Capítulo 37.
No es oro todo lo que reluce
La confesión de Oriol explicándome todos los pormenores del embrollo en el que andaba metido me había dejado revuelta.
La verdad es que no sabía qué pensar. Si no hubiera visto a los tres hombres perseguirnos pistola en mano, toda aquella historia me hubiera resultado difícil de creer.
Estaban los huesos, el enigma del medallón y la ciudad misteriosa de los muertos, las ruinas y los cenotes, la desaparición de su primo y el supuesto asesinato de su amigo el paleontólogo, la aparición del padre ausente que previamente se había visto implicado precisamente en el mismo asunto.
¿Era demasiada casualidad? Todo era sumamente extraño.
Hasta la historia de Marita se me antojaba demasiado enrevesada para ser creíble.
Las palabras de mi hermana Esther cuando todavía ejercía la abogacía y volvía de algún juicio farragoso resonaban como un eco en mis pensamientos y me hacían mantener la esperanza de no estar tratando con un enfermo mental con un brote de psicosis o paranoia.
«Muchas veces la realidad supera a la ficción», solía decir ella.
¿Acaso era esta una de esas veces?
Después de que Oriol me relatara su historia y de que yo le cosiera a preguntas de la manera más indiscreta y mordaz la tensión se había tomado licencia para formar una burbuja en el habitáculo del coche y levantar una pared entre nosotros.
El ambiente estaba tan cargado que podría haberse cortado con un cuchillo.
Los dos nos habíamos quedado en silencio. Veía a Oriol mirarme de vez en cuando de soslayo y yo no podía evitar observarle con cierta desconfianza.
Seguramente estaría sopesando el efecto que sus palabras habían tenido en mi ánimo.
Yo por mi parte trataba de buscar algo que decir, pero era como si las frases se hubieran quedado atoradas en mi garganta.
Me sentía incapaz de pronunciar una sola sílaba.
Me carcomía la duda, mi cerebro no era capaz de procesar los datos de los que disponía y creerse que todo aquello era algo coherente.
¿Estaría compartiendo viaje con un loco?
Viendo como habían salido las cosas con Jaime parecía bastante propensa a pasar por alto los detalles importantes que me hacían suponer que algo no encajaba.
Sin embargo, mi olfato de periodista me decía que Oriol no me había mentido y que esta podía ser una de esas ocasiones en las que la realidad sobrepasaba cualquier ficción imaginable.
Por otra parte, si aquella historia era cierta podía estar frente al reportaje de mi vida. Estaba preparada para hacerle frente a cualquier contratiempo, había soñado desde niña con encontrarme en ese tipo de situaciones.
Había estudiado la carrera pensando en trabajar como corresponsal de guerra, mi elección de periodismo como profesión había sido vocacional. ¿No era acaso aquella la oportunidad de enfrentarme a las tesituras propias de un periodista de acción?
Imaginar que encontrábamos la ciudad perdida de Xibalba y desenmascarábamos una trama de corrupción relacionada con la usurpación del patrimonio histórico me hacía la boca agua. Podía suponer un hito en mi carrera como periodista, entrar en el panorama del periodismo
internacional por la puerta grande. Tal vez el universo estaba regalándome aquella oportunidad.
«O tal vez te está ofreciendo un regalo envenenado y terminas yaciendo bajo tierra con los sesos desparramados», imaginé en mi cabeza que me decía mi hermana, con una risita histérica de aderezo.
Era curioso, desde hacía años la voz de Esther ejercía en mis pensamientos el papel reservado al sentido común. En mi diálogo interno ella tenía un hueco predominante.
Mi cabeza saltaba de un lado a otro y empezaba a entrar en barrena.
Oriol seguía con la vista puesta al frente mientras conducía, pero de vez en cuando le veía mirarme con expresión preocupada.
Si no era un maniaco —y estaba casi convencida de que no lo era— seguramente estaba viendo dibujada en mi cara la duda.
No creo que pudiera imaginar ni por asomo que mi cabeza estaba en otra parte.
De pronto me sentí completamente ruin, en lugar de mostrarme compresiva y tratar de volver a acercarme a él, estaba buscando la manera de sacar tajada para mi futuro profesional de todo aquello.
Me costó encontrar la voz para pronunciar las palabras que rompieran aquel silencio infernal que empezaba a ahogarme por dentro.
—¿Quieres que conduzca yo un rato? —dije al fin.
Oriol exhaló con alivio.
Le vi tragar saliva y esbozar una sonrisa comedida. Su tono sonaba
afectado, pero se notaba que trataba de dulcificarlo.
—No estoy cansado. Me gusta conducir de noche. Si quieres puedes dormirte, si veo que se me cierran los ojos te despierto y cambiamos. — Le vi hacer el amago de colocar su mano en mi rodilla, pero en el último momento dudó y la apartó de golpe.
¿Por qué será tan difícil hacer lo que a uno le apetece cuando creemos que el otro está enfadado? Estaba segura de que a Oriol le pasaba lo mismo que a mí. Deseaba acercarse y volver a restaurar el contacto físico, pero le costaba romper la barrera que nos separaba.
Tomé la iniciativa y antes de que su mano tocara el volante la cogí entre mis dedos. Él dio un respingo en el asiento y pude notar el alivio que se dibujaba en su cara.
—Seguimos en el mismo tren —dije sin más.
Después me llevé su mano a los labios y la besé con suavidad.
Sus ojos oscuros se posaron en los míos con una mirada profunda que me estremecía hasta los huesos.
Sin decir nada buscó un lugar en el que parar el coche.
Se había apartado de la carretera por un camino de servicio y aparcado en un requiebro cercano fuera del vial, oculto a la vista por un buen puñado de árboles.
—Te necesito, Álex —gruñó con voz ronca.
Sus manos se habían enredado en mi pelo por detrás de la nuca y su boca me buscaba con avidez.
Mi cuerpo no tardó en reaccionar a sus caricias. Anhelaba el contacto de su piel y jadeé cuando su pelvis se acomodó encajando entre mis piernas y sentí su erección sobre mi vestido bajo la tela fina de su pantalón.
—Para cosechar confianza hay que sembrar verdad —repitió como un mantra susurrado en mi oído mientras me quitaba la ropa interior despacio y se clavaba hasta lo más profundo de mis entrañas con desesperación—. Y la verdad, la única verdad, es que ya no sé qué haría sin ti, Álex.
Sus palabras impactaron en el centro de mi corazón con tanta fuerza que por un momento sentí que todo se desvanecía alrededor.
La negrura se transformó en una fuente blanca de luz y los árboles, el coche, nuestros perseguidores, los problemas…todo, absolutamente todo, desapareció barrido por el eco de sus palabras.
Su confesión lo cambiaba todo. Ahora sabía que entre nosotros todo era mutuo.
Uno siempre quiere quedarse donde recibe lo que da y da lo que recibe. ¿Acaso no consiste en eso el amor?
La luna llena pronto estuvo alta en el cielo. Nos descubrió abrazados, enredados en una amalgama de piernas y brazos, con aquella mezcolanza de sensaciones dentro del pecho y las dudas entretejiendo sus hilos entre los dedos.
Oriol aspiraba mi olor, había besado cada centímetro de mi piel. Ahora, con la tez reposada y aquella luz almibarada en la mirada parecía en paz.
Dentro de mí, en cambio, no había dejado de crecer la desazón. Sofocaba a duras penas el llanto que pugnaba por salir a la palestra y dejarme en evidencia.
Oculté mi rostro en su hombro y me refugié en su pecho. Notaba que me dolía el corazón de sentir con tanta intensidad. Estaba completamente enamorada de aquel hombre.
—¡Dios! Eres perfecta, Alejandra —dijo de pronto a bocajarro, sus palabras lejos de reconfortarme me golpearon como un mazazo en el centro del tórax.
—Nadie es perfecto, Oriol —conseguí decir con sorprendente entereza ahogando las lágrimas—. No es oro todo lo que reluce.
Todos tenemos nuestros fantasmas. Los míos estaban en un pasado que aún no me sentía preparada para compartir. No me atrevía a confesarle, que solo una semana antes había estado a punto de casarme con otro hombre, tampoco que todo lo que sabía sobre mí era solo una mentira.
El problema de las mentiras es que tarde o temprano se descubren por sí solas. Por mucho que uno quiera correr, ellas siempre van a la zaga persiguiéndote. ¡Hay que ver como corren detrás las muy cabronas! Para que luego digan que tienen las patas muy cortas…