Donde nace el cielo Capítulo 45.
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Capítulo 45.

Muyil. No es lo mismo ser que estar

Caminar. Andar sin rumbo. Dejar que el azar guíe tus pasos. Caminar hasta quedar sin aliento, hasta que el cuerpo no te permita seguir pensando. Estando sin ser, solo respirando. Envuelta en carne y huesos, como un cuerpo inerte arrastrado por la corriente a la deriva.

Felipe Carrillo Puerto se había convertido en una pista circular sobre la que perder la conciencia de mí misma, mientras caminaba quería también dejar atrás los pensamientos que, como una lavadora centrifugando, daban vueltas y vueltas una y otra vez en mi cabeza.

Necesitaba olvidarme de Oriol, dejar de escuchar el eco de su voz pronunciando mi nombre, borrar sus palabras y que se las llevara el viento.

Las sílabas de aquel «yo no te quiero» se espesaban en mi corazón hasta asfixiarme, recordarlas me dolía tanto que podía notar la herida palpitante bajo el pecho.

Caminaba arrasada por las lágrimas, con aquel desarraigo atado al cuello, como el perro abandonado que no tiene a donde regresar, sintiéndome ajena y perdida.

Había pasado ya más de tres veces por la plaza, haciendo oídos sordos a las palabras que me martilleaban los oídos, mezclándome entre el tumulto que disfrutaba de la música en directo de una banda que tocaba en el centro situada en un quiosco.

Todo estaba adornado con guirnaldas y banderines y el ambiente festivo se palpaba en el aire.

Yo, en cambio, solo podía arrastrarme como un alma en pena.

La algarabía me esquivaba y no conseguía contagiarme de la felicidad ajena.

Tampoco había encontrado la belleza en las casas tradicionales pintadas de ocres, terracotas y granates, ni en los soportales de arcos de medio punto adornados con azulejos.

Los rostros amables de los lugareños me parecían impersonales, era imposible disfrutar del recorrido con aquel desasosiego que me inundaba por dentro.

Había fotografiado la ermita de la cruz parlante y las letras de colores con el nombre de la ciudad, después me había refugiado de mí misma en la «casa de los sueños», un centro cultural que hacía las veces de alojamiento y donde podías degustar a un módico precio la típica comida yucateca.

Nada había servido. Oriol seguía presente bajo mi piel, anudado entre los dedos.

Aquella sensación incómoda venía conmigo de paseo.

Después de tres horas caminando como si me persiguieran me di por vencida y decidí que ya era hora de volver al hostal. Aunque me dejara los pies en el empedrado de aquellas calles no iba a conseguir librarme de su presencia.

Cuando el alba iluminó mi habitación, a duras penas había conseguido dormir unas pocas horas. Al menos el agotamiento había conseguido que dejara de pensar durante un rato. Me levanté debatiéndome entre la idea de recuperar a Oriol y la de mandarlo al infierno para siempre.

Estaba a punto de sucumbir a mis demonios, montarme en el coche y dejarlo allí tirado cuando le vi bajar la escalera con el pelo despeinado y cara de haber dormido más bien poco. Nuestros ojos se encontraron un instante y él retiró rápidamente la mirada. No pudo impedir que le viera por dentro.

¡Era mentira! Aquello de que no me quería era solo una mentira. Sus ojos me decían otra cosa.

Es imposible fingir el amor, más difícil todavía ocultarlo cuando ya ha salido a la palestra. Sonreí. No todo estaba perdido. Hay certezas que uno no puede explicar, crecen dentro sin permiso como germinan las semillas en primavera, fuertes y enraizadas a lo más profundo.

—¿Has desayunado? —le escuché preguntar con desapego mal

fingido.

—Un regimiento de tortillas y un café —contesté. Noté la decepción pintada en su rostro al entender que no había esperado por él y sentí el regocijo dentro—. Creí que habías dicho que a partir de ahora lo haríamos todo por separado, por eso no te he esperado.

Necesitaba que comprendiera que solo seguía sus instrucciones, había sido él quien había impuesto aquellas condiciones, no era una elección mía y quería que quedara claro.

Le escuché suspirar y revolverse incómodo.

Pasó sus manos por el pelo en un gesto que ya me resultaba familiar.

—Tampoco hay que pasarse —claudicó con la boca pequeña—. Necesito un café. ¿Me acompañas y vemos el itinerario para el día?

Me había mirado la boca y sonreí nuevamente al ver cómo se perdía en mis ojos.

Sabía que estaba ganando terreno y me aferré a la esperanza.

Caminamos sin hablar, notando como dolía el espacio entre nuestras manos. Tuve que esforzarme para contener el impulso que urgía a mis dedos a aferrarse a los suyos.

Nos sentamos en una pequeña tasca que hacía esquina, tenía cuatro mesas pintadas a brocha gorda de azules y amarillos vibrantes y sillas dispares que parecían recicladas de otros lugares. A pesar de lo descuidado del aspecto general, el local tenía su encanto. Tenía un halo de cierto romanticismo.

—La belleza de lo decadente —dijo Oriol como si me leyera el pensamiento.

Yo solo pude asentir. No sabía si con el comentario se refería al café o a nosotros. Ambas cosas estaban igual de desvencijadas.

El mesero no tardó en servirnos solícito y los dos aprovechamos el silencio para tomarnos la medida.

—¿Cómo te fue anoche? ¿Te gustó la ciudad? —le escuché preguntar después de que nos sirviera el café.

«¿Aquello era una invitación a hacer las paces o me lo parecía?».

Me vi tentada a contestar con una evasiva y dejarle con las ganas de conocer los detalles, pero en el último momento me arrepentí y le relaté mis periplos con pelos y señales.

Por mucho que quisiera hacerme la dura me derretían sus ojillos tristes, no quería echar más leña al fuego y acrecentar la distancia entre nosotros. Necesitaba un acercamiento. Algo que me devolviera a la vida y volviera a pintar el mundo de colores.

—Te eché de menos —dije al final, sin poder evitarlo. Aquella confesión estaba de sobra, pero era la verdad.

Oriol bajó la mirada y cuando volvió a mirarme le vi morderse el labio. Imploré en silencio por un «yo también» que no llegó. Supe que, aunque no hubiera convertido aquellas dos palabras en voz las había pensado. En su lugar desvió la conversación hacia la planificación del día.

—¿Entonces rumbo a Muyil? —preguntó cuando llegamos frente al coche.

Le tendí la llave y asentí. Rozó mis dedos al cogerla y los dos nos sonrojamos. Le vi suspirar antes de abrir la puerta y acomodarse en el asiento del conductor.

El complejo de Muyil estaba situado a las afueras de la ciudad. Se trataba de una zona selvática donde se levantaba una pirámide escalonada con forma redondeada y varias construcciones bien conservadas dedicadas a Ixchel, la diosa maya de la fertilidad.

Llegamos hasta las ruinas por una pista de tierra rodeada de exuberante vegetación. Era temprano y todavía la zona no estaba muy concurrida. Un puñado de turistas recogía flores durante el trayecto y casi sin darme cuenta yo también comencé a hacer un ramillete.

Oriol me miró divertido, había recuperado la ternura en la mirada y su expresión había vuelto a dulcificarse.

—¿Estás haciendo un ramo de novia? —preguntó con sorna. La pregunta me cayó como un mazazo.

Creo que él tampoco pretendía hacer alusión a mi boda con Jaime, pero de inmediato le cambio el semblante y supe que había pensado en ello.

Observé las flores amarillas, rosas y moradas que contrastaban con el verde vivo de los tallos y las apreté contra mi pecho.

—¿Y para que iba a querer yo un ramo de novia?

No soy novia de nadie y tampoco lo pretendo —dije en tono belicoso como una declaración de intenciones, luego suavicé mis palabras—.

Es solo un ramo de flores. Todo el mundo las recoge —dije encogiéndome de hombros, señalando a los grupúsculos que nos precedían por el camino.

Lo que menos necesitaba era iniciar una nueva trifulca con Oriol.

Él debió captar mi estado de ánimo y también decidió dejar el tema de la boda de lado. Apretó los dientes, meneó la cabeza y tomo distancia para meterse en su papel de guía nuevamente.

—Es una costumbre maya —me explicó haciendo alusión al ramo—.

Antes de casarse las novias visitaban Muyil para honrar a Ixchel.

En el camino recogían flores para obsequiar a la diosa y las depositaban en el altar que está en la parte alta de la pirámide.

Las flores eran un regalo para pedir que Ixchel las bendijera con la fertilidad.

La mayoría de los turistas no tienen ni idea del significado del rito, pero mantienen la tradición espoleados por las agencias turísticas.

La última frase la había dicho con animadversión y de pronto, la visión del ramo de colores me resultó sumamente incómoda. Me revolví como si me quemara en la mano, pero no fui capaz de tirarlo.

A los pies de la pirámide, una familia de nórdicos se había parado a nuestro lado. Una niña rubia de ojos azules como el cielo me miraba absorta, se había quedado prendada de las flores y no dudé en agacharme junto a ella para ofrecérselas.

—¡Para ti! —le dije tendiéndole el ramo con una sonrisa.

Lo cogió dubitativa y yo asentí para confirmar que era un regalo.

Ella sonrió con toda su inocencia y la luz volvió a inundarlo todo.

La pequeña empezó a dar saltitos y le enseñó las flores a su padre, que me agradeció el obsequió con una inclinación de cabeza. Después se puso a girar como un arrebol y su risa quedo flotando en el aire.

Al verla dar vueltas con el ramo en la mano me encontré a mí de niña, con la ilusión intacta y desprendiendo magia a borbotones.

Aquella pequeña era como yo, cuando el mundo todavía no me había dañado.

Había dejado que el tiempo me limara como a los cantos de aquella pirámide, dejándome vacía de contenido, monda y acerada. Como un cuerpo sin alma. Hasta hacía solo unos días estaba en el mundo sin ser.

Había sido Oriol quien me había devuelto la fe.

Con él había vuelto a sentir cómo la magia corría a raudales por mis venas.

Había conectado con mi niña interior, la que daba saltitos, giraba atolondrada y reía sin filtros.

Con Oriol era yo. No iba a dejar que aquella inercia feroz volviera a despojarme de mí misma.

—No es lo mismo ser que estar —dije con los labios apretados.

Oriol me miró con sus ojos rasgados y vi cómo sus pupilas se volvían más oscuras.

—No es lo mismo ser que estar —repitió sin apartar la mirada.

Se había colocado frente a mí, a solo unos centímetros y turbada por su vista posada en mi boca me mantenía inmóvil con el corazón explotándome en el pecho.

No sé si fue él o fui yo. Tal vez fuimos los dos, o tal vez fue la magia de la risa de aquella niña que nos desentrañaba el misterio de la vida con su inocencia sin romper.

El caso es que nuestras manos se buscaron. A nuestros dedos entrelazados le siguieron nuestros cuerpos, y cuando nuestras pieles se encontraron no tardaron en seguirle nuestros labios.

Nunca un beso me supo cómo aquel. Seguramente fue porque con él entregaba mi alma.