Capítulo 40. #3
Ni siquiera me había planteado leerlas. La privacidad de mis padres era sagrada para mí. Lo que contenían aquellas cartas se iría con ellos a la tumba.
—¿Y no tienes curiosidad por saber qué decían? Seguramente si las lees puedas conocer más detalles acerca de su historia. Tal vez contengan alguna otra pista.
—Las cartas son privadas y eran para mi madre, no para mí. No soy quién para entrometerme en su intimidad, creo que no voy a leerlas. ¿Tú lo harías?
—¡Sin dudarlo! —la escuché decir con sorpresa—. Eran para tu madre, pero ella ya no está. Si fuera lo único de ella que tengo para averiguar qué pasó y que hizo que mi padre se marchara sin saber de mi existencia no dudaría en abrirlas y leerlas.
—Hay algo que va más allá de la curiosidad, Álex.
Es la confianza. Cuando se rompe ya nada puede restablecerla.
Hay acciones que no tienen marcha atrás.
Puedes pegar todos los pedazos de la confianza rota, pero nunca vuelve a ser lo mismo.
Es algo que he aprendido a lo largo de mi vida.
Al final todas las personas que me importaban me mintieron de una u otra forma, tendrían sus motivos, pero eso no las justifica.
Esas cartas son privadas, si las leo, estaría faltando a mis principios y vulnerando la confianza de mi padre cuando las escribió.
Eran para Marita, solo ella debería leerlas.
—Puede que tengas razón. Aunque creo que hay motivos que justifican las mentiras. Tal vez si leyeras las cartas de tu padre podrías entender mejor por qué tu madre hizo lo que hizo. No todo en la vida es blanco o negro, existen grises degradados en medio, Oriol.
—¡Las mentiras son mentiras, no importa el color del que las pintes!
—Me habían molestado sus palabras. Teníamos claras desavenencias sobre el asunto.
Álex parecía disgustada por el tono que estaba tomando la conversación y por nada del mundo quería que volviéramos a distanciarnos, así que cambié de tema. El inesperado hallazgo en el medallón era motivo más que suficiente para mantener un estado de ánimo alto.
—Sea como sea, no creo que las cartas puedan contribuir en nada a desvelar este misterio.
¡Qué suerte que los monos intentaran robarte el amuleto, señorita!
Ahora tenemos una nueva pista. ¿Qué te parece si nos ponemos en marcha?
Yo voto por coger el coche y avanzar hacia Sian Ka’an.
Podemos hacer noche en Felipe Carrillo Puerto y mañana adentrarnos en la reserva.
—Suena bien, me muero por dormir en una cama mullida y cómoda.
—A mí se me ocurren otras cosas que hacer en una cama mullida y cómoda, princesa.
—¿Alguna vez te han dicho que eres insaciable?
—¿Y a ti que tus gemidos son adictivos?
—Pues esta vez para escuchar mis gemidos vas a tener que currártelo, guapito de cara. ¿Qué tal una cita en condiciones?
—Puedo invitarte a cenar en un sitio romántico. Y después llevarte a bailar.
—No sé bailar.
—Yo tampoco —reconocí. Su risa sonó cómo música para mis oídos—, pero dicen que se parece a follar.
—Creo que entonces podemos saltarnos el baile.
—Me parece perfecto. Entonces cenamos y después follamos.
—Y dormimos. Esta noche dormimos. Estoy agotada.
—¡Tenemos un trato, preciosa! —dije tendiéndole la mano.
—Es un placer hacer tratos contigo. —Álex me la había estrechado y se había pegado a mí con descaro.
—Créeme, el placer es mío.
Me gustaba el roce. Nuestros cuerpos se contoneaban acaramelados jugando a provocarnos. Álex acercó su boca a la mía y se apartó de repente. Mi erección no se hizo esperar. Si seguíamos con aquel tono jocoso íbamos a terminar nuevamente enredados piel con piel sobre la hierba.
—No estoy seguro de que vayamos a llegar al hotel —dije con voz ronca.
—He dicho que quiero una cita, no que tenga que ser antes de… Álex sabía cómo ponerme a mil y no tardé en buscar su cuerpo.
Estaba ya deslizando sus braguitas por debajo del vestido cuando algo me detuvo en seco.
—Creo que tienes un mensaje —dijo ella con la respiración espesa y los ojos brillantes al escuchar el ruidito de la notificación.
—Y yo creo que sea lo que sea puede esperar. Aunque es raro, nadie me escribe normalmente…
—Deberías mirarlo, puede que sea importante. —Álex había notado que mi «ánimo» había decaído. Me había desconcentrado y mi excitación había cedido de golpe.
Maldije y me recoloqué el paquete en su lugar dentro del pantalón.
—Puede que tengas razón. Pero prepárate para después de la cena, señorita. Hoy vas a ser mi postre y pienso rebañarte a lametazos entera hasta que me duela la lengua.
—Te tomo la palabra —dijo zafándose con una risita nerviosa—, pero ahora, Romeo, deberíamos movernos. Ya puedes mirar tu mensaje
—sugirió adivinándome las ganas mientras se adelantaba para darme privacidad y volver a incorporarse al camino de tierra que nos llevaba a la parte frecuentada de las ruinas.
Cuando saqué el teléfono del bolsillo casi no podía creerlo. En la pantalla el sobre que indicaba que había recibido un mensaje parpadeaba impaciente, el nombre sobre el dibujito me hizo dar un respingo: era de Enrico.