Capítulo 38.
Cobá. La tercera puerta
Llegamos a Cobá cuando despuntaba el alba. Habíamos hecho noche en el camino, durmiendo y follando a trompicones en el coche.
Habíamos decidido quedarnos en el pequeño reducto boscoso aledaño a la autovía donde habíamos parado a medio camino entre Chichen Itzá y Cobá.
Necesitaba saciar la sed de carne, pero sobre todo necesitaba romper físicamente la barrera que se había levantado entre nosotros cuando le había confesado a Álex los pormenores del lío en el que me había metido.
Estaba muy callada desde entonces. Temía que toda aquella historia le hubiera hecho pensar que yo era un desequilibrado.
Me arrepentí de haber sido sincero al cien por cien, tal vez lo más inteligente por mi parte hubiera sido contarle una verdad a medias. A veces, las mentiras son más sencillas de creer que las verdades.
Podría haber inventado cualquier patraña, tal vez hacerme el sorprendido o actuar como si no pasara nada. Fingir que todo va bien es una buena manera de evitar dar explicaciones.
En cualquier caso, ya estaba hecho, no había marcha atrás, ahora la pelota estaba en su tejado. Si decidía continuar conmigo como compañero de viaje sabía a qué se atenía. Al menos si todo salía mal no podría acusarme de haberla utilizado.
Nos habíamos puesto en marcha con la luna todavía alta en el cielo. Necesitaba el movimiento, estar aparcados en silencio anclados en mitad de la nada se me hacía insoportable.
Me hubiera gustado poder entrar en la cabeza de Alejandra para saber qué pensaba, en cualquier caso, por su actitud parecía evidente que no se trataba de nada bueno.
Después de retozar y dormir un rato ella había tomado nuevamente una postura distante.
Había trabajado sin levantar la mirada con el teléfono móvil aprovechando el paréntesis para enviar información sobre su reportaje al tal Marcos y después se había refugiado en una interminable conversación de WhatsApp con Sarah. Yo la observaba en silencio.
La notaba alejada y eso hacía que el nudo que me apretaba en el estómago se hiciera cada vez más incómodo. Tenía un miedo atroz a que en cualquier momento se apeara en el andén y dijera: «Hasta aquí hemos llegado, querido, me bajo del tren».
Me sentía inseguro y lo que era peor, completamente vulnerable.
Cobá nos recibió vestido en claroscuros, todavía se apreciaban titilantes las estrellas más brillantes en el firmamento.
Las copas de los árboles impedían, a diferencia de en otras ruinas, ver desde lejos la figura de las pirámides.
Podríamos haber estado en cualquier lugar de Yucatán y todo hubiera sido parecido.
La desazón es una sensación de la que uno no puede abstraerse fácilmente.
Aparqué el coche a la entrada de la aldea que daba nombre a las ruinas y ojeé a Álex de refilón. Me pareció que estaba más seria que de costumbre. No sonreía, «mala señal», pensé.
Busqué sin éxito con la mirada algún rastro de puesto o quiosco donde poder invitarla a desayunar. Sabía que con el estómago lleno se volvía más accesible y le mejoraba el humor, pero aún era demasiado temprano para encontrar nada abierto.
En el interior de las construcciones de arcilla y palapa todavía la vida no había comenzado.
El poblado vivía del turismo y se había acomodado a los horarios de visita de los clientes potenciales.
Seguramente faltaban todavía un par de horas para que los tenderetes de artesanía y los pequeños negocios de comida típica empezaran con su actividad normal.
Pensé en Punta Allen, seguramente allí todos estaban ya en pie acometiendo con brío sus quehaceres diarios.
Para el sistema capitalista, empeñado en aplastar su modo de vida, podían ser pobres, pero para mí eran supervivientes, al menos no eran esclavos.
No sabía cuánto tiempo podría aguantar la aldea sin someterse al yugo del turismo y sin entrar en la rueda.
Pensar en el poblado hizo que a mi cabeza volviera la desaparición de mi primo. En un impulso instintivo me llevé el teléfono a la oreja y volví a marcar el número de Enrico. Seguía dando tono, pero nadie respondía al otro lado. Lo volví a guardar apesadumbrado y me rendí a mis recuerdos.
La imagen de Marita tejiendo una hamaca a la puerta de nuestra casa se difuminó antes de que pudiera ver con nitidez su rostro.
Hubiera dado la vida por poder hablar con ella y verla sonreír una última vez…
Hay cargas que nunca dejan de pesar, la conciencia intranquila es una de ellas. Espero que supiera cuánto la quería.
A veces la vida no nos da el tiempo suficiente para decir aquello que sentimos, en mi caso ya era tarde, al menos en lo que respectaba a mi madre. No podía dejar que la historia se repitiera. Debía decirle a Álex lo que sentía.
Me peiné el pelo con las manos en un gesto que hacía evidente mi inquietud y me estiré mientras trataba de encontrar la manera de iniciar una conversación con ella.
Álex permanecía con la mirada perdida en el vacío, mirando sin ver nada más que las formas que empezaban a volverse nítidas a través de la ventanilla a medida que empezaba a clarear. Estaba encogida sobre el asiento, abrazada a sus piernas y con la cabeza apoyada en el cristal. Parecía pensativa.
Yo me sentía agotado. Me notaba entumecido y mi ánimo había ido volviéndose sombrío con el paso de las horas.
Alejandra también lucía la huella del cansancio bajo los ojos. Estaba pálida y con los párpados enrojecidos.
—Creo que esta noche estaría bien buscar un lugar para dormir que no implique pasar la noche al raso ni en el asiento del coche —dije tratando de esbozar una sonrisa que se quedó en un intento frustrado.
Ella solo asintió. Otra vez aquella punzada en el pecho ¿Por qué me castigaba con su indiferencia? El silencio puede ser demoledor. El abismo volvía a cernirse sobre mí y Álex no parecía comprender cuanto necesitaba su luz para no volver a convertirme en una sombra.
—Álex… —dije tratando de disimular la congoja que me asfixiaba
poco a poco.
—Estaba pensando… —me interrumpió ella muy seria. En la pausa que siguió a sus palabras rocé la tragedia.
Tragué saliva esperando la hecatombe, con el corazón a punto de reventarme dentro del pecho, pero, en lugar de una despedida —o de un reproche—, ella me golpeó de la forma más dura: cambiando de tema.
—Pensaba acerca de Cobá… —dijo de pronto—. Dijiste que se trataba de la tercera puerta…
Desconcertado traté de situarme y seguir el hilo de su conversación.
Me había convencido a mí mismo de que Álex buscaba la forma de marcharse sin hacerme daño, por un momento había creído que pensaba abandonarme. ¡Había estado a punto de decirle que la quería y resulta que ella estaba pensando en Cobá! No sabía si reírme o gritar. ¡Me sentía como un estúpido!
Tal vez había malinterpretado su silencio y solo estaba cansada. Al menos volvía a hablar. Era un buen principio y me agarré con fuerza a la esperanza esforzándome por barrer cualquier indicio de hostilidad en mis palabras.
—Así es, es la tercera puerta del Axis mundi. La puerta del este para ser más exactos.
—Y ¿qué estamos buscando exactamente? Hasta ahora tenemos las trece tortugas, las trece serpientes emplumadas y dos cenotes que no sabemos cómo relacionar.
El mono del medallón nos trajo hasta aquí, pero ahora, pensando en que Cobá es la tercera puerta acabo de darme cuenta de algo que no tiene sentido.
—Soy todo oídos —dije sorprendido.
—¿Sabías que la tercera puerta es la que marca la diferencia?
— Levanté la ceja invitándola a continuar hablando, no tenía ni idea de a donde quería llegar—.
Todos sabemos que existen dos puertas, pensemos por ejemplo en el acceso a un concierto…
Esta la primera puerta, la más visible, donde pone «entrada» con letras enormes y llamativas, en la que todos tenemos que hacer cola si queremos entrar.
Normalmente, esta puerta está muy concurrida y cuanto mejor es el concierto más gente hay en la cola y más tenemos que esperar para poder franquearla.
Todos aguardamos nuestro turno, salvo los que tienen acceso por la segunda puerta.
La segunda puerta está más escondida, pues es una puerta diseñada para que solo unos pocos la vean, no tiene cartel que la indique y es prácticamente invisible para quien no la conoce.
Es la puerta de los privilegiados, la que en el concierto utilizarían los VIP.
Ellos no hacen cola, no tiene que aguantar esperas ni arriesgarse a quedarse fuera.
Simplemente tienen suerte, o una ventaja, o ambas, y eso los lleva a poder disfrutar del privilegio de utilizar esa puerta inaccesible para la inmensa mayoría.
Seguramente hasta pueden visitar al artista en su camerino y tomarse con los músicos una copa de champán.
Los de la primera puerta difícilmente conseguirán en su vida ese privilegio.
Lo curioso es que todos los que hacen cola en la primera puerta saben que existe la segunda, aunque no puedan verla ni utilizarla y aceptan que esta puerta sea solo para unos pocos.
Lo que casi nadie conoce es la existencia de la tercera puerta.
—¿La tercera puerta? No te sigo, Álex.