenzado a caminar hacia la selva y nos habíamos ocultado entre la vegetación.
Me encogí de hombros. Lo cierto es que no tenía ni idea. No sabía quién era aquel extraño, pero nos había salvado la vida.
Yo solo podía pensar en Enrico. Al día siguiente debía reunirme con él y todavía tenía que encontrar la forma de llegar a tiempo al poblado.
Me ahogaba la ansiedad, seguía sin estar preparado para regresar. La ausencia de Marita se me hacía insoportable. Hay heridas que el tiempo no cura, por mucho que se empeñen en decir lo contrario.
Suspiré para armarme de valor y noté cómo Alejandra me apretaba con más fuerza la mano. Ya no había marcha atrás. Tenía que enfrentarme a mis demonios de una vez por todas, debía afrontar mis errores y reencontrarme con el pasado.
Conocía un sendero que transcurría alejado de la pista de tierra y que nos llevaría hasta Boca Paila sin exponernos al peligro de un nuevo encuentro con nuestros perseguidores.
Álex me siguió sin protestar, sin achicarse ante la pendiente pronunciada y estrecha que nos elevaba sobre la costa, ni resentirse con la nube de mosquitos y otros insectos que nos hacían de compañeros inseparables de trayecto.
No pude evitar sonreír al mirarla. Avanzaba con aquella luz que siempre la acompañaba, despeinada y con el sudor perlando su frente.
La veía hacer aspavientos con la mano que le quedaba libre y fruncir el ceño, pero seguía caminando sin soltarme.
Parecía dispuesta a lo que fuera con tal de estar a mi lado.
El corazón me dio un vuelco al pensarlo.
«No la sueltes, Oriol. Tal vez lo imposible sea posible después de todo…». Pensar en aquel «tal vez» me turbaba y me llenaba de esperanza a partes iguales. A veces la esperanza es una trampa.
—¿Qué haremos al llegar a Boca Paila? —me preguntó después de caminar un largo trecho en silencio.
—Buscaremos un transporte —contesté—. Las agencias turísticas que visitan la reserva organizan excursiones hasta allí, si tenemos suerte puede que encontremos a alguien dispuesto a llevarnos hasta Punta Allen. Tenemos que aligerar el paso si queremos llegar antes del anochecer.
—¿Y qué pasa si cuando lleguemos no encontramos a nadie?
—No nos quedará más remedio que dormir al raso. Tú tranquila, conozco la reserva como la palma de mi mano. Solo tenemos que protegernos de los cocodrilos y los jaguares —dije bromeando.
—¡Qué tranquilizador…! —repuso ella temblando.
Su respiración se había agitado y la inquietud se le notaba en la cara.
—¡Ey…! —dije arrepintiéndome al momento—. Todo va a salir bien, no voy a soltarte.
Su sonrisa iluminó la selva con tanta fuerza que hubiera sido capaz de eclipsar al sol.
Me detuve, la atraje contra mi cuerpo y la besé.
El mundo se detuvo con nosotros. Si existía el amor debía ser aquello. Álex se resguardó en mi pecho, había apoyado su cabeza contra mi hombro y yo la acaricié el pelo aferrando su tacto sedoso entre mis dedos.
—Tenemos que continuar —dije sin ceder al impulso del deseo que me volvía a golpear.
Ella asintió y se puso nuevamente en marcha. Me cedió la delantera y se aferró a mi mano.
Caminamos entre las ceibas, sorteando las enredaderas que se encaramaban a los matorrales e invadían el camino formando un muro tan denso que resultaba difícil de traspasar.
Dejamos a nuestra derecha el cañaveral que crecía en las zonas acuosas y nos adentramos más en la espesura.
Después, alcanzado el punto más alto, deberíamos volver a bajar para alcanzar nuevamente la costa.
Álex disparaba su cámara de vez en cuando inmortalizando flores y paisajes.
Yo la miraba grabando a fuego su perfil en mi memoria mientras lo hacía.
Se detuvo al ver una pareja de quetzales ocultos entre la hojarasca a pocos metros.
Se había acercado con la cámara en alto y justo en el momento en que iba a apretar el disparador para sacar la fotografía las dos aves alzaron el vuelo dejando en el aire una estela de colores verdes y azules brillantes.
—¡Mierda! ¡Se me han escapado! —masculló malhumorada.
—Disfruta del espectáculo —sugerí señalando a los pájaros que nos regalaban una visión hermosa de sus siluetas en el cielo—. A veces la belleza está en el instante.
Álex bajó la cámara y me miro absorta. Yo solo pude sonreír como un imbécil.
—Me refería a los quetzales —dije sonrojándome.
—Hay más belleza en tus ojos que en todos sus colores —dijo zalamera.
Iba a protestar cuando noté que le cambiaba el semblante. Con un tirón brusco me sacó del camino.
—Escucha… —susurró preocupada.
Agudicé el oído. Voces y pasos a la carrera se aproximaban desde nuestra retaguardia.
Empujé a Álex entre la maleza y nos ocultamos entre las plantas. Habíamos descendido un talud y nos encontrábamos a pocos metros del sendero. Desde donde estábamos, al resguardo de nuestro escondrijo, podíamos ver el camino sin ser vistos.
Dos hombres vestidos de negro se movían con soltura por el enclave. Corrían jadeantes mientras vociferaban entre ellos. No tardamos en ver al tercer hombre, el mismo que había intercedido para ayudarnos sin ser visto, les perseguía a la zaga y pasó sobre nuestras cabezas sin vernos.
No me cupo duda de que se trataba de los hombres del Chancho Moreno. Había albergado la esperanza de que se dieran por vencidos y dejaran de perseguirnos, pero ahora me daba cuenta de que había sido un iluso.
—Debemos estar muy cerca de Xibalba, Oriol. Si no estuviéramos sobre la pista no se molestarían en intentar atraparnos —dijo Álex en su faceta de periodista cuando escuchamos que los pasos se habían alejado
lo suficiente.
Le indiqué con gestos que me siguiera y nos adentramos más en la selva. Habría que llegar a Boca Paila cruzando entre la vegetación y evitando el camino. La cara de agobio de Alejandra me dejaba claro que la idea no le entusiasmaba, pero dada la situación no nos quedaba más remedio.
Una vez nos hubimos alejado lo suficiente paramos a descansar en un claro. Necesitaba ordenar mis ideas. Tenía todo el tiempo la sensación de que estaba pasando algo por alto.
Saqué de la mochila los sándwiches que habíamos preparado para el día de excursión antes de que las cosas se complicaran y los dos comimos en silencio.
Álex pareció leerme el pensamiento una vez más y recopiló sobre la hierba todas nuestras pistas, había sacado la caja con el medallón y el cuaderno donde había apuntado todas nuestras averiguaciones e hipótesis.