Capítulo 44.
Felipe Carrillo Puerto. De lo absurdo y lo fugaz
A veces nos refugiamos en lo absurdo, nos deleitamos con el sabor agridulce de nuestras propias certidumbres y abanderamos nuestros pasos detrás de las mentiras que inventamos. Caminamos a ciegas, desoyendo el sonido ahogado de los latidos del corazón, en dirección contraria a nuestros sueños.
¿Podía haber algo más absurdo que aquel «juntos, pero no revueltos» que había impuesto como condición para continuar con nuestro viaje?
Me había convencido a mí mismo de que nuestra historia había sido algo fugaz, un sinsentido producto del deseo carnal sin más importancia, pero no podía evitar que la magia siguiera resbalando entre mis dedos como resbala el agua en un arroyo llenando los huecos de aquel intangible.
Durante los días de viaje compartido, habíamos desnudado el alma y su esencia había quedado impresa en cada poro de mi piel.
Por mucho que intentara engañarme, mi interior sabía la verdad, había quedado atrapado en el instante entre lo absurdo y lo fugaz.
Aunque querer a Álex fuera un sinsentido, era inevitable.
Aquel dolor dentro del pecho no dejaba lugar a dudas, estaba enamorado de ella.
La observé de reojo. Su pelo desordenado por el viento que se colaba por la ventanilla a medio bajar ondeaba dejando aquel halo rojizo que siempre la acompañaba.
Alejandra conducía en silencio, mirando al frente, con expresión serena. Yo trataba de regalarle mi absoluta indiferencia, luchaba contra el impulso que llevaba a mi mano a querer posarse sobre su pierna, morena y bien torneada, a la vista bajo el vestido de flores.
Me obligué a apartar la mirada de ella. ¡Aunque tuviera que cortarme la mano no pensaba permitirme volver a tocarla!
Alejandra me había mentido. Todo entre nosotros se había roto.
En aquella batalla feroz entre el pensamiento y el corazón iba a conseguir que se impusiera la razón.
«Nunca más», me repetí cerrando el puño con fuerza y centrando mi atención en el paisaje que se dibujaba a través del cristal como los fotogramas de una película acelerada.
El quejido de mi corazón no se hizo esperar, el latido que acompañaba a su presencia no estaba dispuesto a rendirse. Iba a ser difícil contener la sangre que hervía dentro de mi cuerpo a borbotones.
Fue ella quien rompió el silencio. Llevábamos más de una hora de viaje y el día empezaba a languidecer.
Paró el coche en un camino aledaño a la carretera, que se perdía estrecha y bacheada hasta donde alcanzaba la vista. Aún no había rastro de Felipe Carrillo Puerto.
—Necesito que hablemos. Seguramente a estas alturas no sirva de nada —dijo sin mirarme.
Noté como su voz se quebraba, pero hice acopio de todas mis fuerzas para seguir manteniendo aquella pose de indiferencia y dejé que ella siguiera hablando—.
Quería decirte que lo siento, debería habértelo contado. Lo de Jaime…
—¿Y por qué no lo hiciste? —me escuché decir con resquemor.
—Me daba vergüenza reconocer que me había abandonado en el altar. No quería que pensaras que era una mujer despechada —reconoció en un susurro.
Ella bajó la mirada, creo que no quería que viera el dolor que se dibujaba en sus pupilas. Las palabras resbalaron por mi garganta sin poder evitarlo. La respuesta a aquella pregunta ero lo único que necesita saber y lo solté sin filtros, a bocajarro.
—¿Le querías?
La vi negar con la cabeza y sentí un alivio instantáneo dentro.
Sus ojos se habían llenado de lágrimas y tuve que reprimir las ganas de abrazarla.
En lugar de consolarla seguí interrogándola con dureza. Estaba tan enfadado que no me importaba hacerle daño.
—¿Y entonces por qué ibas a casarte con él? ¡Si él no te hubiera dejado plantada ahora mismo estarías de luna de miel!
Se encogió de hombros y aquel gesto me desesperó. Parecía totalmente perdida y yo me ahogaba en aquel mar de dudas que me llevaba del amor al odio y viceversa.
Dejé que el rencor me consumiera y me ensañé con ganas. La decepción me cegaba.
—¡No entiendo qué tipo de persona puedes ser si ibas a casarte con alguien sin estar enamorada!
Lo que me parece es que me has utilizado para resarcirte y pasar el rato, y ¿sabes qué?
Me he dado cuenta de que no me importa. ¡Tú no me importas nada, Alejandra!
Al final solo han sido un par de polvos.
Los dos somos adultos, son cosas que pasan.
Entre nosotros no va a volver a haber nada.
A partir de ahora solo trabajo. Ese es el trato.
Me rompí por dentro al pronunciar aquellas palabras, pero no pensaba dejar espacio a una reconciliación.
Seguía anclado en el absurdo, estaba dispuesto a negar lo evidente, aunque eso supusiera dar al traste con cualquier posibilidad de arreglar las cosas.
Me miró fijamente, con aquellos ojos que me atravesaban el alma.
La vi morderse el labio y bajar la cabeza.
Abrió la puerta, se bajó del coche y se apoyó en el lateral de espaldas.
Creo que estaba llorando, pero no pensaba acudir a consolarla.
Era lo mejor para los dos. Ya estaba todo roto, sabía que hecho añicos no tendría arreglo.
Me quedé allí, con la vista clavada al frente, dejando que el abismo se impusiera entre nosotros. Me había resguardado del daño en lo profundo, no estaba dispuesto a permitir que Álex volviera a entrar en mi vida.
La vi volver al coche con el gesto consternado. Me miró nuevamente en silencio, destrozándome con su mirada. La cabeza me daba vueltas y el corazón me martilleaba en las sienes.
Tuve que tragar saliva para mantener aquella fachada de indolencia y conseguir apuntillarla.
«¡Muerto el perro, se acabó la rabia!», me dije antes de asestar el golpe final.
—Es lo mejor, Álex. Dejar las cosas como están. Céntrate en tu reportaje. Es mejor no mezclar las cosas. Me he dado cuenta de que ya no siento nada por ti. Ha estado bien, pero se ha terminado. Quedémonos con lo bonito de la historia. Yo no te quiero. El amor y el deseo no son lo mismo.
No sé si aquellas palabras me dolieron más a mí o a ella.
Ya estaba hecho. Me había dejado llevar por el absurdo. Sabía que tiraba piedras sobre mi propio tejado.
—Si quieres yo conduzco. Aún queda media hora de camino —me escuché decir con frialdad al ver que ella no era capaz de articular palabra.
Alejandra me tendió la llave sin mirarme y cabizbaja me cambio el sitio, acomodándose en el asiento del copiloto.
El resto del viaje lo pasó hecha un ovillo, recostada sobre la ventanilla. Yo la miraba de soslayo procurando que no me viera. En el reflejo del cristal se podía adivinar el brillo en sus ojos, creo que era por efecto de las lágrimas.
Un nudo me retorcía las entrañas. Me moría por abrazarla, pero no pensaba rendirme a aquella necesidad de ella. Aunque estuviera completamente roto no iba a dar mi brazo a torcer. Había tomado una decisión y pensaba mantenerme firme hasta las últimas consecuencias.
No escuché nuevamente su voz hasta que llegamos a Felipe Carrillo Puerto.
—He reservado dos habitaciones en una pensión cerca del centro. Esta es la dirección —me dijo enseñándome las indicaciones en su móvil.
Su voz sonaba apagada. Parecía cansada, había perdido el matiz cantarín que solía acompañarla y sentí la culpa que me golpeaba.
Cogí el teléfono sin mirarla y ojeé el itinerario.
Se trataba de un pequeño hotel situado a las afueras del casco histórico. Aparcamos delante y ella se adelantó a formalizar la reserva.
Caminaba despacio, casi arrastrando los pies, con el gesto duro y serio. La seguí a cierta distancia escaleras arriba. Los dos cubículos estaban pegados puerta con puerta. La vi desaparecer dentro de su habitación tan
pronto como llegamos, antes me dio la llave de la mía.
—Continuamos hacia Sian Ka’an mañana a primera hora. Pararemos en las ruinas de Muyil de camino —fue lo único que dijo antes de desaparecer dentro y cerrarme la puerta en las narices.
Entré en mi habitación yo también. Me dejé caer al suelo y solo entonces me permití romperme.
¿Qué demonios estaba haciendo? Estaba destrozando cualquier posibilidad de que pudiera existir un nosotros. Anclado en aquel absurdo, me estaba negando la felicidad.
No sé cuánto tiempo estuve en estado de trance. Sentado en el suelo, con las rodillas recogidas sobre el pecho y la cabeza resguardada entre mis brazos. Me escocían los ojos.
La zozobra me invadió cuando escuché la puerta de Alejandra cerrarse y los pasos que bajaban la escalera. Se iba sin avisar. Yo ya no entraba en sus planes.
La espié por la ventana desde detrás de la cortina.
Se había duchado y tenía todavía el pelo mojado.
La figura de Álex, envuelta en un pantalón negro y un top que dejaba al descubierto sus hombros bien definidos se alejaba hacia la plaza de la ciudad.
Llevaba bajo el brazo su libreta color turquesa y de su cuello colgaba la cámara de fotos.
Seguramente iba a recabar datos para su reportaje.
Recordé la promesa de aquella cita frustrada para cenar y bailar antes de que todo se hubiera ido al traste, y la imaginé riendo con su risa contagiosa mientras se enredaba en mi cintura. La felicidad se me atragantó en la garganta. Me había comportado como un capullo.
Al final la había perdido. No pegué ojo en toda la noche. El cansancio no fue suficiente para conseguir que durmiera. Me dolía el alma, sentía el corazón herido. Me aferraba al absurdo y me recreaba en lo fugaz.
Me sentí aliviado cuando Alejandra volvió a su cuarto y escuché nuevamente sus pasos.
Lo único que deseaba era llamar a su puerta, meterme en su cama y entregarme al fuego que me quemaba por debajo de la piel.
Reprimí mi instinto. Acallando al corazón y amordazando mis latidos.
Rindiéndome al dolor, con la plena seguridad de que la amaba.
El amor no entiende de razones, aún no había aceptado que el dolor forma parte de la vida y a veces es vida en sí mismo. Hay huellas que son imborrables.