Donde nace el cielo Capítulo 42.
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Capítulo 42.

Trincheras de invierno

El agua que caía con fuerza me golpeaba la cara. Caminaba sin rumbo, tratando de ordenar mis ideas. Estaba tan enfadado que no conseguía calmarme por mucho que lo intentaba.

—¡Mierda, Álex…! —grité cuando me alejé de la zona donde estaba el acceso a las ruinas.

Tenía un regusto amargo en la garganta y notaba la cabeza embotada. Alejandra me había mentido. Yo le había abierto mi corazón y ella me había engañado. Había resultado ser tan solo una turista más en busca de diversión. Me había utilizado y yo me había enamorado como un

imbécil. ¿Cómo podía haber estado tan ciego?

Ella, que con su sonrisa y sus maneras suaves había derribado todas mis barreras, me había desarmado poco a poco, y yo me había rendido a aquel sentimiento que despertaba en mi interior.

Me había agarrado al amor como a un clavo ardiendo dejando que me cambiara y me llenara de su intensidad, ahora iba a tener que pagar las consecuencias.

Alejandra me dolía en el pecho, me quemaba en el alma.

Las lágrimas que no dejaba brotar me escocían en los ojos y mis dedos anhelaban su contacto como drogadictos en plena ansiedad.

Acababa de marcharme y ya la echaba de menos. Nada tenía sentido sin ella.

La imagen de su perfil equilibrado y el eco de su voz me atormentaban sin remedio.

Había sido ella quien lo había fastidiado, pero sentía dentro de mí que era yo quien la había perdido para siempre.

Aquella absurda decisión de echarla de mi vida me partía en dos y lo peor de todo es que sabía que ya no había marcha atrás.

La confianza se había hecho añicos, el círculo se había roto.

Nosotros ya solo éramos dos extraños y aquella maldita lluvia seguía cayendo ajena a todos mis males.

¿Qué importaba si todavía tenía su olor impregnado en mi cuerpo y la suavidad de su piel tatuada en la yema de los dedos? ¡El mundo seguía girando ahí fuera, aunque ya no lo hiciera teñido de colores!

Aspiré el aire con fuerza, pero la vida ya no me llenaba los pulmones. Sin Álex todo se había vuelto insípido, como una sopa sosa o un día sin sol. Dolía. Su ausencia me desgarraba en lo más profundo.

Suspiré apesadumbrado. Tal vez debería haberla dejado hablar, haber dejado que se explicara y haber creído sus palabras.

La idea de no volver a verla nunca más se me hacía insoportable, pero ¿qué podía hacer?

¿Por qué nadie me había contado que el amor puede convertirse en el más doloroso de los suplicios?

—¡Joder, Álex…! ¿Cómo puedes dolerme tanto? —Nunca había experimentado nada igual.

Notaba la zozobra a cada paso, era como si una cadena invisible me encadenara a ella. Alejarme me costaba un esfuerzo sobrehumano.

¡Nunca más volvería a confiar en nadie!

Meneé la cabeza para dejar que su sonrisa se desvaneciera en mi memoria, necesitaba que el agua barriera su recuerdo y Álex desapareciera deslizándose hasta el suelo junto con la lluvia que me mojaba la cara.

Tenía que olvidarla, tenía que arrancármela de debajo de la piel.

No merecía ni siquiera que la dejara explicarse.

Era una mentirosa. ¡Álex no era más que una farsante!

Una pobre novia despechada que había encontrado la forma de desquitarse del abandono conmigo.

Me la imaginaba vestida de novia, a punto de casarse con otro y mi interior enloquecía de celos. ¡Solo de pensar en que, si él no la hubiera dejado plantada en el altar, Alejandra sería una mujer casada se me revolvía el estómago!

¿Qué tipo de mujer podía ser si hacía tan solo unos días estaba dispuesta a dar el sí quiero a otro hombre y ahora parecía embelesada en mis brazos?

Solo había una respuesta: Alejandra era una mujer sin escrúpulos.

No le había importado jugar con mis sentimientos y lo único que buscaba era una conquista para vengarse del abandono y demostrarse a sí misma que aún podía ser deseable.

Había otra opción, pero tampoco la dejaba en buen lugar: Si realmente sentía algo por mi resultaba ser tan voluble como el viento, pues estaba enamorada de su novio hacía una semana y de un plumazo lo había olvidado y se había enamorado de mí.

¿Qué tipo de relación podía tener con alguien así?

¡Si ella era tan inestable, en poco tiempo se hubiera enamorado del primero que pasara por delante!

Todo iba de mal en peor. Me iba a estallar la cabeza y aquella puta tormenta de verano me estaba calando hasta los huesos. Necesitaba dejar de pensar en Álex, tenía que volver a tomar las riendas y empezar a actuar con la cabeza.

¿Qué demonios hacía ahora? Álex tenía razón al decir que la necesitaba.

La idea de buscar la ciudad de los muertos sin vehículo ni dinero se me antojaba bastante complicada sin su ayuda.

Pateé el suelo con rabia al recordar sus palabras.

Me había dolido su indiferencia, esa frialdad al poner aquel ridículo contrato por encima de nosotros.

NOSOTROS. ¿De verdad había existido alguna vez un nosotros? Seguramente todo había sido un espejismo. Una simple historia de verano que ella olvidaría en poco tiempo cuando regresara a Sevilla.

Un pinchazo en el corazón me aguijoneó desde dentro.

Ella se iría, iba a marcharse en pocas semanas.

¿Cómo podía haber sido tan imbécil? La había perdido de antemano, Álex nunca había sido una opción.

Aunque no hubiera descubierto la verdad acerca de su pasado lo nuestro estaba abocado a un adiós inevitable.

Porque, si había algo claro, era que ella se iba a marchar, tarde o temprano lo nuestro hubiera llegado a su fin.

Por desgracia, eso no evitaba que el corazón me latiera desbocado en el pecho al pensarla, tampoco aquella presión que me robaba el aliento cuando tomaba consciencia de que ya nunca volvería a verla.

Me detuve para recuperar el resuello, llevaba un rato caminando a grandes zancadas de forma errática y sin un rumbo fijo. Tenía que detener aquella turbulencia mental de una vez por todas.

—¡Céntrate, Oriol! —me ordené furioso.

Había caminado hasta el final del poblado y dejado atrás la hilera de casas con techo de palapa. Volví sobre mis pasos y busqué refugio bajo el ala generosa de uno de los puestos de alfombras donde un hombre de mediana edad ayudaba a una chica joven a recoger el género para protegerlo de la lluvia.

Me coloqué en una esquina dándoles la espalda. No me apetecía hablar con nadie y al verme comprendieron al momento que yo no era un turista, así que siguieron recogiendo como si yo no estuviera.

Ya más centrado traté de trazar un plan. Tenía que llegar hasta Felipe Carrillo Puerto, pero sin coche la cosa se me antojaba complicada. Si bien había algunos autobuses que conectaban diariamente Cobá con Tulum o Playa del Carmen, viajar al sur era más difícil.

El mensaje de Enrico no me dejaba opciones.

Si quería saber lo que estaba ocurriendo necesitaba estar el domingo en Punta Allen.

Con Álex todo hubiera resultado más fácil, ahora llegar hasta allí parecía imposible.

Suspiré apesadumbrado, pensar en ella me robaba las energías.

Me forcé a sacarla de mi cabeza nuevamente.

Saqué el teléfono y volví a releer el texto.

«Ey, bro! Tenemos que hablar. Tienes que olvidarte de los huesos y salir pitando de aquí. No es una broma, primo. La cosa está fea. Nos vemos el domingo en la tarde en Punta Allen. No me llames y apaga el celular».

Si bien el tono era el de Enrico, el hecho de que no hubiera dado

señales de vida en todos aquellos días me hacía desconfiar.

¿Por qué no me había llamado? ¿Por qué había desaparecido de repente y ahora me escribía?

La alegría que había seguido a sus palabras al constatar por su mensaje que estaba vivito y coleando se había ido transformando con el paso de las horas en una sombra densa y oscura. Me carcomía la duda, ya no sabía en quién podía confiar. ¿Y si no era él quien había mandado el mensaje?

¿Y si era una trampa del Chancho Moreno? Tal vez habían cogido su celular y me citaban para capturarme. Pero entonces, ¿por qué hacerlo en Punta Allen?

Recordé una teoría que decía que la explicación más sencilla solía ser la más plausible.

Seguramente estaba viendo fantasmas donde no los había.

No entendía a qué venía el silencio de mi primo, pero a buen seguro tenía sus motivos.

No imaginaba a Enrico ayudando al Chancho Moreno a capturarme, más bien parecía que quería prevenirme y por eso me citaba en un lugar seguro.

En cualquier caso, pronto saldría de dudas.

Antes necesitaba llegar a Felipe Carrillo Puerto y desde allí encontrar la manera de adentrarme en la reserva.

¡Maldije mi mala suerte! Tal vez me había precipitado al romper aquel contrato con Alejandra.

Tanteé todas mis posibilidades. Había preguntado en el tenderete y confirmado que no había ningún autobús aquel día que pudiera coger para llegar a mi destino desde allí.

Mi única opción era hacer autostop y rezar para que alguien me llevara hasta la ciudad.

Una vez allí me apostaría en la puerta de alguna agencia de las que ofrecía alquiler de 4x4 y excursiones a Sian Ka’an y esperaría a que apareciera algún turista incauto al que ofrecer mis servicios de guía a un precio de saldo que no pudiera rechazar.

Con las ideas más claras y un nuevo plan me puse en marcha. Aún me pesaban los pies y sentía como un ancla me fondeaba por dentro.

Alejandra se había difuminado y ya no conseguía verla con nitidez.

Era una sensación desagradable, me había vuelto impersonal e incapaz de sentir absolutamente nada.

Era como si el dolor me hubiera anestesiado.

Había vuelto a levantar los muros, pero esta vez los había reforzado a conciencia excavando una trinchera para refugiarme del hielo de aquel invierno que me congelaba por dentro.

Esta vez nadie conseguiría llegar hasta mí, mis defensas eran infranqueables.

Esperé sentado en el suelo bajo la techumbre de palma viendo llover con la mente aletargada hasta que pasó la tormenta.

Había escampado y el sol volvía a apretar. Seguramente, antes de encontrar a alguien que me llevara mi ropa ya se habría secado.

Enfilé el sendero que me llevaba hasta la carretera dejando el poblado atrás.

Tenía que llegar hasta la carretera comarcal y una vez allí ubicarme en la intersección en un lugar visible con el pulgar en alto.

El camino estaba lleno de barro y los coches que abandonaban las ruinas a aquellas horas de la tarde me salpicaban en los charcos.

Caminaba a paso rápido y en poco más de media hora llegué al lugar adecuado.

Me armé de paciencia y adecenté lo más que pude mis pintas.

Sabía que la apariencia que diera sería primordial para encontrar un buen samaritano que decidiera compartir su coche conmigo.

También sabía que la mayoría de las personas que visitaban Cobá irían de vuelta a sus hoteles en la dirección contraria.

Al cabo de media hora, una hilera interminable de vehículos que aguantaban estoicos la caravana de salida de las ruinas habían pasado por mi lado sin percatarse siquiera de mi presencia. Parecía ser invisible. Empezaba a desesperarme, la cosa no pintaba nada bien.

Mi mirada se perdió a lo lejos buscando algún indicio que me indicara quién podía llevarme. Fue entonces cuando la vi. El coche amarillo la delataba de lejos.

En un movimiento reflejo me aparté del cruce y bajé el dedo. No quería que Alejandra me viera haciendo autostop, por algún motivo me daba vergüenza aparecer ante sus ojos como un pobre desgraciado.

Cabizbajo, me acerqué hasta la parada de autobús que estaba solo a unos metros y me senté dentro con la esperanza de que ella no me viera.

«¿O tal vez lo que esperaba era precisamente lo contrario?

». Me debatía entre ocultarme o salir del refugio que me daba la marquesina para dejarme ver.

El latido de mi corazón me ensordecía y me martilleaba las sienes.

En el último momento, cuando el Hyundai Atos amarillo estaba casi a mi altura me levanté de un salto y me coloqué de pie junto al poste donde estaban colocados los horarios.

No pude evitar mirar hacia el coche cuando estuvo a mi altura. Necesitaba verla una última vez. A ella, a la mujer que me había robado la fe. Era la misma a la que amaba, también la que nunca volvería a yacer entre mis brazos.

Contuve el aliento cuando el coche se detuvo y el cristal de la ventanilla se abrió para dejar a la vista aquella sonrisa que me desarmaba.

«¿Cómo podía estar tan guapa?».

En una maniobra que obligó al conductor de atrás a esquivarla, Alejandra colocó el coche en un lateral frente a la parada. El pitido ensordecedor de los coches que la seguían, a los que obstaculizaba parcialmente el paso, acompañado de toda clase de improperios no se hizo esperar.

Sonreí al verla sacar el dedo por la ventanilla en aquel gesto tan suyo y que adoraba en secreto.

—Voy a Felipe Carrillo Puerto —dijo con una voz sonora, alta y clara, tan segura y seca que me cogió por sorpresa e hizo que me temblaran las piernas—. ¿Quieres que te lleve?

En ese momento tuve la total seguridad de que solamente ella podía hacer que el mundo volviera a girar.