Capítulo 40. #2
La construcción no aparecía en el mapa, seguramente dado su penoso estado de conservación y el hecho de que se encontraba alejado del resto de ruinas y en los confines del parque arqueológico no lo habían considerado interesante para los turistas.
Varias columnas estaban tumbadas sobre el suelo y partidas en pedazos, la piedra estaba invadida por las enredaderas que como serpientes hambrientas se enrollaban alrededor y la engullían. Solo una de las partes laterales del templo se mantenía en pie.
Rodeamos las ruinas, no sabíamos muy bien qué era lo que estábamos buscando. Era una construcción de líneas sencillas, una columnata techada y cerrada por muros solo en un pequeño perímetro, el resto debía haber sido un patio o galería, la edificación se encontraba en pésimas condiciones.
La algarabía ruidosa de los primates nos hizo entender pronto por qué aquel lugar hacía las delicias del pequeño. Gran parte de su encanto residía en los monos, el resto era dado por la ausencia de turistas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Álex, encogiéndose de hombros, después de un buen rato inspeccionando el terreno.
Me senté sobre uno de los restos de columna que yacía horizontal sobre el suelo y eché un nuevo vistazo alrededor.
—Ni idea… —reconocí.
Allí no había nada reseñable. Ni relieves, ni tallas de animales, ni referencia mitológica alguna… ¿Nos habríamos equivocado de lugar?
Ella se sentó a mi lado y los dos nos quedamos en silencio. Los monos seguían con su jolgorio ajenos a nosotros, algunos se habían acercado y nos observaban curiosos a una distancia prudencial.
—¿Me dejas ver el medallón? —la escuché decir.
—¡Claro! —Lo saqué de la mochila y se lo tendí—. ¿Se te ocurre alguna otra brillante idea? —pregunté con la esperanza de que ella pudiera alumbrar algo de luz sobre el enigma.
—No, la verdad es que no… —dijo colocando el medallón en alto para verlo desde lejos.
—Pues entonces voy a cambiar el agua al canario. ¡Me va a explotar la vejiga! —Necesitaba dar salida a mis necesidades fisiológicas y me alejé unos pasos para evacuar líquidos junto a unos arbustos.
El grito de Álex me sobresaltó en mitad de la operación.
Me volteé mojándome los pies y maldije entre dientes.
Un grupo de monos temerarios habían aprovechado que ella estaba sola para acorralarla y tratar de robarle el medallón que sostenía entre las manos.
Era algo normal, los primates hacían justicia a su fama de amigos de lo ajeno.
No tardé más de dos segundos en llegar a su lado, pero los muy canallas ya casi se lo habían arrebatado. Álex daba grititos y se protegía la cara con las manos, sin soltar la pieza.
Uno de los monos tiraba del medallón con saña mientras el resto de sus compañeros lo jaleaban, la pobre Álex estaba al borde de la llantina y me sentí un poco culpable por haberla dejado sola y no haber previsto que los animales pudieran acercarse.
La protegí con mi cuerpo y forcejeé con el animal para hacerme con el amuleto.
Lo agarré justo en el momento en que ella lo soltó y a manotazos conseguí espantar a la mayoría de primates que entre gritos histéricos y bufidos se dispersó.
Solo quedábamos en la lucha el mono, que terco tiraba de un lado del objeto circular, y yo.
El animal por fin cedió y se batió en retirada, pero en el tira y afloja el medallón terminó en el suelo. Había impactado contra la piedra de la columna que hacía las veces de asiento y con el golpe se rompió en dos partes.
—¿Estas bien? ¿Te han hecho daño? —pregunté preocupado, haciéndome cargo de Alejandra antes de recoger los pedazos.
Su cara estaba bañada en lágrimas y la vi ocultar el rostro entre las manos con vergüenza. El gesto me enterneció y levantando su cara por la barbilla le besé los labios suavemente, después hice lo mismo con cada gotita que resbalaba por sus mejillas.
La vi sonreír y me quedé más tranquilo.
—Me han asustado. Nunca los había tenido tan cerca, pensarás que soy una idiota… —dijo con la voz entrecortada por los nervios.
La abracé con la certeza de que por nada del mundo permitiría que nada la hiciera daño. Mi instinto de protección era tan fuerte que me sentía desconcertado por su intensidad.
—Creo que se ha roto… —añadió aún con el susto en el cuerpo al ver el medallón en el suelo.
—No importa —dije recogiendo los dos pedazos.
Los dos nos quedamos mirando los trozos. La sorpresa fue mayúscula al hacerlo. Álex y yo nos miramos boquiabiertos. ¡El medallón no estaba roto! Los monos nos habían descubierto de forma accidental que el amuleto se abría en dos partes.
Nuestro periplo hasta el templo no había sido en vano después de todo. Aun sin encontrar lo que estábamos buscando habíamos dado con una nueva pista.
Fue ella quien descubrió la inscripción. En la parte circular concéntrica que se había desprendido con el golpe, tallada con esmero por detrás podía leerse la siguiente frase:
«He aquí la llave. La puerta está en el agua, en el lugar donde nace el cielo».
—¡Lo sabía! —dije eufórico—. Sabía que el agua tenía algo que ver con todo esto. Creo que mi padre y yo nos parecíamos. Me pregunto qué diría si supiera que soy yo quien está tratando de encontrar Xibalba…
—Y por primera vez me pregunté cómo sería mi padre.
—Aún no has abierto sus cartas… —Álex había visto todo lo que contenía la mochila y señaló los sobres sin abrir.
—No eran para mí, eran para Marita —dije tajante.