Capítulo 46.
No se puede evitar lo inevitable
No, no se puede. No se puede evitar lo inevitable. ¿Cómo puede uno luchar contra su propio instinto? Cuando la vida es un regalo envuelto en forma de persona uno no puede hacerse el ciego.
Álex era lo que le daba sentido a todo. El dolor que me provocaba verla destrozada era mayor que mi orgullo.
Solo cuando me rendí a las ganas de besarla noté el alivio que me inundaba y se aligeró la carga que llevaba en el pecho.
Aquel beso había soltado el ancla férrea y pesada que me fondeaba en el abismo.
También había levantado mi ánimo, en el sentido más prosaico de la palabra. ¡Volvían a dolerme los huevos!
Me separé de su boca jadeante, con el corazón desbocado y el alma inflamada, notando como el aire volvía a entrar en mis pulmones y todo mi ser respiraba de nuevo.
El mundo cobraba una nueva dimensión. Todo alrededor volvía a teñirse de colores vivos e intensos. Ella había recuperado la luz y yo me contagiaba de ella.
—Nos faltaba encontrar el jaguar, ¿verdad?
Su voz había recuperado el tono cantarín y yo la miraba embelesado, dejándome mecer por su sonrisa mientras hablaba.
Asentí sintiéndome ligero y nos pusimos en marcha.
Paseábamos entre la vegetación sin prisa. El calor ya apretaba y la humedad era asfixiante, pero a pesar de la pesadez en el ambiente seguía sintiéndome como si flotara.
Caminábamos de la mano inspeccionando entre los restos que, desperdigados alrededor de la pirámide, dejaban a la vista sus basamentos.
Álex había vuelto a tomar las riendas y observaba con atención en busca de algún indicio que nos diera alguna pista para resolver el enigma que debía llevarnos a Xibalba.
—¿Crees que el jaguar tallado en el medallón hace referencia a las ruinas o se referirá al animal propiamente dicho?
Me encogí de hombros. Podía tratarse de cualquiera de las dos cosas. Trataba de buscar en mi memoria alguna referencia al jaguar en los templos y edificios mayas de la zona.
Las ruinas de Muyil, a excepción de la gran pirámide, estaban peor conservadas que el resto de los yacimientos arqueológicos del Yucatán. Había además un sector restringido para los turistas.
Sabía que la zona de ruinas que no se podía visitar había sido cerrada al público para proteger el hábitat de los jaguares que, ajenos al trajín de los visitantes, vivían en la jungla dentro del paraje, pero no encontraba cómo se podía relacionar eso con nuestra búsqueda.
Muyil era la puerta del sur en el axis mundi. Había múltiples tallas que representaban la figura del jaguar entre sus piedras, pero ninguna conseguía decirnos nada nuevo.
—Tal vez lo que buscamos esté en el agua —dijo Álex después de más de dos horas tratando de encontrar algo que arrojara luz sobre el asunto.
Habíamos realizado una batida intensiva.
No había quedado en la zona abierta al público del yacimiento ni una sola piedra por ver y analizar.
No habíamos encontrado nada, al menos nada significativo.
—Desde aquí podemos ir caminando hasta la laguna de Muyil. Tal vez allí encontremos alguna pista. También están los tres cenotes —dije encogiéndome de hombros nuevamente.
Daba palos de ciego.
Tal vez Álex tenía razón y era mejor saltarse los pasos e ir directamente a la tercera puerta, pero entonces… ¿para qué había dejado mi padre todas aquellas pistas? Estaba seguro de que en Muyil tenía que haber algo, la pregunta a responder era qué.
Nos adentramos en la selva. Notaba el sudor que me humedecía la frente y las axilas. Después de veinte minutos a paso ligero por una pasarela de madera construida entre la exuberante vegetación llegamos a la laguna.
El embarcadero de tablas oscuras desvencijadas por el paso del tiempo nos saludó invadido por una treintena de turistas ruidosos que conformaban varios grupos. Esperaban para realizar alguna de las múltiples
excursiones en bote que ofrecían las agencias. Yo tiré de Álex hacia un lugar menos frecuentado y nos sentamos a la sombra.
—Podemos negociar con un lanchero que nos lleve hasta Chunyaxché. Acabo de recordar que allí está el templo de las tres puertas.
—¿Las tres puertas? Suena bien. ¿Crees que allí encontraremos algo? ¡Por mí perfecto! ¡Vamos a ello! —dijo ella poniéndose en pie de inmediato.
La miré tratando de no perderme en el interior de aquellos ojos almibarados.
Álex lo hacía todo fácil. Siempre estaba dispuesta a ir más allá. Me desarmaba con aquella actitud positiva y entusiasta donde nunca tenía un «no» por respuesta.
La sonrisa fluyó sola en mis labios al mirarla.
—Es un templo atípico, es donde los mayas hacían intercambios mercantiles con los comerciantes de otros territorios. Las tres puertas representan «el cielo», «lo terrenal» y «el infierno» —seguí explicando.
Fue ella quien cerró los pormenores del viaje con un lugareño de tez morena y estatura chata que ofrecía hacer la excursión en un barquichuelo tan pequeño que parecía una caja de zapatos.
Álex me tiró dos chalecos salvavidas y se desvistió en un santiamén para lucir sus curvas, enfundada en un traje de baño que hizo que mi «ánimo» volviera a elevarse. Luego me arrebató uno de los chalecos naranja de las manos y se lo puso.
—Podemos ir por el agua. Cuando nos cansemos nos subimos al bote.
El barquero dice que no somos capaces de llegar hasta la otra laguna por los canales sin ayuda de la barca y yo he apostado con él una rebaja a la mitad del precio a que podemos hacerlo.
Si no somos capaces le pagaré el doble. ¡Así que espabila, porque vamos a estar a remojo un buen rato!
—¿Que has hecho qué? —mi voz sonó estridente y me dio la risa. Definitivamente Alejandra estaba loca—. Pero ¿tú sabes la distancia que hay entre una laguna y la otra? ¿Por qué te crees que está esto plagado de barcas?
Meneé la cabeza sin poder parar de sonreír y la seguí hasta la orilla perdiéndome en el ritmo cadencioso de sus caderas mientras caminaba.
El agua verdosa de la laguna invitaba a darse un baño.
Álex y yo no tardamos en zambullirnos en la parte menos profunda.
La barca estaba amarrada en el embarcadero con el barquero a bordo y con un pequeño impulso se colocó delante de nosotros.
El hombre, de tez morena curtida por el sol nos miraba desde debajo de un sombrero de paja y reía sin parar.
Cuando vio que estábamos preparados para seguirle comenzó a remar despacio.
La laguna era un pequeño mar caribe de interior. Debido a la consistencia del agua la flotabilidad era mayor que en otras pozas de agua dulce, lo que facilitaba que pudieras moverte sin esfuerzo a través de los canales que interconectaban la laguna de Muyil con la laguna de Chunyaxché.
Álex se dejaba llevar por la corriente, nadaba a braza dejando una estela hipnótica tras ella.
Ayudada por la flotabilidad que le proporcionaba el chaleco descansaba en algunos tramos.
Yo la seguía con una sonrisa de oreja a oreja, disfrutaba de las vistas que proporcionaban sus piernas morenas y bien torneadas en el agua clara.
El barquero tampoco podía apartar la vista de sus posaderas y en más de una ocasión le había sorprendido mirándole el culo con descaro.
Me turbaba la sensación de pertenencia que sentía, por momentos me daban ganas de partirle la cara a aquel hombre, por suerte el barquero estaba ya entrado en años y eso disculpaba su actitud.
«Es solo un viejo verde, Oriol, déjale que disfrute. Al fin al cabo, mirar es gratis y no hace daño a nadie», me decía para tratar de convencerme. Notaba cómo me hervía la sangre por dentro cada vez que le sorprendía con la vista clavada en su retaguardia.
Alejandra, ajena y feliz, nadaba decidida a ganar la apuesta. Cualquiera que no la conociera hubiera pensado que era imposible, pero ella no estaba dispuesta a claudicar.
Después de tres horas nadando entre manglares en las aguas turquesas y cristalinas de la laguna de Muyil llegamos, para sorpresa del barquero que miraba a Alejandra con los ojos muy abiertos por lo inesperado, hasta la laguna de Chunyaxché.
—¡Señorita, es usted una caja de sorpresas! Viéndola esta mañana nunca la hubiera creído capaz de llegar hasta aquí sin subirse a la barca —reconoció el hombre con incredulidad.
Había aproximado el cascarón de madera pintado de azul cian y blanco hasta la pasarela del embarcadero de uno de los muchos islotes que quedaban entre los canales que conectaban las dos lagunas. Nos esperaría allí mientras nosotros explorábamos la isla.
Álex me siguió hasta la orilla a nado y puso cara de asco cuando sus pies se posaron sobre el fondo lleno de lodo.
Salió del agua tambaleándose y con las manos arrugadas.
Lucía una sonrisa de satisfacción, seguramente producto del placer que le proporcionaba haber dejado al barquero con dos palmos de narices y haberse ahorrado la mitad del trayecto.
—¡Dime de qué no soy capaz y te enseñaré cómo lo hago! —proclamó cuando posó los dos pies sobre tierra firme.
Nos encaramamos al embarcadero desde abajo, estábamos exhaustos y requemados después de tanto tiempo dentro del agua, pero no había tiempo que perder.
El barquero nos miraba meneando la cabeza sin perder la sonrisa. Había sacado una bolsa con altramuces y se había recostado plácidamente en el barquichuelo.
Recuperamos la mochila de la barca y nos pusimos ropa seca antes de adentrarnos entre la vegetación para localizar el camino que debía llevarnos al templo de la aduana —o de las tres puertas como lo conocíamos los lugareños.
No tardamos en dar con él. El sendero, transitado por los visitantes, estaba bastante abierto y era fácil de encontrar.
Discurría serpenteante entre la vegetación, copiosa y exuberante, que era mantenida a raya a base de trajín humano.
La selva emergía imponente con todas sus fuerzas a ambos lados del camino.
Álex señaló el templo que recubierto de hiedras y plantas trepadoras quedaba a la vista a pocos metros.
Se trataba de una construcción sencilla de piedra, una sala rectangular distribuida en una sola planta cuya única peculiaridad eran aquellas tres grandes puertas que daban acceso al interior.
—Son más grandes que las demás —señaló Álex con acierto.
—Estaban pensadas para recibir a los extranjeros que se adentraban en la reserva para comerciar con los pueblos mayas, de ahí que las hicieran más altas en consideración a la altura de los visitantes. Los extranjeros les sacaban un par de cabezas a mis antepasados —expliqué sonriente—.
¿Sabías que las primeras monedas que se usaron para comerciar aquí estaban hechas de cacao?
—¿En serio? —preguntó sorprendida. Luego volvió a señalar las puertas—. ¿Y cuál es cuál? ¿Por cuál entramos? ¿El cielo, lo terrenal o el infierno?
—¿Por cuál quieres entrar? —pregunté zalamero mientras observaba a Álex sacar algunas fotos para su reportaje.
Ella enseguida captó el tono juguetón y se aproximó a mi cuerpo provocando que el corazón volviera a latirme desbocado en el pecho.
—Si es contigo, cualquiera me vale —me susurró al oído. La cabeza me dio varias vueltas y empecé a salivar.
Sus ojos me miraban fijamente y pude ver en sus pupilas el deseo. Me perdí en la curva de sus labios sin remedio y mi boca buscó la suya con avidez.
Estaba loco por ella. Había perdido completamente la cabeza por aquella mujer.
Unas voces apagadas dentro de la construcción nos hicieron comprender que no estábamos solos.
A nuestras bocas les habían seguido las manos y nos separamos jadeantes y encendidos después de habernos metido mano en un arrebato de forma no muy comedida.
Estaba tan salido por el refregón que el bulto por debajo del pantalón era más que evidente.
Avergonzado traté de disimularlo cuando un grupo de turistas se nos quedaron mirando acusatorios y jocosos al pasar por nuestro lado.
—Creo que hemos dado el espectáculo —la escuché decir más roja que un tomate con risita nerviosa.
—¡Tú sí que eres un espectáculo! —dije atrayéndola hacia mí nuevamente e hincando mi erección contra ella sobre la ropa.
—Oriol, tenemos que parar.
—Si quieres fornicamos aquí mismo como animales y luego entramos por la puerta del infierno —ronroneé como un gatito.
—Ummm, no me des ideas, que como me envalentone no pongo el freno —la escuché decir con voz grave.
Tuve que reprimir un jadeo, si no me apartaba de su cuerpo iba a terminar por hacer una locura.
—Creo que la puerta de lo terrenal estará bien —dije con esfuerzo cuando recuperé la cordura, más movido por la vista clavada en nosotros de los visitantes que habían salido del interior del templo y nos miraban expectantes que porque el sentido común se hubiera impuesto.
—Vaya… Yo que pensaba que ibas a llevarme al cielo —dijo ella zalamera haciendo un mohín.
—¡Jodeer, Álex! ¡Qué peligro tienes! —dije recolocándome en su sitio la entrepierna.
No tenía ni idea de que el peligro real estaba por llegar. Nos esperaba agazapado entre las ruinas del templo.