Donde nace el cielo Capítulo 40.
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Capítulo 40.

Solo somos tiempo

—¿Alguna vez te has preguntado cuántos días has vivido realmente?

No me refiero al tiempo transcurrido desde el nacimiento hasta ahora mismo, sino a los instantes de vida real, esos momentos que vienen a tu cabeza como imágenes en cascada si cierras los ojos e intentas recordar quién eres.

—Álex me miró con las cejas enarcadas sin comprender aquella pregunta y yo meneé la cabeza quitándole importancia.

Volvíamos sobre nuestros pasos en busca del camino de tierra que nos llevara nuevamente a la zona humanizada.

Habíamos acordado tratar de localizar algo relacionado con la siguiente pista del medallón, pues en nuestro periplo por Cobá no habíamos encontrado ningún indicio que se relacionara con los monos del relieve.

Había algo que no terminaba de encajar. Debíamos averiguar qué era.

Caminábamos de la mano, despeinados y sonrientes, salíamos de entre la vegetación que nos había refugiado del mundo para dar rienda suelta a las necesidades de la carne.

En mi caso, aunque no quisiera reconocerlo, eran también las necesidades del alma, había encontrado en el sexo una forma de acercarme a Alejandra cuando no encontraba otra manera.

—¿Instantes de vida? Supongo que este es uno de esos momentos.

— La vi encogerse de hombros antes de continuar hablando y en sus labios afloró una sonrisa pícara—.

¡Creo que antes de morirme, cuando cierre los ojos, recordaré a un chico guapo, de pelo largo y de ojos vibrantes que me empujaba hacia la selva en unas ruinas mayas perdidas y me arrancaba la ropa para llevarme al éxtasis con un polvazo!

—reía divertida y yo me empapé de su risa.

Había detenido el tiempo nuevamente con un roce de sus labios sobre los míos y el corazón me dio un vuelco.

No podía huir de aquel sentimiento, cuando Álex estaba a solo unos centímetros todo se desvanecía alrededor y una bruma difusa nos dejaba suspendidos en el espacio vacío, solo estábamos los dos, no importaba nada más.

—¿Entonces solo viven realmente los amantes? ¿Eso somos nosotros? ¿Dos amantes que se rinden a las bajas pasiones de una historia que no puede ser y congelan el tiempo entre los dedos para fabricar instantes de vida?

—No sabía que además de buceador fueras poeta. ¡Eres toda una caja de sorpresas! —El sarcasmo me golpeó como una patada en el estómago. Álex podía pasar de ser una dulce princesita a convertirse en Mike Tyson en menos de lo que duraba el canto de un gallo. Me recompuse y

encajé el golpe.

Por su sonrisa supe que, a pesar de sus palabras belicosas, le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación y me dejé llevar explotando mi lado más profundo. No solía compartir mis pensamientos con nadie, pero con ella me sentía libre de ser yo mismo.

—Donde la filosofía termina sin encontrar las palabras adecuadas

para alumbrar una explicación es donde nace la poesía —dije zalamero.

—Nosotros no somos amantes, Oriol —dijo ella con una expresión que me costó descifrar —¡Nosotros solo somos tiempo! Tú mismo lo has dicho —apostilló.

—Pero somos nosotros —lo decía muy serio, mirándola a los ojos. Porque sí, éramos tiempo. El tiempo que nos quedaba antes de que

Álex tuviera que regresar a España, pero sobre todo el tiempo que no existía cuando estábamos juntos, ese túnel que construíamos para huir de las propiedades físicas del mundo que nos rodeaba y que nos detenía en un espacio en blanco lleno de paz mientras un vórtice giraba alrededor a gran velocidad.

En aquel remanso propio donde el cuerpo se desmaterializaba, no tenían cabida nuestros fantasmas, solo coexistían nuestros sueños.

—A decir verdad, todos somos tiempo. Estamos hechos de pequeños instantes, de esos momentos que nos marcan de alguna manera para bien o para mal.

Nos conforman recuerdos puntuales donde la vida escapa de la inercia y traspasa los límites, es precisamente donde el tiempo se detiene donde reside la vida —añadí.

—No te equivoques, Oriol, la vida es esto —dijo acariciando el tronco de un árbol y pasando sus dedos sobre algunas flores que crecían encaramadas a su corteza—. La inercia forma parte de ella.

—¡Respirar no es lo mismo que vivir! —protesté—.

La vida es la intensidad, es sentir con el pecho en llamas ese latido que te para en seco como en una instantánea de una polaroid y te sacude por dentro.

Hay personas de vida longeva que no han vivido ni un solo minuto y personas que en unos pocos años atesoran una vida plena y llena a raudales de vivencias —había levantado la voz más de lo necesario y Álex me soltó de la mano y frunció el ceño.

La vida era la risa que se escapaba a carcajadas en un columpio hecho con un palo y dos cuerdas colgado en la rama más baja de una ceiba y empujado por tu madre, la felicidad el día de tu cumpleaños al soplar una vela sobre la tarta desastrosa que con tanto amor había hecho Marita, era el montón de papeles rotos en los que casi no distinguías por las lágrimas los versos que habías escrito para esa chica que se sentaba dos pupitres adelante en la escuela y para la que eras invisible, era el primer beso, era la sensación de plenitud al sumergirte en el agua turquesa y helada de un cenote, la emoción que se desbordaba en el pecho al descubrir un nuevo yacimiento de huesos y sobre todo, la vida era ella: Álex.

Sentirla mía, sentirme suyo, con la sangre corriendo a raudales por las venas, y el corazón latiendo con tanta fuerza dentro que me dolía el pecho.

Emborracharme con el sonido de su risa y desear atraparlo en una vieja cinta de casete para poder reproducirlo una y otra vez en los días grises.

Caminar por sus pupilas sin descanso sintiendo a cada paso que con ella siempre estaba en casa.

Notar que podía congelar el tiempo como se paran los segundos al apretar el botón de un cronómetro, y querer hacerlo.

Desear que el tiempo, nuestro tiempo, nunca terminara. Detener la inercia, respirar la vida.

—Solo somos tiempo —repetí—, pero contigo el tiempo toma un nuevo sentido —esto último lo dije en pensamientos, pero creo que ella pudo oírlo.

Me miró con aquellos ojos llenos de dulzura, relajó el gesto, me dio un beso suave en la mejilla y volvió a cogerme de la mano.

Regresamos al camino paseando y Cobá nos saludó repleto de gente.

Era el mismo lugar que habíamos dejado atrás un par de horas antes, pero ahora parecía otro sitio.

A pesar de la urgencia que me empujaba a querer continuar con el viaje, no quería perderme el momento y decidí rendirme al placer de pasear sin prisas.

El resto de la mañana transcurrió apacible. Álex y yo habíamos recuperado la complicidad y parecíamos haber encontrado al fin un nuevo punto en el que confluir. El alivio que sentía al verla brillar de nuevo me reconfortaba y había conseguido que me relajara.

Ella hablaba sin parar, tenía el don de mirarlo todo con aquellos ojos de niña, se emocionaba con el detalle más insignificante y veía la magia de las pequeñas cosas más allá de su apariencia superficial.

Yo me perdía sin remedio en sus palabras, meciéndome en su sonrisa y dejándome acunar por el eco de su voz.

Me deleitaba viéndola encuadrar con entusiasmo unas ruinas con el objetivo de la cámara, observar con la boca abierta a una familia de orugas sobre el tronco de un árbol o hacer anotaciones con aquella letra abigarrada y desordenada en su cuaderno color turquesa.

Habíamos recorrido ya prácticamente todo el complejo, pero no habíamos encontrado ninguna señal que nos llevara a dar con los monos del medallón cuando el universo volvió a girar y nos regaló la suerte.

—Papá, ¿podemos volver al templo de los monos otro día? —Álex y yo nos giramos a la par, como guiados por un resorte, al escuchar la voz del crío que pedaleando junto a su familia se alejaba por el camino en dirección contraria.

Muchas familias alquilaban bicicletas a la entrada de las ruinas para hacer la visita más rápido y no tener que caminar.

—¡Oye! ¡Espera! ¡Ey, pequeñooo!

Álex había salido corriendo detrás de las bicis como alma que lleva el diablo y cuando la familia se dio cuenta que el griterío que escuchaba detrás tenía por objetivo llamar su atención detuvo la marcha.

—Perdonad —la escuché decir exhausta por la carrera cuando llegué a su lado—. ¿Sabéis dónde está el templo de los monos? Lo estamos buscando y justo al pasar he oído que el niño lo mencionaba.

—¡Es mi favorito! ¡A los monos les encantan los manís y me han robado el bocadillo! —explicó el pequeño entre risas—. ¡Lo descubrí yo el año pasado! ¿A que sí, papá? —gritó el chiquillo orgulloso con una sonrisa de oreja a oreja.

Al parecer la familia era de la zona, lugareños que solían venir de picnic al parque y frecuentaban el enclave. ¡De no ser por ellos nunca lo hubiéramos encontrado!

Sus padres lo miraron sonrientes y el hombre tomó la palabra y nos explicó dónde estaba el templo.

Se trataba de un edificio semiderruido en las lindes del complejo.

Había que seguir por el camino durante cuatro kilómetros más y al llegar al final salirse del trazado en línea recta a través de la maleza.

Al parecer desconocían cuál era su nombre real, lo habían bautizado con el nombre de «templo de los monos» porque vivía entre las ruinas una manada de estos animales.

Una corazonada me decía que era precisamente lo que estábamos buscando.

Álex les dio las gracias desplegando todo su encanto y yo me quedé embobado viendo como el niño no paraba de mirarla con ojitos brillantes. Estaba llena de luz, para cualquiera que se parara a mirar ella no podía pasar desapercibida. Yo también la miraba embelesado a cada rato. No

tardamos en ponernos en movimiento nuevamente.

Seguimos sus indicaciones obedientes y expectantes. Un pequeño

sendero se dibujaba a unos pasos una vez llegaba a su fin el camino de tierra principal. Caminamos por él durante unos minutos y el templo se dibujó de pronto oculto entre el follaje.