Donde nace el cielo Capítulo 47.
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Capítulo 47.

El templo de las tres puertas

Lo inaccesible del templo me había llevado a pensar que estaríamos solos entre sus muros, pero nada más lejos de la realidad, los turistas llegaban hasta los confines de la tierra si la promesa era encontrarse un lugar único y un montón de piedras.

El templo de las tres puertas estaba menos masificado que otros lugares que habíamos visitado, pero quedaba lejos de ser una visita privada donde poder disfrutar de la soledad.

Maldije entre dientes, esta vez era yo la que se había quedado con las ganas.

Azorada me aparté del cuerpo de Oriol al sentir la presencia de observadores incómodos. Notaba cómo el calor se arremolinaba entre mis piernas y el roce de la costura del pantalón vaquero corto al caminar no facilitaba que se me bajara la calentura.

Oriol estaba guapísimo, con el pelo oscuro cayéndole sobre la frente, llevaba en sus ojos la llama del deseo tatuada y me apunté un nuevo tanto de victoria.

Al final, la reconquista no había resultado tan difícil como había pensado.

Oriol se había rendido con bastante facilidad a mis encantos.

Sabía que aquella electricidad que nos conectaba tenía la culpa.

Entre nosotros existía un hilo imaginario que nos ataba y nos enredaba manteniéndonos unidos.

Ahora sabía a ciencia cierta que no eran imaginaciones mías.

El sentimiento era mutuo, por mucho que él quisiera negarlo.

Lo notaba dentro, en lo más profundo del pecho.

Desde que me había besado no me había abandonado la sonrisa.

Me sentía eufórica. Suspiré al mirarle y él me encontró perdida en las líneas de su espalda que se adivinaban debajo de la camiseta que se le pegaba al cuerpo por efecto del calor.

Tuve que reprimir el impulso de quitársela y recorrer su espalda con mis dedos.

Debía centrarme en el motivo que nos había

llevado hasta allí.

«El jaguar, Alejandra, hay que encontrar el jaguar…», me reprendí interiormente todavía golpeada por la excitación.

Nos detuvimos frente a las puertas y Oriol me cogió de la mano. Me miró y sonrió enigmático.

Entramos al templo por la puerta de lo terrenal.

Había sido él quien había decidido franquear aquella puerta y me sentí un poco defraudada con la elección.

Velaba entre líneas que todavía no me había perdonado del todo y noté el azoramiento apoderarse de mí momentáneamente.

Al menos, había cedido el calentón. Volví a suspirar, esta vez de resignación.

Una vez dentro, auscultamos con ojo crítico todos los detalles.

En realidad, las tres puertas daban entrada a la misma estancia, al parecer la elección del vano por el que acceder al interior era meramente simbólica.

Observé el templo desde dentro.

Se trataba de un espacio diáfano, iluminado por la luz que entraba por las puertas desde el exterior que lo bañaba en una semi penumbra que dotaba el ambiente de cierta solemnidad.

Las formas y decoración austeras mostraban claramente que se trataba de un edificio construido para menesteres civiles.

Entre sus grabados se adivinaban figuras que representaban intercambios.

Abundaban los relieves que representaban a Ekahau, el dios maya de los viajeros y los comerciantes.

Paseamos en silencio, estudiando uno por uno cada dibujo tallado en la piedra, pero no encontramos ni rastro de lo que buscábamos.

Miré a Oriol con un interrogante en la mirada, parecía decepcionado.

—Tal vez la respuesta esté fuera, estaba casi seguro de que debíamos venir a este lugar, tenía la certeza de que encontraríamos alguna pista — reconoció abatido encogiéndose de hombros.

—¡Echemos un vistazo de nuevo! —dije sonriente tratando de animarle—. Tal vez lo que buscamos está delante de nuestros ojos, pero no lo vemos. Pasa con frecuencia con muchas cosas en la vida —añadí solemne mientras le miraba con ojos anhelantes.

Si Oriol pilló la indirecta no dio muestras de ello. Asintió sin mirarme y comenzó a caminar despacio volviendo a recorrer el interior del templo.

Fue en vano. Si aquel lugar tenía algo que ver con muestro enigma desde luego no lo parecía.

Salimos al exterior por la puerta del infierno. Oriol llevaba en el rostro todos sus demonios. Su expresión había vuelto a cambiar y me trataba con desapego. Tenía fruncido el entrecejo y esquivó el contacto de mi mano cuando traté de provocar que la suya me agarrara.

Molesta, me separé de él unos pasos. Podía entender que estuviera desilusionado, pero no que pagara su frustración conmigo. No sé por qué nos empeñamos en herir a las personas que más nos importan. Supongo que es verdad eso que dicen de que la confianza da asco.

—Voy a hacer unas fotos —me escuché decir en un tono que evidenciaba que estaba enfadada.

Él asintió en silencio nuevamente. Me desesperaba aquella indiferencia. ¿Cómo era capaz de pasar de derretirme entre sus brazos a congelarme con su actitud de hielo en cuestión de minutos?

—¿Te han dicho alguna vez que eres un poco bipolar? —pregunté tratando de provocarle.

Oriol ni me miró. Había hecho mutis por el forro y se alejaba de espaldas caminando despacio con los ojos puestos en la fachada del templo.

Recordé a mi hermana Esther. Ella siempre decía que bipolares eran solo las pilas.

«El resto son gilipollas, Álex», la escuché decir en mi cabeza.

—Imbécil, que eres un imbécil —susurré por lo bajo mientras caminaba en dirección opuesta cámara en mano.

Fue entonces cuando lo vi.

Observaba a Oriol por el rabillo del ojo temiendo que se marchara sin mí y algo extraño llamó mi atención. Oculto como una sombra, un hombre le seguía a pocos metros. Vestía de negro y desentonaba en el lugar como un mendigo en un baile de gala.

Tuve la certeza nada más verle de que su presencia auguraba peligro.

Una rápida mirada a su cinto bastó para aseverar esa certeza, el brillo del arma que portaba me dejaba claro que aquello no era un juego.

Pude ver cómo el hombre llevaba la mano al bulto y ver con claridad el contorno de una pistola.

Me descubrí temblando como una hoja. Indecisa contuve la respiración.

Oriol estaba ya en el lado opuesto de la fachada del templo y seguía ensimismado auscultando cada piedra. Se disponía a girar hacia el lateral de la construcción y meterse entre la maleza, que en esa zona era más exuberante. Cuando lo hiciera le perdería de vista.

Oteé alrededor en busca de ayuda. Justo en el momento más inoportuno parecía que todos los visitantes se habían puesto de acuerdo para dejar el templo desierto.

Pasaron solo unos segundos, pero me parecieron una eternidad. Tomé aire y armándome de valor, y de un madero que había encontrado en el suelo, corrí en dirección al lugar donde acababa de perder de vista a Oriol.

Era tal mi decisión y mi locura que no reparé en el segundo hombre hasta que, cayendo sobre mí por la espalda, me sujetó del brazo y me empujó hacia la pared.

Mi reacción no se hizo esperar. En un acto reflejo, con el madero que llevaba en la mano que me había quedado libre, le aticé con todas mis fuerzas en la cara.

El matón me soltó para llevarse las manos al rostro. Le había abierto una brecha en la frente. Sangraba como un cochino en San Martin y no tardó en desmoronarse en el suelo.

Oriol, alertado por mis gritos se giró y al ver que estaba en apuros se dispuso a acudir en mi ayuda.

—¡Cuidado, Oriol! —grité histérica. No le dio tiempo a reaccionar a mi advertencia. Al voltearse, aquella sombra que le había perseguido en silencio se materializó. Le apuntaba en la frente con la pistola.

—Si te mueves le vuelo los sesos —me advirtió—. ¡Vamos! —le dijo a Oriol.

Le llevaba encañonado y lo atrajo hacia donde yo me encontraba. Yo había levantado los brazos y permanecía inmóvil.

—¿Estás bien? —preguntó Oriol preocupado cuando el pistolero le empujó a mi lado.

—Y ahora quietecitos… —nos amenazó sin dejar de apuntarnos—. Hay que ver qué trabajo dais los entrometidos. No podíais haberos quedado retozando en lugar de meter el morro en asuntos que no os conciernen —añadió entre dientes.

Se agachó junto a su compañero, que seguía desmayado en el suelo, y

confirmó que seguía con vida.

—Está claro que todo tiene que hacerlo uno —dijo meneando la cabeza.

Estaba tan atento a nuestros movimientos que no vio la sombra que se cernía sobre él por la espalda.

Oriol y yo nos miramos confusos. Parecía otro de los hombres de Chancho Moreno, pero, sin embargo, aquel gesto inequívoco que nos indicaba que guardáramos silencio alimentaba nuestra esperanza.

Observé a Oriol. Miraba al tercer hombre como si hubiera visto a un fantasma.

El extraño derribó al matón que nos apuntaba con el arma de un golpe seco con la culata de la pistola que él también portaba.

—¡Corred, insensatos! —exclamó en un susurro a voz en grito.

Fue lo único que dijo antes de desaparecer entre la maleza en dirección contraria.

Vi en los ojos de Oriol la duda y tiré de su brazo con fuerza para que comprendiera que teníamos que marcharnos de inmediato.

Entre la vegetación se escuchaban los pasos a la carrera de varias personas que a buen seguro no estaban de nuestro lado.

Oriol y yo pusimos pies en polvorosa antes de que llegaran.

—¡Se han ido por allí! —escuchamos gritar desde lejos.

Corrimos como alma que lleva el diablo hasta el embarcadero y, con urgencia, apremiamos a nuestro barquero de alquiler para que pusiera el bote en movimiento.

Una vez dentro del barquichuelo, me desmoroné sin remedio. Me faltaba el resuello y las lágrimas brotaban de mis ojos a borbotones. Oriol me acarició el rostro despacio y nos fundimos en un abrazo que me supo amargo.

El marinero me miró con expresión severa sin dejar de remar y después miró a Oriol con un interrogante dibujado en la mirada.

No hacía falta ser una lumbrera para comprender que allí estaba pasando algo extraño.

Los tres vimos la silueta de los hombres de negro que llegaban corriendo hasta el embarcadero ya de lejos.

Meneó la cabeza con disgusto y remó con brío hasta alejarnos lo suficiente, luego arrancó el pequeño motor auxiliar que nos catapultó laguna adentro a velocidad de crucero.

No tardamos en desaparecer en uno de los canales.

Avistamos la playa al poco tiempo. Un caribe calmado besaba la ensenada despacio, ajeno a la turbulencia que nos invadía.

El barquero había hecho todo el trayecto en silencio, con la mirada al frente y con los labios apretados. Nos miró con una mezcla de desazón y desprecio, después con tono lúgubre nos invitó a abandonar la embarcación sin mayor demora.

—Os llevaré hasta la costa y os bajáis. Yo con esa gentuza no quiero problemas —aclaró cortante—.

Espero no volver a veros nunca más. No sé en qué clase de lío andáis metidos, pero si queréis un consejo, lo mejor que podéis hacer es perderos muy lejos donde nadie os encuentre. Esa calaña no se anda con chiquitas.

Le pagué el doble de lo acordado y el hombre se marchó sin despedirse. Fue así como llegamos a la «puerta del cielo». La reserva de Sian Ka’an nos recibía impasible con su naturaleza desbordante. Si no hubiera

estado muerta de miedo, tal vez hubiera podido apreciar sus bondades.

Vi a Oriol sonreír cuando desembarcamos y nuestros pies se posaron sobre la arena fina de la playa. Parecía haber recuperado el sosiego. A mí aún me latía desbocado el corazón en las sienes.

—¡No sé de qué cojones te ríes! Yo no le veo la gracia —le grité desbordada—. Estamos en mitad de la selva, sin coche y con un regimiento de matones que nos persiguen.

—Ahora jugamos en mi terreno, Álex. Te olvidas de que esta es mi casa.

—Como si eso fuera un alivio. Te recuerdo que los problemas te persiguen.

—Tal vez ya vaya siendo hora de hacerles frente.

Sus manos agarraron mi cintura y su cuerpo se pegó al mío.

Su boca me buscó con ansía y pronto pude sentir sus labios suaves y la humedad explosiva de su lengua invadiendo la cavidad de mi boca.

Me desnudó sin freno, como si fuera a faltarnos el tiempo. Recorriendo con sus dedos cada centímetro de piel desnuda. Me miró a los ojos, más desnudo que nunca, y me poseyó sin decir nada.

Hicimos el amor despacio, sobre la arena mojada.

—Te quiero, Álex —susurró en mi oído.

El mundo desapareció en un segundo. Ya nada importaba. Oriol era lo único que tenía sentido. El resto se había transformado en un espacio en blanco donde el universo giraba confuso.

—Yo también te quiero —respondí casi sin voz.

Las palabras habían brotado solas, como el agua de un manantial que fluye bajo tierra y sale al exterior al encontrar un agujero.

No sabía que al pronunciarlas había comenzado a perderle.