Donde nace el cielo Capítulo 41. #3
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Capítulo 41. #3

—¡Estupendo, Álex! Segundo plantón en una semana. Al menos este no ha esperado al día de la boda para mandarte a la mierda —me dije en voz alta para castigarme.

Me pesaba tanto el cuerpo que no podía moverme, ni pensar, solo deseaba llorar hasta quedarme seca.

Las lágrimas se desbordaban en mi pecho y me las tragué como pude mientras ocultaba mi cara entre las manos. Lo que menos deseaba en aquel momento era dar el espectáculo y ponerme a lloriquear en un lugar lleno de gente, pero no podía hacer nada por evitarlo.

Oriol me había dejado. El mundo se caía a trozos y nada podía resguardarme de aquel frío que me calaba hasta los huesos.

No solo la confianza se había hecho trizas, mi corazón también estaba roto en pedazos.

¿De verdad había significado tan poco para él como para no darme una segunda oportunidad?

¿Cómo podía sacarme de su vida en un segundo sin pararse siquiera a mirar atrás?

¡Si ni siquiera estaba casada! ¡Tampoco era para tanto!

¡El pasado, pasado estaba! ¡No era verdad que le hubiera mentido!

Él no había preguntado… «¿Acaso si lo hubiera hecho le habría contado la verdad? »

Ya nada importaba. Acababa de perder al amor de mi vida.

Porque sí, estaba enamorada de Oriol. Aquel dolor insoportable que me partía el alma en dos no podía ser otra cosa que amor. Le quería, hubiera sido capaz de cualquier cosa por él. Y ahora que por fin ponía en palabras toda aquella vorágine de sentimientos él ya no estaba a mi lado.

Al final el universo me negaba la felicidad. El muy cabrón me robaba el caramelo que me había puesto en la boca. ¿Para qué me regalaba la pieza que ordenaba el puzle de mi vida si pensaba arrebatármela antes de que pudiera montarlo?

Nuestra historia había llegado a su fin antes incluso de comenzar.

No hay peor final que el que termina dejándote con las ganas. Sentía el corazón inflamado y delirante, la dicha de hacía solo unos minutos se me escurría ahora como el agua entre los dedos. No era justo. La vida volvía a perder su sentido.

—¡Maldito universo! —grité llorando a mares, la compuerta de la presa que sostenía mis emociones se había abierto y las lágrimas salían a borbotones. Ya no me importaba que las personas que pasaban a mi vera se giraran a mirarme—. Si Oriol no era para mí, ¿por qué narices lo pusiste en mi camino?

Su respuesta no se hizo esperar. El cielo se encendió en un relámpago y un trueno atronador sonó pocos segundos después.

Todo el mundo salió corriendo en estampida buscando un lugar para refugiarse. Yo no me moví del sitio.

La lluvia comenzó a caer liviana, en poco más de un minuto caía como si la tiraran a jarros desde arriba. No tardé en estar empapada por la tromba de agua que descargaba sin tregua. Las gotas de lluvia se mezclaban con mis lágrimas.

Levanté la cabeza y cerré los ojos.

Cuando los abrí, la tela impermeable de un paraguas me tapaba el cielo.

—¿Sabes cuánto tiempo tardé en conquistar a Antonia? —dijo Paco sentándose a mi lado con el paraguas desplegado sobre nosotros.

Negué con la cabeza sin poder parar de llorar y él continuó hablando.

—¡Tardé tres meses! ¡Tres meses en conseguir que me diera un sí y poder llevarla del brazo a pasear por la alameda los domingos! Pero yo nunca me rendí. ¿Sabes por qué, muchachita?

Paco me enjugaba con ternura las lágrimas con su pañuelo y yo me refugié en su hombro. Sollozaba como una niña y él pasó su brazo sobre mis hombros. No era capaz de articular ni una palabra, así que volví a negar con la cabeza.

—No me rendí porque a pesar de todas sus negativas estaba seguro de que Antonia era la mujer de mi vida —dijo él curvando sus labios en una sonrisa.

—¿Y lo era? —pregunté señalando con la barbilla a la mujer que desde lejos nos observaba a través del cristal de la cafetería.

—Lo era, lo es y lo será siempre.

—¡Parece imposible! —dije riendo entre las lágrimas—. Es insufrible. La risotada de Paco hizo que todo recobrara un poco de luz.

Sus palabras terminaron de iluminarme como un candil en la oscuridad. A veces necesitas que alguien alumbre el camino para poder verlo.

—¡Ay, niña! Lo que es para ti siempre te encuentra, no importa cuántas trabas le ponga la vida. El universo siempre tiene un plan, tú solo confía.

Sus palabras me golpearon como una bofetada. ¿Dónde había oído ya eso? ¡No podía ser casualidad! Paco tenía razón. No podía rendirme. Al menos no sin luchar primero.

Suspiré y me recompuse.

Paco me ayudó a levantarme, le tendí la mano con cariño. Me sacudí el agua de la ropa y le besé en la cara. Él sonrió con aquella sonrisa de granuja que dejaba traslucir la vida de otros tiempos.

—¡Gracias! —grité dándome la vuelta y diciéndole adiós con un ademán de la mano mientras corría en dirección al aparcamiento donde me esperaba aparcado el coche.

¡A la mierda el universo! Trazaría mi propio plan, no pensaba dejar que nada me arrebatara el tiempo que me quedaba de historia. En mi corazón había nacido la certeza de que Oriol y yo estábamos destinados a estar juntos.

—Puede que solo seamos tiempo —dije muy bajito cuando entré empapada en el Atos amarillo—, pero somos.