Capítulo 41.
Cuando se rompe el círculo
—¡Chiquilla! —una voz conocida me había sacado de mi ensimismamiento.
Me pareció reconocer a Antonia debajo de aquel sombrero de paja de ala ancha y no tuve dudas de que se trataba de ella al verla venir hacia mí arrastrando la cojera que no la impedía acercarse a nosotros como si de un galgo de carreras se tratara.
Paco la seguía por detrás con la lengua afuera. Me saludó con un ademán de la mano cuando llegaron a nuestra altura con gesto resignado. Se había encogido de hombros mientras Antonia, con su voz chillona, disparaba palabras sin dejar espacio para que nadie más que ella pudiera hablar.
—¡No me lo puedo creer! Pero ¿tú que haces aquí? ¡Estaba preocupada por ti! No habíamos vuelto a verte en el hotel —preguntó visiblemente encantada con el encuentro.
Oriol me miró con la ceja levantada. Desde que había recibido aquel mensaje estaba más callado de la cuenta. Se había limitado a guardar el teléfono y darme la mano como si nada. Yo, a pesar de que me carcomía la curiosidad, no había querido preguntar.
¡Era del todo imprevisible encontrarme con Antonia y Paco en Cobá! Traté de balbucear una explicación para zafarme de ellos con cortesía, pero Antonia no estaba dispuesta a dejarme marchar.
—Pero, bueno… ¡Así que este es tu marido! ¡Mira que dejarme a la criaturita sola en el viaje de novios! ¡Abrase visto cosa igual!
Antonia se había dirigido a Oriol, menaba la cabeza de lado a lado contrariada. Parecía una madre regañando a su retoño.
Él, con los ojos entornados, nos miraba a una y otra alternativamente con expresión severa sin comprender nada. Aguantaba el rapapolvo con la boca apretada. En su cara se dibujaba un interrogante.
Al escucharla el mundo se me vino encima y en mi cabeza dos palabras tomaron forma palpitando fosforitas como el neón de un club de alterne en una carretera secundaria: «¡TIERRA, TRÁGAME!», decían burlonas las letras.
Sonreí con expresión de circunstancias para tranquilizarlo tratando de hacerle comprender que más tarde habría tiempo para explicaciones. Me fulminó con la mirada.
Lo noté inquieto, con una expresión sombría en su rostro, y el azoramiento volvió a apoderarse de mí.
El encuentro había sido cuanto menos inoportuno.
Ahora tendría que inventarme una historia para justificarme.
Por nada del mundo podía contarle a Oriol que Jaime me había dejado plantada en el altar y que yo como vendetta había cogido un avión a la Riviera para beneficiarme de una luna de miel con todos los gastos pagados.
¡Sonaba tan patético que me daba vergüenza!
Bajé la mirada. La Alejandra que estaba ahora en Cobá en nada se parecía ya a aquella que había dejado en Sevilla hacía solo unos pocos días.
Antonia mientras tanto seguía con su perorata interminable sin medirse en las palabras y haciendo gala de una indiscreción asombrosa.
Paco, que parecía haberse dado cuenta de que Oriol no era ni mucho menos mi marido, intentaba sin éxito que su mujer dejara el tema.
—¡Mira, niña, guapo será un rato, pero hay cosas que una no puede perdonar como si nada! —Me había cogido por el brazo y había pasado a aleccionarme—. Tienes que hacerte valer. Si no te trata bien ¡puerta!, que hay muchos peces en el mar.
—Y tú —añadió dirigiéndose a Oriol con el dedo índice en posición acusatoria—, si no cuidas a esta mujercita como se merece, un día te vas a encontrar con que otro ha sabido ganársela y te la ha robado.
Más de uno estaría deseando hincarle el diente.
Así que ponte las pilas, guapito de cara, y déjate de tanto trabajo, que la vida hay que disfrutarla. ¡Trabajar para vivir y no al contrario!
Paco había tirado del bolso de Antonia en un intento por llamar su atención, pero ella no parecía darse cuenta de la metedura de pata.
—Pero, mujer, déjate de pamplinas, deja a los jóvenes que hagan las cosas a su manera. ¡Antoñita, cállate, mujer, que te estás metiendo en camisa de once varas! —la avisó sin éxito.
Ella le miró con la cara desencajada y repuso airada:
—Ay, ¡qué pesado eres, Paco! ¡Verdades como puños son lo que necesitan los jóvenes! ¡Yo diré lo que me dé la gana, que para eso la virgen santísima me ha dado boca! ¡Así que no te metas, que alguien tiene que cantarle las cuarenta a este chiquillo para que se entere de lo que tiene y lo valore!
Después volvió a dirigirse a Oriol que la escuchaba cabizbajo, se había quedado pensativo, seguramente intentando procesar toda la información que estaba recibiendo de aquella extraña.
—Juventud solo hay una, niño, en unos pocos años te arrepentirás de todo el tiempo malgastado trabajando.
¡Dímelo a mí! Que después de toda la vida luchando y criando hijos lo único que me queda son un montón de arrugas.
¡Menos mal que tengo a mi Paquito! No hay nada más importante que tener un buen compañero de viaje cuando uno se hace viejo.
Hay que saber elegir. ¡Y esta niña es un primor, así que me la cuidas como se merece!
Oriol me miró furibundo y cerré los ojos al verle exhalar como un toro antes de embestir. Me había soltado la mano bruscamente y levantó la voz para detener la retahíla de Antonia en seco.
—No me cabe duda de que Alejandra es un encanto, un primor y todo lo que usted quiera, pero yo debo de ser imbécil porque resulta que no soy su marido. De hecho, me estoy enterando ahora de que tiene uno
—había desviado la mirada hacia mí y su dureza hizo que me temblaran las piernas. Todo su cuerpo se había contraído.
La pregunta me cogió de sopetón.
—¿Estás casada y no me lo habías dicho?
¡Boom! La bomba acababa de explotar. El círculo acababa de romperse.
La confianza que tanto me había costado ganar se había resquebrajado en mil pedazos como un jarrón que cae al suelo desde un pedestal.
Los trozos se habían incrustado en mi piel que sangraba con las heridas.
Tendría que rescatarlos más tarde para tratar de recomponer lo roto, pero era plenamente consciente de que aquel jarrón inmaculado, brillante y precioso nunca más volvería a ser el mismo.
Agobiada, sin saber qué decir, me pasé las manos por el pelo en un gesto que me dejaba en evidencia y me hacía parecer más culpable de lo que era.
Pude ver en la mirada de Oriol como el peso del mundo caía sobre sus hombros.
—Joder, Álex… ¡No me jodas! Contéstame, por favor.
Antonia se había quedado perpleja y había hecho mutis por el forro. Ella y Paco me miraban con el semblante más blanco que una pared recién encalada.
—¿Y bien…? —insistió ansioso.
Oriol había dejado caer la pregunta en tono acusatorio, se notaba que la duda empezaba a carcomerle.
No estaba dispuesto a dejarme salir de rositas de aquel embrollo.
Su actitud había cambiado y su mirada me atravesaba como un cuchillo desde el pecho hasta la espalda, notaba el dolor dibujado en sus ojos.
Tenía que inventar algo y tenía que hacerlo rápido. La intervención de Antonia me dio un poco de tiempo.
—¡Vamos a ver, chiquillo, pero ¿qué tontería es esa que estás diciendo? ¡Si yo misma acabo de veros paseando de la mano como dos tortolitos! Álex me dijo que habías tenido que posponer la luna de miel por trabajo y por eso viajaba sola.
Paco le pegó un codazo y le siseo muy bajito:
—¡Cállate, mujer! ¿No ves que la estás liando parda?
Oriol respiraba como si estuviera de parto. Yo me sentía incapaz de articular palabra.
—Álex… —insistió suplicante—. ¿Puedes explicarme a qué viene esto? ¿Estás casada? —la voz de Oriol sonaba imperativa y el nudo en la garganta empezó a estrangularme.
El calor empezó a subirme por los pies, en una mezcla de rabia y vergüenza. Sabía que la única culpable de la situación era yo, por dar alas a todas aquellas mentiras que había inventado, pero necesitaba encontrar un culpable para evadir la responsabilidad.
Inhalé con fuerza y tragué saliva, antes tuve que bajar la mirada para huir de los ojos oscuros que me acuchillaban con sus pupilas clavadas en las mías.
En lugar de dirigirme a Oriol me ensañé con Antonia.
¡Con su indiscreción, la muy cotilla había conseguido echar por tierra todos mis esfuerzos para que Oriol confiara en mí! Tal vez si la espantaba antes de que fastidiara más las cosas y conseguía que cerrara la bocaza, pudiera dejarlo todo como estaba.
—¡No estoy casada, Antonia! Me lo inventé en el hotel para poder estar sola y que me dejaras en paz —confesé sin tapujos.
Estaba tan enfadada que no me importaba herirla. Antonia abrió tanto la boca que se le veía la campanilla.
Cualquier otra persona en su sano juicio se hubiera ofendido y hubiera dado media vuelta, pero ella no era cualquier persona. No estaba dispuesta a darse por vencida y en lugar de dejar el tema volvió a la carga en tono de recriminación haciendo con sus palabras que la duda se acrecentara en Oriol.
—Pero ¿y la felicitación por el casorio en el avión? ¿Y la reserva a nombre de tu marido en el hotel? Le dijiste a la recepcionista que él llegaría más tarde. ¡Yo te escuché perfectamente! ¡Chiquilla, explícate, si este no es tu marido, yo no entiendo nada! ¿Quién es este maromo, entonces?
¿Tu amante? —La cara de Oriol había pasado del rosa al blanco, luego al rojo y ahora al azul, miraba a Antonia como si fuera una extraterrestre y a mí como si no me conociera de nada—.
Vamos a ver… Que yo no te juzgo, si es tu amante tienes buen gusto, y tu marido se merece que le engañes por dejarte sola, pero yo que sé, chiquilla…
Hay maneras y maneras de hacer las cosas…
—Antonia no pensaba callarse y a cada palabra empeoraba más las cosas.
—¡Vamos a ver, Antonia! ¿No le he dicho ya que no estoy casada?
¡Que no tengo marido, leñe!
Mis palabras decían una cosa, pero mi expresión de espanto y mis ganas de llorar hacían evidente que estaba ocultando algo.
—¡Mierda, Álex! ¡Menuda cagada! —la voz de Oriol me sonó como si fuera la de otra persona, se leía en ella la decepción y el abatimiento y sentí un profundo remordimiento dentro al ver el desprecio en su mirada.