Donde nace el cielo Capítulo 38. #2
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Capítulo 38. #2

—La tercera puerta es la que uno fabrica a su medida, la que esta oculta en el callejón trasero, la que tiene forma de ventana abierta que da al pasillo en el que los músicos se fuman el pitillo en el descanso, la terraza desde la que uno puede descolgarse a la azotea que da a la escalera de incendios en la fachada del recinto del concierto, la que parece tapiada, pero si aporreas lo suficientemente fuerte de pronto cede y se abre y ¿Sabes que es lo mejor?

Que una vez la encuentras puedes colarte sin problema porque nadie la vigila.

Solo tienes que encontrarla y atreverte a entrar.

Es la puerta de los audaces, la puerta de los que nunca se rinden, la puerta de los que no pierden el tiempo haciendo cola en la puerta de entrada porque saben que hay una manera más rápida y directa de llegar dentro.

La miré boquiabierto. Yo mismo había pasado mi vida entera adaptándome al corsé de aquella estructura donde conocía la existencia de dos puertas, pero nunca me había parado a pensar que podía existir una tercera.

Era un tema interesante, pero no alcanzaba a comprender qué tenía que ver aquello con nosotros y con la investigación que teníamos entre manos.

Creo que la falta de inanición empezaba a hacer que a Alejandra le derraparan las neuronas.

¿De verdad era eso en lo que estaba pensando mientras yo sufría como un condenado imaginándome una separación inminente y toda una serie de catastróficas desdichas?

Inhalé aire despacio y traté de controlar mi irritación para que no se me notara en el tono.

—Sigo sin entenderlo —dije después de exhalar con fuerza—. ¿Qué demonios tiene que ver eso con Cobá?

—¡Que la tercera puerta es la que marca la diferencia y Cobá es nuestra tercera puerta! Los mayas lo sabían y nosotros contamos con ventaja porque sabemos que existe. ¡Estamos haciendo cola en lugar de buscar otra entrada, Oriol!

—Si quieres que entremos podemos buscar por donde colarnos, pero no entiendo en qué iba a cambiar eso nada —dije sin comprender a donde quería llegar.

—No era literal, Oriol, ¡era una metáfora!

Me refería a que estamos actuando según lo establecido.

Seguimos pistas y hacemos colas. Tal vez haya una manera más rápida de dar con la «ciudad de los muertos» y la estamos pasando por alto —la escuché decir ofuscada a la par que se encogía de hombros—. ¿Tienes un mapa?

—¿Un mapa? —pregunté molesto por su tono condescendiente—.

¡Vivo aquí, Álex! ¿Para qué demonios iba a querer un mapa?

—Pero tenías un mapa con todos los cenotes, ¿no es cierto?

—Sí, eso sí. La cartografía para buceadores, lo llevo en la mochila.

—¿Y podemos localizar en ese mapa las cuatro puertas? Saqué el mapa y lo extendí sobre el asiento.

Por primera vez desde que habíamos despertado después de rendirnos a la necesidad y el deseo vi a Álex sonreír. Algo me dio un vuelco por dentro. Traté de volver a céntrame en el mapa.

—Aquí estaría Uxmal —dije señalando la ubicación aproximada de las ruinas.

Álex rodeó el punto con un boli rosa que sacó del bolso y clavó sus ojos ambarinos en mí para que siguiera hablando.

Ante su mirada interrogante continué indicándole dónde estaban las otras puertas.

Ella las marcó de igual manera. Luego localizamos los cenotes.

Si bien tenía claro que el cenote de la tortuga en Uxmal y el Xtoloc en Chichen Itzá eran las fuentes de agua que buscaba, tenía mis dudas acerca de qué cenote podía ser el que se relacionara con Cobá.

No en vano, la zona estaba plagada de lagos, fuentes de agua y pozas.

Finalmente me decanté por rodear los tres cenotes principales, Multan-Ha, Choo-Ha y Tankach-Ha.

Casi nadie lo sabía, pero las tres pozas estaban conectadas entre sí por un complejo sistema de grutas, cuevas subterráneas y galerías.

Era precisamente aquella tercera puerta del Axis mundi la que me parecía más compleja de descifrar.

La cuarta puerta, que tenía claro que estaba en las ruinas de Muyil, solo podía estar relacionada con el cenote de la laguna.

Álex cogió el mapa y lo colocó en su regazo. Habíamos marcado todos los puntos y el papel aparecía lleno de pequeños círculos rosas. Contó los puntos, en total había diez hitos rodeados en el mapa.

—El cenote sagrado de Chichén Itzá debería estar también marcado

—dijo rodeándolo en un gesto rápido—, Xtoloc y el cenote sagrado también están conectados. Eso nos da once puntos. ¿Crees que podríamos encontrar otro más? Puede que el número trece sea la clave. ¡Tengo una corazonada! —dijo exultante.

Seguí sus dedos con la vista. Dibujaba con ellos trazando líneas sobre el mapa con el entrecejo fruncido por la concentración. Me costaba saber a dónde quería llegar y entonces, de pronto, lo vi claro.

—Álex… —dije casi sin que me saliera la voz de la garganta—.

¡Dame el boli!

Como si una fuerza extraña me guiara la mano empecé a unir puntos en una especie de trance. Cuando terminé, no daba crédito. Ante mis ojos, la estrella maya de ocho puntas, Ah Chicum Ek, aparecía nítida y sin dejar lugar a dudas dibujada sobre el papel.

El punto que nos faltaba era Punta Allen. Debería haberlo supuesto, para mi padre era un lugar importante.

Volví a centrarme en la forma que dibujaba la tinta rosa sobre el mapa.

—¡Es la estrella guía, Álex! —grité eufórico.

—¿Qué hay en el centro de la estrella? —preguntó Álex levantando las cejas.

Observé el mapa, allí no había nada, solo selva.

Pero luego caí en la cuenta de que en la mitología maya todo tenía un significado.

—En el centro de la estrella se representaba a Kinich Ahau, el dios del sol —dije confuso al fin—.

Normalmente la estrella hace referencia a Venus y en su centro vive el dios del sol que simboliza la luz, la vida y el calor.

El dios sol es el generador del tiempo y de los cuatro rumbos del universo.

Era el patrono de la música y la poesía.

Protegía a los hombres de la enfermedad y la muerte —daba palos de ciego y recitaba de memoria todo lo que sabía sobre la deidad maya.

Álex me arrancó el mapa de las manos y sonrío enigmática.

Su voz me sonó emocionada, había recuperado su tono cantarín y suspiré de alivio a la par que notaba cómo se esfumaba parte de mi pesadumbre.

—Me refería a qué hay físicamente en el centro, Oriol, puede que tu padre fuera un hombre práctico y que la mitología no tuviera nada que ver con todo esto —aclaró sacando su teléfono móvil y activando el Google maps.

Alejandra era una caja de sorpresas. Antes de que pudiera protestar había metido las referencias en el buscador y ampliado el punto central que había marcado justo en medio de la estrella.

—Y aquí, querido Oriol, tenemos la tercera puerta real, ¡esa que nos ahorra las colas…! —Sus ojos se habían inundado de luz nuevamente y yo me embebí de ella con avidez dejando que me contagiara y disipara mis sombras.

Ante mis ojos, en la pantalla del teléfono, el punto número trece señalaba la posible ubicación de «Irkalla», la puerta al inframundo.

«Zona militar restringida», rezaba la lectura sobre el área selvática que marcaba.

Según aquel mapa, no había nada más que espacio vacío y árboles allí.

Álex lo buscó para verlo en imágenes. En las fotos de los satélites solo se diferenciaba un borrón.

Estaba claro que, fuera lo que fuera lo que se escondía en aquel enclave, alguien se había tomado las suficientes molestias como para hacerlo invisible.

—«¡Un solo deseo me embarga: el de descubrir lo que se oculta tras lo visible, de horadar el misterio que me da la vida y me la quita, y de saber si una presencia invisible e inmutable se oculta más allá del flujo incesante del mundo!

» —recitó Álex con el dedo en alto como si estuviera sobre un escenario, había abierto la puerta del coche y se había puesto en pie de pronto.

—¿Y eso qué significa? —pregunté con una risita nerviosa.

—Que Nikos Kazantzakis pensaba igual que yo. ¡Existen cosas más allá de lo visible y quiero descubrirlas!

—Álex, ¿dónde demonios vas? —pregunté al ver que echaba a andar a grandes zancadas dejándome atrás.

—A desayunar. ¡Tengo hambre! ¡Y me pongo de mal humor cuando tengo hambre!

Su dedo señalaba hacia el puesto que humeaba en el centro de la plaza y al verlo me rugió el estómago a mí también.

Cuando la alcancé había pedido ya un regimiento de tortillas de trigo y dos cafés. Observé su rostro sereno y no pude evitar sonreír.

Se había sentado en una de las sillas de plástico que había sacado de un montón apilado antes de que el hombre que atendía el quiosco hubiera tenido tiempo de montar una mesa.

Ella siempre era así, impaciente e impulsiva. Actuaba con decisión, sin esperar y sin medir el impacto de sus acciones. Era igual con las palabras.

—Podías haber esperado a que el mesero te montara la mesa —dije socarrón cuando el hombre salió del puesto apurado y farfullando un millón de disculpas al ver que aquella señorita con pinta de princesa delicada había montado ella misma el chiringuito para ponerse hasta el culo de tortillas.

Álex me miró a los ojos de una forma extraña. Se encogió de hombros, se sacudió el pelo dejando en el movimiento desordenado un halo rojizo en el aire y sin decir nada más articuló aquella frase que yo ya nunca olvidaría.

—La vida trascurre en las esperas, Oriol.

Supe al escucharla que hay verdades universales que llegan en el momento justo y preciso a tu vida. Aquella era una de esas verdades. Si existía la magia, sin lugar a dudas, Álex estaba llena de ella.