Capítulo 41. #2
Si hubiera sido sincera desde el principio todo aquello no estaría pasando.
Lo estaba perdiendo y nadie más que yo tenía la culpa. No sabía qué podía hacer para arreglar las cosas.
—¡Todo es un malentendido, Oriol! —acerté a decir al observar que se marchaba.
Sujeté su brazo para retenerle y él se zafó de mi presión con un gesto brusco que me hizo sentir todo su rechazo.
Se palpaba la agresividad en la tensión de su cuerpo, nunca me hubiera imaginado que pudiera perder el control así. Él, siempre tan tranquilo, parecía sacudido por un terremoto.
—¡Pues si todo es un malentendido, entonces explícate, Álex! ¿Me has visto cara de idiota? Ahora todo empieza a cuadrar, por eso te alojabas en una suite nupcial en el hotel.
Me había agarrado del brazo y me hacía daño con la presión de sus dedos.
Creo que se estaba conteniendo para no zarandearme.
Yo me sentía acorralada y por un momento tuve miedo.
Debió verlo en mis ojos porque me soltó de golpe y se pasó las manos por el pelo mientras resoplaba para tratar de tranquilizarse.
—Bueno, vamos a ver… ¿Qué cojones está diciendo esta mujer?
¿Estabas en el hotel de luna de miel?
—Sí y no… —reconocí completamente bloqueada.
En mi cabeza solo sonaba una sirena de incendios que, con ruido estridente y una luz naranja que daba vueltas, tenía ocupadas a todas mis neuronas corriendo como locas de un lado a otro y me impedía pensar.
—¡Esto es increíble! Joder, Álex… ¡No me lo puedo creer! —Oriol había pateado el suelo con saña y se tapaba la cara con las manos—. Contéstame una pregunta, es muy sencilla y más te vale que me contestes con un sí o un no. ¿Estás casada?
—¡Noooo, claro que no! —grité indignada.
Solo el hecho de que pudiera hacerme esa pregunta me dolía profundamente.
—No estoy casada, Oriol, y nunca lo he estado —dije abatida al borde de las lágrimas.
—¡Pues entonces ahora sí que no entiendo nada! —dijo Antonia en su papel de entrometida.
Se había quedado como espectadora y no se había perdido detalle de la conversación.
—¡Usted no se meta! —gritamos los dos a dúo.
Y esta vez Paco intervino con la suficiente mano dura como para librarnos de ella y dejar que discutiéramos en privado. Se alejaron con sigilo y agradecí que nos quedáramos solos al fin.
Oriol me mantenía la mirada. Sus ojos oscuros brillaban de rabia y me resquebrajaban como si me estuvieran golpeando.
—¿Y si no estás casada cómo es posible que estuvieras de luna de miel? —volvió Oriol a la carga una vez que Antonia y Paco se hubieron marchado.
Me estaba sometiendo al tercer grado y no iba dejar que nada lo distrajera de su interrogatorio.
—El viaje estaba previsto de antemano y yo aproveche los billetes.
¡Tenía que haberme casado, pero al final no hubo boda! —claudiqué.
Oriol me miraba estupefacto, con los ojos muy abiertos y expresión de incredulidad.
—Anulasteis la boda antes del enlace… —se aventuró en forma de
afirmación.
—Más o menos —dije yo—. Basta con decir que no hubo boda, no quiero entrar en detalles.
—¿No quieres entrar en detalles? ¡Estabas a punto de casarte con otro y no me lo habías contado! ¿Qué hay de lo de ser sinceros? ¡Confiaba en ti, Álex! ¡Esto es increíble!
—¿Qué quieres que te diga?
—¡La verdad, Álex!
—Yo en ningún momento te he mentido, Oriol, omitir no es lo mismo que mentir.
—¡Una mierda! Vamos a ver Álex, entonces, ¿le dejaste?
Bajé la mirada y respiré profundo. Esa era precisamente la pregunta que no quería contestar. Él seguía mirándome esperando la respuesta, se le notaba la ansiedad en la mirada.
Al fin conseguí reunir el valor suficiente para negar con la cabeza.
—¡Joder! ¡Entonces te dejó él! —bufaba agobiado y en su mirada se mezclaba el rechazo y la lástima al mirarme—. No irás a decirme que te dejó plantada en el altar, ¿verdad? —preguntó con un hilo de voz.
—¡Me plantó en el altar, el día de la boda y delante de una iglesia abarrotada!
¡El muy cobarde no apareció! —conseguí escupir las palabras con rabia, notaba el sabor a hiel en la garganta—.
¿Quieres más detalles o te sirve con eso, Oriol?
¿Qué querías que hiciera? ¿Qué hubieras pensado de mí si te lo hubiera contado?
—¡Así que entonces lo que soy es el polvo de despecho! ¡Estupendo! ¡Cojonudo, Álex! ¿Venías a buscar a la Riviera un poco de sexo a la mexicana para joder a tu ex y por eso te liaste conmigo? —su tono había pasado a ser ofensivo y sus palabras me hacían daño.
Él nunca había sido para mí solo un polvo, bueno, puede que al principio, ¡pero ya no era solo un polvo!
—¿Y lo del reportaje? ¿También te lo has inventado? ¿Estás de tour turístico haciéndome creer que eres periodista? ¡Porque ya era lo que me faltaba!
—Eso es verdad. Soy periodista y necesito hacer el reportaje —respondí airada
—¿Y por qué debería creerte? ¡Vete tú a saber!
—¡Te estoy diciendo la verdad, Oriol!
—Ya no te creo, Álex, no confío en ti. —Su gesto se había vuelto inescrutable y mis peores temores se hicieron realidad—.
¡Toma! —dijo tendiéndome la llave del coche.
Luego sacó el papel del contrato que habíamos firmado en Cancún y lo hizo pedazos—.
Puedes seguir sola, ya no hay contrato. ¡No quiero volver a verte nunca más!
—¡Oriol…! —grité desesperada cuando me dio la espalda y emprendió la marcha a grandes zancadas.
Sabía que si recurría a hablar de lo que sentía le perdería para siempre, así que ataqué con las cartas que sabía podían servirme para retenerlo a mi lado.
—¿A dónde te crees que vas? ¡Tenemos un trato, no puedes romperlo! Se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos con expresión desencajada para quedarse frente a mí, me miraba con los ojos llenos de ira, manteniendo su boca a pocos centímetros de mi boca.
—¿Eso es lo único que te importa?
Respiré profundo. Me moría por besarle, pero su actitud me había hecho daño y no pensaba rebajarme a demostrarle cuanto me importaba.
—No puedes dejarme tirada —balbuceé sin dejar de mirarle a los ojos. El corazón me dolía en el pecho. No, no podía perderle. Necesitaba ganar tiempo para volver a formar parte del círculo que por mi culpa se había roto.
—Necesito un guía y tú me necesitas para llegar a Punta Allen y resolver tus problemas.
—¡Puedes buscarte otro guía! Yo no te necesito para nada. Ya te he dicho que no quiero verte nunca más, Álex. No quiero mentiras en mi vida, tengo el cupo lleno.
—¿Y cómo piensas moverte? ¿Andando? —dije haciendo uso de mi posición de poder. Sabía que le estaba tocando las pelotas, pero no me quedaba más remedio.
—Hasta donde sé, eres solo un pobre muerto de hambre. No tienes coche, ni dinero, ni nadie que pueda ayudarte… Piénsalo bien, Oriol…
¡Tú me necesitas más que yo a ti!
—¡Vete a la mierda! —dijo tirándome las llaves y haciéndome una peineta muy a mi estilo antes de marcharse y dejarme con un palmo de narices allí plantada.
—¡Oriol! ¡No seas imbécil! ¡Esto es una tontería! —acerté a gritar con voz quebrada.
Sabía que no se daría la vuelta.
Había visto en sus ojos que su determinación de marcharse era
firme, así que ni siquiera traté de detenerlo.
Estaba tan dolida que no me sentía capaz de seguirle. Tendría que haber corrido tras él, pero no lo hice. Dejé que se fuera y me senté abatida sobre el suelo.