Donde nace el cielo Capítulo 43.
68%

Capítulo 43.

Juntos, pero no revueltos

Era él, por fin le encontraba. Por un momento había temido que se hubiera esfumado para siempre, pero la suerte me había acompañado y ahí estaba.

Respiré aliviada y me salí del carril sin asfaltar de forma brusca. No pude evitar sonreír como una idiota al verle.

Estaba apoyado en el pilar de la parada del bus, con aquella camiseta blanca mojada pegada al cuerpo y el pelo revuelto y me dieron ganas de bajarme del coche, acercar mi cuerpo al suyo y pegarle un morreo.

Uno de esos de película, un beso que llevara implícita toda la desesperación que me había provocado su ausencia, con boca y labios, metiéndole la lengua hasta la campanilla, dejándome el cuerpo y el alma, pues el corazón ya lo había perdido hacía tiempo.

Reprimí las ganas. Tenía que ir despacio. Sabía que Oriol todavía estaba enfadado y cuando se hizo el silencio después de mi pregunta pensé que iba a mandarme nuevamente al infierno y continuar solo la aventura.

—¿Entonces te vienes? —insistí impaciente—. El coche es más rápido que el autobús y más cómodo. Te propongo retomar nuestro trato —me escuché decir incrédula.

Tendría que haberme disculpado, seguramente un «lo siento» hubiera sido más apropiado, pero tenía las palabras atragantadas en la garganta.

Oriol me había herido y mi orgullo era más fuerte que mis ganas de arreglar las cosas. Tampoco estaba segura de que él fuera a dejar que me explicara. Parecía más hermético que nunca.

Le vi apretar los labios y en sus ojos se dibujó la duda, seguramente en su interior se libraba una batalla silenciosa entre la decepción que debía sentir porque le había mentido y la oportunidad que nuevamente le ofrecía de retomar un viaje que de otra manera parecía complicado.

No me atrevía a preguntarme acerca de si sería capaz de reavivar sus sentimientos, parecía tan cerrado en banda que me daba miedo la respuesta.

Prefería centrarme en el aspecto práctico de nuestra relación.

Sabía que él no tenía muchas opciones sin mi ayuda y me aprovechaba de mi ventaja.

En ese sentido, actuaba como una zorra y lo sabía, pero era la única manera que había encontrado para protegerme de su desprecio y no desesperarme ante las barreras, esta vez más altas y férreas que nunca, que Oriol había vuelto a levantar entre los dos.

Dentro de mí también se luchaba de forma encarnizada, la pelea era entre lo que mi cerebro sabía y lo que mi corazón sentía, tal vez fuera por eso que actuaba por instinto, un poco sin sentido, llevada por la desesperación.

Lo único que sabía a ciencia cierta era que no podía permitirme perderlo. A él no. Era la pieza central de mi puzle. Tenía que recuperar a Oriol costase lo que costara. Estaba dispuesta a pelear hasta las últimas consecuencias.

—Entiendo que estés enfadado, pero te estás comportando como un crío con una pataleta.

Si no quieres saber nada más de mí, perfecto, pero teníamos un contrato.

Yo sigo necesitando un guía y tú tienes que llegar a la ciudad de los muertos.

Seguir juntos nos beneficia a los dos —había esbozado la mejor de mis sonrisas y vuelto a la carga.

Me sorprendió mi capacidad para sonar fría y desapegada. Oriol abrió la boca para decir algo, pero se mordió la lengua.

Miraba hacia el frente en silencio, como si estuviera valorando la propuesta. Sus ojos se habían vuelto más profundos y eso me indicaba que con mi presencia estaba despertando a sus demonios.

Asentí complacida. Aquel incendio que se dibujaba en su mirada me llenaba de esperanza, sabía que solo alguien que no te es indiferente puede removerte por dentro.

Me importaba poco si las llamas que se encendían eran de pasión o de rabia, ya habría tiempo para transitar la fina línea entre el amor y el odio.

Podía comprender lo que sentía, a decir verdad, en aquel momento yo también le odiaba un poco.

Le vi inhalar y exhalar profundo, la espera me estaba consumiendo, pero no iba a darle el gusto de dejarle ver mi sufrimiento.

Tenía ganas de gritarle que subiera al coche de una puta vez, pero en lugar de eso tiré una vez más de sangre fría.

—¡Tengo tiempo, puedes pensártelo! —dije reclinando el asiento del coche hacia atrás y quitándome los zapatos para acomodarme—. Avísame cuando quieras que nos vayamos —añadí con chulería.

Estaba interrumpiendo el paso de los demás vehículos, pero no pensaba moverme de allí sin Oriol.

Me tumbé en el asiento y cerré los ojos fingiendo estar tranquila.

A pesar de las apariencias, no conseguía calmar la desazón que me invadía por dentro.

Me dolía todo el cuerpo. Los pitidos de los coches que me rebasaban ponían la banda sonora, la escena era del todo surrealista.

Lo cierto es que aquellos sonidos estridentes no desentonaban con la situación, eran la música perfecta para aquella loca montaña rusa de emociones que me desbordaba.

El corazón me latía con tanta fuerza que creo que podía escucharse desde fuera.

Me esforcé para tranquilizarme.

Oriol seguía sin moverse del sitio. Yo seguía allí tumbada, con mi pequeño coche amarillo mal estacionado junto a la marquesina.

De vez en cuando abría los ojos y miraba de soslayo a través de la ventanilla, temía que Oriol se marchara sin decir nada, pero seguía allí parado de pie junto al poste.

El sonido de la puerta del copiloto que se abría me hizo removerme en el asiento.

Di un respingo, suspiré de alivio y sonreí con el corazón saliéndoseme por la boca.

—¿Te han dicho alguna vez que estás como una cabra, Alejandra? — preguntó mientras se acomodaba en el asiento de al lado.

—Alguna vez… —dije copiando su tono un tanto belicoso—. Todos tenemos nuestras taras. Entonces ¿ya te lo has pensado? —pregunté sin florituras.

—No tengo muchas alternativas —le escuché decir apesadumbrado—. Creo que podemos retomar el trato. Pero solo en lo profesional.

—Imaginaba algo así, pero me dolían sus palabras.

Oriol hablaba muy serio, manteniendo la frialdad en todo momento—.

Esta vez hay condiciones, Alejandra —al utilizar mi nombre completo marcaba la distancia.

Le escuché enumerar sin titubear sus condiciones—.

Nada de contacto, dormiremos en habitaciones separadas y cuando no estemos trabajando cada uno hace sus planes.

Ni comer juntos, ni hablar de nosotros, ni tener ninguna relación más allá de lo estrictamente laboral…

Yo soy tu guía y tú la que paga, con la condición de adaptar el itinerario a mis necesidades para resolver el misterio de los huesos, ¿ok? Puedes tomarlo o dejarlo, tú decides.

—Entonces… ¿volvemos al juntos, pero no revueltos del principio?

—pregunté desilusionada.

—¡Nunca debimos salirnos de él, Alejandra! Mezclar trabajo y placer ha sido una cagada, no va a volver a pasar.

Me mordí el labio y me comí las lágrimas.

Quedaba patente que no pensaba dejar que me explicara, no iba a concederme una segunda oportunidad. Parecía tenerlo claro. Tendría que jugar mis cartas adaptándome a sus normas. Solo esperaba que el cielo me diera la paciencia necesaria.

—Ok, entonces tenemos un contrato. ¡Juntos, pero no revueltos! — dije tendiéndole la mano tratando de que no notara que tenía el alma partida en dos.

—Juntos, pero no revueltos —repitió él mientras la estrechaba.

Sin darse cuenta había sostenido mi mano más de lo necesario y me soltó azorado.

Mis ojos se fueron sin querer hasta su boca y descubrí que también los suyos se paseaban por mis labios.

La electricidad seguía estando ahí, por mucho que intentáramos

fingir que éramos dos extraños.

Le vi sonreír al escuchar el ronroneo del motor cuando puse el coche en marcha.

A veces nos olvidamos de que la piel tiene memoria.