Donde nace el cielo Capítulo 39.
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Capítulo 39.

La vida transcurre en las esperas

Nos pasamos la vida esperando.

Cuando somos niños, creemos que al crecer podremos hacer con nuestra vida lo que queramos.

Esperamos a ser mayores para poder hacer todas las cosas que no nos dejan hacer cuando somos pequeños, pero cuando crecemos y empezamos a vivir de forma independiente, nos damos cuenta del engaño y nos resignamos a esperar a ser aún más mayores para poder disfrutar del tiempo que el trabajo nos roba.

En lugar de ser más libres, somos cada vez más presos de las obligaciones. Nos convertimos en esclavos de un sistema que nos enjaula dentro de una jaula de barrotes invisibles.

Esperamos y esperamos, y mientras tanto la vida sigue pasando.

Esperamos por el hombre de nuestra vida, esperamos por el trabajo de nuestros sueños, esperamos el momento adecuado para irnos de casa de nuestros padres, esperamos para buscar un paréntesis donde poder atender la llamada de la maternidad, luego esperamos a que nuestros hijos sean mayores para poder recuperar la libertad.

El tiempo se nos escapa entre los dedos y las canas y arrugas terminan por colonizar el

reflejo en el espejo.

Nos han enseñado que la paciencia es una virtud, que, si trabajas duro y sabes esperar, las cosas terminan por llegar.

Y agarrándote a esa certeza esperas para hacer ese viaje que anhelas, y para dejar ese puesto de trabajo que detestas.

Esperas para perseguir tus sueños, y para romper con las cosas que no te hacen feliz.

Esperas para declararle tu amor a la persona que quieres y para dejarte llevar por la locura, pero ¿qué pasa si en la espera se nos escapa la vida?

La vida se acaba convirtiendo en una espera continua, en un corsé impuesto que te asfixia y no te deja hacer aquello que realmente deseas.

El engaño surte efecto porque lo alimenta la esperanza.

Hay tiempo. Si sabes esperar encontraras el momento.

Pero ¿cuánto tiempo de vida perdemos en la espera? ¿Acaso somos infinitos?

No. Yo ya no estaba dispuesta a esperar.

No esperaría nunca más por nada ni por nadie.

Me había cansado de ser estanque apacible, ahora solo quería ser como el agua de un arroyo que corre entre las piedras.

Fluir. Perseguir mis sueños y rendirme a mis deseos.

No iba a desperdiciar mi vida quedándome ni un segundo varada en un remanso que no me hiciera feliz.

Con el plantón de Jaime la vida me había dado una segunda oportunidad. No pensaba desaprovecharla.

—La vida transcurre en las esperas —me escuché decir haciéndome eco a viva voz de los pensamientos que se acumulaban en mi cabeza como el agua en una presa a punto de desbordarse.

Oriol me miró con sus ojos oscuros y comprendí que mis palabras le habían calado hondo.

Las tortillas de trigo sirvieron para llenar el vacío que dejó el silencio.

Oriol desayunaba absorto en sus propios pensamientos y yo le miraba de vez en cuando.

En sus ojos se dibujaba algo parecido al fuego.

Creo que era precisamente esa intensidad en su mirada la que me atrapaba sin remedio.

Se había quedado pensativo. Sabía que él tampoco era alguien que esperara. Yo no conseguía encontrar las palabras.

Su voz sonó distante. Habíamos apurado ya el café y el sol empezaba a apretar. Los autobuses plagados de turistas no tardarían en llegar.

—Ya que estamos aquí deberíamos hacer una visita rápida a Cobá…

para tu reportaje —aclaró—. Después iremos a Sian Ka’an, la reserva es la única puerta de entrada hasta la zona militar que hemos descubierto en el mapa y es justo lo que estás buscando para tu trabajo sobre la parte más auténtica de la Riviera Maya.

Podemos hacer un alto para dormir en algún hostal, creo que los dos necesitamos descansar.

Necesitaba incluir Cobá en mi reporte para Marcos, así que, con pocas ganas, asentí con los labios apretados y nos pusimos en marcha.

Caminábamos despacio, uno al lado del otro, pero sin tocarnos. Entre nosotros había vuelto a levantarse una sombra.

Cobá estaba repleto de ruinas, era sin embargo el complejo menos humanizado que había visitado hasta el momento.

A medida que avanzábamos nuestros pasos iban dejando atrás un reguero de construcciones destruidas y carcomidas por el paso del tiempo.

Templetes, altares, casas sacerdotales, pirámides y hasta un cementerio maya pasaron con más desgana que emoción por el objetivo de mi cámara.

¡Es increíble cuanto puede afectar el estado de ánimo a nuestra percepción de las cosas!

En otro momento, aquellos restos me hubieran parecido una mina de oro, sin embargo, esa mañana no encontraba la disposición ni el talante necesarios para poder disfrutarlos plenamente.

Tuve que esforzarme para sacar un puñado de fotos y hacer algunas anotaciones para mi reportaje. ¡Me costaba la misma vida concentrarme!

Suspiré apesadumbrada y Oriol me miró de reojo cabizbajo. Creo que ninguno de los dos sabía bien que decir. Era como si confluyéramos por caminos paralelos esperando un punto de encuentro sin conseguir dar con él.

Seguimos caminando al paso, él parecía conocer a la perfección el terreno y yo me dejaba llevar. La vegetación nos envolvía con sus matices verdes y su abrupta exuberancia.

Los caminos de tierra y piedra horadados en muchos puntos por las raíces de los árboles que se aventuraban a expandirse hasta las lindes entre la selva y la civilización confluían unos con otros y serpenteaban en todas direcciones.

La pirámide de Nohoch Muol no tardó en alzarse imponente ante nuestros ojos. Con sus cuarenta y dos metros ostentaba el privilegio de ser la más alta del Yucatán, era además una de las pocas donde todavía se permitía subir a los turistas.

Oriol y yo nos encaramamos a los escalones sin hablar. La piedra estaba muy deteriorada por la erosión y eso hacía que la pirámide pareciera redondeada en las aristas, había que tener cuidado de no tropezar al subir o la caída podía ser fatal.

A medida que subíamos la selva iba quedándose pequeña debajo, las personas, que ya empezaban a llegar en masa, parecían diminutas. La sensación de altura hacía que me temblaran las piernas.

Llegué jadeando hasta la cúspide, el calor hacía que mi piel apareciera cubierta por una especie de capa de aceite pegajoso. La frente de Oriol también estaba perlada por el sudor, aunque se resentía menos que yo de los efectos del bochorno.

La panorámica desde arriba era impresionante.

Hasta donde alcanzaba la vista, un manto de vegetación formado por kilómetros de copas de árboles que lo cubrían todo se extendía alrededor.

Podían apreciarse también los lagos, que, salpicados entre la maleza, daban nombre al lugar.

No en vano Cobá significaba «agua con musgo», su nombre, sin lugar a dudas, hacía referencia a la humedad que como un elemento más del paisaje estaba presente en el enclave casi de forma tangible.

La tensión entre Oriol y yo también lo estaba, se había convertido en una presencia que, sin forma definida ni color, amenazaba con hacer estallar el aire y mandarlo todo a la mierda de un momento a otro.

Había tratado de normalizar sin éxito la situación, pero por mucho que lo había intentado el ambiente seguía enrarecido entre nosotros.

Era culpa mía, era yo la que se mantenía distante.

Me moría por acercarme y, sin embrago, no conseguía encontrar la manera.

Mi actitud mostraba lo contrario a lo que deseaba y Oriol, que había vuelto a alejarse, debía captarlo de alguna manera.

Seguramente me delataba mi lenguaje corporal. Creo que me pesaba la conciencia.

Él había sido completamente sincero conmigo y yo en cambio seguía manteniendo una fachada construida ladrillo a ladrillo sobre una sarta de mentiras.

Mi voluntad oscilaba continuamente entre la determinación de contárselo todo y la decisión de callar mi pasado para siempre. Lo que era invariante era el peso que cargaba sobre mis hombros.

«Omitir y mentir no es lo mismo», me decía una y otra vez para acallar mis fantasmas.

Pero sabía que por mucho que quisiera engañarme, las medias verdades no eran otra cosa que mentiras disfrazadas de excusas. Al no contrale la verdad sobre los motivos que me habían traído a la Riviera y sobre mi vida en Sevilla me había convertido en una puta mentirosa.

Habíamos bajado los ciento veinte escalones de Nohoch Muol y me sentía reconfortada por tener los dos pies colocados sobre tierra firme.

Continuamos caminando entre la vegetación exuberante que bordeaba los caminos de tierra en el complejo sin seguir una dirección concreta.

Los monos saltaban de un árbol a otro como ardillas y se columpiaban en las ramas más altas formando un escándalo considerable.

—¿Cómo esta Sarah? —escuché decir a Oriol de pronto.

A pesar de que se le notaba confuso, trataba de dulcificar el gesto.

Creo que preguntaba más por buscar un tema de conversación que porque realmente le interesara como estaba mi amiga, seguramente era su manera de terminar con aquel silencio incómodo, de constatar que no existía ninguna desavenencia entre nosotros. Agradecí el puente que me tendía.

Yo había pasado casi dos horas charlando con Sarah, teléfono en mano, la noche anterior.

Mi amiga ya tenía casi resuelto su problema con la boda.

Había encontrado un padre postizo para la celebración del enlace real e invitado a su padre real para la boda ficticia.

Por mucho que lo había intentado no había sido capaz de disuadirla de la locura que tenía en mente.

¡Ella sí que era la reina de la mentira! Iba a «casarse» dos veces en el

mismo fin de semana. Creo que yo era la única invitada a las dos bodas.

Meneé la cabeza con incredulidad. ¡Era imposible que aquello saliera bien!

Oriol me miraba con la ceja levantada esperando una respuesta.

Me había vuelto a quedar abstraída, centrifugando en la lavadora de mis pensamientos que giraban a toda velocidad dentro de mi cabeza. Sonreí para hacerle ver que todo marchaba con normalidad entre nosotros y le agarré de la mano.

Él entrelazó sus dedos con los míos con fuerza y sentí que exhalaba con alivio.

—Se casa con Odalis a final de mes. Ha sido todo muy rápido. Me ha invitado a la boda. Será en Cancún —respondí al fin—, es justo el día antes de mi vuelo de vuelta a Sevilla —añadí tragando saliva y tratando de no sonar brusca.

Era la primera vez que verbalizaba que mi tiempo en Yucatán era

finito y que en poco más de tres semanas tendría que marcharme.

Noté la cortina de tristeza que le invadía de golpe la mirada y sujeté con más fuerza su mano. Él también aumentó la presión sobre la mía y le vi apretar los dientes.

¿Y qué si Oriol no conocía los detalles de mi pasado? ¡No tenía por qué saber todo sobre mí! Lo único que me importaba era aprovechar el tiempo que teníamos por delante. No pensaba dejar que nuestra historia se diluyera en la espera que antecede a una despedida inevitable.

—Solo somos tiempo, Álex —dijo de pronto como leyéndome el pensamiento.

Se paró bruscamente y me estrechó contra su cuerpo. Noté como su lengua invadía la cavidad de mi boca violentamente y me rendí a la humedad que se arremolinaba entre mis piernas.

—Pues si solo somos tiempo, entonces habrá que aprovecharlo — susurré en su oído con un jadeo contenido.

Sus manos se habían perdido ya por debajo de la falda de mi vestido y ninguno de los dos estaba dispuesto a parar aquella locura.

Nos metimos entre la arboleda y buscamos con urgencia un rincón oculto a cualquier mirada indiscreta. Acabé sentada sobre un escalón de unas antiguas ruinas destrozadas e invadidas por la hiedra que se retorcían sobre la piedra fría.

Oriol me poseyó en silencio. Yo me rendí al vaivén de sus caderas hasta que exploté de placer y quedamos exhaustos. A veces los cuerpos se entienden mejor sin palabras.

Nos quedamos mirándonos a los ojos en silencio. Sus pupilas bailaban con las mías. Los dos gritábamos te quiero sin hablar. Y, de pronto, se detuvo el tiempo.